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Acampamos en el saliente de piedra hasta el amanecer del viernes.
El frío de la noche en las colinas de Corrach era el tipo de frío que no negocia: se instala antes de que uno termine de decidir si tiene frío y permanece independientemente de lo que uno decida hacer al respecto.
Los hombres de la columna tenían la práctica de quien ha pasado noches en peores condiciones y que por eso no desperdicia energía en comentar las actuales.
El fuego pequeño que encendimos daba calor suficiente para los más cercanos y calor simbólico para los demás, que es también un tipo de calor cuando no hay otro disponible.
Fergus no durmió. O no durmió más de lo que permiten las noches en que hay algo que procesar antes de que llegue lo que sigue.
Lo supe porque cada vez que abrí los ojos en la oscuridad, que fue varias veces porque la rodilla con el frío de altura tiene sus propias exigencias, Fergus estaba sentado con los ojos abiertos mirando el camino del oeste que continuaba hacia las colinas.
La mano derecha había pasado la noche en la posición que Ailís había indicado: elevada ligeramente para reducir la inflamación, sin presión directa sobre la venda. Funcionaba en el sentido de que al amanecer seguía siendo una mano con una quemadura en proceso de resolución y no algo peor.
Al primer gris de la mañana, antes de que el viento del norte terminara de decidir cuánta temperatura iba a traer, encontramos las huellas del caballo de Broc en un tramo de hierba alta que había conservado la humedad de la noche.
El hombre de la columna que llevaba media vida con caballos señaló la pata trasera derecha sin que nadie se lo pidiera. La presión en el suelo era más desigual que las huellas del día anterior. El caballo compensaba más.
Un caballo que compensa en ascenso de colina con el tendón dañado tiene un límite. Lo que no se sabe es cuándo llega ese límite: puede ser en el siguiente kilómetro o puede ser en el siguiente paso de piedra.
Seguimos hacia el oeste.
Las colinas de Corrach tienen pasos que se estrechan progresivamente.
No de golpe sino de la manera gradual en que la roca de las Highlands cierra el espacio disponible cuando la roca decide que es suficiente: el camino va teniendo menos anchura en cada curva hasta que llega el punto donde hay espacio para un caballo y no para dos en paralelo.
Al mediodía del viernes llegamos a ese punto.
Fergus detuvo la columna con el gesto de la mano que sus hombres reconocían. Todos vieron lo mismo al mismo tiempo.
A ochenta metros, en el lugar donde el paso hacía el ángulo que cortaba la visibilidad hacia el norte, había un caballo parado.
La pata trasera derecha no tocaba el suelo.
El animal respiraba con el ritmo pesado de quien ha llegado al límite de lo que puede pedírsele y que ya no puede más aunque quisiera.
Junto al caballo, con la mano abierta en el cuello del animal en el gesto de alguien que ha llegado también al límite de lo que podía llegar, estaba Broc.
Fergus desmontó. Le entregó las riendas al hombre más cercano sin mirar a quién. Avanzó hacia el paso a pie.
Me quedé donde estaba con el resto de la columna.
Era la decisión correcta y los dos lo sabíamos sin que ninguno lo dijera: lo que iba a ocurrir en ese paso en los próximos minutos era entre Fergus y Broc, y añadir más personas al espacio de ochenta metros en el que iba a ocurrir habría cambiado lo que era.
Broc vio llegar a Fergus desde lejos. Las paredes de piedra del paso no dejaban ambigüedad sobre la situación: un hombre con un caballo con el tendón roto en un paso que no continuaba en ninguna dirección útil para quien no podía seguir a pie por ese terreno con garantías reales de llegar a ningún sitio antes de que la noche llegara.
No sacó el arma. No hizo el gesto de quien calcula sacarla y decide que no. Esperó con la mano en el cuello del caballo.
Tres minutos. Aproximadamente. El tiempo que tardó Fergus en llegar, el tiempo que los dos estuvieron solos antes de que yo pudiera distinguir algo más que la postura de cada uno desde donde estaba.
Broc habló primero. Lo que dijo hizo que la postura de Fergus cambiara de la quietud de quien espera a la quietud de quien escucha de verdad, que son dos cosas físicamente distintas si se sabe leerlas.
Fergus escuchó sin moverse.
Broc dijo algo más, con un gesto de la mano que desde esta distancia parecía indicar el camino del norte, el castillo, algo que quedaba lejos.
Fergus dio un paso hacia él.
Broc no retrocedió.
Fergus dijo algo en voz muy baja, inclinado levemente, del tipo de frase que se dice cuando el que habla quiere que llegue solo a quien tiene delante.
Broc respondió.
Y Fergus cerró los ojos.
No durante mucho tiempo. Lo que tarda alguien en recibir algo que ya esperaba recibir y que cuando llega duele igual que si no lo hubiera esperado, porque prepararse para ciertas cosas no reduce el coste de recibirlas. Solo hace que uno pueda mantenerse en pie mientras las recibe.
Cuando los abrió, fue al arzón de su propio caballo y tomó la soga. Volvió al paso. Ató las manos de Broc con la precisión de quien lo hace de manera que cumpla lo que tiene que cumplir sin añadir nada que no sea necesario.
Broc no resistió.
La columna avanzó cuando Fergus hizo la señal. Uno de los hombres tomó las riendas del caballo lesionado de Broc. Otro preparó la montura en que Broc haría el camino de vuelta.
El camino de regreso fue largo y fue en silencio. El tipo de silencio que sostienen los grupos de personas cuando han completado algo que requería mucho y que ahora deben desandar la distancia física mientras cada uno procesa a su manera la distancia que no tiene kilómetros.
Una hora después del paso, cuando el camino volvía a tener anchura suficiente para cabalgar en paralelo, Fergus se acercó a mi posición en la columna.
Cabalgó a mi lado sin decir nada durante el tramo suficiente para que la conversación llegara en el momento correcto en lugar de en el primero disponible.
—Dijo que lo hizo para proteger al clan. —Lo dijo con la voz que usaba para las cosas que no tenían más destinatario que yo. —Que la deuda con Ailsa Beag era el precio que cualquier laird habría pagado en su lugar. Que yo habría hecho lo mismo.
Esperé.
—Le dije que no.
—¿Y respondió?
—Preguntó cómo lo sabía.
El camino del oeste descendía hacia el brezal abierto. El viento que antes llegaba de frente llegaba ahora de costado, que era más manejable aunque siguiera siendo el mismo viento de la misma temperatura.
—¿Y qué le respondió?
Fergus tardó el tiempo exacto que tarda alguien en decir en voz alta algo que ya ha dicho una vez y que la segunda vez tiene un peso diferente porque ya no es solo suyo.
—Que porque sé lo que soy.
Lo miré. Tenía la cara del hombre que ha hecho lo que tenía que hacer y que lleva el coste de haberlo hecho de la manera correcta sin buscar que nadie se lo quite, solo con la diferencia de que ahora hay alguien que sabe que existe.
No respondí porque no había respuesta que no quitara peso a lo que acababa de decir. Lo que dije, después de que el camino tuvo el tiempo que necesitaba, fue distinto.
—La carta que escribió a mi padre antes de conocerme. —Lo dije sin apartar los ojos del camino. —La leí la primera semana. Tres veces.
Fergus no respondió de inmediato.
—¿Y?
—Y supe lo que era antes de saber si era verdad.
El camino siguió hacia el norte con la columna en silencio y Broc atado entre los hombres de Fergus sin añadir nada que no hubiera dicho ya en el paso de las colinas de Corrach.
Llegamos al castillo cuando el sol había desaparecido detrás del horizonte pero la luz todavía era suficiente para ver la puerta principal desde el último tramo del camino.
Los estandartes en los muros. La guardia que abrió antes de que llegáramos porque nos habían visto desde lo alto con suficiente antelación.
En el patio, mi padre y Tam con los hombres Cairn. Craig con los suyos. Los dos grupos habían vuelto antes que nosotros sin resultado en sus respectivos caminos y habían esperado con la paciencia específica de quien sabe que esperar es lo que corresponde y que la impaciencia no acorta la distancia.
Mi padre miró a Broc entre los hombres de Fergus. No dijo nada durante el tiempo que tardó en ver lo que necesitaba ver. Luego dijo una sola palabra.
—Bien.
Craig miró a Fergus con la pregunta sin palabras de quien necesita saber el estado de lo que acaba de ocurrir para saber cómo gestiona lo que sigue. Fergus respondió con un asentimiento que decía: está hecho, está bien, mañana lo demás.
Esa noche el castillo tuvo el silencio específico de los lugares donde ha ocurrido algo importante y donde la gente duerme con ese algo presente en algún lugar de la conciencia aunque el cuerpo haya decidido que es suficiente por hoy.
Seis días para la cláusula desde mañana.
El juicio convocado para el sábado.
Y la frase de Fergus en el camino del oeste, dicha con la voz que reservaba para las cosas que no eran para nadie más que para quien las escuchaba, todavía en el aire entre los dos aunque ya estuviéramos en el castillo y el camino del oeste quedara lejos.
Porque sé lo que soy.
Era la misma certeza que yo había necesitado treinta y dos días para construir sin que nadie me la confirmara.
La diferencia era que en el caso de Fergus la había construido en veintiséis años de gobernar este castillo y de ser el hermano de Broc y de tomar decisión tras decisión con el coste que correspondía a cada una.
Y ahora las dos certezas existían en el mismo espacio.
Eso era suficiente para esta noche. Probablemente era suficiente para más que esta noche.