La difunta Irene Adler 8EL SEÑOR KESTREL
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8EL SEÑOR KESTREL

EL SEÑOR KESTREL

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Llegué a casa con el amanecer y con el guante gris perla cosido al pensamiento. Su pareja dormía en mi cómoda, tercer cajón a la derecha, entre el par de cabritilla negra y los mitones de concierto. Lo sabía como se saben las cosas de una casa pequeña: por fe.

La fe me duró lo que tardé en subir la escalera.

El par de cabritilla negra estaba. Los mitones estaban. Del guante gris perla, viudo desde hacía una hora en un vestuario de Jermyn Street, no quedaba ni la horma.

Bajé al salón en tres zancadas que el camisón no me perdonó y abrí el cajón izquierdo del escritorio con la llavecita que llevo al cuello.

El medallón seguía allí, frío como siempre, con su recorte de periódico encima.

Respiré. Y enseguida dejé de respirar, porque la calma también informa: el ladrón conocía mi colada y mi cómoda, pero no mi escritorio.

Quien me robaba prendas se movía por la casa a la altura de la ropa, no de los papeles.

Eso dibujaba una silueta. No quise mirarla entera.

Me senté en el borde de la cama con el cajón sobre las rodillas, haciendo el inventario más frío de mi vida.

Un pañuelo con mis iniciales: desaparecido de la colada hace semanas.

Un guante: desaparecido de mi cómoda, fecha desconocida.

Dos objetos míos, pequeños, portátiles, inequívocos.

Uno acababa de aparecer junto a un cadáver.

El otro había salido de esta casa... ¿cuándo?

No lo sabía. Esa era la parte que helaba: no lo sabía.

Alguien había entrado en mi casa. O alguien no había necesitado entrar.

Hice cuentas de llaves. De esta casa hay tres: la mía, la de Marta y la del casero, que vive en Kent y no sube ni a cobrar.

Cerré la casa de Cavendish Square en primavera, al enviudar, y aquí no ha dormido nunca nadie más: esta vida pequeña la estrené yo.

Quien tenía mis prendas, o tenía una de esas tres llaves, o no necesitaba ninguna.

Se piensa muy deprisa y muy mal a las seis de la mañana. Pensé en la lavandera, que viene los lunes. En el deshollinador de septiembre. En el chico del carbón. Pensé —lo escribo porque prometí datos, no porque me enorgullezca— en Marta.

Marta, que zurce como zurce ese pulgar. Marta, que palideció con una nana. Marta, que libraba la noche en que murió Rothsay.

Luego bajé a desayunar, y Marta me sirvió el té con las manos de siempre y me riñó por el bajo embarrado de la falda con la voz de siempre, y el pensamiento se me deshizo como se deshacen de día los malos sueños: sin desaparecer del todo. Los pensamientos a medias, ya lo he dicho, cobran intereses.

El inspector Merrick volvió aquella misma tarde, con el gabán más húmedo y la libreta más gorda.

—El coronel Aubrey Pike —dijo, sin sentarse del todo—. ¿Le suena?

—Leo los periódicos.

—Los periódicos no lo traen hasta mañana.

Un cuarto de segundo. A veces las batallas se pierden por un cuarto de segundo.

—Entonces me sonará mañana —dije.

Me miró largo, con esa paciencia suya de humedad que sube por las paredes, y decidió guardarse la pieza para otro invierno. Los buenos policías no gastan las ventajas: las ahorran.

—¿Dónde estuvo anoche, señora Norton?

—En casa. Con mi ama de llaves, que esta vez no libraba.

Llamó a Marta. Marta declaró, con una seguridad de misal, que las dos habíamos pasado la velada en casa, ella cosiendo en la cocina y yo con mis partituras, y que a las once había apagado ella misma las lámparas del pasillo.

Era verdad en todo lo que me tocaba a mí.

Del resto de aquella frase, yo tardaría todavía en conocer el precio.

—Dos mecenas de ópera en nueve días —dijo Merrick, ya con el sombrero en la mano—. Mis superiores tienen un cuadro que les gusta: una cantante retirada, unas iniciales oportunas, coartadas de aire. A los cuadros que gustan solo les falta el marco.

—¿Y a usted, inspector? ¿Le gusta el cuadro?

—A mí me gustan los cuadros que se sostienen sin clavos. —Se caló el sombrero—. No me haga encontrar el clavo, señora Norton.

En la puerta, como siempre, guardaba una última moneda:

—Un consejo gratis. Hay un plumilla del Pall Mall haciendo preguntas sobre usted. Los plumillas son como la humedad: cuando se ven, ya han entrado.

—Gracias —dije—. Tengo la casa bien ventilada.

Cuando se fue, me quedé un rato largo mirando la puerta.

En el escenario hay dos maneras de estar: defendiendo la nota o atacándola.

Llevaba diez días defendiendo, que es un juego donde el tablero lo pone el contrario: él movía muertos y yo movía coartadas.

Se acabó. Quien me quería de asesina conocía mi casa, mi colada y mi pasado.

Muy bien. Yo conocía cosas que él no: conocía Varsovia por dentro, conocía los teatros por dentro y me conocía a mí.

Iba siendo hora de presentarle a alguien.

En el desván dormía el baúl de las giras, el que Marta llama «el arca de las vergüenzas». Olía a alcanfor y a candilejas: pelucas en sus jaulas de alambre, bigotes en cajas de lata, fracs con hombros de otra década, alzas de bota, tres sombreros de copa en distintos estados de sinceridad.

No era mi primer caballero. Un traje de noche gris marengo me sirvió, en otra vida, para despedirme de un rey sin que el rey se enterara. Los reyes se enteran siempre tarde; para eso son reyes.

Marta me entalló el traje sin una palabra, con los alfileres en la boca, como he visto sujetar alfileres a todas las mujeres de todos los teatros de mi vida. Con alfileres en la boca no se puede mentir ni rezar. Quizá por eso las modistas parecen siempre tan honradas.

Lo demás es oficio. Los hombres andan desde los hombros; las mujeres, desde las caderas; los caballeros de club, desde el aburrimiento.

La voz se baja al pecho y se le quita la música.

La mandíbula se apaga con polvos. Las manos, que son las delatoras, van enguantadas: un caballero puede ir sin fe, pero no sin guantes.

Y la regla de oro: no mirarse nunca los zapatos.

Los hombres que mandan no saben dónde pisan; por eso pisan como pisan.

Lo llamé Kestrel. El cernícalo es el único pájaro que sabe quedarse inmóvil en mitad del viento. Eso pensaba hacer yo: quedarme quieta dentro del vendaval, y mirar.

Una imprenta de Clerkenwell que no hace preguntas me fabricó por seis peniques las tarjetas: «J. KESTREL — Kestrel e Hijo, procuradores — Manchester». No hay hijo. Técnicamente, el señor Kestrel era mi mentira número cinco, pero las mentiras con sastre propio merecen contarse aparte.

El objetivo me lo había dado Betsy sin saberlo: una lira.

Y me lo confirmó Walter, el cuñado de Sally, que lleva nueve años barriendo el vestíbulo de cierto club de Pall Mall que aquí llamaré el Coloso, porque los nombres verdaderos cuestan pleitos.

En el Coloso fueron socios Rothsay y el coronel.

Y en el Coloso, decía Walter, hay un cuarto donde duermen los libros de las sociedades de cena: comedores pequeños, puertas cerradas, caballeros que se ponen nombres de dioses para cenar como animales.

El secretario del club almuerza fuera los martes, de una a tres, con la puntualidad de los hombres que solo mandan en un archivo.

Los martes, el vestíbulo queda al cuidado de un portero segundo al que Walter describe con una sola palabra profesional: dormido.

Acordamos con Walter una señal de andar por casa: dos golpes de escoba contra el zócalo querrían decir salga. Tres querrían decir corra.

Quedaba el inconveniente de siempre.

El Coloso no admite mujeres. Ni socias, ni invitadas, ni de paso. Ni siquiera muertas.

Perfecto.