LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 3
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El suelo es piedra con una alfombra encima que no cambia lo que hay debajo.

Me he sentado aquí porque la cama tiene demasiado colchón y demasiada blandura y esta noche necesito sentir algo sólido debajo de mí.

Es una lógica que no explicaría a nadie pero que tiene sentido completo desde dentro: cuando todo lo demás es incierto, el suelo no lo es.

El suelo está ahí. Pesa. Resiste. No promete nada que no pueda cumplir.

La vela en la mesa lleva encendida desde que Ealasaid me dejó aquí hace horas.

Es una vela buena, de las que duran, y ha bajado un tercio desde entonces.

Calculo que es pasada la medianoche por el silencio del castillo, que es el silencio específico de los lugares grandes cuando la gente que los habita ha dejado de moverse.

No es ausencia de sonido. Es el sonido de la piedra enfriándose, del viento en los muros, de algún caballo en los establos que se mueve en sueños.

He vomitado. Me he lavado la cara. He intentado cenar algo de lo que Ealasaid mandó subir y he conseguido la mitad antes de que el estómago dijera que era suficiente. He deshecho el equipaje lo justo para saber dónde está lo que necesito saber dónde está.

Y luego me he sentado en el suelo con la espalda contra la cama y he dejado que la noche hiciera lo que la noche hace cuando no hay manera de evitarlo.

Empiezo por el principio. No porque quiera sino porque el cerebro tiene su propio orden cuando se le deja solo en la oscuridad.

Era octubre. El mismo mes que ahora, el mismo frío anticipando lo que viene, la misma luz que se va antes de que uno esté listo para perderla.

Volvía del mercado de otoño por el camino corto porque el camino largo son cuarenta minutos más y ya había perdido demasiado tiempo en el puesto de telas y mi padre iba a preguntar por qué tardé.

Eso es lo que recuerdo primero cuando vuelve, siempre: la preocupación por llegar tarde. La lógica pequeña y normal de un día normal antes de que el día dejara de ser normal. Cuarenta minutos. Me preocupaba llegar cuarenta minutos tarde.

Lo conocía. Eso es lo que me ha costado más de siete meses aprender a cargar: que lo conocía.

No bien, no como se conoce a alguien que importa, sino como se conoce a alguien que ha estado en la misma sala tres veces y al que se saluda por el apellido.

Broc MacAran. El hermano del laird. Había estado en las reuniones de otoño de los dos últimos años, afable y fácil como lo es esta noche, con esa sonrisa que llega hasta los ojos y que hace que la gente a su alrededor se relaje.

Me relaje.

El camino corto pasa por el bosque del río durante media hora.

Hay un tramo donde los árboles son tan densos que incluso en octubre, con las hojas cayendo, la luz es escasa.

Conozco ese tramo desde niña. Nunca me pareció amenazante porque los caminos que uno conoce desde niña raramente parecen amenazantes hasta que lo son.

No voy a reconstruir lo que ocurrió en ese tramo con más detalle que este: que cuando terminó, yo estaba en el río y él creía que no iba a salir.

La corriente del río Glenmorr en octubre baja con el peso de las primeras lluvias del norte.

Me llevó tres kilómetros hacia el sur antes de que la orilla me devolviera algo.

No sé cómo llegué a la orilla. Hay cosas que el cuerpo hace sin que la mente participe cuando la mente ya no tiene capacidad para participar.

Me desperté con la cara en el barro y el sonido del agua muy cerca y el frío más profundo que he sentido en mi vida, que es el frío que viene de dentro y no del aire.

Marga me encontró antes del amanecer.

Lleva veinte años viviendo sola en la costa, a tres kilómetros de donde el río Glenmorr llega al mar.

Sale a revisar las redes antes de que haya luz porque a esa hora el pescado no ha aprendido todavía que el día empieza.

Me encontró en la orilla del tramo final, donde el río se aplana antes de abrirse al mar, y no hizo la pregunta que habría hecho cualquier otra persona, que es qué le había pasado a la mujer joven tirada en la orilla a oscuras.

Hizo la única pregunta que importaba en ese momento.

—¿Puede caminar?

No podía. Me cargó igual.

Marga tiene cincuenta y ocho años y la fuerza de alguien que ha hecho el mismo trabajo físico durante cuatro décadas sin parar.

Me metió en su casa, me quitó la ropa mojada, me envolvió en mantas junto al fuego y me dejó estar sin hablar durante dos días porque entendió, con la inteligencia práctica de alguien que ha visto suficiente vida, que hablar en ese momento no era lo que yo necesitaba.

Lo que yo necesitaba era no morirme de frío y que nadie supiera dónde estaba.

Las dos cosas las conseguí en la casa de Marga.

El invierno fue largo. La rodilla tardó seis semanas en dejarme caminar sin ayuda porque el golpe contra las piedras del fondo cuando la corriente me arrastró fue más serio de lo que parecía.

Marga me curó con la metodología de alguien que ha curado lo que ha podido con lo que tenía durante décadas: cataplasmas, reposo, el tipo de determinación silenciosa que no pregunta si duele sino que asume que duele y continúa igual.

En algún punto de esas primeras semanas llegó la noticia. Marga la trajo del pueblo con la misma cara con que traía el pescado, sin dramatismo, como información que yo necesitaba tener.

La hija del laird Cairn había aparecido muerta en el río Glenmorr.

O no había aparecido, que era la versión más probable: los cuerpos que se llevan las crecidas de octubre a veces no aparecen hasta la primavera y a veces no aparecen nunca.

El laird Cairn llevaba su duelo como llevaba todo, en silencio y en pie, y había firmado el tratado de alianza con el clan MacAran en honor a la memoria de su hija.

Me quedé con esa información durante tres días sin decir nada.

Al cuarto día le pregunté a Marga si tenía papel.

Empecé a escribir la carta a mi padre. La carta que le explicaba que estaba viva, que había sobrevivido, que el tratado que había firmado lo había firmado sobre una mentira aunque él no lo supiera. La carta que le decía que Broc MacAran era lo que era y que necesitaba que lo supiera.

La escribí cuatro veces.

Las cuatro veces, en algún punto del tercer o cuarto párrafo, llegaba al mismo problema: si mi padre recibía esa carta, vendría.

Vendría con hombres y con el apellido Cairn y con la furia específica de un padre que acaba de saber que su hija no está muerta sino que estuvo en manos de alguien y que ese alguien tiene nombre y clan.

Y entonces tendríamos una guerra, o el inicio de una, porque Broc MacAran tiene un hermano que es laird de un clan grande con muros altos y hombres entrenados, y mi padre tiene un clan pequeño con tierras fértiles y no mucho más.

Guardé la carta. Las cuatro versiones. Las tengo todavía, en el fondo de la bolsa que deshice parcialmente esta noche, porque hay cosas que se guardan no porque sean útiles sino porque representan el momento en que uno tomó una decisión que no tenía buena solución.

La decisión fue esta: volver yo. Sin avisar. Llegar al castillo MacAran como lo que el tratado decía que era, la hija del laird Cairn, la futura esposa, y desde dentro encontrar la manera de que la verdad saliera de una forma que no destruyera a mi padre y su clan en el proceso.

Es un plan con más partes frágiles que sólidas.

Lo sé. Lo supe cuando lo decidí en la cama de Marga con la rodilla todavía sin soldar y el invierno afuera.

Pero era el único plan que protegía a mi padre mientras buscaba justicia, y la alternativa era quedarme en la costa de Marga el resto de mi vida dejando que Broc MacAran siguiera siendo lo que era sin consecuencias.

Eso no podía.

Un golpe suave en la puerta me saca del inventario. Me pongo en pie antes de responder porque hay cosas que no conviene hacer sentada en el suelo a medianoche si quieres que la gente piense que estás bien.

—Adelante.

La puerta se abre y entra una muchacha con una jarra de agua caliente y un paño limpio doblado sobre el brazo.

Tiene diecinueve años, quizás veinte, con el pelo oscuro recogido y los ojos de alguien que observa más de lo que habla.

Lo segundo lo sé porque lleva en la habitación menos de diez segundos y ya ha registrado la vela bajada, la cama sin deshacer, la posición en la que estaba cuando ha entrado, y no ha comentado ninguna de las tres cosas.

Deja la jarra en la mesa junto a la palangana. Deja el paño al lado. Se gira hacia mí con la pregunta en la cara de si necesito algo más, y la pregunta no tiene palabras porque sabe que si las tuviera yo elegiría no responderlas.

—¿Cómo te llamas?

—Donna. —Una pausa breve. —Ealasaid me mandó. Por si necesitaba algo esta noche.

—Gracias, Donna.

Ella asiente. No se va de inmediato, lo cual es interesante.

Se queda el tiempo justo para ver si hay algo más, sin ser intrusiva, sin forzar la conversación.

Es el comportamiento de alguien que ha aprendido a leer cuándo la gente quiere que te quedes y cuándo quiere que te vayas, y eso no se aprende en un año ni en dos.

—¿Cuánto tiempo llevas en el castillo?

—Desde los doce. Mi madre trabajaba aquí antes que yo.

Once años mirando a la gente de este castillo. Once años aprendiendo sus costumbres, sus silencios, lo que muestran y lo que no muestran. Eso vale más que cualquier información que pudiera comprar.

—Bien. —La miro directamente, no con la calidez calculada de la bienvenida en el patio sino con algo más directo. —Puedes irte. Gracias.

Donna hace una pequeña reverencia y sale. La puerta se cierra sin ruido.

Me quedo quieta un momento procesando lo que acabo de ver.

Joven. Observadora. Económica con las palabras.

Ha notado tres cosas de esta habitación en diez segundos y no ha comentado ninguna.

Eso puede ser discreción de alguien entrenado para servirla.

Puede ser la inteligencia natural de alguien que ha aprendido que en los castillos la información tiene valor y no se regala. Puede ser las dos.

Útil o peligrosa. Todavía no sé.

Me acerco a la ventana y me siento en la silla que hay junto a ella.

El patio está vacío a esta hora, solo las antorchas en los muros y la guardia que camina el perímetro con el paso uniforme del que lleva horas haciéndolo.

Cuento los tiempos entre que un guardia desaparece de mi ángulo de visión y aparece el siguiente.

Cuatro minutos. Cinco en el tramo del ala norte donde el recorrido es más largo.

Empiezo a construir lo que tengo.

El documento falsificado con el sello Cairn está cosido en el dobladillo interior de la segunda falda que traje, la de lana gris, que ahora está en el cofre al pie de la cama.

Es un documento con el sello de mi padre que autoriza una transacción de tierras que nunca ocurrió, firmado con la fecha de hace un año.

Mi padre no lo firmó. El sello es real, copiado con precisión suficiente para aguantar un examen rápido, y la tinta tiene la antigüedad correcta.

Alguien se tomó tiempo con esto. Alguien que tenía acceso a documentos originales del clan Cairn y que sabía lo suficiente sobre cómo funcionan los sellos para hacer una copia que no sea obvia.

Ese documento es la única prueba material que tengo de que algo fue fabricado. No prueba lo que Broc hizo en el camino del bosque. Prueba que alguien construyó una mentira administrativa en torno al clan Cairn. Es un hilo, no una prueba completa.

Lo que necesito es tiempo para tirar de ese hilo hasta que llegue a algo que sí sea completo.

Lo que necesito es alguien dentro de este castillo que no sea Broc y que no deba lealtad ciega a Broc.

Donna es una posibilidad que todavía no puedo evaluar del todo.

Craig, el capitán, es otra. Fergus MacAran es la más complicada y también la más necesaria, porque sin él nada de lo que encuentre tendrá el peso legal suficiente para sobrevivir a lo que Broc construirá en su defensa.

Lo que no controlo es cuánto tiempo me va a dar Broc.

Eso es la variable que no tiene solución limpia.

Broc esta noche ha visto que estoy viva.

Ha calculado lo que eso significa. Le conozco suficiente para saber que no va a entrar en pánico, que el pánico no es parte de cómo funciona, que lo que hará es exactamente lo que haría cualquier hombre que ha construido una vida sobre la capacidad de que nadie sepa lo que es: analizar, planificar, encontrar el movimiento que resuelve el problema con el menor ruido posible.

Yo tengo el mismo proceso. Eso es lo único que tenemos en común y es suficiente para entender que esto es una carrera aunque ninguno de los dos lo nombre así.

La vela ha bajado otro poco. El guardia hace su recorrido en el patio. El viento en los muros tiene el sonido de octubre, de cosas que terminan, de cosas que están a punto de empezar.

Me levanto de la silla. Voy hasta el cofre, compruebo que la falda de lana gris está donde la dejé, paso los dedos por el dobladillo hasta encontrar el papel cosido dentro y confirmar que sigue ahí. Está.

Vuelvo a la silla.

Mañana conoceré mejor el castillo. Esta noche solo necesito llegar al amanecer.