31
Fergus volvió al amanecer sin Broc.
Lo vi llegar desde la ventana de mi habitación donde había pasado las horas desde que se fue: la mano vendada en el regazo, el patio con el olor de lo que ha ardido y ya no arde pero sigue presente en el aire como residuo de lo que ocurrió.
Entró por la puerta principal con Craig y mi padre y los seis hombres.
Los caballos tenían el estado de los animales que han cabalgado rápido durante horas sin resultado.
Bajé antes de que llegaran al ala de administración.
Craig me vio primero en el corredor.
—El camino del sur lleva a tres rutas distintas a partir de la bifurcación de los álamos. Cuando llegamos a la bifurcación no había rastro claro de cuál había tomado. —Una pausa. —Fearghas tampoco estaba en el camino. Llevaba horas de ventaja sobre nosotros.
Fearghas que había salido el día anterior. Fearghas que había preparado la ruta antes de que el incendio empezara.
Fergus llegó al corredor. Miró la mano vendada. No dijo nada sobre la mano. Fue directamente a lo que seguía.
—Necesito a Craig en el despacho. Y a usted. Y a su padre.
La declaración formal de Craig era lo que quedaba antes de que el proceso estuviera completo en papel.
Lo que había en el cofre era sólido. Lo que faltaba era el testimonio del hombre que había archivado la denuncia de los Beag hace tres años y que podía conectar el patrón de conducta de Broc con el registro administrativo que yo había sacado del ala de almacenes.
Donal estaba en el despacho cuando llegamos. Tenía el material preparado y la expresión de quien ha calculado lo que el día requería y ha empezado antes de que nadie se lo pidiera.
Craig se colocó en el centro del espacio sin que nadie le indicara dónde ponerse. Era el tipo de hombre que en situaciones formales ocupa el lugar que corresponde porque lleva años en situaciones formales y sabe cuál es ese lugar.
La mandíbula donde el codo de Broc había conectado dos semanas antes tenía todavía el rastro amarillo del hematoma en resolución. El cuerpo guarda lo que guarda durante el tiempo que lo guarda independientemente de lo que uno preferiría.
Empezó sin que nadie le pidiera que empezara.
Dijo su nombre y su cargo y los años que llevaba al servicio del clan MacAran.
Luego dijo lo que había archivado hace tres años: la denuncia informal de la familia de arrendatarios, la hija que había desaparecido, la retirada de la denuncia antes de formalizarse.
Dijo los rumores que habían llegado del pueblo dos inviernos atrás y que se habían apagado antes de tener nombre concreto.
Dijo lo que había visto en el corredor de la torre este: la posición de Broc, la posición de Edina, la posición de la mano de Broc en la pared a un centímetro del hombro de Edina.
Dijo el registro de cinco días de movimientos de Broc que había acumulado desde que Fergus le dio la instrucción.
Y luego dijo por qué había archivado la denuncia sin llevarla a Fergus.
Lo dijo con las mismas palabras que había usado en el despacho la noche después del corredor de la torre este, porque eran las palabras verdaderas y las palabras verdaderas no mejoran cuando se cambian.
—Porque Fergus MacAran no habría querido verlo. Porque las pruebas no eran suficientes para lo que habría requerido actuar sobre ellas. Y porque era su hermano.
Donal escribía sin levantar los ojos del papel.
Cuando Craig terminó, mi padre habló. Era la primera vez que mi padre hablaba directamente a Craig en toda la mañana, que era la manera en que mi padre manejaba las conversaciones que requería que llegaran con el peso correcto: esperando al momento en que el peso era el adecuado.
—Craig. —El tono que usaba para las preguntas que necesitaban respuesta directa sin posibilidad de respuesta lateral. —¿Su silencio durante tres años facilitó que Broc continuara operando?
Craig no tardó.
—Sí.
El monosílabo tuvo el peso de los monosílabos que no piden indulgencia ni la rechazan. Solo el hecho dicho por quien lo vivió.
Mi padre mantuvo los ojos en Craig durante el tiempo que tardó en decidir lo que decía a continuación.
—Bien.
No era absolución. Era el reconocimiento de alguien que ve a una persona haciendo ahora lo correcto aunque no lo haya hecho antes, y que eso es lo que puede darse en este momento porque lo demás requiere un proceso más largo del que esta mañana permite.
Craig recibió ese bien con la cara del hombre que no buscaba absolución y que por eso puede recibir el reconocimiento sin que le sobre ni le falte.
Donal leyó la declaración en voz alta para que Craig confirmara que era exacta. Craig hizo una corrección menor en una fecha. Donal la corrigió. Craig firmó.
Fergus firmó como laird presente. Mi padre firmó como testigo con autoridad del clan Cairn.
Donal colocó el documento junto a los demás en el cofre.
El cofre tenía ahora el conjunto completo: el documento falsificado con el sello Cairn, la denuncia de los Beag, la declaración de Donna, los testimonios de Marga y Fionnuala, el registro de visitas de Broc al sur rescatado del incendio, y la declaración de Craig.
Era inapelable. Era lo que necesitábamos que fuera antes de que el juicio ocurriera.
Pero el juicio requería al acusado presente o capturado. Y Broc estaba libre en algún punto del camino del sur con horas de ventaja y la red del comerciante esperándolo en algún lugar que no habíamos podido mapear completamente.
Fergus cerró el cofre.
Los cuatro en el despacho con el cofre cerrado y el olor del incendio todavía en la ropa de los que habían cabalgado toda la noche y el silencio de lo que sigue después de que se ha dicho todo lo que podía decirse en papel.
Mi padre fue el primero en hablar.
—¿Cuántos hombres disponibles?
—Los cuarenta suyos más los míos. Descontando los que necesito para mantener el castillo.
—Fergus calculaba mientras hablaba, que era cómo calculaba cuando el tiempo no permitía calcular primero y hablar después.
—Treinta hombres para la persecución. Divididos en tres columnas para los tres caminos del sur.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Los caballos necesitan horas.
Mi padre asintió. Se levantó. Fue hacia la puerta. Antes de abrirla se detuvo.
—Craig. —No se giró. Lo dijo hacia la puerta. —Lo que hizo hoy en ese despacho vale más que lo que no hizo hace tres años. Eso no cambia lo que no hizo. Pero es cierto igualmente.
Craig no respondió. Mi padre abrió la puerta y salió.
Cuando la puerta se cerró, Craig se quedó quieto durante un momento en el centro del despacho.
Luego fue hacia la ventana que daba al patio, que era el sitio donde Fergus estaba cuando pensaba, y se quedó mirando el patio con la expresión de quien acaba de dejar algo en un papel que ha llevado encima durante tres años y que todavía no sabe del todo qué hacer con el espacio que eso deja.
Fergus se acercó a la mesa. Me miró.
—La mano. ¿Funciona?
—Funciona.
—Esta tarde. Al salir.
No era una pregunta. Era la respuesta a la pregunta que yo había estado calculando cómo hacer desde que Fergus había vuelto sin Broc. La respuesta llegó antes de que la pregunta existiera, que era también información sobre Fergus MacAran.
—¿Con cuál columna?
—Con la mía. —Lo dijo con la naturalidad de quien dice lo obvio, no con el peso de quien concede algo. —El camino del norte primero. Si Fearghas preparó la ruta del sur para que pareciera la ruta del sur, el camino del norte puede ser la ruta real.
Era la lógica de alguien que conocía a su hermano desde que tenía diez años.
Un hombre que lleva días calculando rutas de escape no toma la más obvia.
Toma la que parece menos obvia desde la perspectiva de quien lo busca.
Y desde la perspectiva de quien lo busca, el camino del norte era el menos obvio porque el incendio había ocurrido en el ala de almacenes que daba al este y la salida había sido por la puerta este, lo cual señalaba naturalmente hacia el sur.
Señalaba hacia el sur exactamente porque Broc quería que señalara hacia el sur.
—¿Cuándo lo decidiste?
—Esta mañana. En el camino de vuelta. —Fergus tenía la expresión de quien ha tenido horas para pensar en algo y ha llegado a una conclusión que no lo alegra pero que considera correcta. —Si Fearghas salió ayer por el sur es porque esa era la dirección visible. Lo que Broc hace no es lo que parece.
Era exactamente la lógica que yo había aprendido a aplicar sobre Broc en veintisiete días de observarlo. Un hombre que sonríe cuando pierde algo que no le cuesta no muestra su cara real en las situaciones donde la cara real importa.
Craig se giró de la ventana.
—El camino del norte lleva al territorio de los MacPhee. —Lo dijo como información, no como objeción. —Si Broc llega al territorio MacPhee antes de que lo alcancemos, la situación se complica en términos de jurisdicción.
—Lo sé. —Fergus lo dijo con la voz de quien ha calculado esa complicación y ha decidido que la alternativa de no intentarlo es peor. —Por eso salimos esta tarde y no mañana.
Ocho días para la cláusula desde mañana.
El cofre cerrado con el conjunto de pruebas completo.
Broc libre en alguna dirección que todavía no habíamos confirmado.
Y la tarde con treinta hombres divididos en tres columnas para los tres caminos posibles, con la columna del norte siendo la que más importaba aunque fuera la menos obvia.
Eso era lo que había entre este despacho y el juicio que vendría después.
Salí a buscar a Donna. Necesitaba la falda de montar y las botas que aguantaban más horas a caballo que las otras, y necesitaba que Ailís me dijera si la mano vendada resistía la presión de las riendas durante las horas que hacía falta que resistiera.
La respuesta de Ailís fue que resistía si usaba la izquierda para la presión principal y la derecha solo como apoyo.
Era suficiente.