22
El decimosexto día amaneció con el frío que tiene octubre cuando ha terminado de negociar.
Donna había pasado la noche en mi habitación, en el suelo junto a la cama con el chal encima porque era lo que había pedido y porque discutir habría sido desperdiciar energía en lo incorrecto.
Yo había dormido tres horas, que era lo que había dejado libre la noche después de que Fergus pasara las horas desde la bodega asegurando el perímetro y verificando los contactos de la red que había traído a Ainna y a Cormac al castillo.
Lo supe porque Craig pasó dos veces por el corredor del ala este durante la noche con el paso de quien ejecuta instrucciones en marcha, y porque las luces del ala de administración no se apagaron hasta después de las tres.
El entrenamiento matinal no ocurrió. Era la primera vez desde que Fergus lo había establecido.
Desayuné en la habitación con Donna. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que estaba entera. Acepté esa distinción porque era exacta y porque Donna no usaba las palabras sin calcular lo que significaban.
A las nueve, Donna fue a sus tareas habituales.
Las tareas habituales eran la única cobertura que teníamos mientras el castillo procesaba lo que había ocurrido sin saber exactamente qué había ocurrido.
Solo Craig y Fergus sabían la totalidad.
El resto del castillo sabía que una criada había salido sin avisar, que era la versión que circulaba porque era la más fácil de sostener mientras Fergus decidía el siguiente movimiento.
Bajé al patio principal a las diez con el chal doble.
El patio estaba con la actividad normal de la mañana: el herrero, los hombres del turno, el mozo de cuadras.
Fergus estaba en algún punto del ala de administración.
Craig cruzó el patio en dirección a esa ala con el paso de quien va porque lo han llamado.
Estaba en el tercer recorrido del perímetro cuando el ruido llegó desde la puerta principal.
No era el ruido de una visita normal. Era el ruido de muchos caballos llegando al mismo tiempo, con el peso específico del número en el suelo y en el aire, y con la urgencia en el paso de los animales que indica que vienen de lejos y han venido rápido.
Me detuve en el lado oeste del patio.
La puerta principal se abrió antes de que el hombre del muro terminara de anunciar nada. Cuarenta hombres entraron con los caballos y el equipamiento de quienes han viajado varios días sin pausa y no han dormido suficiente. Los estandartes eran azul y gris.
Los estandartes del clan Cairn.
Fergus salió del ala de administración. Lo vi cruzar el patio hacia la puerta principal con el paso controlado de quien ha recibido una sorpresa y ha decidido que la sorpresa no va a notarse en el paso. Craig detrás de él.
El hombre que encabezaba la columna desmontó antes de que su caballo se hubiera detenido del todo.
Laird Cairn. Mi padre.
Tenía la cara de los siete meses. No la cara que recordaba de cuando me fui de casa, que era la cara de un hombre que gobernaba con el peso completo de su clan detrás.
Era la cara de un hombre que había seguido gobernando porque no había otra opción pero que había gobernado vaciado de algo que no había recuperado.
Sus ojos barrieron el patio con la eficiencia de alguien que busca algo específico entre todo lo que hay.
Me encontraron.
Se quedó quieto.
El tiempo que tarda una persona en recibir algo que no esperaba recibir y en procesar que es real y no una proyección del agotamiento de varios días de viaje. Luego cruzó el patio.
Fergus, que estaba a la mitad del camino hacia la puerta principal, se detuvo cuando vio la dirección de mi padre.
Vi en su cara el momento en que calculó lo que significaba la reacción de ese hombre al verme: que mi padre llevaba siete meses creyendo que su hija estaba muerta y acababa de verla en el patio de los MacAran.
No como información política. Como lo que era.
Fergus dio un paso atrás. Craig, a su lado, hizo lo mismo.
Mi padre llegó a donde yo estaba.
No dijo nada. Puso las manos en mis hombros con la fuerza de alguien que verifica que algo es físicamente real antes de permitirse creer que lo es. Luego me miró a la cara durante el tiempo que llevaba siete meses sin poder hacer eso.
No era una escena para testigos.
Se separó. Me miró con la voz plana que usaba cuando tenía algo que preguntar y la respuesta iba a tener consecuencias que ya estaba calculando antes de escucharla.
—¿Quién?
Una sola palabra. Sin contexto porque no necesitaba contexto. Llevaba siete meses con esa pregunta en algún lugar donde las preguntas que no pueden hacerse se quedan hasta que pueden.
Fergus avanzó desde donde se había detenido. Llegó a nuestro lado con el paso de alguien que ha decidido que este es el momento de intervenir y que tiene las palabras necesarias para hacerlo.
—Laird Cairn.
Mi padre lo miró. Era la primera vez que los dos hombres se veían en persona. El tratado que había traído a Edina Cairn al castillo MacAran lo habían firmado dos hombres que nunca se habían visto la cara, que era una ironía que solo ahora tenía peso visible.
Mi padre evaluó a Fergus con la velocidad de alguien que lleva cuarenta años evaluando personas en situaciones de tensión. Fergus aguantó esa evaluación con la quietud de quien no necesita demostrar nada para serlo.
—Adentro —continuó Fergus. —Hay cosas que necesita saber antes de que tome ninguna decisión.
Mi padre no apartó los ojos de Fergus durante el tiempo que tardó en responder.
—Tiene diez minutos.
—Necesito más.
Mi padre lo miró un segundo adicional.
—Entonces hable rápido.
Los cuarenta hombres Cairn estaban en el patio con los caballos y el equipamiento y la expresión de quienes han venido preparados para algo y todavía no saben si van a necesitar estarlo. Los hombres de Craig en los muros tenían la postura de quien observa sin que parezca que observa.
Fergus giró hacia el ala de administración sin esperar a que mi padre dijera nada más. Era el tipo de movimiento que hace alguien que ha decidido que el liderazgo de la situación le corresponde y que ejercerlo requiere actuar.
Mi padre lo siguió.
Le hice una señal a Tam, que estaba entre los hombres Cairn con la cara del alivio y la furia simultáneos de alguien que se alegra de que estés viva y necesita saber por qué no lo sabía antes.
Levanté la mano con el gesto de espera que habíamos acordado hace años para los momentos en que necesitaba que esperara sin preguntar. Tam lo reconoció. Esperó.
Craig se quedó en el patio gestionando la distribución de los caballos y los hombres Cairn hacia los establos y los cuarteles, que era exactamente el tipo de gestión que Craig hacía bien y que en este momento era lo más útil que podía hacer.
Antes de seguir a Fergus y a mi padre al ala de administración, miré hacia el ala principal del castillo. Segundo piso. Las ventanas del corredor que daba al patio.
Broc estaba en una de ellas.
No sé cuánto tiempo llevaba ahí. Suficiente para haber visto los estandartes entrar por la puerta principal. Suficiente para haber visto a mi padre cruzar el patio hacia mí. Suficiente para haber visto a Fergus intervenir y para haber calculado la dirección hacia la que se movía la situación.
Su cara no tenía la sonrisa de las cenas. Tenía la expresión de alguien que acaba de recibir una variable que no estaba en sus cálculos y que está calculando a velocidad lo que esa variable cambia en el mapa que tenía hasta hace diez minutos.
Lo que cambiaba era esto: cuarenta hombres Cairn dentro del castillo MacAran significaba que el padre de Edina iba a saber en los próximos veinte minutos todo lo que Fergus sabía.
Y un padre que sabe lo que Fergus sabe sobre Broc y que tiene cuarenta hombres en el patio es una variable que no se gestiona con los mismos tiempos que una mujer sola con un plan.
Broc se apartó de la ventana.
Entré al ala de administración.
En el despacho, Fergus estaba de pie junto a la mesa con el documento falsificado y la denuncia de los Beag delante de él.
Mi padre estaba en el centro de la habitación con los brazos cruzados y la postura de alguien que ha llegado con una decisión tomada y está esperando información suficiente para ejecutarla o para cambiarla.
Fergus empezó a hablar.
Usó tres días de lo que yo le había entregado.
No más, porque tres días era todo lo que había entre la tarde del decimotercer día y esta mañana del decimosexto.
Lo que había ocurrido en el corredor de la torre este.
Lo de Donna en la bodega. Lo de Ainna y Cormac y el comerciante del sur.
El documento falsificado con el sello Cairn que estaba sobre la mesa.
Mi padre escuchó con los brazos cruzados y la cara que ponía cuando procesaba cosas que tenían consecuencias y que no podía deshacer una vez procesadas.
Cuando Fergus terminó, mi padre miró el documento falsificado sobre la mesa durante el tiempo que tardó en decidir qué decir primero.
Luego me miró a mí.
No con la pregunta de ¿por qué no me dijiste? Esa pregunta vendría después, en privado, con el tiempo que requería. Ahora había algo más inmediato.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Veinticuatro días —respondí. —Para la cláusula. Desde mañana.
Mi padre asintió con la precisión de quien recibe un dato operativo y lo incorpora al mapa que está construyendo en tiempo real.
—Entonces trabajemos.