15
El segundo mercado era el jueves de la semana siguiente, decimosegundo día en el castillo y el primero después de que Fergus hubiera empezado el entrenamiento matinal conmigo.
Esa mañana habíamos trabajado en el patio secundario del ala sur durante cuarenta minutos.
Él había llegado antes, como siempre. Yo había llegado puntual, como siempre.
Sin preámbulo, sin el protocolo de las presentaciones que ya no hacía falta porque la primera sesión del día anterior había establecido el ritmo y esta lo continuaba.
Lo de la rodilla había funcionado mejor de lo que había calculado.
El trabajo diseñado alrededor de sus límites técnicos producía menos tensión que el movimiento ordinario de subir y bajar escaleras con el frío instalado en los huesos, lo cual era una ironía que no había anticipado y que Fergus tampoco comentó, aunque era posible que lo hubiera calculado antes de diseñar los ejercicios.
Lo que sí era nuevo esta mañana era la capacidad de Fergus de leer cuándo la rodilla estaba costando algo aunque yo no lo dijera.
Era el efecto de haberle enseñado los límites técnicos el día anterior: ahora podía verlos en tiempo real.
Eso no era peligroso para lo que necesitaba de él.
Era simplemente más información suya sobre mí de la que había calculado dar cuando había dicho de acuerdo en el muro.
El camino al mercado lo conocía con la familiaridad de la segunda vez.
El roble del tramo del bosque había perdido más hojas que la semana anterior.
El barro seco en la bifurcación de los álamos donde la semana pasada había barro húmedo.
El frío era más frío que el jueves anterior, con el viento del norte que venía con más convicción como viene en octubre cuando ha decidido que ya ha esperado suficiente.
Donna cabalgaba a mi lado. Los dos hombres de escolta detrás. El camino sin conversación porque no había razón para tenerla.
El mercado tenía una presencia mayor de gente que la semana anterior. El frío que se acercaba hacía que los que habían estado postergando las compras de invierno dejaran de posponerlas. El puesto de telas con cola. El de herramientas también. El herrero del pueblo con tres personas esperando.
Hice las compras que correspondían. Hablé con los comerciantes que Donna señalaba como los relevantes del castillo.
Construí la capa de relación que se construye en el segundo mercado, que es diferente al primero porque en el primero uno es desconocido y en el segundo es alguien que volvió, y volver tiene un peso específico en los lugares pequeños donde la gente recuerda quién aparece una vez y quién aparece dos.
Durante todo ese tiempo, también busqué.
La encontré en el extremo de la plaza donde los puestos terminaban y empezaba el espacio que conducía a la calle del este.
Tenía el mismo cesto de la semana anterior y la misma ropa de trabajo bien cuidada y las mismas manos que habían pasado décadas haciendo lo que tenían que hacer.
Pero esta vez no estaba mirando nada en particular.
Estaba de pie, con el cesto colgado del brazo, en el ángulo exacto desde el que se veía la mayor parte de la plaza.
Esperaba.
No a mí específicamente, o quizás sí, pero de una manera que podía no serlo si alguien la estaba mirando con la intención de leerla. Era la postura de quien lleva tiempo aprendiendo a esperar sin que parezca que espera.
Le dije a Donna que fuera a terminar el encargo de las velas para el ala este y que la encontraba en el puesto de especias en veinte minutos. Donna no preguntó. Fue.
Me acerqué sola.
La mujer me vio venir desde antes de que llegara a la mitad de la distancia. No cambió la postura. No hizo ningún gesto de bienvenida ni de rechazo. Simplemente esperó, con la calma de quien ha tomado una decisión que no va a cambiar en los próximos minutos independientemente de lo que ocurra.
Me detuve a dos metros. El ruido del mercado a nuestra espalda era suficiente para que una conversación en voz baja no llegara a nadie que no estuviera dentro de ese espacio.
La mujer habló primero. Era su conversación.
—Mi hija. —La voz completamente plana, del tipo de voz que han vaciado de emoción no porque no la haya sino porque aprenderlo fue lo único que permitió seguir funcionando. —Lleva dos años sin aparecer.
—Lo siento.
No era lo que hacía avanzar la conversación. Era lo que correspondía decir primero, antes de cualquier otra cosa, porque sin eso lo que siguiera sería solo sobre la información y no sobre Ailsa, y Ailsa era una persona antes de ser un nombre en un registro archivado.
La mujer asintió una vez, breve, con el movimiento de quien acepta algo sin poder hacer nada con ello.
—Sabemos quién. —Una pausa que tenía el peso de algo que se piensa todos los días y se dice en voz alta muy pocas veces. —No podemos decirlo.
—¿Por qué no?
Sus ojos se movieron hacia el suelo y volvieron a mí con el movimiento de quien señala sin señalar.
No era una respuesta sobre el miedo en abstracto.
Era una respuesta específica sobre el coste concreto de decirlo: las tierras, el trabajo, lo que quedaba después de que Ailsa ya no estaba y que era lo único que podían proteger todavía.
No pregunté el nombre. Ya lo sabía. Preguntar habría confirmado que lo sabía, lo cual cambiaba la naturaleza de lo que estábamos haciendo aquí. Esta conversación tenía que ser suya, en sus términos, con lo que ella eligiera entregar.
—¿Era el hijo menor del laird?
La mujer no respondió.
Sus manos, que hasta ese momento habían sostenido el cesto con la tensión controlada de alguien que lleva tiempo sosteniendo cosas pesadas, se cerraron sobre el asa de mimbre.
No fue un gesto elegido. Fue el movimiento del cuerpo cuando la mente recibe algo que confirma lo que sabe y no puede responder con palabras porque las palabras tienen un coste que el cuerpo no puede pagar en ese momento.
Los nudillos se pusieron blancos.
Era suficiente.
Ese tipo de respuesta no miente. El cuerpo puede mentir cuando tiene tiempo para preparar la mentira. No tiene tiempo cuando la pregunta llega directa y el cuerpo ya estaba sosteniendo todo lo que podía sostener.
Nos quedamos en ese silencio durante el tiempo que necesitaba asentarse. No lo llené. Los silencios que siguen a confirmaciones de ese peso necesitan su tiempo o se estropean.
Fui yo quien habló después.
—Cuando esto termine, si termina como tiene que terminar, su familia no perderá las tierras.
La mujer me miró. No con la esperanza que habría tenido alguien que llevara menos tiempo cargando esto.
Con algo más gastado y más honesto, que era la evaluación de alguien que ha aprendido a pesar las promesas antes de decidir si las acepta porque ha visto suficientes promesas que no llegaron a nada.
No podía garantizar esa promesa. Las tierras de la familia Beag dependían de Fergus MacAran, y Fergus MacAran era un hombre cuyas decisiones finales yo todavía no controlaba.
Pero era lo más honesto que tenía disponible: lo que haría si las cosas terminaban como tenían que terminar.
Eso era diferente a una garantía. Era suficientemente diferente para que yo pudiera decirlo sin mentir y suficientemente real para que ella pudiera decidir si valía algo.
La hice igualmente.
La mujer miró sus manos en el cesto. Las abrió despacio, con el esfuerzo visible de quien relaja algo que llevaba demasiado tiempo cerrado. Respiró una vez, lenta.
—¿Cómo va a poder? —Su voz seguía plana, pero había en ella algo diferente a la plana del principio. Más cansancio, menos distancia. —Una mujer sola en ese castillo.
Era la pregunta justa. Era la misma que yo me había hecho en el suelo junto a la cama en las peores noches, con palabras distintas pero la misma forma.
—No lo sé todavía con exactitud. Pero tengo más de lo que tenía la semana pasada. Y la semana que viene tendré más que hoy.
La mujer me miró durante el momento que es la distancia entre decidir y no decidir. Luego algo en su cara hizo el movimiento de quien ha tomado la decisión sin que la decisión sea todavía completamente visible.
—Si necesitan algo de nosotros. —No terminó la frase. Era suficiente sin terminarla.
—Lo sé. —Esperé un momento. —¿Cómo se llama?
—Fionnuala.
—Edina.
No nos dimos la mano. No era ese tipo de acuerdo. Era algo más provisional y más honesto: dos personas que sabían lo mismo sobre el mismo hombre y que habían decidido, por ahora, que eso era suficiente base para no estar completamente solas en lo que cada una estaba intentando hacer.
Fionnuala recogió el cesto con las dos manos y se fue por la calle del este. Diferente a la primera vez: sin la urgencia de alguien que huye de lo que acaba de ocurrir.
Encontré a Donna en el puesto de especias. Estaba terminando una transacción con la lista de Ealasaid, sin olvidar ningún elemento de ella. Cuando me vio llegar, cerró la transacción, recogió el paquete, y esperó a que nos alejáramos del puesto lo suficiente.
—¿Qué pasó?
Caminé hacia los caballos.
—Nada todavía. Pronto.
Donna asintió. No preguntó más, que era parte de lo que la hacía lo que era: distinguía entre pronto que significaba no pasó nada y pronto que significaba pasó algo que no puedo contarte todavía. Esta vez supo cuál era cuál sin que yo tuviera que decírselo.
El camino de vuelta con el mismo silencio del de ida más el peso de los nudillos blancos de Fionnuala y la pregunta justa sobre cómo iba a poder.
En la habitación, Donna llegó con el agua caliente de la tarde y algo más.
—Morag habló con la cocinera del ala norte esta mañana. Las dos juntas en el pasillo de la despensa durante el inventario. —Dejó la jarra. —No escuché todo. Escuché el nombre de Sine dos veces y escuché la palabra cuidado una vez. En ese orden.
El nombre de Sine y la palabra cuidado en el mismo pasillo entre las dos mujeres que llevaban más tiempo en el castillo.
Morag movía la información de manera que llegara donde tenía que llegar sin que pareciera que ella la movía.
—¿Hay algo más?
—Esta tarde Sine no bajó a cenar con el resto del personal de sala. Ealasaid dijo que estaba indispuesta. —Donna recogió algo de la silla. —Pero la vi esta mañana y no estaba indispuesta.
Una muchacha que no estaba indispuesta por la mañana y sí por la tarde, después de que Morag y la cocinera del ala norte hubieran dicho su nombre con la palabra cuidado.
O Sine había recibido un aviso de alguien y lo había tomado en serio. O alguien había decidido que Sine necesitaba estar fuera de la sala de cenas esta noche específicamente. Las dos opciones eran posibles. Las dos requerían más información antes de actuar sobre ellas.
—Mañana —le dije a Donna. —Averigua cuál de las dos es.
Donna salió. La puerta se cerró.
Veintiocho días desde mañana. Fionnuala Beag con sus nudillos blancos y su pregunta justa. Sine indispuesta sin estar indispuesta. Morag moviendo información por los pasillos de la despensa con veinte años de práctica detrás.
Y Broc en algún lugar del castillo calculando con el mismo mapa que yo pero con el reloj que se estrechaba desde el día en que Craig había movido la guardia hacia su corredor.