14LA DEUDA VIEJA
LA DEUDA VIEJA
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La esperé en la cocina, con las violetas sobre la mesa, entre las dos: hay cosas que ya no caben en los bolsillos.
Marta volvió de su misa, se quitó el chal, vio las flores. No se le movió una pestaña: se le movió todo lo demás, por dentro, como se mueven las casas cuando pasa el tren.
—Siéntese, Marta.
No se sentó. Miró las violetas como se mira una tumba abierta y se llevó la mano al pecho, no al corazón: más arriba, donde se llevan las medallas y las culpas.
—¿Quién era? —pregunté—. La de las violetas.
Silencio.
—¿Fue usted quien me escribió la nana?
Silencio. Pero un silencio distinto: el primero era un muro; este era una puerta aguantada con el hombro.
—Marta. Han muerto tres hombres. Han aparecido junto a ellos mi pañuelo y mi guante, salidos de esta casa. Usted sale de noche cuando cree que duermo. Usted guarda flores de muerta en el costurero. —Se me quebró el inventario—. Ayúdeme a no pensar lo que estoy pensando.
Entonces lloró. Lloró como lloran las mujeres de su tierra y de su siglo: de pie, sin ruido, con la barbilla ganando la guerra que los ojos perdían.
—Hay deudas más viejas que usted, señora —dijo—. Y más viejas que yo.
—¿De quién son las violetas?
—Suyas no. —Se secó la cara con el dorso de la mano, un gesto de campo, de otra vida—. Eso es lo único que puedo jurarle esta noche: suyas no son. Y mías tampoco.
Podía llevarle a Merrick siete flores y una criada polaca, y comprarme una semana de aire con la libertad de la única persona que me plancha las verdades.
El cuadro con Marta dentro tenía marco y tenía clavo.
Precisamente por eso no me lo creí: a mí también me estaban enmarcando, y los marcos, cuando son buenos, se venden por pares.
—No me lo cuente todavía —dije—. No sé si sabría escucharlo como se merece. Pero cuando yo vuelva, Marta, me lo contará entero. Con fechas.
—¿Volver? —Recogió las violetas una a una, con una delicadeza que me contestó más preguntas de las que me callé—. ¿De dónde, señora?
—De Manchester. Asuntos del señor Kestrel.
Mentira número seis.
Marta envolvió sus flores en el papel de seda, las apretó contra el delantal y me sostuvo la mirada con los ojos todavía brillantes.
—Llévese el abrigo del forro gordo —dijo—. En Manchester nieva antes que aquí.
Contra dos paisanos con orden de mirar: tres viudas y un caballero.
A las cuatro de la tarde del sábado entré en la sombrerería de Madame Clarisse, que tiene dos puertas, tres espejos y una discreción que se factura aparte.
A las cuatro y veinte salieron por la puerta principal tres viudas idénticas —velo doble, paso corto— y tomaron tres cabs: uno hacia Victoria, otro hacia Charing Cross, el tercero hacia ninguna parte, dando rodeos con vocación de mareo.
Sally discutió la tarifa en voz alta, como le pedí; Ada lloró, que es su especialidad; la figuranta del Alhambra hizo de mí mejor que yo.
Mis dos sombras hicieron lo que hacen las sombras cuando el sol se multiplica: elegir mal por duplicado.
A las cuatro y media, por la puerta del taller, salió el señor Kestrel con una sombrerera al hombro y la prisa razonable de los hombres que cobran por horas.
Al pasar junto al paisano del estanco, que vigilaba la puerta equivocada con toda su alma, le pedí fuego.
Me lo dio. Los buenos días se los deseé yo.
Viajar ligera es un arte que se aprende huyendo. Un baúl pequeño, papeles de las giras que siguen siendo válidos para todo menos para la verdad, y el expreso de las seis y cuarto a Dover. Dejé pagadas las clases de Clara con una nota: ejercicios de respiración y ninguna pregunta.
Las cuarenta y ocho horas del inspector Merrick vencían aquella misma tarde. Preferí gastar las últimas en billetes: las correas, o se llevan o se cortan, y yo nunca he tenido cuello de correa.
Kent pasó por la ventanilla apagándose: lúpulos en sombra, granjas con una sola lámpara, ese orden inglés que consuela y acusa a la vez. Cuando el tren dejó atrás las últimas luces con nombre, me desabroché el cuello del señor Kestrel y saqué la cadena que no me quito ni para dormir.
El medallón pesaba lo de siempre: nada, y todo. Doce años llevándolo como se lleva una bala que te sacaron del cuerpo: encima, para no olvidar; cerrada, para no ver.
Hice girar el cierre.