18
No dormí.
No fue una decisión. Fue el resultado de estar tumbada en la cama con el techo de piedra encima y la conversación del despacho ocupando todo el espacio disponible en la cabeza sin dejar sitio para otra cosa.
A las once me levanté y fui a la silla junto a la ventana porque era donde pensaba mejor y porque seguir tumbada sin dormir solo añadía el cansancio del esfuerzo de intentarlo.
El patio estaba oscuro excepto por las antorchas de los muros y la guardia que hacía el recorrido de las once con el paso uniforme que ya conocía. A las once y media el patio este quedó vacío durante el intervalo habitual.
Y en el ala de administración, la ventana del despacho de Fergus tenía luz.
No era inusual que Fergus trabajara tarde.
Era inusual la calidad de esa luz, que no era la luz activa de alguien que mueve documentos de un lado a otro de la mesa sino la luz quieta de alguien que está sentado en el mismo sitio sin moverse.
Llevaba doce días aprendiendo a leer ese despacho desde fuera y había aprendido la diferencia.
Lo que Fergus tenía sobre la mesa esa noche era el documento falsificado con el sello Cairn y la denuncia retirada de los Beag. No más. Pero era suficiente para pasar la noche sentado frente a ello.
Estuve en la silla hasta las dos. Luego volví a la cama porque el frío de la noche de octubre sin el fuego encendido tiene un límite que el cuerpo impone independientemente de lo que quiera la mente.
Me quedé tumbada mirando el techo con la certeza de que no iba a dormir y con la práctica de quien ha aprendido que a veces no dormir es simplemente lo que hay.
A las cuatro de la mañana, la luz del despacho de Fergus seguía encendida.
El amanecer en octubre en las Highlands llega tarde y despacio, con esa calidad de luz que no es todavía luz sino la ausencia progresiva de oscuridad.
Estaba en la ventana cuando ocurrió, con la copa de agua fría que Donna dejaba siempre antes de irse, útil para mantener los ojos abiertos aunque no agradable a esa temperatura.
La puerta del ala de administración se abrió.
Fergus salió al patio.
No llevaba ropa de representación. Llevaba lo que llevaba en el entrenamiento matinal, sin capa a pesar del frío de las cinco de la mañana. Sin Craig. Sin ninguno de los hombres que normalmente compartían el espacio de entrenamiento.
Solo.
Fue al centro del patio y empezó.
Lo observé desde la ventana durante la hora que duró.
Era diferente a observar el entrenamiento desde el muro norte, donde había distancia y había otras personas y había el propósito declarado de aprender algo sobre los hombres que entrenaban.
Esto no tenía propósito declarado. Era un hombre solo en el patio a las cinco de la mañana haciendo algo que no era para nadie más que para él mismo.
Era la primera vez que veía a Fergus MacAran hacer algo sin función práctica aparente.
No era lo que parecía. Había algo en la manera en que se movía, en el ritmo específico de los ejercicios, en cómo el cuerpo iba cediendo la tensión que había acumulado durante las horas sentado en ese despacho frente al documento falsificado y la denuncia retirada, que decía que esto tenía la función más práctica de todas: procesar lo que no se puede procesar con la mente sin que el cuerpo también participe.
Así era como Fergus MacAran gestionaba lo que no podía resolver con documentos y autoridad y el sello del laird. Con el patio y el frío y el movimiento hasta que el cuerpo encontraba el ritmo que la cabeza necesitaba para seguir funcionando.
Lo entendí mientras lo observaba. Las personas se revelan más en lo que hacen cuando creen que nadie las mira que en lo que hacen cuando saben que las miran.
Cuando terminó, se quedó quieto en el centro del patio. El vapor de la respiración en el frío de octubre formaba y se disolvía con cada exhalación. El patio seguía vacío. El amanecer había llegado lo suficiente para que la luz fuera ya luz, gris y fría pero luz.
Levantó la vista hacia mi ventana.
No sé si sabía que estaba ahí. No sé si lo había calculado o si fue el movimiento de alguien que ha estado pensando en algo durante toda la noche y cuya mirada va sola hacia ese algo sin que la mente lo ordene.
Me quedé donde estaba.
No me aparté. Sostuve la mirada porque apartarla habría sido información que no quería darle y porque después de lo que había ocurrido en el despacho la tarde anterior la idea de apartar los ojos me resultaba incoherente con lo que éramos ahora el uno para el otro, que era algo que todavía no tenía nombre pero que era diferente a lo que había sido doce días atrás.
Tres segundos.
Fergus tampoco se apartó.
Luego bajó la vista y entró al castillo por la puerta del ala principal.
Me quedé en la ventana después de que desapareció, con la copa de agua fría en las manos y el patio que empezaba a llenarse con el ritmo habitual de la mañana temprana.
Entré en el decimocuarto día sin haber dormido.
No vi a Broc hasta que el patio estuvo suficientemente concurrido para que una persona más no fuera notable. Estaba en el corredor del ala oeste, en el punto donde el corredor tenía una ventana que daba al patio, con la postura de quien mira algo.
Lo que había visto desde ese corredor era lo mismo que yo había visto desde mi ventana: Fergus terminando el entrenamiento. La mirada hacia arriba. Los tres segundos.
No podía saber desde ahí lo que yo sabía desde mi ventana, que era que Fergus había levantado los ojos hacia la ventana específica del ala este.
Desde el corredor del ala oeste, Fergus miraba hacia el ala este en general.
Eso era suficiente para que Broc entendiera que miraba hacia algo o hacia alguien.
Lo vi en cómo se quedó en ese corredor después de que Fergus entró al castillo, con los ojos todavía en el ala este, calculando. Era el mismo proceso que yo había visto en él cuando Craig salió del despacho el sexto día.
Bajé a desayunar tarde, cuando la sala ya estaba casi vacía. Ealasaid me había guardado algo sin preguntar por qué había faltado a la hora habitual, que era la discreción de alguien que lleva suficiente tiempo en el castillo para saber que a veces hay razones que no necesitan explicación.
Comí poco. Volví al ala este.
Donna llegó a media tarde con el agua caliente y algo más.
—Cormac —empezó, con la economía de quien ha decidido que esto no puede esperar. —El hombre de los cuarteles del ala norte. Esta mañana el hermano del laird le preguntó a qué hora terminaba el turno del ala este.
Lo procesé.
—¿Cormac le respondió?
—Le dijo que el turno del ala este terminaba a las once y media y que el siguiente empezaba a medianoche. Veinte minutos entre los dos.
Un hombre que no era de Craig. Alguien fuera de la red de lealtades que Craig había construido durante quince años. Alguien a quien Broc podía preguntar sin que esa pregunta llegara a Craig antes de mediodía.
Broc había encontrado una grieta en el perímetro de información y la estaba usando.
—¿Hay algo más?
—Esta tarde ha salido a caballo por el camino del sur. Con los dos hombres de siempre. —Donna dejó la jarra. —Eoin dice que los ensillaron a las dos. Acaban de volver. No es tiempo suficiente para ir al pueblo.
No era tiempo para el pueblo. Era tiempo para el tramo del camino del sur que quedaba dentro del territorio del castillo. Los puntos de visibilidad cerrada. Los bordes del bosque que llegaban hasta el camino.
El mismo terreno que yo había aprendido en el primer viaje al mercado.
Broc estudiaba el exterior igual que estudiaba los turnos del interior.
—La bolsa en los establos —dije. —Sigue donde estaba.
—Sí. La comprobé esta mañana desde la entrada. No la he tocado.
—Bien. No la toques.
Donna asintió. Fue hacia la puerta y se detuvo.
—La marca en la capa. La que está grabada a hierro en la manga. —Hizo una pausa. —Eoin dice que Cormac estuvo en los establos del ala norte ayer por la tarde. Después de que yo salí.
Me quedé quieta.
Cormac en los establos del ala norte después de que Donna salió. Cormac que esa mañana había respondido a Broc sobre los turnos del ala este. Cormac que no era hombre de Craig.
—¿Eoin sabe cuánto tiempo estuvo?
—Poco. Entró y salió. No fue a los caballos.
Entrar y salir de los establos sin ir a los caballos. En los establos del ala norte lo único que no era caballo era el equipamiento de trabajo, los arreos, y el rincón del fondo detrás de los arreos viejos.
La bolsa podía seguir donde estaba. Podía no estar cuando Donna fuera a comprobarlo mañana.
—Mañana temprano —le dije. —Antes del desayuno. Comprueba si sigue ahí.
Donna salió.
Veintiséis días para la cláusula desde mañana. Cuarenta y ocho horas prometidas a Fergus de las que habían pasado ya más de treinta. Broc con los turnos del ala este, las rutas del sur y posiblemente a Cormac en los establos mientras yo había estado en la ventana mirando el patio al amanecer.
Los tres segundos más caros de los doce días.
Y también los únicos que no cambiaría.