La difunta Irene Adler 4LA NANA
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4LA NANA

LA NANA

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Abrí el sobre a medianoche, cuando Marta se hubo acostado y la casa quedó reducida a su esqueleto de crujidos. Lámpara baja, guantes fuera, el abrecartas de hueso que fue de mi padre. Ya lo he dicho: hay cartas que se abren como tumbas, y conviene hacerlo con respeto, por lo que pueda salir.

Dentro no había carta.

Había una violeta prensada, tan vieja que el morado se había rendido en los bordes a un color de luto usado. Y una tira de papel, estrecha como cinta de sombrero, con una sola línea en aquella letra de aguja, torcida y aplicada. En polaco.

«Aaa, kotki dwa, szare, bure obydwa…»

Duermen dos gatitos, uno gris y otro pardo. La nana más vieja del Vístula. La cantan las nodrizas, las abuelas, las hermanas mayores; la canta cualquiera que haya mecido algo en Polonia. Yo la había oído cientos de veces en los pasillos del teatro, tarareada por mujeres con alfileres en la boca.

Me quedé muy quieta, con la violeta en la palma de la mano, escuchando la casa.

Quien había enviado aquello sabía tres cosas de mí.

Que leo polaco. Que las violetas me hablan.

Y dónde vivo. Y sabía una cuarta, peor que las otras juntas: había elegido entregarlo en mano mientras Scotland Yard tomaba el té en mi salón.

Aquello no era solo un mensaje. Era una demostración: te veo .

Lo que no supe decidir en toda la noche fue el tono. Las amenazas suelen tener mala ortografía y peores modales; esto tenía la delicadeza terrible de un recordatorio, como si alguien me devolviera algo olvidado en un cajón ajeno. Duermen dos gatitos. ¿Quién duerme? ¿Quién ha despertado?

Hice inventario de los vivos que podían saber.

Los cuatro nombres. El fantasma. Una decena de coristas dispersas por Europa que nunca supieron lo que había que saber.

Y los muertos, que son los únicos que guardan bien los secretos y los únicos que, según la experiencia general, no escriben.

La lista era tan corta que daba vértigo: quien me había enviado una violeta no cabía en ella.

Y sin embargo existía, y usaba chicos de a penique, y sabía a qué hora toma el té Scotland Yard.

Pensé en escribir a Varsovia, a la única persona de allí que me quedaba y que no me odiaba. Llegué a sacar papel. Lo devolví al cajón: hay puertas que, una vez abiertas, ya no vuelven a encajar en su marco. Dormí con la lámpara encendida, como las niñas y las culpables.

Guardé la violeta en el cajón izquierdo, con la otra cosa. Empezaba a haber demasiada Varsovia en aquel cajón.

Por la mañana hice la prueba más barata del repertorio: el piano.

Saqué la melodía de oído, despacio, con una sola mano, como quien no quiere la cosa, mientras Marta pasaba el paño por los estantes del pasillo. Tres compases. Cuatro.

Del pasillo llegó, bajito, el quinto.

La voz de Marta lo completó sin pensar, con esa afinación humilde de quien canta para adentro, y se cortó en seco, como se corta un hilo con los dientes.

Me asomé. Seguía de cara a los estantes, el paño detenido a media balda, los hombros rígidos como una percha.

—¿La conoce? —pregunté, con la mano todavía en el teclado.

—Todas las niñas de Polonia la conocen, señora. —No se volvió—. ¿De dónde la ha sacado usted?

—De un sueño —dije.

Mentira número cuatro. Y la primera que me supo mal.

Marta reanudó el paño. Yo bajé la tapa del piano.

En las casas pequeñas, las preguntas grandes hay que dosificarlas: si aprietas un día, la verdad se te esconde una semana.

Anoté, eso sí, dos cosas en el libro invisible donde apunto a las personas: que Marta había palidecido, y que a Marta, Polonia le dolía en un sitio que yo nunca había sabido nombrar.

Lo atribuí a la nostalgia. Sépase, para lo que viene, que también los buenos ojos miran mal cuando miran a los suyos.

El lunes enterraron a sir Edmund Rothsay en San Jorge de Hanover Square, con toda la pompa que el dinero alquila y toda la humildad que el dinero finge.

La iglesia olía a lirios. Al inspector Merrick le habría hecho gracia. Lirios a centenares, blancos y carnosos, apilados como espuma cara sobre el ataúd; y debajo del olor a lirios, el otro olor de los funerales ricos: paño nuevo, agua de colonia y aburrimiento.

Me senté al fondo, del lado de la Epístola, con velo completo y misal propio: una viuda más, en una ciudad que las produce por toneladas. Desde allí se veía todo lo que importaba, que en los funerales nunca está en el altar.

La viuda de Rothsay estrenaba pena y sombrero, y lloraba lo justo para no arrugarse.

Los socios del banco calculaban a cuánto les salía el pésame.

Un obispo de alquiler administraba el latín con la eficacia de un cajero.

Y en el segundo banco, a la derecha del pasillo, estaba el coronel Aubrey Pike.

Doce años le habían puesto papada y quitado color, pero seguía ocupando el espacio de la misma manera: como territorio conquistado. Lo reconocí por eso, no por la cara. Hay hombres que envejecen; su manera de sentarse, jamás.

El coronel Pike sudaba en octubre. Se volvía hacia la puerta a cada ruido, con un cuarto de segundo de retraso, que es lo que tarda el miedo en pedirle permiso al orgullo.

Cuando a un monaguillo se le cayó el misal, al coronel se le cayó media vida.

Aquello me dijo más que todos los lirios juntos: Pike había entendido las violetas.

Pike sabía de qué tumba soplaba este viento.

Y Pike, que había mandado cargar contra medio imperio, tenía miedo.

A la salida, en el atrio, lo tuve a tres pasos mientras la cola de pésames avanzaba a paso de rebaño. Retenía por el brazo a uno de los socios del banco y le susurraba con urgencia de acreedor. Solo cacé cuatro palabras. Eran las cuatro que valían: «¿Dónde está Marlowe?».

Del empresario Silas Marlowe, ni rastro. Cobarde o listo; con frecuencia son la misma cosa.

Al inspector Merrick lo encontré donde debía estar: al fondo, del lado del Evangelio, contando cabezas, igual que yo.

Nuestros ojos se cruzaron por encima del rebaño.

Él inclinó apenas el sombrero que sostenía en las manos; yo incliné apenas el velo.

Acudir era confesar; no acudir era confesar; yo había elegido la confesión con mejores vistas.

Fue al salir, en la escalinata, cuando lo vi.

Estaba al otro lado de la calle, entre los curiosos que los funerales ricos convocan como convocan moscas: un hombre de treinta y pocos años, abrigo de obrero endomingado, manos anchas de tirar de cuerdas.

Una cicatriz le partía la ceja izquierda en dos tramos que no acababan de ponerse de acuerdo.

No miraba el ataúd, ni a la viuda, ni los caballos empenachados.

Me miraba a mí.

Sostuve la mirada lo que dura un compás de tres por cuatro. Después cruzó entre nosotros una carroza con su carga de lirios equivocados, y cuando terminó de pasar, en la acera de enfrente ya no había nadie.

Los teatros enseñan a desaparecer. A aquel hombre le habían enseñado bien.