1LA VIUDA DE BLOOMSBURY
LA VIUDA DE BLOOMSBURY
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La mañana en que todo volvió a empezar, yo estaba enseñando a mentir a una muchacha de diecinueve años.
Cantar es eso, aunque nadie lo confiese.
Mentir con el cuerpo entero: convencer a dos mil desconocidos de que una se muere de amor a las nueve y cuarto de la noche, seis funciones por semana y dos los sábados.
Yo fui una mentirosa magnífica durante quince años.
Ahora me limitaba a enseñar los rudimentos del oficio, tres alumnas por semana, en un salón de Bloomsbury que olía a cera, a té negro y a partituras amarillentas, donde el carbón chasqueaba en la chimenea con discreción de mayordomo y donde un metrónomo llevaba tanto tiempo parado que las visitas lo tomaban por un adorno.
No lo era. Dar cuerda a un metrónomo es prometer algo. Yo había dejado de hacer promesas.
—Otra vez desde el si bemol, señorita Whitfield —dije—. Y no empuje la nota. La nota no es un mueble.
Clara Whitfield tomó aire como yo le había enseñado, por las costillas y no por los hombros, y la nota salió recta, limpia y un poco huérfana, como todo lo que ella hacía.
Diecinueve años, talento en bruto y unos ojos castaños que todavía no sabían pedir nada.
Me caía bien por razones que no le incumbían a nadie.
Aquella mañana, además, me daba lástima, aunque me habría dejado cortar la lengua antes que demostrárselo.
El bajo de su falda lucía un rocío de barro claro, salpicaduras menudas y regulares: había venido andando y deprisa desde Holborn, no en el ómnibus que decía tomar.
El botón de su guante derecho estaba recosido con hilo de un azul que no era el del guante.
Y su partitura, comprada de segunda mano, llevaba en la esquina el sello a medio raspar de una casa de empeños de High Holborn.
Una no necesita ser adivina. Necesita mirar, que es más barato y está peor visto.
Clara había empeñado algo —el broche de su madre, aposté conmigo misma— para pagarse las clases, y ahorraba el penique del ómnibus caminando bajo la llovizna de octubre.
—Me pagó usted la clase de hoy por adelantado —mentí cuando terminamos—. La semana pasada. ¿No lo recuerda?
Se puso colorada hasta las orejas. Ella sabía que yo mentía, y yo sabía que ella lo sabía, y ninguna de las dos dijo nada, porque para eso exactamente se inventaron los buenos modales: para poder mentir en compañía.
—Señora Norton —dijo al recoger sus cosas, con esa valentía repentina que les entra a los tímidos en las despedidas—, ¿puedo preguntarle por qué usted ya no canta?
El metrónomo, en su rincón, siguió sin hacer ruido.
—Porque descubrí que se me daba mejor escuchar —contesté.
También era mentira. Ya he dicho que es mi especialidad.
Tres alumnas por semana, ya digo. La hija de un notario que canta como respira un fuelle; una señora de Kensington que paga por oírse; y Clara.
Bloomsbury me convenía por lo mismo que conviene a los que copian cuadros y a los que retocan pasaportes: es un barrio donde nadie mira dos veces a nadie.
Yo había tardado años en construirme una vida del tamaño exacto de una taza de té.
Y me gustaba. Que conste en acta que me gustaba.
Marta entró con la bandeja del té cuando Clara se marchaba.
Marta tiene cincuenta y cinco años, manos de modista y cara de fiscal, y lleva conmigo desde antes de que yo dejara los escenarios.
Es polaca, aunque solo se le nota cuando reza o cuando riñe, que en su caso son actividades vecinas.
Dejó la bandeja, recogió del atril una partitura que Clara había olvidado y me miró con la reprobación tranquila de quien te plancha las enaguas desde hace años.
—Falta otro pañuelo en la colada, señora. El bueno. El de sus iniciales de antes.
—Será cosa de la lavandera.
—La lavandera —repitió Marta, con el tono con que se repiten los nombres de los sospechosos habituales, y se fue por donde había venido.
Las cosas pequeñas siempre encuentran a quien culpar. Conviene recordar esta frase: yo también la creía inofensiva entonces.
Me senté con el té junto a la ventana. Octubre desdibujaba Bloomsbury con esa niebla fina que no llega a ser niebla, solo una duda del aire; abajo, los cascos de un hansom picoteaban el adoquín mojado y el afilador tocaba su flauta de siete notas, siempre las mismas, siempre en el mismo orden.
Hay días en que Londres entero parece un ensayo general de algo que nadie se decide a estrenar.
Llevaba entonces ocho meses de luto correcto.
Mi marido, Godfrey Norton, abogado del Inner Temple, se había ahogado en febrero en el lago de Como, adonde había insistido en viajar solo por el asunto de un cliente.
El lago no devolvió el cuerpo. Los lagos italianos son así: hondos, discretos, se lo quedan todo. Como los buenos abogados.
Hubo un funeral sin ataúd que llenar, que es como una función sin tenor: todo el mundo aplaude igual. Yo no lloré. Lo consigno sin orgullo: es un dato, y en esta historia los datos van a importar más que los sentimientos.
A veces, sin motivo, abro el cajón izquierdo de mi escritorio y compruebo que cierta cosa sigue allí. No diré todavía qué es. Hay reliquias que una conserva como se conservan las cicatrices: no por gusto, sino porque arrancárselas sale más caro.
Aquella tarde no llegué a abrir el cajón. Me lo impidió el periódico.
Lo trajo Marta con el correo de las cinco, frío y oliendo a tinta húmeda, y fue el azar —o eso quise creer— quien llevó mis ojos hasta un suelto de la tercera columna:
FALLECIMIENTO SÚBITO EN LA ÓPERA. — Sir Edmund Rothsay, de la casa de banca Rothsay para eso están. Pero yo he pasado media vida entre bambalinas y sé una cosa que los facultativos ignoran: en la ópera, la muerte siempre está ensayada.
Debí quemar el periódico. Lo que hice fue recortar la noticia con las tijeras de las partituras y guardarla en el cajón izquierdo del escritorio, junto a la cosa de la que todavía no quiero hablar.
Cené poco y tarde. La casa hacía sus ruidos de siempre —el carbón, las cañerías, la madera quejándose del frío— y por primera vez en ocho meses los escuché uno a uno, como se escucha una sala antes de salir a escena.
Antes de subir, comprobé el pasador de la ventana del salón.
Estaba echado. Lo comprobé de todos modos una segunda vez, y esa segunda vez fue la medida exacta de lo que la esquela de un desconocido acababa de hacerme.
Y luego, ya de noche, cuando la casa se quedó a oscuras, hice algo que no hacía desde hacía años y que Marta fingió no oír desde la cocina.
Le di cuerda al metrónomo.
Su tictac me acompañó hasta la madrugada. Paciente. Exacto. Como una deuda.