La difunta Irene Adler 5ÉL(i)
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ÉL

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El libro pesa poco y pesa todo. Es un devocionario de tapas blandas, gastado por unas manos que eran más pequeñas que las mías. Entre sus páginas duermen las flores.

Ella prensaba violetas como otros rezan: para guardar algo del verano. Las ponía entre la misa del domingo y la del lunes, bien apretadas, y luego se olvidaba de ellas, porque tenía diecisiete años y el mundo entero por delante para hacer flores nuevas.

Quedan veinticuatro. Las he contado esta noche. Con las ya entregadas eran veintiséis. Alcanzan de sobra: la lista es corta.

Los nombres llegan como llega la nieve: sin firma. El primero llegó en primavera, escrito a máquina, como escriben los que no quieren tener letra, con dinero para el viaje dentro del sobre. No toqué el dinero. Hay cosas que se hacen gratis o no se hacen.

Con cada nombre llega una hoja de música. No sé leer música. No hace falta: sé lo que canta.

Hoy han enterrado al banquero. Lirios, caballos con plumas, un obispo. Flores equivocadas hasta el final. Los ricos ni siquiera saben morirse con la flor que les toca.

Había una mujer de velo que miraba como miro yo: contando. La conozco de otra vida. Cantó lo que no era suyo y calló lo que era de todos. Todavía no sé qué flor le toca a ella.

El soldado suda sus culpas dos veces por semana, entre mármoles, como si el vapor limpiara. El jueves sudará la última.

Te lo dije junto al río, aunque tú ya no oías: ninguno se irá sin flores. Duerme. Los gatitos ya están despiertos.