LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 25
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El jueves era el día veinte.

Entre el decimosexto y el veinte habían ocurrido cosas que no eran dramáticas en el sentido de que no habían producido confrontación visible, pero que habían cambiado el castillo de maneras que solo se veían si se sabía qué mirar.

Craig había redistribuido a los dos hombres de la red del comerciante del sur sin explicación declarada, y los dos hombres habían aceptado la redistribución con la naturalidad de quien no puede objetar sin revelar que tiene razones para objetar.

Cormac seguía dentro del castillo, dentro del ala de Broc, sin haber intentado salir desde la noche del día dieciséis.

Eso era lo más significativo: Cormac quieto.

Un hombre que lleva días filtrando información y de repente se queda quieto está esperando instrucciones o ha recibido la instrucción de esperar. Las dos opciones decían lo mismo sobre Broc: que había decidido no actuar todavía. Que el jueves era también su fecha.

No sé si Broc sabía lo del mercado. Probablemente no con esa especificidad.

Pero un hombre con dieciséis días de observación de los patrones de este castillo sabía que los jueves había mercado y que yo había ido las dos semanas anteriores.

Lo que no sabía era si esta semana iba yo o si mandaba a alguien, y esa diferencia era la diferencia entre que el jueves fuera el día en que yo conseguía lo que necesitaba o el día en que Broc conseguía lo que necesitaba.

Fui yo.

Salimos a las nueve. Donna, dos hombres de escolta de los cuarenta de mi padre que no eran reconocibles para nadie del pueblo como hombres MacAran, y yo. Sin Tam porque Tam era reconocible y porque Tam hacía preguntas en silencio que yo todavía no podía responder.

El camino al pueblo tenía el frío de finales de octubre que ya no promete sino que entrega.

Los árboles en el tramo del bosque habían perdido suficiente hoja para que la luz llegara diferente, más horizontal, con el ángulo específico del otoño avanzado que cambia la perspectiva de los caminos conocidos.

Lo conocía bien. Era el cuarto jueves.

El mercado tenía menos gente que las semanas anteriores. El frío reduce las compras no urgentes y concentra las urgentes. Los puestos de los comerciantes fijos estaban todos, pero los vendedores ocasionales que llenaban los bordes de la plaza en septiembre y octubre temprano ya no estaban.

Fionnuala estaba.

No en el mismo sitio que las veces anteriores. Estaba en el lado norte de la plaza, junto al puesto del pan, con el cesto colgado del brazo y la postura de quien ha llegado con un propósito y está midiendo si el propósito va a cumplirse.

El mensaje del mercader del toldo azul había llegado. Había venido.

Le dije a Donna que fuera al puesto de especias y que me esperara allí. Los dos hombres de escolta los dejé en el lado opuesto de la plaza con instrucciones de no acercarse.

Crucé hacia Fionnuala sola.

Se quedó donde estaba cuando me vio llegar. No bajó los ojos esta vez. Los mantuvo en mí con la atención de quien ha tomado una decisión antes de llegar y no necesita el último segundo para tomarla.

Me coloqué a su lado, de cara al puesto del pan, con la naturalidad de dos mujeres que coinciden en el mercado.

—Recibió el mensaje.

—Lo recibí. —La voz de Fionnuala tenía el mismo tono plano de las veces anteriores, del tipo que ha vaciado de modulación para que no delate lo que hay debajo. —¿Quiénes son?

—El laird MacAran. El laird Cairn, mi padre. Y Craig, el capitán de guardia, que lleva cinco días registrando movimientos.

Fionnuala procesó eso sin preguntar cómo había llegado mi padre al castillo ni por qué. Era el tipo de mujer que distinguía entre la información que necesitaba y la que no.

—¿Qué quieren de mí?

—Una declaración formal. No el mercado. Sentada en una sala con los dos lairds y el capitán, diciendo lo que sabe, con su nombre y su firma. —Mantuve la voz en el tono de quien entrega información sin ornamento. —Eso es lo que convierte lo que sabe en algo que no puede ignorarse ni deshacerse.

Fionnuala miró el puesto del pan durante el tiempo que tardó en pesar lo que acababa de escuchar.

—Si pongo mi nombre en un papel en ese castillo, cualquier cosa que le pase a mi familia después tiene ese papel encima.

Era la misma objeción de siempre, reformulada en términos más concretos porque esta vez la pregunta era más concreta. Le respondí de la misma manera que le había respondido en el mercado anterior, pero con más peso detrás.

—El laird Cairn garantizará las tierras de su familia formalmente, delante de testigos, antes de que usted firme nada. No después. Antes. —Hice una pausa. —Si las tierras están garantizadas antes de que usted hable, lo que pase después no puede quitárselas.

Fionnuala me miró directamente por primera vez desde que había llegado.

—¿Eso lo puede prometer el laird Cairn?

—Lo puede hacer ahora mismo. Tiene cuarenta hombres en el castillo y el sello del clan.

Fionnuala dejó de mirar el puesto del pan. Miró sus manos en el asa del cesto. Las cerró y las abrió con el movimiento de quien suelta algo que ha estado sosteniendo durante demasiado tiempo.

—Necesito dos días para arreglarlo con mi familia. Para que sepan dónde voy y por qué. Para que no sea una desaparición.

—Tiene uno.

Levantó los ojos hacia mí.

—Dos días —repitió, con la firmeza de quien no está negociando sino poniendo una condición sin la cual el acuerdo no existe. —Mi hija pequeña está en casa. No puedo llegar y decirle que me voy mañana. Necesita entender lo que va a pasar para que no tenga miedo cuando no esté.

Era una razón que no podía rechazarse sin rechazar a la persona que la daba. Y rechazar a Fionnuala Beag en este momento era perder lo único que podía convertir el caso en inapelable.

—Dos días. —Lo dije como confirmación, no como concesión. —El sábado por la mañana.

Fionnuala asintió. Una sola vez, con la solidez de alguien que ha tomado una decisión que no va a cambiar.

—El sábado.

No nos dimos la mano. No era el tipo de acuerdo que se sella con ese gesto. Era el tipo que se sella diciéndolo en voz alta y sabiendo que los dos lo hemos escuchado.

Fionnuala recogió el cesto con las dos manos y se fue hacia el lado oeste de la plaza con el paso de quien tiene cosas que hacer antes del sábado.

Encontré a Donna en el puesto de especias. Había comprado lo que correspondía comprar con la eficiencia de siempre y tenía el paquete bajo el brazo. Cuando me vio llegar con la cara que tenía, dejó de mirar el puesto y esperó a que yo dijera lo que había que decir.

—El sábado.

Donna asintió.

Empezamos hacia los caballos. Habíamos comprado lo que se suponía que veníamos a comprar, habíamos hablado con los comerciantes que correspondía saludar, habíamos estado el tiempo correcto para que la visita pareciera lo que debía parecer. Los dos hombres de escolta estaban donde los había dejado.

Montamos. Salimos por el camino del norte.

Llevábamos veinte minutos de camino cuando Donna habló.

No lo había hecho en el mercado ni durante los primeros minutos de trayecto, que era el tiempo que usaba para asegurarse de que lo que iba a decir era el momento correcto para decirlo.

—Esta mañana temprano, antes de que saliéramos. —Su voz tenía el tono plano del informe, sin inflexión que preparara lo que venía. —Fui a los establos a comprobar la bolsa.

Lo supe antes de que terminara la frase.

—No está.

—El rincón está vacío. Los arreos viejos siguen pero la bolsa no.

La bolsa con la capa marrón y la inicial de los Beag grabada a hierro en la manga izquierda.

La prueba física que conectaba a Ailsa Beag con el castillo MacAran y con el hombre que la había hecho desaparecer.

La bolsa que Donna había encontrado, que habíamos dejado deliberadamente porque moverla sin cadena de custodia verificable era peor que no tenerla, que habíamos vigilado con el hombre de Craig en el ángulo del ala norte.

—¿El hombre de Craig?

—Sigue en su posición. Le pregunté antes de entrar a los establos. Dijo que no había habido movimiento nocturno hacia esa zona.

No había habido movimiento nocturno. Lo que significaba que Cormac no había ido de noche. Había ido durante el día, en algún momento de los últimos dos días, en un intervalo en que el hombre del ángulo miraba otro sector o tenía razón para mirar en otra dirección.

Broc había usado a Cormac de día, cuando el movimiento en los establos era normal y no levantaba la misma atención que el movimiento nocturno.

El hombre del ángulo nocturno había funcionado. El movimiento diurno no lo habíamos cubierto suficientemente.

—¿A qué hora fue la última vez que la comprobaste?

—Antes de anteayer por la mañana. El miércoles temprano. Seguía.

Miércoles temprano. Hoy era jueves. Cormac había tenido entre el miércoles por la mañana y este jueves por la mañana para moverla, en algún intervalo de actividad normal de los establos.

La bolsa desaparecida no cambiaba lo que teníamos: el documento falsificado, la denuncia de los Beag, el registro de Craig, el testimonio de Fionnuala que llegaría el sábado. Pero la bolsa era la prueba física directa que hacía el caso irrefutable en lugar de convincente.

Sin ella, el caso dependía de testimonios. Los testimonios podían cuestionarse. La tela con una marca grabada a hierro, no.

Broc lo sabía.

Seguimos por el camino sin hablar durante el siguiente tramo. El bosque a los lados, la luz de las cuatro de la tarde de octubre que bajaba rápido, el ruido de los caballos sobre el suelo helado del camino que cada semana que pasaba sonaba más helado que la anterior.

—Hay algo más —anunció Donna.

Lo miré.

—Eoin dice que esta mañana, mientras estaba trabajando en los establos, Cormac pasó por allí. No fue al rincón del fondo. Fue a uno de los boxes centrales. Habló con uno de los mozos de cuadras durante tres minutos. El mozo se llama Fearghas. Lleva cuatro meses en el castillo.

Cuatro meses. El mismo periodo que los dos hombres que Craig había redistribuido esta semana.

—¿Fearghas es de la red del comerciante del sur?

—Eoin no lo sabe. Pero dice que Fearghas recibió a Cormac con la naturalidad de quien espera esa visita y no con la naturalidad de quien recibe una visita inesperada.

La red tenía más ramas de las que habíamos contado. O las ramas que habíamos contado tenían ramificaciones propias que todavía no habíamos mapeado completamente.

El castillo se hizo visible en la última curva del camino. Los estandartes MacAran y Cairn juntos sobre los muros, lo cual era una imagen que dieciséis días atrás no existía y que ahora existía y que decía algo sobre lo que el castillo era hoy comparado con lo que había sido entonces.

—Craig necesita saber lo de Fearghas antes de que lleguemos.

—¿Puedo mandárselo con Eoin esta tarde?

—Sí. Que lo haga antes de la cena.

Donna asintió.

Entramos por la puerta principal con los caballos y las compras del mercado y la información de que la bolsa había desaparecido y Fionnuala llegaba el sábado y la red del comerciante del sur tenía al menos una rama más de las que habíamos contado.

Dieciséis días hasta la cláusula desde mañana.

Dos días hasta Fionnuala.

Y la bolsa desaparecida en algún lugar del castillo o fuera de él, con la inicial de los Beag grabada a hierro en una manga que ya no podíamos usar como prueba irrefutable pero que existía y que Broc había tenido que mover porque existía.

Un hombre que borra pruebas sabe que las pruebas existían. Eso también era información.