La difunta Irene Adler PRÓLOGOVarsovia, marzo de 1878
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La difunta Irene Adler

La difunta Irene Adler

Por Africa Brene

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PRÓLOGOVarsovia, marzo de 1878

PRÓLOGO

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El teatro, vacío, respiraba como un animal dormido. La muchacha conocía ese aliento mejor que el de su propia madre: la madera que cruje al enfriarse, el gas que silba en las lámparas moribundas, el olor a cera, a polvo y a aplausos ajenos que ninguna nieve de Polonia conseguía lavar del todo.

Corrió.

Corrió por el pasillo de los camerinos con los papeles apretados contra el pecho, un paquete delgado atado con bramante que pesaba más que todos los decorados del Teatr Wielki juntos.

Iba descalza para no hacer ruido, y el frío del suelo le subía por los tobillos como agua.

Alguien había apagado los quinqués del corredor. Alguien pensaba en todo.

Detrás de una puerta había luz. Risas de hombres, cristal contra cristal, una canción francesa destrozada por gargantas que jamás habían tenido que cantar para cenar.

La muchacha contó las voces sin querer, porque contar voces era su oficio y aquella temporada se había convertido, además, en su maldición.

Cinco.

Pasó de puntillas ante la franja de luz. Uno de los hombres dijo algo y los demás rieron, y la risa tenía esa textura que ella había aprendido a reconocer en los últimos meses: la risa de los que nunca han tenido que pedir permiso.

La escalera de caracol que bajaba a la puerta de artistas quedaba a veinte pasos. A diez. A cinco.

La llamaron por su nombre.

Lo dijeron con dulzura, como se llama a un perro.

La muchacha se detuvo en el primer peldaño, con los papeles contra el pecho y el corazón golpeando como golpea la orquesta cuando el director pide más de lo que hay.

Arriba, en el rellano, las sombras se habían multiplicado contra la pared: una, dos, cinco.

Una de ellas se adelantó y le tendió la mano con la elegancia con que se ofrecen las cosas que no se pueden rechazar.

—Ven —dijo la sombra—. Vamos a hablar de tu futuro.

Al alba, un barquero que rompía el hielo fino de la orilla del Vístula encontró primero el color. Un azul de vestido de fiesta, absurdo entre los grises del río, meciéndose contra los juncos con la paciencia de lo que ya no tiene prisa.

La muchacha tenía diecisiete años, los ojos abiertos y un ramillete de violetas prensadas en el puño helado, tan apretado que hicieron falta dos hombres para abrírselo.

El río se lo había quitado todo: el calor, los zapatos que no llevaba, el paquete atado con bramante.

Pero las violetas, por alguna razón, no había querido llevárselas.

La ciudad hizo lo que hacen las ciudades.

Un forense escribió «melancolía» con buena letra; un expediente se cerró con el ruido educado de las cosas que se cierran para siempre; el teatro estrenó a la semana siguiente y el público aplaudió puesto en pie.

Alguien pagó un entierro discreto, en la parte del cementerio donde las cruces son de madera. Nadie preguntó por los papeles.

La deuda, sin embargo, no prescribió.

Las deudas pacientes son las únicas que cobran intereses. Esta esperó doce años, cruzó un continente, aprendió inglés y buenos modales. Y una noche de octubre, en Londres, mientras dos mil personas miraban embobadas un escenario, empezó a pasar factura.