21
El despacho de Fergus a las cinco de la tarde tenía las velas encendidas antes de lo habitual porque el cielo se había cerrado durante la tarde y la oscuridad llegaba antes que el horario.
Entramos Craig y yo juntos. Fergus estaba en la silla detrás de la mesa. Craig cerró la puerta.
Fergus miró a Craig primero. Miró la mandíbula donde el codo de Broc había conectado, que a esa hora tenía ya el color de un golpe reciente. Luego me miró a mí con la atención de quien verifica el estado de alguien antes de decidir qué hace a continuación.
No preguntó si estábamos bien. Era el tipo de pregunta que Fergus no hacía cuando podía ver la respuesta.
—Craig.
Craig entregó todo.
Lo hizo de pie, con las manos a los lados y la voz del hombre que ha decidido que este es el momento y que el momento no admite economía de información.
Lo que había visto en el corredor de la torre este esa tarde.
Los rumores de hace tres años, la familia de arrendatarios que había presentado la denuncia y la había retirado antes de que llegara a Fergus.
Por qué había archivado esa denuncia sin llevarla al laird.
Los cinco días de registro de movimientos de Broc desde que Fergus le había dado la instrucción.
Lo que Cormac había reportado sobre la pregunta de Broc respecto a los turnos del ala este.
Fergus escuchó todo sin moverse, sin interrumpir, con la misma cara que había puesto cuando yo le entregué la verdad dos días antes: la cara de alguien que procesa sin que el procesamiento sea visible en la superficie.
Cuando Craig terminó, el despacho tuvo el silencio de algo que no puede deshacerse.
Fergus tardó.
—¿Por qué no me lo dijiste hace tres años?
Craig no tardó. Había tenido tres años para construir la respuesta y catorce días para saber que tarde o temprano la pregunta llegaría.
—Porque usted no habría querido verlo y yo no estaba seguro de que las pruebas fueran suficientes. —Una respiración. —Y porque era su hermano.
Fergus no respondió a eso. No de la manera que responde alguien que ha recibido algo que necesita procesar con palabras. Lo recibió de la manera en que se reciben las cosas que confirman algo que ya se sabía y que duelen exactamente porque lo confirman.
Se quedó con los ojos en la mesa durante el tiempo que tardó en decidir lo que seguía.
—Sal. Que nadie sepa lo que sabes hasta que yo lo diga.
Craig asintió. Fue hacia la puerta. La abrió. Salió. La cerró detrás de él.
Vi su cara en el momento en que giró hacia la puerta.
Era la cara de alguien que lleva veinte años siendo el hombre más leal del clan MacAran y que acaba de reconocer en voz alta que la lealtad también puede ser una forma de mirar hacia otro lado.
No dije nada sobre esa cara porque no era el momento y porque lo que Craig hiciera con eso en el corredor era asunto de Craig.
Dentro del despacho, Fergus y yo solos.
Fergus se levantó de la silla. No hacia la ventana esta vez. Fue al lado de la mesa y se quedó de pie con las manos apoyadas en el borde, mirando el documento falsificado que seguía donde lo había dejado dos días antes. No lo tocó.
—Mañana busco a Donna.
Lo miré.
—Donna lleva dos horas sin aparecer.
Fergus levantó la vista de la mesa.
No dije nada más porque no había más que decir que eso. Donna había dejado un mensaje diciendo que estaba con Eoin. No había estado con Eoin. No había pasado por el corredor de la torre este en las dos horas que habían transcurrido desde que yo recibí ese mensaje.
Fergus salió del despacho sin decirme que esperara.
Me quedé con el documento falsificado sobre la mesa y la vela que había bajado un tercio desde que entramos.
Broc había actuado dentro del castillo usando el intervalo de cambio de guardia que Cormac le había filtrado.
Lo que no había calculado era Craig llegando por el camino corto.
Pero Donna llevaba dos horas sin aparecer, lo cual significaba que Donna había desaparecido antes de que ocurriera lo del corredor.
No era consecuencia del corredor. Era anterior.
Broc había movido más de una pieza al mismo tiempo.
Fergus volvió dieciséis minutos después. Supe que eran dieciséis porque había contado.
Entró. Cerró la puerta.
—No está en los cuarteles de servicio. No está en la lavandería ni en la cocina ni en las habitaciones del ala norte. —Se quedó de pie junto a la puerta. —Eoin dice que no la ha visto desde las dos de la tarde.
Las dos de la tarde. Dos horas antes de que yo recibiera el mensaje con la lavandera.
—El mensaje que me dejó con la lavandera —dije. —Necesito hablar con la lavandera.
Fergus fue a buscarla. Volvió con ella en ocho minutos. La lavandera llegó con la expresión de alguien que ha sido convocada de forma urgente y sabe que esa urgencia tiene consecuencias aunque no sepa todavía cuáles.
—El mensaje que le entregó esta tarde —preguntó Fergus, sin preámbulo. —¿Quién se lo dio?
—Una de las criadas del ala norte. Ainna. Me dijo que Donna le había pedido que me lo pasara porque estaba ocupada con Eoin en los establos.
—¿Vio usted a Donna?
—No. Solo a Ainna.
Fergus la despidió con un gesto. Salió.
Ainna. Una criada del ala norte que había llevado un mensaje de parte de Donna sin que Donna lo hubiera enviado, o con Donna en una situación en que no podía enviarlo directamente.
—¿Quién es Ainna?
—Lleva tres meses en el castillo. Vino recomendada por un comerciante del sur. —Fergus tenía la cara que tenía cuando la información llegaba a un lugar que no esperaba. —El mismo comerciante que recomendó a Cormac hace cuatro años.
El mismo comerciante detrás de los dos.
—¿Dónde está Ainna ahora?
—Craig está verificando.
Pasos en el corredor. Craig entró sin llamar.
—Ainna salió del castillo por la puerta este hace aproximadamente dos horas. —Se detuvo en la puerta. —Con una cesta. El hombre del muro dijo que parecía que iba al pueblo.
Dos horas. Alrededor de las tres de la tarde, una hora después de que Eoin vio a Donna por última vez. Suficiente tiempo para haber llevado el mensaje a la lavandera antes de marcharse, o para haber entregado a alguien la instrucción de hacerlo.
—¿Y Donna? —pregunté.
Craig me miró con la expresión de alguien que tiene la respuesta y sabe que cambiará lo que ocurre a continuación.
—Hay una bodega en el ala norte que se usa para almacenamiento de equipamiento de invierno. Cerrada desde septiembre. —Una pausa. —Hay un candado nuevo en la puerta. No es el candado habitual de esa bodega. Lo pusieron desde fuera.
Desde fuera. Alguien había cerrado esa bodega con un candado que no era el suyo y que no podía abrirse desde dentro.
Fergus ya se movía hacia la puerta.
—Las llaves —dijo Craig, antes de que saliera. —El herrero tiene duplicados de todos los candados del ala norte.
Fergus se detuvo junto a mí.
—Veinticinco días —le dije, antes de que llegara al corredor. —Para la cláusula. Desde mañana.
Me miró.
—Lo sé. —Una pausa breve con el peso de alguien que ha calculado ese número también. —Donna primero.
Salió. Craig fue detrás.
Me quedé en el despacho el tiempo que tardé en decidir que quedarme no era lo correcto. Luego fui detrás de los dos.
El ala norte tenía el frío de los espacios que no se calientan porque nadie vive en ellos. La bodega estaba al final del corredor de servicio, con la puerta de madera reforzada que tenían todas las bodegas de almacenamiento del castillo y un candado nuevo que no correspondía a esa puerta.
El herrero llegó con el duplicado dos minutos después de que llegáramos nosotros.
El candado cedió.
La puerta se abrió.
Donna estaba dentro, de pie en el espacio que quedaba entre los fardos de equipamiento de invierno apilados contra la pared, con la cara de alguien que ha pasado tres horas decidiendo que no iba a perder la compostura y que ha conseguido no perderla aunque por poco.
Me miró.
—¿Cuánto tiempo más? —preguntó, con la voz que había tenido la noche en que me contó lo de los establos, sin temblor porque había decidido que no iba a temblar.
No era la misma pregunta que me había hecho aquella noche. Era la misma frase con un peso diferente detrás.
—Poco —respondí.
Esta vez las dos sabíamos que poco significaba algo más concreto que la vez anterior.
Fergus estaba en la puerta de la bodega mirando a Donna con la expresión de alguien que acaba de ver la confirmación de algo que no necesitaba más confirmaciones pero que las recibe igual y tiene que procesar igual.
Craig, a su lado, tenía la mandíbula con el color de la tarde y los ojos de alguien que acaba de cerrar tres años de archivo y ha empezado otro que espera no necesitar durante tanto tiempo.
Veinticinco días desde mañana.
Y Broc en algún lugar del castillo que ya no era el castillo donde había vivido toda su vida sino el castillo donde había actuado dentro de los muros de su hermano y había dejado a Donna en una bodega con un candado nuevo.
Eso tenía consecuencias que Broc todavía no había terminado de calcular.