La difunta Irene Adler 7EL PACTO Y EL VAPOR
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7EL PACTO Y EL VAPOR

EL PACTO Y EL VAPOR

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Hay tres maneras de encajar tu propio nombre cuando te lo disparan por la espalda. Volverse de golpe: culpable. Seguir andando: culpable con prisa. Yo elegí la tercera: me detuve, conté un compás entero y me volví despacio, con la cara de quien oye llover.

—Se equivoca de dama —dije.

—Puede. —Se acercó dos pasos, sin invadir—.

Pero el archivo de mi periódico no se equivoca nunca.

«La Adler: el misterio del retiro de la contralto americana.

» Iba a ser mi pieza del domingo, antes de que el banquero tuviera el detalle de morirse.

Doce años cantando en media Europa y de pronto, nada: ni escándalo, ni tumba, ni adiós.

Las carreras no se apagan solas, señora. Las apaga algo.

—¿Y qué quiere? ¿Una entrevista con la difunta?

—Quiero lo que queremos todos los de mi oficio: llegar antes.

—Bajó la voz sin bajar la mirada—. Dos cosas sé.

Que el muerto llevaba música encima. Y que la única persona de Londres que fue a llorarlo sin conocerlo es una cantante que dejó de cantar.

Yo no creo en las casualidades. Me quitan el pan.

Eché a andar hacia el río y dejé que me siguiera.

Las conversaciones peligrosas se tienen en movimiento: la niebla disimula las caras y el paso disimula los silencios.

El Támesis olía a moneda vieja; las gabarras se llamaban a gritos cortos entre la bruma, y los faroles del Embankment flotaban sin calle debajo.

—Propongo un trato, señor Crane. Usted entierra ese apellido. A cambio, cuando esta historia reviente —y va a reventar—, será suya. Entera. Antes que nadie.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, usted me cuenta lo que gotea del Yard y yo le digo dónde poner los cubos. Saldrá ganando: yo escucho mejor que usted, y usted publica mejor que yo.

—¿Y si la historia acaba con usted en el banquillo? —preguntó, con una franqueza que casi agradecí.

—Entonces tendrá la exclusiva del siglo y yo un problema mayor que su periódico.

Se rio de verdad, por primera vez, y la risa le quitó cinco años y dos capas de barniz.

—Trato hecho, señorita... —Se corrigió con una reverencia mínima—: Señora Norton.

—Una regla, señor Crane. Si me miente una vez, una sola, dejará usted de tenerme por noticia y pasaré a ser su necrológica.

—Qué manera tan bonita —dijo, tendiéndome la mano— de decir «confíe en mí».

Nos dimos la mano como se la dan los hombres, medio segundo de más. Lo anoté. Él también lo anotó; se le vio en la manera de guardarse la mano en el bolsillo, como quien archiva.

Los dos días siguientes fueron de costura fina.

El cuñado de Sally, que barre el vestíbulo de cierto club de Pall Mall, me devolvió el hilo del coronel: almuerza en el club, cena en el club, y entre lo uno y lo otro va a sudar la ginebra a los baños turcos de Jermyn Street, martes y jueves, puntual como un reloj con hígado.

Decidí abordarlo el viernes a la salida de su club, con la verdad por delante: «Coronel, alguien nos está matando a los de Varsovia. »

Los planes para el viernes son la especialidad favorita del diablo.

Los aldabonazos llegaron a las cinco y cuarto de la madrugada.

Marta bajó antes que yo, armada con el atizador y con un camisón que habría disuadido a un regimiento; cuando llegué al recibidor, sostenía la puerta a medio palmo con cara de estar decidiendo entre la ley y el atizador.

Al otro lado, empapado y sin sombrero, estaba Crane, con esa gravedad eufórica de los de su oficio cuando el mundo se porta mal.

—Vístase —dijo—. El coronel Pike. Y si quiere ver lo que hay que ver, tenemos hasta que el juez de guardia termine su desayuno.

Londres, a esa hora, es un teatro con la sala a oscuras y los tramoyistas trabajando: carros de leche, faroleros apagando su cosecha, el río empujando la niebla calle arriba. El cabriolé olía a cuero frío. No hablamos. Hay trayectos que se estropean con palabras.

Los baños de Jermyn Street tienen puerta de templo y modales de banco.

A esa hora tenían, además, un encargado del color de la ceniza y un agente joven al que llamaré Perkins, porque los nombres tranquilizan, montando una guardia que le venía tres tallas grande.

Crane obró el milagro con dos herramientas: media corona y una mentira espléndida.

—La señora escribe para The Queen —dijo—. Sus lectoras querrán saber si el mármol es de Carrara.

El mármol era de Carrara. Lo demás era de pesadilla.

Dentro, el vapor agonizaba. Nadie había sabido cerrar del todo las calderas, y las tuberías seguían sangrando un vaho fino que olía a eucalipto y, por debajo, a algo más dulce que no debía estar allí.

Mosaicos azules, latón, bancos de mármol sudando.

Y un goteo en alguna parte, paciente y exacto, llevando el compás.

Aquella casa entera era un metrónomo que nadie se atrevía a parar.

Pasamos junto a la piscina fría, un rectángulo de agua negra y quieta como tinta de esquela, donde nuestros reflejos nos siguieron un trecho sin comprometerse a nada.

El coronel Aubrey Pike estaba en la cámara caliente, sentado contra la pared, con una toalla en los riñones y la dignidad rota exactamente por la cara. Parecía una estatua que se hubiera cansado de su pedestal.

Sir Edmund murió con expresión de haber disfrutado de la función. El coronel Pike murió con la cara del que tuvo tiempo de entender. No sabría decir cuánto tiempo. Espero —y es lo primero que le deseé en doce años— que fuera poco.

Sobre el pecho gris, tres violetas prensadas, colocadas con un cuidado que daba más frío que el propio muerto. Y asomando bajo el muslo, doblada, media hoja pautada de tinta parda. La misma aria. La misma letra de copista, rozándome la memoria con el mismo abrigo conocido.

Miré lo que cinco minutos dan de sí: ni marcas, ni señales de lucha; un vaso de agua intacto en la hornacina; el calor borrándolo todo con la diligencia de un criado sobornado. Quien había elegido este sitio sabía que el vapor es el mejor cómplice: no deja huellas y las inventa.

Junto al vaso, la petaca del coronel: llena.

Ni bebida envenenada, ni copa forzada, ni marca de aguja que cinco minutos me dejaran encontrar.

Si el veneno existió, entró sin llamar a la puerta.

Tomé nota de la elegancia. La elegancia, en los crímenes como en los sombreros, se paga: alguien estaba invirtiendo en esto una fortuna de paciencia.

Fue en el vestuario, junto a la ropa del coronel doblada con esmero de cuartel, donde el suelo se me movió.

Encima de la camisa había un guante de mujer.

Cabritilla gris perla. Reconocí la talla antes de querer reconocerla. Luego la hechura, porque una conoce a sus guanteros como conoce a sus médicos. Y luego, en la costura del pulgar, un zurcido minúsculo, primoroso, en hilo apenas un tono más claro.

Marta zurce así.

El guante era mío.

Los dedos me pidieron cogerlo. Habría sido fácil: un gesto, la manga, y la prueba a dormir al fondo del manguito.

El agente Perkins bostezaba en la puerta.

Pero Crane me estaba mirando las manos —a los de su oficio se les educa para mirar manos—, y además, no.

Quien había dejado allí ese guante esperaba exactamente una de dos cosas: que yo lo hiciera desaparecer o que lo encontrara la policía.

Ganaba con las dos. A los jugadores así solo se les estropea la partida no moviendo la pieza que te ofrecen.

En el vestíbulo sonaron voces nuevas. Entre ellas, una que ya conocía: paciente, funcionarial, con reúma.

Merrick.

Crane ya me tiraba de la manga. Salimos por el pasillo de servicio, bendito sea el encargado y bendita la media corona, a un callejón donde la lluvia hacía su trabajo fino.

A nuestra espalda oí a Perkins dar el alto a nadie, con su voz de gallo joven, y al encargado jurar por sus calderas que allí no había entrado más que el vapor.

—¿De quién es el guante? —preguntó Crane cuando recuperamos una calle con nombre.

—De ninguna que le importe todavía.

—«Todavía» es mi palabra favorita, señora Norton.

—Rothsay y Pike —insistió luego, porque los de su oficio insisten como respiran—. ¿Cuál es el hilo?

—El hilo es lo que le tengo prometido, señor Crane. Todavía no.

Me miró como se mira una caja fuerte y tuvo la decencia de no silbar.

Dos de cinco. Y una coreografía que ya se dejaba leer entera: alguien mataba a los hombres de Varsovia y, con la otra mano, me iba vistiendo a mí de asesina. Primero la cita en una agenda ajena. Ahora el guante.

O bien el que mataba y el que me señalaba eran la misma persona con dos manos muy distintas, o bien... No terminé el pensamiento. Anoten también esto: hay pensamientos que una deja a medias por miedo, y los pensamientos a medias, como las deudas, cobran intereses.

Quedaban tres nombres y un fantasma, y mis preguntas dormían todas en el mismo sitio: los clubes donde los caballeros guardan sus listas, sus deudas y sus temporadas polacas. Donde las mujeres no entran ni muertas.

De modo que decidí dejar de ser mujer por una noche.