20
El decimoquinto día no había terminado cuando ocurrió.
Eran las cuatro de la tarde. El entrenamiento matinal había sido como los anteriores.
El desayuno, la mañana con Ealasaid y los proveedores de invierno, la conversación en el corredor con Fergus sobre los veinticinco días y Craig y Cormac.
Todo eso había ocurrido en las horas anteriores, catorce días de aprendizaje de este castillo acumulados detrás, y la tarde había empezado de forma normal hasta que no lo fue.
Donna me había dejado un mensaje con la lavandera. Que necesitaba hablar y que estaba con Eoin.
El mensaje no decía por qué necesitaba hablar. Eso era inusual. Donna era el tipo de persona que cuando necesitaba hablar de algo urgente lo especificaba para que yo supiera el nivel de urgencia antes de llegar.
Fui a los establos del ala norte.
El camino entre el ala este y los establos del ala norte pasaba por el corredor de la torre este. Era el tramo más largo y el menos transitado a esa hora porque los hombres que trabajaban en esa parte del castillo habían terminado su turno y los del siguiente no habían empezado todavía.
El intervalo de cambio de guardia. El mismo que Cormac había confirmado a Broc la mañana anterior cuando le preguntó sobre los turnos del ala este. Veinte minutos sin circulación regular en ese tramo específico.
Lo había estudiado Broc. Yo lo había aprendido en los primeros días. Los dos habíamos llegado al mismo dato desde el mismo castillo.
Estaba en el tramo central del corredor, a unos quince metros de la salida hacia el patio norte, cuando escuché los pasos detrás de mí.
No corriendo. El paso normal de alguien que camina por el mismo corredor al mismo ritmo que el mío. Sin la prisa que indicaría propósito urgente. Si no hubiera llevado catorce días aprendiendo a leer los pasos de las personas de este castillo, no habría notado nada.
Los había aprendido.
Me detuve antes de girarme, con la mano en la pared, como si hubiera recordado algo y necesitara un momento. Era la maniobra más natural del mundo. Era también el tiempo que necesitaba para saber qué había detrás de mí antes de que lo que hubiera detrás supiera que lo había escuchado.
No sirvió de nada. Cuando me giré, Broc estaba a tres metros.
Sonriendo.
La misma sonrisa de siempre. La que llegaba hasta los ojos, la que hacía que la gente en las cenas se relajara porque parecía genuina.
Aquí, en el corredor vacío de la torre este a las cuatro de la tarde, sin nadie a menos de cincuenta metros en ninguna dirección, esa sonrisa era la cosa más aterradora que había experimentado en catorce días dentro del castillo.
No porque hubiera cambiado.
Porque no había cambiado.
—Qué suerte encontrarla aquí. —El mismo tono de cuñado atento que usaba en las cenas. —Iba hacia los establos.
No respondí. El frío había subido al pecho en el momento en que me giré y estaba trabajando en bajarlo con la práctica de catorce días, que era más práctica de la que debería haber necesitado tener nadie para esto.
Broc dio un paso. Dos. El espacio entre nosotros se redujo de una manera que no era amenaza declarada pero que era amenaza de todas las formas que importaban. Se colocó a mi izquierda, con la pared del corredor a mi derecha y su cuerpo bloqueando el ángulo hacia la salida del patio norte.
No había empujado. No había tocado. Solo había ocupado el espacio de manera que el único camino que me quedaba libre era hacia el interior del corredor, que era exactamente el camino que él había calculado que yo no tomaría.
—Ha estado muy ocupada últimamente. —La voz, igual. El tono de siempre. —Reuniones con el laird. Visitas al mercado. —Inclinó la cabeza levemente. —El laird parece muy interesado en su compañía.
Medí el espacio que quedaba entre su hombro derecho y la pared opuesta. Cuarenta centímetros, quizás cuarenta y cinco. Suficiente para pasar si él no lo cerraba. Insuficiente para pasar rápido si él decidía cerrarlo.
—El laird es mi anfitrión. —Mi voz salió en el tono correcto. Neutral. Sin la tensión que habría dicho a Broc que había llegado al objetivo que buscaba. —Es natural que hablemos.
—Natural. —Repitió la palabra con el tipo de inflexión que no es acuerdo ni desacuerdo sino el uso de la palabra de otra persona para señalar que la ha escuchado. —Eso es una manera de verlo.
Dio otro paso.
La pared del corredor estaba en mi espalda. No había llegado allí porque me hubiera movido hacia atrás. Había llegado allí porque Broc había reducido el espacio disponible de una manera tan gradual que el cuerpo había respondido antes de que la mente registrara el proceso.
Levantó la mano.
No hacia mi garganta. Hacia el corredor detrás de mí, señalando vagamente hacia el interior del castillo, con el gesto de quien hace una observación sobre la arquitectura.
Era un gesto completamente inofensivo. Era también el gesto de alguien que quería que yo viera que podía levantar la mano y que lo que hiciera con ella era su decisión.
—El laird es un hombre ocupado —continuó. —Con muchas cosas que gestionar. No siempre puede prestar atención a todo lo que ocurre en su propio castillo. —La mano bajó. Despacio. —Es comprensible.
El tiempo que tardó esa mano en bajar fue el tiempo más largo de los catorce días.
Cuando la mano llegó al costado de Broc, su palma se apoyó en la pared junto a mi hombro izquierdo. No en mi hombro. En la pared. Un centímetro de distancia entre la piedra y mi brazo.
—Hay cosas que el laird no necesita saber. —En voz muy baja, con el mismo tono de siempre. —Para nadie tiene sentido complicar algo que puede ser simple. —Sus ojos en los míos, sin apartar, sin el parpadeo que tienen las personas cuando dicen algo que les cuesta decir. —¿Verdad?
Abrí la boca para responder.
Craig apareció en el extremo del corredor.
Vino del ángulo de la escalera de la torre, que era el camino corto desde el patio norte hacia los establos. Apareció a cuarenta metros de distancia, con el paso de alguien que camina porque tiene un destino. A veinte metros procesó lo que veía. A quince había decidido qué hacer con ello.
Broc no soltó la pared junto a mi hombro.
Tardó un segundo.
Ese segundo tenía un mensaje claro: sé que me has visto, Craig, y todavía no me importa lo suficiente para retirarme inmediatamente. Era el segundo de alguien que calcula que puede permitirse ese segundo porque su posición todavía absorbe el coste.
Luego la mano dejó la pared y Broc dio un paso atrás.
Craig había cubierto la distancia.
Lo que ocurrió en los siguientes cuarenta segundos no fue elegante. Broc era bueno, eso lo sabía de catorce días de entrenamiento matinal desde el muro. Tenía velocidad y técnica y el instinto de alguien que ha peleado en situaciones donde perder tenía consecuencias reales.
Craig era mejor.
No porque tuviera más técnica o más velocidad.
Sino porque estaba furioso de una manera que Broc no había calculado.
Era la furia de alguien que lleva años archivando algo y que acaba de ver la confirmación física de que todo lo que había archivado era exactamente lo que creía que era.
Ese tipo de furia no es impulsiva. Es concentrada.
Craig lanzó el primero. Broc lo bloqueó pero el bloqueo fue parcial y el impacto llegó al hombro izquierdo con suficiente peso para desplazarlo un paso hacia la pared.
El segundo golpe de Craig fue al costado y Broc lo absorbió girando, usando el impulso para crear distancia y contraatacar con el codo derecho hacia la mandíbula de Craig.
Conectó. El sonido no era el sonido del entrenamiento.
Craig no cayó.
Se reposicionó con el pie izquierdo adelantado y volvió, más rápido ahora, con el tipo de velocidad que produce la rabia cuando la rabia tiene catorce años de material acumulado detrás. El tercer golpe de Craig fue al costado de la cabeza de Broc y ese sí lo hizo tropezar.
Broc calculó en ese momento que continuar costaba más que retirarse. Se fue hacia el interior del corredor con el paso rápido de alguien que ha decidido que reposicionarse es mejor que absorber lo que viene. Desapareció en el ángulo del corredor interior en tres segundos.
Craig se quedó donde estaba. Tenía la mano derecha en la mandíbula donde el codo de Broc había conectado, con el tacto cuidadoso de quien comprueba el daño antes de decidir si es funcional. Lo era.
Me miró.
—¿Puede ponerse en pie?
Estaba en pie. Había estado en pie durante todo el tiempo, con la espalda en la pared del corredor y las manos quietas porque las manos quietas eran lo único que podía controlar completamente en ese momento.
—Sí.
—Entonces vamos con el laird. Ahora.
No dijo nada más. Empezó a caminar hacia el ala de administración con el paso de alguien que tiene un destino y sabe exactamente lo que va a decir cuando llegue.
Lo seguí.
En el camino, con el castillo a nuestro alrededor haciendo lo que hacía el castillo a esa hora de la tarde, noté que el corredor del ala norte estaba más tranquilo de lo habitual. Sin Donna en ninguno de los sitios donde normalmente estaría.
El mensaje que me había dejado con la lavandera. Que necesitaba hablar y que estaba con Eoin.
Donna no estaba en el corredor. Si hubiera estado con Eoin en los establos del ala norte habría pasado por el corredor de la torre este en algún momento de las últimas dos horas. Era su ruta habitual. Era la única ruta directa.
No había pasado.
Seguí caminando detrás de Craig hacia el despacho de Fergus con eso añadido a todo lo demás, que era ya suficiente.
Donna no estaba donde había dicho que estaría.
Y nadie en el castillo lo sabía todavía excepto yo.