LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 17
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El decimotercer día Fergus me convocó al despacho.

No con un mensaje formal. Con Craig, que apareció en el corredor del ala este a media mañana con la economía de palabras que Craig usaba para todo y me dijo que el laird quería verme cuando pudiera.

Cuando pudiera era la manera en que Fergus pedía las cosas que no eran urgentes pero que tampoco podían esperar indefinidamente, que era diferente a la manera en que pedía las cosas urgentes, que era sin intermediario y sin cuando pudiera.

Fui en veinte minutos porque veinte minutos era el tiempo de alguien que tiene cosas que terminar antes de ir, que era verdad, y no el tiempo de alguien que necesita prepararse para algo, que también era verdad pero que no convenía que pareciera.

El despacho de Fergus era la habitación del castillo que mejor conocía sin haber pasado mucho tiempo en ella. Lo conocía de fuera hacia dentro, que era diferente a conocerlo de dentro hacia fuera.

Entré. Fergus estaba de pie junto a la mesa de trabajo con la postura de quien ha estado quieto en el mismo sitio durante el tiempo que tarda en decidir cómo va a empezar una conversación que no es fácil de empezar.

Sobre la mesa había un papel. Lo reconocí antes de leerlo porque era el tipo de papel que usaba el abogado de clan para los documentos formales, con el margen específico y la disposición del texto que tenían los documentos de arrendamiento.

El nombre de la familia Beag.

Fergus me miró cuando entré. Señaló la silla frente a la mesa con un gesto que no era orden sino indicación. Me senté. Él se quedó de pie.

—Encontré esto en los registros de arrendamiento. —Señaló el papel. —Una denuncia informal. Retirada antes de formalizarse. Hace dos años.

Lo miré. Era lo que quedaba de la denuncia de la familia Beag después de retirarla, que era menos de lo que había habido antes de retirarla pero suficiente para que Fergus hubiera entendido que había habido algo.

—¿La conoce?

Tomé la decisión en el tiempo que tardé en responder.

—Sí.

Fergus esperó.

Lo que ocurrió en los siguientes minutos fue la conversación más larga que había tenido con nadie desde el invierno en casa de Marga.

El río lo conté en dos frases porque dos frases era todo lo que podía sostener en ese momento sin que el peso de más palabras cambiara lo que necesitaba que fuera: información, no confesión.

Lo que ocurrió ocurrió. Tenía una forma y un nombre y un lugar.

Eso era suficiente para que Fergus entendiera sin que yo tuviera que construirlo con más detalle del que él necesitaba para lo que venía después.

Lo que ocupó el tiempo fue el invierno. La aldea de pescadores.

Marga y el agua caliente sin preguntas y la rodilla que tardó seis semanas en ceder.

La decisión de no enviar la carta a mi padre, las cuatro versiones escritas y guardadas porque ninguna resolvía el problema que tenía.

La decisión de volver. Los siete meses desde el río hasta las puertas del castillo MacAran.

El plan.

Fergus escuchó todo sin moverse. No interrumpió. No hizo el gesto de quien va a interrumpir y luego no lo hace. Simplemente escuchó con la atención completa de alguien que entiende que interrumpir en este momento es perder información que no va a poder recuperar si la corta.

Cuando terminé, el despacho tuvo el tipo de silencio que sigue a las cosas que no pueden deshacerse una vez dichas.

La primera pregunta que hizo no fue sobre Broc.

—¿Cuánto tiempo llevas sola con esto dentro del castillo?

Le dije el número. Doce días completos. Fergus cerró los ojos durante el tiempo que tarda una persona en procesar un número que tiene consecuencias y en decidir qué hace con esas consecuencias antes de abrirlos de nuevo.

Cuando los abrió, su cara tenía la expresión de alguien que ha tomado una decisión que todavía no va a ejecutar.

—El documento falsificado. ¿Lo tiene aquí?

Me levanté. Fui hasta la puerta, la abrí, miré el corredor. Vacío. La cerré. Saqué el documento del dobladillo de la falda gris, donde había estado durante doce días, y se lo entregué.

Fergus lo tomó con las dos manos. Lo leyó despacio, sin la lectura rápida que usaba para los documentos de administración. Era la lectura de alguien que verifica cada palabra porque cada palabra importa y porque equivocarse en la lectura de esto tiene consecuencias que no puede permitirse.

Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa.

No lo tocó.

Se quedó mirándolo durante un momento que no tenía la calidad de la deliberación sino la de alguien que está conteniendo algo que requiere contención activa. Sus manos, que hasta ese momento habían estado quietas a los lados, se cerraron brevemente y se abrieron.

—Necesito dos días.

Lo miré.

—¿Para qué?

Tardó. No la tardanza de quien busca la respuesta sino la de quien tiene la respuesta y está decidiendo si es la respuesta que quiere dar en voz alta.

—Para no hacer lo que quiero hacer ahora mismo.

Entendí qué era lo que quería hacer ahora mismo.

No era difícil de entender dado todo lo que acababa de escuchar y dado quién era Fergus MacAran, que era el tipo de hombre que actuaba cuando tenía razones suficientes para actuar y que llevaba días acumulando razones sin tener todavía la información que yo acababa de entregarle.

Lo que quería hacer ahora mismo era ir a buscar a Broc.

Dos días era el tiempo que necesitaba para no hacerlo de la manera que quería hacerlo, que era la manera que destruiría todo lo que yo había construido en doce días porque un hombre que va a buscar a su hermano con esa cara en ese estado no lleva pruebas suficientes y no tiene el proceso que hace que lo que ocurra tenga peso legal real.

—Dos días —respondí.

Algo en su cara hizo el movimiento de alguien que recibe algo que no esperaba en la forma en que llegó. El reconocimiento de que la persona que tenía delante había entendido lo que había dicho y había respondido desde ese entendimiento, no desde la distancia ni desde el miedo.

Se alejó de la mesa. Fue hacia la ventana que daba al patio norte. Estuvo ahí de espaldas a mí durante el tiempo que tardé en decidir si levantarme o quedarme donde estaba.

Me quedé donde estaba.

—La familia Beag. —No era una pregunta. Era el nombre dicho en voz alta por alguien que lo está colocando en un mapa que acaba de hacerse más grande. —¿Cuánto tiempo lleva Donna trabajando en eso?

—Desde el séptimo día.

—¿Qué tiene?

Le conté lo de Fionnuala en el mercado. Los nudillos blancos cuando pregunté si era el hijo menor del laird.

La promesa sobre las tierras que había hecho sin poder garantizarla.

La bolsa en los establos que Donna había encontrado la tarde anterior, con la inicial de los Beag bordada a hierro en la manga de la capa marrón.

Fergus no se giró mientras hablaba. Siguió mirando el patio norte con la atención de quien escucha y procesa al mismo tiempo sin que ninguna de las dos cosas interfiera con la otra.

Cuando terminé se quedó en silencio durante el tiempo que tarda alguien en reconstruir una imagen que tenía incompleta y en ver lo que la imagen completa muestra que la incompleta no mostraba.

—Donna. ¿Sabe el riesgo que corre?

—Sabe más de lo que yo quisiera que supiera.

—¿Y sigue?

—Sigue.

Fergus se giró entonces. Me miró con la atención directa que ponía en las cosas que le importaban, que era diferente a todas las otras maneras en que miraba las cosas.

—Dos días. Pero necesito saber que durante esos dos días usted no va a hacer nada que cambie la posición de Broc antes de que yo pueda actuar.

Era una petición razonable. Era también la petición de alguien que acaba de asumir la responsabilidad de una situación que hasta ese momento era solo mía y que entiende que asumir esa responsabilidad requiere que la otra persona ceda parte del control que ha llevado sola durante doce días.

—De acuerdo.

Fergus asintió. Miró el documento sobre la mesa sin tocarlo.

—Esta tarde hablaré con Craig.

—¿Qué le va a decir?

—Lo que necesite saber. —Una pausa breve. —Probablemente menos de lo que ya sabe.

Me levanté. Fui hacia la puerta.

—Edina.

Me giré.

Fergus tenía los ojos en el documento sobre la mesa.

Cuando levantó la vista hacia mí, en su cara había algo que no había visto en los doce días anteriores, que era la expresión de alguien que lleva años gobernando solo y que acaba de entender que durante doce días hubo alguien más cargando algo que él no veía y que le correspondía a él haber visto antes.

No dijo nada más. No hacía falta.

Salí. Cerré la puerta detrás de mí.

En el corredor, el castillo seguía haciendo lo que hacía a media mañana: el herrero con su trabajo, las cocinas con su ruido específico, el paso de los hombres entre el ala de administración y el patio. Todo exactamente igual a como había sido hace una hora, antes de entrar en ese despacho.

Todo completamente diferente.

Broc tenía cuarenta y ocho horas antes de que Fergus pudiera actuar con el control suficiente para que lo que ocurriera tuviera el peso que necesitaba tener. Cuarenta y ocho horas en las que yo había prometido no mover nada.

Era el tramo más expuesto de los doce días anteriores.

No porque el peligro fuera mayor en términos absolutos.

Sino porque era el primero en que yo no era la única que lo cargaba, y compartir el peso después de doce días de cargarlo sola producía un tipo de vulnerabilidad que no había anticipado del todo cuando había dicho de acuerdo frente a la mesa de Fergus.

Crucé el corredor hacia el ala este con el paso correcto y las manos quietas.

Veintisiete días desde mañana para la cláusula. Cuarenta y ocho horas para que Fergus pudiera actuar. Y Broc en algún lugar del castillo sin saber todavía que los dos días que le quedaban al tablero acababan de cambiar de forma.