6LA RED
LA RED
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Scotland Yard tiene mil doscientos hombres, telégrafo propio y un edificio nuevo con torreones.
Yo tenía a Sally, a media docena de doncellas agradecidas, a un afinador de pianos sordo de un oído y a la señora Pool, que sirve comidas a los criados de tres calles de Mayfair. Íbamos, calculo, empatados.
Preguntar es un arte que consiste en no preguntar. Se ofrece té, se deja un silencio, se maldice a un ama injusta en el momento oportuno, y la información viene sola, como vienen los gatos: cuando pareces ocupada en otra cosa.
Betsy Mullins había sido doncella primera en casa de los Rothsay hasta tres semanas antes de la muerte del señor, cuando la señora la puso en la calle sin cartas de referencia por un espejo roto que —me juró, y la creí— rompió el gato de la cocinera.
No hay en todo el imperio fuente mejor que una criada despedida con injusticia: es un grifo abierto.
La señora Pool me la sirvió con el segundo té.
La cité en la casa de comidas de Marylebone Lane, mesa del fondo, empanada de riñones para ella y té para las dos. Betsy tenía las manos rojas de quien friega y los ojos rápidos de quien sirve mesas donde se habla de más.
Yo era, para ella, la señorita Marsh, secretaria de una sociedad benéfica que coloca a doncellas injustamente despedidas.
La sociedad no existe. La colocación sí: pensaba dársela de verdad, en casa de una soprano amiga que trata bien al servicio.
Miento mucho, pero procuro que mis mentiras dejen propina.
—El señor llevaba desde el final del verano quemando papeles de madrugada —dijo, cuando la conversación ya no parecía conversación—. Lo sé por la ceniza: ceniza fina, de papel bueno, en la chimenea del despacho. Con el calor que aún hacía.
—Los caballeros queman cartas viejas cuando ordenan su vida.
—O cuando alguien se la desordena. —Bajó la voz—.
En septiembre, a mediados, llegó una carta que lo puso del color de la sémola.
Sello extranjero. De Viena, dijo el señor Gough, el mayordomo, que de sellos entiende porque los colecciona.
Después de esa carta, el señor mandó cambiar la cerradura del despacho. Dos veces en una semana.
Viena. Guardé la palabra como se guarda un alfiler: por si acaso.
—¿Visitas?
—Una rara. Dos veces vino, ya oscurecido, un caballero sin tarjeta. Alto. Bien puesto. De los que huelen a señor. La segunda vez abrí yo, pero llevaba el sombrero calado y tiró derecho al despacho, que ya se sabía el camino. Le vi la espalda y el bastón. Un bastón bonito, con el puño de plata.
Otra espalda. Empezaba a coleccionarlas.
—¿Discutieron?
—Voces, la segunda noche. El señor gritó una cosa rara. «¡Eso quedó pagado!», gritó. Dos veces. Yo estaba con las lámparas del pasillo, no es que escuchara. Luego el caballero salió tan tranquilo, deseó las buenas noches al aire, y el señor no bajó a cenar.
—¿Y qué quemaba, Betsy? ¿Cartas?
—Cartas y papeles viejos. Una vez no ardió del todo una cosa y la vi al limpiar la ceniza: un programa de teatro, de letras raras, extranjeras. Quedó una esquina con un dibujito. Una lira, de esas de los ángeles. Me acuerdo porque pensé: qué bonito, para quemarlo.
Una lira. El arpa pequeña de Orfeo. Guardé también ese alfiler sin saber todavía que no era un alfiler: era la llave de un costurero entero.
—¿Y el martes? La noche de la ópera.
—El señor no pensaba salir, se lo digo yo, que no había ropa preparada.
Por la tarde vino un mensajero con un sobre pequeño.
Una localidad, dijo después el señor Gough.
De palco. El señor pidió el coche para las siete y media así, de golpe, y fue solo.
Y solo no iba nunca, señora. A la ópera, menos: se dormía en el segundo acto.
Salí de allí con mi té frío y el cuaderno lleno, aunque mi cuaderno no se ve.
Septiembre: una carta de Viena, y un hombre rico empieza a quemar su pasado.
Después, un caballero alto que no deja tarjeta y a quien se le grita «eso quedó pagado».
Y al final, una localidad de palco como anzuelo para un hombre que se dormía en el segundo acto.
De que sir Edmund pagó aquella temporada de Varsovia yo no necesitaba testigos: le vi firmar los cheques con mis propios ojos, hace doce años, con esta misma letra enérgica de quien espera que otros descifren.
Sir Edmund no murió en la ópera. Acudió a su muerte con el coche de las siete y media.
La llovizna había vuelto cuando salí a Marylebone Lane. Y con la llovizna, él.
Estaba apoyado en la farola de enfrente, manos en los bolsillos, sombrero echado hacia atrás como si el mundo le debiera espacio.
Treinta y pocos. Botas buenas con medias suelas nuevas.
Cuando cruzó hacia mí lo hizo sin prisa, dándome tiempo a verlo venir: los periodistas y los duelistas comparten esa cortesía.
—Señora Norton. —Se tocó el ala del sombrero—. Nathaniel Crane, del Pall Mall Gazette . Llega usted tarde: Betsy me lo contó todo ayer. A mí me sale más barata. Yo la dejo hablar mal de la señora y no le hago comer empanada de riñones.
—No sé de qué me habla.
—Del muerto del palco. De la hoja de música que llevaba encima, que eso no lo ha publicado nadie porque el Yard lo guarda bajo llave.
Yo lo sé porque el Yard tiene goteras y yo pongo cubos.
—Sonrió sin enseñar los dientes—. Y hablo de cierta dama de velo que el lunes contaba cabezas en San Jorge desde el lado de la Epístola.
—Las viudas vamos a los funerales, señor Crane. Es nuestro teatro.
—Las viudas miran el ataúd. Usted miraba al coronel Pike.
—Y usted no ha venido a preguntarme nada —dije—, porque los hombres que preguntan no ensayan la postura en las farolas.
Ha venido a enseñarme lo que sabe, que es lo que hacen los provincianos listos cuando quieren jugar con la capital.
¿Manchester? Las vocales están bien lijadas, pero el ritmo las delata.
—Le miré las botas—. Medias suelas nuevas en botas de tres guineas: gasta usted en parecer y ahorra en estar.
Me parece un plan de carrera excelente. Buenas tardes.
Di dos pasos. Me los dejó dar. Los buenos duelistas conceden la distancia.
—Buenas tardes... señorita Adler.