La difunta Irene Adler 2EL ARIA RASGADA
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2EL ARIA RASGADA

EL ARIA RASGADA

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El mercado de Covent Garden empieza a gritar a las cinco de la mañana, y a las seis ya ha dicho todo lo que los periódicos van a callar durante el día.

Fui temprano, de gris y con velo corto, esa clase de luto que permite mirar sin ser mirada.

El mercado olía a col aplastada, a parafina y a tierra mojada de las macetas; los mozos silbaban entre pirámides de repollos, las carretas descargaban con estrépito de huesos grandes, y bajo los soportales el suelo resbalaba de hojas muertas y escarcha pisoteada.

Los vendedores de periódicos voceaban la muerte del banquero con el entusiasmo con que se vocea todo lo que no le ha pasado a uno.

Hay quien va a los mercados a comprar. Yo voy a escuchar.

Los periódicos cuentan lo que la policía quiere que se cuente. Las cocinas, los guardarropas y los puestos de flores cuentan lo demás.

Sally Prewitt vende flores bajo el pórtico de St. Paul desde antes de que yo llegara a esta ciudad.

Tiene ojos de urraca, memoria de acreedor y un delantal con más bolsillos que la sotana de un contrabandista.

Yo le debo tres ramos. Ella me debe un marido menos.

Es una historia larga y no pienso contarla aquí.

—Señora N. —me saludó, que es como me llama desde que le pedí que no me llamara de ninguna otra manera—. ¿Violetas? No es temporada, pero me han llegado de invernadero que da gloria verlas.

—Hoy vengo por la conversación, Sally.

—Ah —dijo, y las urracas de sus ojos brillaron—. El muerto del palco.

El primo de su mozo, Alfie, trabaja de acomodador en el Royal Opera House; la hermana de Sally viste coristas en el Alhambra; su cuñado barre el vestíbulo de un club de Pall Mall.

En Londres, todo el mundo vive a dos parientes de distancia de cualquier tragedia; el truco consiste en saber qué parientes.

—Cuenta.

—Lo encontraron al caer el telón —dijo Sally, acomodando sus crisantemos como quien no dice nada—.

Sentado muy digno, con la cortinilla del antepalco echada, que por eso nadie vio nada.

Cara tranquila, dice el primo de mi Alfie.

Como si la función le hubiera gustado. —Bajó la voz con el gusto de los que reparten buenas malas noticias—.

Y ahora viene lo que no traen los papeles, señora N.

El caballero tenía flores en el puño. Violetas.

Pero no frescas, fíjese usted: prensadas , como las que guardan las señoritas en los libros gordos.

Y sobre el pecho, una hoja de música rota.

Escrita a mano, con unas letras raras arriba. Extranjeras.

El mercado siguió sonando. Yo dejé de oírlo.

Hay palabras que son puertas. «Violetas prensadas» abrió una que yo llevaba doce años apuntalando con muebles.

No voy a explicar todavía por qué unas flores secas me vaciaron los pulmones mejor que cualquier corsé. Digamos, por ahora, que las violetas eran una firma. Digamos que yo conocí a la muerta que firmaba.

—¿Se encuentra bien? —Sally me estudiaba con la cabeza ladeada—. Se ha puesto usted del color de las camelias.

—Es el frío. —Me ajusté el velo—. Dime una cosa. ¿Quién vende violetas prensadas en Londres?

—¿Vender? —Soltó una risa corta—. Nadie, señora. Eso no se vende. Eso se hace . Con tiempo, con un libro gordo y con motivo. Las flores prensadas no son mercancía: son recuerdo de algo.

Con tiempo y con motivo. Sally Prewitt no ha pisado una escuela y resume mejor que Scotland Yard.

—Ponme violetas, anda. De las de invernadero.

Me las envolvió en papel de periódico y me cobró de menos, como siempre, y como siempre fingí no darme cuenta. Cuando ya me iba, me retuvo por la manga con dos dedos.

—Señora N. Usted fue de la ópera, ¿verdad que sí? —No esperó respuesta; las urracas no esperan—. Pues ándese con ojo. Cuando los ricos se mueren raro, siempre acaba pagándolo alguien que canta.

—Yo ya no canto, Sally.

—Ya —dijo, mirándome como miran las urracas las cosas que brillan—. Eso dicen todas las que cantan.

Volví a casa dando un rodeo por Long Acre, con las violetas contra el pecho como si fueran mías. Necesitaba las calles para pensar, y Londres, con niebla, es un magnífico despacho: nadie te ve la cara y el ruido te presta un compás.

El rodeo me llevó, no del todo por azar, ante el Royal Opera House.

A esa hora el teatro tenía la resaca gris de los grandes edificios por la mañana: las carteleras de Lucia seguían puestas, y alguien había cruzado la del pórtico con una banda de crespón negro, ese luto de alquiler que los teatros guardan en un cajón para las ocasiones.

Dos agentes custodiaban la puerta de coches con cara de aburrimiento oficial.

Así que la policía seguía dentro, dos días después.

Los corazones que fallan no suelen necesitar tanta compañía.

Ordené lo que tenía, como se ordena una partitura.

Primero: violetas prensadas. Guardadas durante años, hechas con tiempo y con motivo.

Un mensaje privado en un idioma que muy pocas personas vivas hablábamos ya.

Segundo: una hoja de música manuscrita con título extranjero, rasgada; la mitad para el muerto y la otra mitad, había que suponer, para alguien más. Tercero: el muerto. Uno de los cinco.

Varsovia.

No pronuncié la palabra. Me subió desde el estómago con sabor a río en invierno y la volví a tragar. Hay ciudades que funcionan como los nombres de los demonios: es mejor no llamarlas, porque acuden.

Quedaban cuatro hombres de aquel juramento de olvido.

Cuatro nombres y un fantasma. Y alguien acababa de inaugurar en Londres una función cuya obertura consistía en matar a un banquero delante de dos mil testigos que miraban el escenario.

Si las violetas decían lo que yo creía que decían, tarde o temprano esta función iba a necesitar una contralto.

Del quinto hombre yo nunca supe nada: ni cara, ni voz, ni nombre. Solo que existía, porque los otros cuatro hablaban de él como se habla del apuntador: nadie lo ve, pero sin él no hay función.

Doblé la última esquina hacia mi calle y me detuve en seco, con la mano en el pasador de la verja.

Ante mi puerta esperaba un coche negro sin distintivos.

No hacían falta distintivos: los caballos de la policía tienen la misma paciencia de nómina que sus jinetes, y el cochero leía el periódico sin leerlo, con los ojos por encima del papel.

Marta me abrió antes de que yo llamara. Estaba pálida y hablaba en el susurro que reserva para las malas visitas.

—La esperan en el salón, señora. Un caballero. De Scotland Yard.

Me quité los guantes despacio, un dedo tras otro, mientras el corazón me hacía escalas. Los duelos, como las arias, se ganan en la respiración.