La difunta Irene Adler 3EL INSPECTOR
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3EL INSPECTOR

EL INSPECTOR

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El caballero de Scotland Yard ocupaba mi mejor butaca como ocupan los policías las cosas: sin placer y sin la menor intención de devolverlas pronto.

Se levantó al verme entrar. Corpulencia cansada, un gabán húmedo que no había querido soltar, cuarenta y muchos años y una cara de sabueso con reúma que debió de ser hermosa en algún reinado anterior.

—Inspector Elias Merrick —dijo—. De Scotland Yard. Lamento presentarme sin aviso, señora Norton.

El edificio es nuevo: ladrillo rojo y granito, recién estrenado junto al río, con hechuras de castillo para tranquilizar a los contribuyentes. El hombre, en cambio, era claramente de segunda mano.

Mientras nos sentábamos hice lo que hago siempre y no sé evitar: leerlo.

Una alianza de oro ensartada en la cadena del reloj, demasiado pequeña para sus dedos: viudo, y de los que no se acostumbran.

El cuello de la camisa planchado con más voluntad que oficio: vive solo, sin criada fija.

Tinta en el índice y el pulgar derechos, del lado de quien escribe mucho, deprisa y de mala gana.

Y en los ojos, ese velo particular que dejó en todos los inspectores de esta ciudad el otoño del ochenta y ocho, cuando la prensa los convirtió en payasos y a las mujeres de Whitechapel en mercancía de titular.

Un hombre honesto, cansado y peligroso, decidí. Las tres cosas suelen viajar juntas.

Sus ojos, mientras tanto, hacían el inventario de mi salón sin pedir permiso: el piano, los atriles, las fotografías de otros tiempos cuidadosamente ausentes. Se detuvieron un instante en el rincón.

—Bonito metrónomo.

El metrónomo, al que yo había dado cuerda la víspera, marcaba su compás con obstinación de testigo. Sesenta golpes por minuto. A mí me sonaron a delación.

—Herencia del oficio —dije.

—¿Té, inspector?

—No, gracias. —Miró la tetera que Marta acababa de dejar entre los dos, humeante, con su vaho subiendo como una cortina—. Bueno. Sí.

Servir el té concede a una mujer dos minutos de ventaja y las dos manos ocupadas en algo inocente. Ninguna entrevista con la policía debería empezar sin una tetera cerca.

—Usted es la señora Norton —dijo, abriendo una libreta gorda de esquinas dobladas—. Viuda de Godfrey Norton, abogado del Inner Temple. Mi pésame. Y antes de su matrimonio, usted era... —Pasó una página; fingió buscar lo que se sabía de memoria—. Cantante.

—Antes de mi matrimonio yo era muchas cosas, inspector. «Cantante» es la que cabía en los carteles.

—Irene Adler —leyó, y levantó la vista con la cucharilla a medio camino, para ver qué hacía mi cara con el nombre.

Mi cara no hizo nada. Para eso también sirven quince años de escenario.

—¿Conocía usted a sir Edmund Rothsay?

—Sabía quién era. Como todo Londres: era rico y procuraba que se supiera.

—¿Lo trató?

—Coincidimos hace años en ambientes líricos. Los mecenas son parte del mobiliario de los teatros, inspector. Una no siempre recuerda los muebles.

Mentira número uno. Las iré numerando, para que luego nadie diga que no fui honesta a mi manera.

—¿Dónde estuvo usted el martes por la noche, señora Norton?

—Aquí. Sola. Marta libraba. —Sonreí lo justo—. Le ahorraré la pregunta siguiente: no, nadie puede confirmarlo. Las viudas tenemos coartadas muy pobres; es uno de los inconvenientes del gremio.

Casi le hizo gracia. Casi. Sacó entonces del bolsillo interior una libreta distinta, pequeña, con tapas de piel buena: no era suya. La abrió por una página marcada con un hilo y me la mostró sin soltarla, como se enseña una carta en una timba.

—Esta es la agenda del difunto. En la página de ayer, miércoles, figura esta anotación.

La letra era enérgica, de hombre acostumbrado a que otros descifren: I. A. — miérc., 4.

—Sir Edmund murió el martes por la noche —siguió Merrick—. Tenía una cita al día siguiente a las cuatro. ¿Era con usted?

—¿Por dos iniciales? ¿Ha probado con Isabella Ashford, la sombrerera de Regent Street? ¿Con la Illustrated Almanack ? Media guía de Londres responde a esas letras, inspector.

—Media guía de Londres no cantaba ópera —dijo, sin acritud, como quien constata el tiempo que hace—. ¿Era con usted la cita?

—No. Yo no tenía ninguna cita con sir Edmund Rothsay.

Y esa era la pura verdad, y por eso me dio más miedo que todas mis mentiras juntas. Porque si yo no había concertado esa cita, alguien la había escrito por mí en la agenda de un hombre que iba a morir. Y quien escribe citas en las agendas de los muertos suele tener planes para los vivos.

Merrick guardó la agenda y sacó de su cartera un pliego envuelto en hule, con cuidado de sacristán. Lo desdobló sobre la mesa, sujetándolo por las esquinas: papel pautado, tinta parda, escritura apretada de copista. Rasgado por la mitad, de arriba abajo, con saña o con prisa.

—Usted entiende de música —dijo—. ¿Qué es esto?

Lo miré el tiempo justo. Ni un segundo más.

—Un aria. Ópera polaca: Halka , de Moniuszko. Esto es la plegaria del último acto.

—¿La conoce?

—Cualquier contralto de Europa la conoce, inspector.

Lo que no dije: que con esa aria, exactamente con esa, me hicieron prima donna hace doce años.

Que fue mía en todos los carteles de una capital durante tres temporadas.

Y que antes de ser mía fue de otra, aunque eso los carteles no lo supieron nunca.

Mentira número dos, por omisión, que son las más cómodas y las que más caras se acaban pagando.

Tampoco dije que la letra del copista me rozó la memoria como te roza en una multitud un abrigo conocido. No supe de quién era. Todavía.

—¿No va a preguntarme cómo murió? —dijo Merrick de pronto, replegando el hule.

—Los periódicos dicen que del corazón.

—Los periódicos —concedió Merrick— dicen.

Dejó la palabra en el aire, entre los dos, como se deja una propina pequeña: para que se vea. Luego, mientras se guardaba el pliego, añadió en el mismo tono con que se comenta la humedad:

—Había flores, también. En el puño del difunto. Lirios prensados. ¿Le sugiere algo?

La palabra me subió hasta los dientes: violetas . La mordí. Un cuarto de segundo, quizá menos, con la taza a la altura de la boca para tapar lo que hiciera falta tapar.

—Me sugiere un admirador con gustos fúnebres —dije—. El lirio es flor de entierro.

—Eso mismo pienso yo —dijo el inspector Merrick, y me miró como miran los sabuesos viejos: sin prisa y sin parpadear.

Nunca sabré si su boca mentía a la vez que la mía, si dijo «lirios» por descuido o por anzuelo. Es lo malo de los policías buenos: usan nuestras mismas armas, pero con licencia.

Se levantó, recogió su sombrero, agradeció el té con una inclinación anticuada. En la puerta del salón se volvió, porque los de su oficio siempre guardan una frase para el marco de la puerta.

—No salga de Londres, señora Norton.

—No tenía planes —dije.

Apunten esa: mentira número tres. Aunque, para ser justa con mi conciencia, en aquel momento yo todavía no sabía que lo era.

Cuando la puerta de la calle se cerró, el salón conservó un instante su rastro: agua de colonia barata, ron de laurel y prisa.

Pensé, sin querer, en el frasco de vetiver que sobrevive en el armario de mi difunto marido y que no he tenido el valor —ni la sensatez— de tirar.

El olor de los muertos debería morirse con ellos. No lo hace.

Marta apareció entonces con la bandeja del correo y con la cara de quien lleva una hora conteniendo algo.

—Esto lo trajo un chico, en mano, mientras el señor policía estaba con usted. No quise interrumpir.

—¿Qué chico?

—Un chico. De los del penique por recado. No supo decir quién le pagó. O no quiso.

El sobre no llevaba remite. Ni sello. Ni apellido. Solo mi nombre de pila, Irene , escrito en una letra extraña que no era de pluma sino de aguja: puntadas de tinta, aplicadas y torcidas, de alguien que aprendió a coser mucho antes que a escribir.

No lo abrí delante de nadie.

Algunas cartas se abren como se abren las tumbas: a solas, de noche y con las herramientas adecuadas.