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Salimos del castillo cuando el sol todavía no había terminado de decidir si iba a salir del todo.
Tres columnas. Mi padre con Tam y doce hombres Cairn hacia el sur, que era la dirección visible, la que Broc quería que tomáramos.
Craig con ocho hombres hacia el este, que cubría el territorio de los arrendatarios donde la red del comerciante había tenido raíces.
Fergus con diez hombres y yo hacia el norte, que era la dirección que ningún cálculo obvio señalaba y que por eso mismo era la que Fergus había elegido en el despacho antes del amanecer cuando me había explicado su lógica en tres frases.
Broc lleva veintiséis años viviendo en el norte. Conoce ese camino de noche. Un hombre que huye hacia lo que conoce no huye hacia lo que el perseguidor espera que conozca. Huye hacia lo que solo él sabe que conoce.
Era la lógica correcta o era la lógica equivocada. No había manera de saberlo hasta que hubiera algo que lo confirmara o lo desmintiera.
El camino del norte salía del castillo por la puerta principal y giraba hacia el bosque en el primer kilómetro.
A partir de ahí se estrechaba. No de forma dramática sino de la manera gradual en que se estrechan los caminos que no reciben tráfico suficiente para mantenerse anchos: los bordes avanzando desde los lados con la vegetación de noviembre que ya no tenía hoja pero que tenía rama, y las ramas en noviembre son suficientemente densas para cerrar el espacio lateral y suficientemente bajas para que un jinete que no conozca el camino tenga que agachar la cabeza en los tramos más apretados.
Broc lo conocía. Había cabalgado este camino desde niño.
La mano derecha descansaba en el muslo. Ailís había vendado con la tensión correcta, suficiente para proteger sin impedir la circulación, y la mano funcionaba en el sentido de que sentía y se movía, aunque sentir en este caso incluía el tipo de sensación que preferiría no tener.
La izquierda llevaba las riendas con la presión principal.
El caballo que Eoin había elegido para mí esta mañana tenía la boca suave y respondía antes de que la presión fuera completa, lo cual significaba que la mano izquierda no tenía que trabajar más de lo estrictamente necesario.
La rodilla avisaba con el frío seco de la mañana de noviembre. Lo ignoraba con la práctica de treinta y un días de ignorarla cuando el ignorarla era lo que correspondía.
Cabalgamos durante tres horas sin hablar más de lo necesario.
Fergus iba delante con dos de sus hombres.
Yo detrás de él, delante del resto de la columna.
Era la posición que me había indicado antes de salir sin explicación adicional, que era cómo Fergus indicaba las cosas que consideraba obvias: sin explicación adicional porque la explicación está en la posición misma.
La posición decía: detrás de mí, donde puedo verte sin tener que girarme.
El bosque fue cediendo a medida que el camino subía.
A dos horas del castillo el terreno cambió de la madera densa al brezal abierto con piedra aflorando en los bordes del camino, que era la transición específica del camino del norte en esa parte de las Highlands: del bosque cerrado al cielo abierto con el viento que llega desde el norte sin que nada lo intercepte.
El viento en noviembre en brezal abierto no es el viento del bosque. Tiene temperatura y tiene dirección y tiene la convicción de quien lleva semanas construyendo velocidad y que no va a reducirla por la presencia de doce personas a caballo.
Apretaba el chal con la mano izquierda en los tramos más abiertos y soltaba cuando el camino volvía a tener protección de los lados.
En el tramo donde el camino del norte cruzaba el río Glenmorr por el puente de piedra, Fergus detuvo la columna.
No con una orden. Con el gesto de la mano que usaba para detener sin llamar la atención, el gesto que sus hombres reconocían después de años de cabalgadas y que yo había aprendido a reconocer en las últimas semanas.
Desmontó. Fue al borde del camino donde el barro de la orilla empezaba, antes del puente, en el ángulo donde el agua había dejado sedimento suficiente para guardar marcas.
Me acerqué desde el otro lado del camino.
Desmontando con cuidado de cargar el peso en la pierna derecha primero para que la rodilla no recibiera el impacto completo, que era la técnica que Fergus me había enseñado en el entrenamiento matinal del día doce y que el cuerpo ya ejecutaba sin que yo tuviera que pensar en ella.
El barro de la orilla este tenía las marcas de un caballo. Recientes, con los bordes todavía definidos, sin el colapso progresivo que produce el paso del tiempo en el barro húmedo de orilla de río.
Un caballo solo. Sin marcas adicionales de otros animales ni de pies humanos que hubieran desmontado.
Fergus estudió las marcas desde el lado oeste del puente sin tocarlas. Yo las estudié desde el este. Lo que vi desde mi ángulo era lo que el índice del camino no mostraba desde el suyo: en la orilla oeste, antes del puente, había dos series de huellas superpuestas en el mismo punto.
Un caballo que llega y duda. Que retrocede medio paso y luego avanza. No porque el río asuste al animal sino porque el jinete ha dudado antes de cruzar.
—Paró aquí —le dije a Fergus, señalando las dos series superpuestas.
Fergus cruzó el puente a pie para verlo desde mi ángulo. Estudió las huellas durante el tiempo que necesitó.
—Sí. —Lo dijo con el tono de quien confirma lo que calculaba. —Calculando la dirección.
Un hombre que lleva huyendo desde las dos de la mañana y que llega a un cruce de caminos en la oscuridad, con el río delante y el norte arriba y el oeste a la izquierda, y que duda. La duda no era sobre si cruzar el río. Era sobre qué lado del río lo que había más allá del río.
Seguimos.
En la aldea de Glencorr, que era la primera aglomeración de casas en el camino del norte después del puente, el posadero estaba en la puerta de su establecimiento con el tipo de presencia de quien lleva horas en el mismo sitio esperando que alguien le traiga o se lleve algo.
Fergus le preguntó por el jinete. Lo hizo directamente, sin el preámbulo que usan los hombres que no están acostumbrados a que les respondan: un hombre a caballo, solo, antes del amanecer.
El posadero lo recordaba. Había pedido agua. Para él y para el animal. No había preguntado por habitación ni por comida. Había pagado el agua con una moneda que era más de lo que valía el agua y había seguido hacia el norte sin demora visible.
La descripción era suficientemente específica para ser Broc y suficientemente vaga para no ser imposible que fuera otro. Pero la combinación de las huellas en el barro y el agua pedida en esa aldea a esa hora apuntaba en una sola dirección.
Seguimos.
El camino del norte, pasada la aldea de Glencorr, ascendía durante otros cuarenta minutos antes de llegar a la bifurcación.
Era una bifurcación sin señal porque no había señal que fuera a añadir información a quien llegara desde el norte: si venías desde el norte ya sabías cuál de los dos caminos llevaba a qué.
Si venías desde el sur y no lo sabías, la señal no te habría ayudado de todos modos.
El ramal de la derecha continuaba hacia el territorio MacPhee. El de la izquierda giraba hacia el oeste y ascendía hacia las colinas de Corrach.
En la bifurcación, el suelo era roca. No barro, no tierra, no ninguna superficie que guardara marca de paso. Roca gris de Highlands con el musgo de noviembre en los huecos y nada más.
Las huellas del caballo desaparecían exactamente donde empezaba la roca.
Fergus se detuvo en el centro de la bifurcación. Miró el ramal del norte. Miró el ramal del oeste. Luego me miró a mí con la atención de alguien que ha llegado a un cálculo y quiere verificarlo con una segunda perspectiva antes de actuar sobre él.
—¿Qué elegiría usted?
No era una pregunta retórica. Era la pregunta real de alguien que ha vivido con su hermano durante veintiséis años y que por eso mismo tiene un ángulo ciego sobre él que otro tipo de conocimiento puede compensar.
Pensé en el hombre que sonríe cuando pierde algo que no le cuesta.
En el hombre que guarda sus pruebas cerca en lugar de esconderlas lejos porque la proximidad le da sensación de control.
En el hombre que construyó una red con un comerciante del sur durante meses pero que durante veintiséis años había desayunado en la sala de un castillo del norte.
El territorio MacPhee era territorio conocido para Broc en el sentido de que lo había cruzado antes, que sabía los nombres de las familias, que podía pedir ayuda en él con una historia que sonara razonable. Era la dirección obvia para alguien que huye hacia lo conocido.
Pero había algo más.
El norte lleva al territorio MacPhee. Y el territorio MacPhee lleva, eventualmente, a otros territorios, y a otros, y en cada uno de ellos Broc sería un forastero que necesita confianza nueva con cada familia, cada posadero, cada hombre que tiene razones para no arriesgar su propia situación ayudando a un hombre en fuga.
El oeste llevaba a las colinas de Corrach.
Las colinas de Corrach llevaban a la costa atlántica.
Y la costa atlántica era anonimato real, barcos que no preguntan de dónde viene el pasajero sino cuánto paga, el tipo de desaparición que no requiere que nadie confíe en ti porque el mar no te pide que te expliques.
—El norte lleva a los MacPhee. Los MacPhee son territorio conocido para él.
—Lo dije con el tono con que decía las cosas que estaba pensando mientras las pensaba, sin ornamento que las hiciera más o menos de lo que eran.
—Pero el oeste lleva a las colinas de Corrach.
Y las colinas de Corrach están a dos días del mar. Y el mar se lo lleva todo.
Fergus me miró durante el tiempo que tardó en verificar que el cálculo que él había hecho coincidía con el que yo acababa de decir en voz alta.
—El oeste.
Giramos.
El ramal del oeste ascendía con la inclinación progresiva de los caminos de colina que no tienen prisa pero que tampoco perdonan: cada kilómetro más alto que el anterior, con el viento del norte llegando ahora de lado en lugar de de frente, con el terreno cambiando de roca a hierba corta de altura donde las huellas volvían a ser posibles si el suelo tenía suficiente humedad.
A media hora de la bifurcación, en un tramo donde la hierba de altura era más densa y el suelo retenía algo de humedad del norte, había marcas de caballo que iban hacia el oeste.
Un caballo. Solo. Recientes.
Fergus no necesitó decir nada. Sus hombres ajustaron el paso y la columna aceleró con el tipo de aceleración controlada de quien ha encontrado lo que buscaba y sabe que acelerarse demasiado es un error tanto como quedarse atrás.
Siete días para la cláusula desde mañana.
El cofre en el despacho de Fergus con todas las pruebas completas.
Y Broc en algún punto del camino del oeste hacia las colinas de Corrach, con la ventaja de la noche y la desventaja de un caballo que había dudado en el puente del Glenmorr y que tarde o temprano iba a mostrar por qué había dudado.
La mano derecha seguía donde la había puesto. La izquierda en las riendas con la presión justa.
La columna siguió hacia el oeste con el viento en el costado y las colinas de Corrach haciéndose más grandes con cada kilómetro, del tipo de crecimiento que tienen las cosas cuando uno se acerca a ellas sin prisa pero sin detenerse.