19
El decimoquinto día Donna comprobó la bolsa antes del desayuno.
Seguía donde estaba.
Me lo dijo en cuatro palabras cuando trajo el agua caliente de la mañana, antes de que yo preguntara.
Seguía donde estaba era suficiente para empezar el día sin esa variable encima, aunque lo de Cormac en los establos la tarde anterior seguía siendo información sin resolver que guardé donde guardaba las cosas sin resolver: presente, accesible, sin que ocupara el primer plano hasta que hubiera algo que hacer con ella.
El entrenamiento matinal ocurrió como los días anteriores.
Patio secundario del ala sur, antes del desayuno, con el frío de mediados de octubre que ya no tenía intención de suavizarse.
Fergus no mencionó el despacho del decimotercer día.
Yo tampoco. Trabajamos durante cuarenta minutos con la concentración de dos personas que han acordado tácitamente que este espacio es este espacio y que lo que ocurre fuera de él ocurre fuera de él.
Cuando terminamos, Fergus recogió el arreo de práctica sin mirarme y entró al castillo. No era el tipo de hombre que necesitaba llenar los espacios con palabras cuando las palabras no añadían nada.
El desayuno, la mañana, el ala este. Donna con sus recados habituales y la información de Morag que llegaba en fragmentos: que Sine había vuelto a la sala de cenas esa mañana, que Morag la había mirado dos veces durante el servicio con la atención de quien sigue midiendo algo, que Broc no había estado en el desayuno formal sino que había pedido que se lo subieran a sus habitaciones.
Un hombre que usa el tiempo del desayuno de otra manera. Lo archivé.
A media mañana, Donna volvió con algo diferente en la postura.
—El anciano Donal ha pedido reunirse con el laird. Ahora. En el despacho.
Donal no hacía reuniones urgentes. Donal hacía reuniones programadas con la formalidad de alguien que había aprendido que el protocolo existe para que las cosas tengan el peso correcto.
Una reunión pedida a media mañana sin programación previa tenía una sola categoría de razón posible: algo con un plazo legal que no podía esperar a la tarde.
Esperé.
Fergus vino a buscarme cuarenta minutos después.
Apareció en el corredor del ala este con el paso de alguien que tiene un destino claro y ha decidido que ese destino incluye pasar por aquí primero.
Se detuvo en el corredor con la puerta de mi habitación abierta entre los dos y habló en voz suficientemente baja para que no llegara más allá del corredor inmediato.
—La cláusula del tratado. Donal la ha calculado esta mañana. Veinticinco días.
Lo miré. No dije que ya lo sabía porque decirlo habría requerido explicar cuándo lo había leído, y esa explicación podía esperar a un momento en que fuera necesaria.
—¿Cuántos días quedan?
—Veinticinco. —Fergus tenía la expresión de quien entrega información sin ornamento porque el ornamento no cambia la información. —Si la boda no se celebra en ese plazo por causa imputable a los MacAran, el clan Cairn recupera las parcelas del anexo tercero.
Las tierras del invierno. Las que mi padre había cedido creyendo que firmaba en memoria de su hija muerta. Las que hacían que el ganado del clan Cairn dependiera de la gracia de los MacAran para cruzar a los pastos del norte en los meses fríos.
—Entonces necesitamos a Craig antes de que pasen veinticinco días.
Fergus me miró con algo en la cara que no era exactamente sorpresa sino el reconocimiento de algo que había calculado y que estaba siendo confirmado.
—Craig ya está.
Ahora sí lo miré de verdad.
—Le pedí que vigilara a Broc hace cinco días.
Cinco días. El decimoquinto era hoy. Hace cinco días era el décimo, el mismo día en que había visto a Craig salir del despacho de Fergus de noche con el paso de quien tiene una instrucción nueva y sabe exactamente qué hacer con ella.
El mismo día en que Donna me había dicho que habían cambiado los turnos del corredor que conectaba el ala principal con el ala de Broc.
Cinco días antes de que yo le dijera nada en el despacho.
—¿Antes de que yo le dijera nada?
—Sí.
El corredor tuvo el tipo de silencio que sigue a las confirmaciones que cambian el mapa de lo que uno creía que sabía.
No porque la información fuera mala. Porque era buena de una manera que yo no había calculado, y las cosas buenas que no se calculan producen un tipo específico de desorientación que requiere un momento para integrarse.
Fergus había visto suficiente para actuar cinco días antes de tener la verdad completa. Había actuado en la dirección correcta con información incompleta porque su juicio sobre qué significaba lo que veía era suficientemente bueno para no necesitar esperar a tenerlo todo.
—Tendría que haberle hablado antes.
—Sí.
Sin reproches. Solo el hecho, dicho con la misma economía con que Fergus decía todo. Era la respuesta que merecía la situación y no más, que era exactamente la diferencia entre Fergus MacAran y los hombres que habrían aprovechado ese momento para algo diferente.
Nos quedamos en el corredor durante el tiempo que tardé en terminar de procesar lo que acababa de ocurrir.
—Craig. ¿Sabe lo del río?
—No. Sabe lo de los Beag. Sabe lo del documento. Le conté lo suficiente para que pudiera hacer su trabajo. —Una pausa breve. —El resto es suyo. Si quiere que lo sepa, es su decisión.
Era una distinción que importaba. Fergus había dado a Craig la información operativa sin darle la información personal, que era exactamente la distinción que yo habría hecho si hubiera tenido que elegir qué darle a Craig.
El hecho de que Fergus la hubiera hecho sin que yo se lo pidiera decía algo sobre cómo entendía lo que yo le había entregado dos días antes.
—¿Qué tiene Craig ahora mismo?
—Vigilancia activa del ala de Broc. Dos hombres en el turno de noche que antes no estaban. Los registros de los últimos cinco días de movimientos de Broc dentro y fuera del castillo.
Cinco días de registro de movimientos. Lo que Craig había acumulado en ese tiempo era considerablemente más de lo que yo tenía desde mi ventana, porque Craig tenía hombres en sitios donde yo no podía estar y autoridad para preguntar cosas que yo no podía preguntar.
—Cormac —dije. —El hombre de los cuarteles del norte.
Fergus esperó.
Le conté lo que Donna me había dicho: que Broc le había preguntado a Cormac sobre los turnos del ala este. Que Cormac no era hombre de Craig. Que Cormac había estado en los establos del ala norte la tarde del día anterior después de que Donna saliera.
Fergus escuchó sin interrumpir. Cuando terminé:
—¿La bolsa sigue donde estaba?
—Esta mañana sí.
Fergus asintió. Miró el corredor en ambas direcciones.
—Cormac no es de Craig pero tampoco es de Broc. Lleva veinte años haciendo su trabajo y respondiendo a quien se lo pregunta porque responder es parte de su trabajo. Broc lo sabe y lo usa. —Una pausa. —Lo que no sabe es que Cormac también me informa a mí cuando hay algo que informar.
Lo procesé.
—¿Sabe Cormac que Broc le preguntó sobre los turnos del ala este?
—Lo sabe desde anoche.
Anoche. Mientras yo estaba en la silla junto a la ventana sin dormir y la luz del despacho de Fergus llevaba encendida desde las once, Cormac había informado a Fergus de la pregunta de Broc sobre los turnos del ala este.
Fergus había pasado esas horas frente al documento falsificado y la denuncia de los Beag y la información de que Broc estudiaba el corredor del ala este.
Eso explicaba la calidad de la luz. La quietud de alguien que no mueve papeles.
—¿Qué va a hacer con los veinticinco días?
Fergus me miró con la atención directa que reservaba para las preguntas que merecían respuesta directa.
—Usarlos. Los dos.
Lo dijo de una manera que incluía a los dos sin necesidad de especificarlo.
—Pero necesito que Fionnuala Beag esté dispuesta a hablar en términos formales cuando llegue el momento. No el mercado. Una declaración con peso legal.
—No sé si está lista para eso.
—No tiene que estar lista ahora. Tiene que saber que cuando llegue el momento alguien con autoridad suficiente va a escucharla.
Era la diferencia entre presionar a alguien y ofrecerle una puerta que puede abrir cuando esté lista. Fionnuala necesitaba saber que la opción existía antes de poder decidir si la tomaba.
—Puedo decirle eso.
—El próximo mercado es en una semana.
Asentí.
Fergus se enderezó con el movimiento de quien ha terminado una conversación y tiene otras que empezar. Antes de girar hacia el corredor principal:
—Los veinticinco días no son el enemigo. Broc intentará que lo parezcan. —Lo dijo sin inflexión particular, como información táctica sobre el terreno. —No lo deje.
Entró al ala de administración.
Me quedé en el corredor con la puerta de mi habitación todavía abierta y los veinticinco días nombrados y Craig con cinco días de registro de movimientos de Broc y Cormac que informaba a Fergus y la bolsa en el rincón del fondo de los establos que seguía donde estaba esta mañana.
Las cuarenta y ocho horas que Fergus se había dado para actuar con control habían empezado a media mañana del decimotercer día. Ahora era la mañana del decimoquinto. Quedaban pocas horas antes de que ese plazo venciera.
Lo que ocurriera después de que venciera dependía de lo que Fergus hubiera procesado en esas horas frente a los documentos y el informe de Cormac y los tres segundos del amanecer en el patio.
Veinticinco días para la cláusula desde mañana. Y Broc en sus habitaciones con el desayuno subido, usando el tiempo de alguna manera que Craig estaba registrando desde hacía cinco días con la atención de quien lleva quince años aprendiendo a leer a los hombres de este castillo.
Eso era diferente a estar sola con esto.
Considerablemente diferente.