LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 24
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La noche del decimosexto día el castillo tenía una geometría diferente.

No en la piedra ni en los corredores sino en la densidad del espacio: cuarenta hombres Cairn distribuidos en los cuarteles del ala sur, en los establos del norte, en los puntos que Craig había elegido con la precisión de quien lleva quince años conociendo las grietas de un castillo y sabe exactamente cómo taparlas.

Broc lo sabía también.

Eso era lo que me ocupaba mientras estaba sentada junto a la ventana con la vela a medias y el patio bajo la luz de las antorchas. No la presencia de mi padre ni los veinticuatro días que quedaban para la cláusula. Broc.

Un hombre libre con tiempo es manejable. Un hombre atrapado con tiempo es otra cosa.

Broc llevaba dieciséis días calculando con la ventaja de conocer el castillo, los turnos, las grietas de información que Cormac le había abierto.

Esa ventaja seguía existiendo. Lo que había cambiado era que ahora el castillo también tenía cuarenta hombres que no le debían ninguna lealtad a los MacAran y que dormían en sus propias cadenas de mando con sus propios sargentos.

Un hombre que estudia las rutas de salida tiene que recalcularlas cuando el terreno cambia.

Broc estaba recalculando en algún lugar del castillo, en este momento, con la información que Cormac le había traído durante el día.

Lo que yo no podía saber era cuánto tiempo le llevaba ese recálculo y qué decisión producía al final.

Donna dormía en el suelo junto a la cama con el chal encima y la respiración de alguien que ha conseguido dormirse a pesar de todo.

Había insistido en quedarse esta noche también, con la misma lógica de la noche anterior: los cuarteles de servicio seguían siendo territorio donde Ainna había pasado tres meses aprendiendo quién dormía dónde, y aunque Ainna hubiera huido, lo que había aprendido no se iba con ella.

Era una lógica correcta. No la discutí.

La reunión había sido a las ocho de la tarde, en el despacho de Fergus, con mi padre y Craig.

Yo había estado presente porque Fergus no me había excluido y mi padre no lo había pedido, que era la forma en que los dos hombres habían decidido, sin decirlo, que mi presencia en las decisiones operativas era parte de cómo iba a funcionar esto.

Fergus había expuesto el problema con la economía de palabras que lo caracterizaba: Broc estaba dentro del castillo con acceso a Cormac, y confrontarlo antes de tener las pruebas formales completas era un error que Broc podía usar para construir la versión que más le convenía.

La ley de clanes requería un proceso inapelable.

Un proceso inapelable requería pruebas que no pudieran cuestionarse.

Las pruebas que no podían cuestionarse requerían a Fionnuala Beag en términos formales.

Mi padre había escuchado con los brazos cruzados y la cara de quien calcula el coste de esperar frente al coste de actuar.

—¿Cuánto tiempo?

—El mercado del jueves. Cuatro días.

Mi padre había mirado a Craig.

—¿Puede contenerse a Broc cuatro días sin que sepa que está siendo contenido?

Craig había tardado el tiempo justo para ser honesto.

—Puedo contenerse a Broc cuatro días. Lo de sin que lo sepa es más difícil. Cormac le estará informando de los cambios en el perímetro.

—Entonces sabe que algo ha cambiado.

—Sabe que algo ha cambiado. No sabe el alcance completo de lo que tenemos. Esa diferencia es lo que nos da los cuatro días.

Mi padre había procesado eso.

—¿Y la bolsa en los establos?

Era mi pregunta tanto como la suya. La bolsa con la capa y la inicial de los Beag grabada a hierro seguía en el rincón del fondo de los establos del ala norte, donde Donna la había encontrado y donde la habíamos dejado deliberadamente porque moverla sin cadena de custodia verificable era peor que no tenerla.

—Donna la comprueba mañana antes del movimiento del patio —respondí. —Cormac estuvo en los establos dos veces ayer. Si va a moverla, lo hará antes de que el perímetro se consolide del todo.

Craig añadió: —Tengo un hombre en el ángulo del ala norte desde esta tarde. Cualquier movimiento nocturno hacia los establos quedará registrado.

Mi padre había asentido con el asentimiento funcional de quien incorpora información al plan sin necesidad de comentarla.

—Cuatro días —había repetido. —Trabajamos con eso.

Eso había sido la reunión. Sin dramatismo, sin los largos intercambios de los hombres que necesitan demostrar que piensan mientras piensan. Tres personas con un problema y cuatro días para resolverlo de la manera que no pudiera deshacerse después.

Ahora eran las diez de la noche y el patio tenía el ritmo de la guardia doble que Craig había establecido, con los turnos alternados para que no hubiera un solo intervalo de veinte minutos sin cobertura en ningún punto del castillo.

Broc lo sabía. Lo había calculado.

Lo que Broc estaba evaluando ahora era si actuar antes de que los cuatro días terminaran o esperar a que el jueves pasara y ver qué traía Fionnuala. Esperar era el movimiento de alguien que cree que el tiempo trabaja a su favor. Actuar era el movimiento de alguien que sabe que no.

La pregunta era cuál de las dos cosas creía Broc.

Me levanté de la silla. Fui hasta el cofre. El dobladillo de la falda gris seguía intacto con el tratado dentro. Lo saqué. Lo abrí en la cláusula del anexo tercero.

Las parcelas. Las tierras del invierno. El mecanismo que mi padre había firmado creyendo que firmaba en honor a su hija muerta.

Veinticuatro días desde mañana.

Si Broc esperaba, los días se consumían y el jueves llegaba y Fionnuala llegaba y el caso se completaba.

Si Broc actuaba, creaba caos que podía usar para que la situación pareciera diferente a lo que era.

Cualquiera de las dos opciones tenía un coste para él.

Lo que yo necesitaba calcular era cuál creía Broc que costaba más.

Guardé el tratado. Volví a la ventana.

En el patio, el hombre del ángulo del ala norte estaba donde Craig lo había puesto. Quieto. Con la postura de quien lleva horas en el mismo sitio y tiene la práctica suficiente para que esas horas no se noten en el cuerpo.

No vi a Broc en ninguna ventana. Eso no decía nada: Broc no era el tipo de hombre que se mostraba en ventanas cuando estaba calculando. Era el tipo que calculaba desde el interior de las habitaciones, en la oscuridad, sin que nadie pudiera ver cuándo lo hacía ni cómo.

A las dos de la mañana me fui a la cama.

A las seis, Donna me despertó con tres golpes suaves en el marco.

—Los establos —anunció, con la voz de quien entrega un informe. —La bolsa sigue donde estaba. La comprobé desde la entrada antes de que empezara el movimiento del patio. El rincón del fondo, detrás de los arreos.

La bolsa seguía. Cormac había ido dos veces el día anterior pero no la había movido. O no había recibido instrucción de hacerlo todavía, o había intentado y no había podido con el hombre de Craig en el ángulo.

—¿El hombre de Craig?

—Sigue en su posición. No ha habido movimiento nocturno registrado hacia los establos.

Cormac dentro del castillo sin haber actuado sobre la bolsa. Broc dentro del castillo sin haber intentado salir. Los dos quietos, esperando algo o calculando algo que todavía no había terminado de calcularse.

Me vestí. Bajé al patio.

Mi padre estaba hablando con Tam en el lado este del patio con la eficiencia de quien gestiona su propia cadena de mando de forma paralela a la del castillo.

Los dos hombres me miraron cuando pasé. Tam con la cara de quien tiene preguntas que no hace porque no es el momento.

Mi padre con la cara de quien ha procesado la noche y ha llegado a la mañana con el mismo plan con que la empezó.

Encontré a Fergus en el corredor del ala de administración.

—La bolsa sigue. Cormac no actuó.

—Lo sé. —Fergus tenía la cara del hombre que ha dormido poco y ha llegado temprano porque llegando temprano se tiene más tiempo. —Craig habló con el hombre del ángulo hace media hora. Sin movimiento nocturno.

—¿Y Broc?

—En sus habitaciones. Ha pedido el desayuno arriba.

Un hombre que pide el desayuno arriba por segunda vez consecutiva está usando el tiempo de la mañana para algo que no puede hacer en la sala común. Reunirse con Cormac, probablemente. Calcular la versión del día.

—Cuatro días —le dije a Fergus, con el tono de quien no confirma sino que verifica que los dos siguen en el mismo plan.

—Cuatro días —repitió.

Mi padre llegó al corredor desde el patio. Los tres nos quedamos un momento en ese corredor con el castillo funcionando a nuestro alrededor y Broc en algún lugar del ala principal pidiendo el desayuno arriba y calculando lo mismo que nosotros calculábamos desde el lado opuesto.

—El mercado del jueves —dijo mi padre, dirigiéndose a los dos pero mirándome a mí. —¿Fionnuala sabe que viene?

—Todavía no. El mensaje va hoy con el mercader del toldo azul.

Mi padre asintió.

—Entonces el mensaje va hoy y el jueves sabemos si viene o vamos nosotros.

Era la estructura correcta. Dos opciones en paralelo, sin apostar todo a una sola.

Craig apareció al final del corredor con el paso de quien viene porque tiene algo que decir y no puede esperar a que lo pregunten.

—Cormac ha salido del ala de Broc. Está en los cuarteles del ala norte. —Se detuvo junto a los tres. —Ha hablado con dos hombres del turno de noche que no son de mi guardia.

Cormac moviendo información lateralmente, a través de hombres que no reportaban a Craig. Era el método que había usado para filtrarle los turnos a Broc y era el método que seguía usando ahora que el perímetro había cambiado.

—¿Quiénes son esos hombres? —preguntó mi padre.

—Los estoy verificando. —Craig tenía la expresión de quien ya sabe la respuesta y está esperando confirmarla con los papeles. —Llevan menos de seis meses en el castillo los dos. Recomendados por el mismo comerciante del sur que trajo a Ainna y a Cormac.

El mismo comerciante. La red era más amplia de lo que habíamos calculado.

Fergus miró a Craig durante el tiempo que tardó en tomar la decisión.

—Sepáralos del turno. Sin explicación visible. Una redistribución rutinaria.

Craig asintió. Fue hacia los cuarteles.

Me quedé en el corredor con Fergus y mi padre y el castillo que tenía cuarenta hombres Cairn y una red de Broc que era más amplia de lo que habíamos visto y cuatro días para resolver esto de la manera que no pudiera deshacerse.

Cuatro días que empezaban a parecerse a tres.