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Dormí tres horas. Lo sé porque la vela estaba casi consumida cuando cerré los ojos y había luz gris en la ventana cuando los abrí, y eso en octubre son tres horas, quizás menos.
Es suficiente. He funcionado con menos durante el invierno en casa de Marga, cuando los sueños eran peores que el insomnio y elegir el insomnio era simplemente la opción más práctica.
Me vestí con la ropa que había dejado preparada la noche anterior: la falda verde oscuro que es mía, el corpiño marrón que también lo es, las botas que han hecho suficientes kilómetros para tener la forma de mis pies.
Ropa que conozco. Ropa que no tiene historia prestada.
Esta mañana necesito sentirme lo más parecida posible a mí misma, que es una empresa complicada dado el contexto, pero la ropa ayuda en los márgenes.
Donna llegó antes de que yo abriera la puerta.
Puntual con el agua caliente y el desayuno que Ealasaid mandaba a las habitaciones la primera mañana de cualquier huésped importante, según me explicó mientras dejaba la bandeja en la mesa con la misma economía de movimientos de la noche anterior.
La observé mientras lo hacía. Seguía siendo lo mismo que había visto a medianoche: eficiente, callada, con esa atención periférica de quien registra sin parecer que registra.
Le dije que podía irse. Se fue.
Estaba terminando el pan cuando llamaron a la puerta con dos golpes secos, sin el tercero que haría la secuencia más cortés. Dos golpes. Vengo, no pido permiso exactamente, pero tampoco entro sin avisar.
—Está abierto.
Fergus MacAran llenó el marco de la puerta con la naturalidad de alguien que no piensa en cuánto espacio ocupa porque nunca ha tenido razones para pensarlo.
Llevaba ropa de trabajo, no de representación, lo cual registré de inmediato: una túnica oscura, cuero en los hombros, las botas con el barro de la mañana temprana todavía en las suelas. Había estado fuera antes de venir aquí.
—Si ha terminado de desayunar, le muestro el castillo.
No era una pregunta. Tampoco era una orden exactamente. Era la frase de alguien que ha decidido que esto ocurre ahora y lo enuncia como hecho porque en su experiencia los hechos que enuncia ocurren.
Dejé el pan en la bandeja.
—Estoy lista.
El recorrido empezó en el ala de administración, que es donde Fergus empezó porque es el tipo de hombre que empieza por lo que funciona antes de llegar a lo que impresiona.
Me mostró la sala donde se reciben las cuentas de los arrendatarios, la habitación del escribano que lleva los registros, el cuarto donde se guardan los documentos de los últimos cuarenta años con una organización que alguien claramente revisó hace poco porque el polvo en los estantes era reciente en algunos tramos y antiguo en otros.
Caminaba a mi lado, no delante. Eso también lo registré.
—El clan tiene ciento cuarenta familias arrendatarias —explicó mientras pasábamos por el corredor hacia la sala de mapas—. Setenta y dos en el valle, el resto en las colinas del norte. Los del norte son más independientes. Llevan generaciones sin necesitar mucho del castillo y lo saben.
—¿Y eso es un problema?
Me miró de reojo.
—Depende de la estación. En invierno malo, no. Saben sobrevivir solos. En disputa de tierras, sí, porque resuelven las cosas sin pasar por aquí y a veces las soluciones que encuentran crean problemas que llegan aquí tres meses después convertidos en algo más difícil de manejar.
Era una respuesta honesta sobre una dificultad real de gobierno.
No era la respuesta que dan los hombres que quieren impresionar a alguien con lo bien que funciona todo bajo su mando.
Lo archivé junto a la carta que encontré en el tratado y al hecho de que había bajado a recibirme a la mitad de la escalera.
La sala de mapas era grande y fría y tenía tres ventanas al norte que dejaban entrar la luz correcta para leer los mapas sin distorsión.
Los mapas eran buenos, detallados, con las correcciones añadidas a mano en distintas tintas que indicaban actualizaciones a lo largo de los años. Alguien les prestaba atención.
—¿Los actualiza usted?
—Craig y yo. Cuando hay cambios en los caminos o en los linderos, se corrige de inmediato. Un mapa viejo es peor que no tener mapa.
Seguimos. Los establos, que olían a paja limpia y a caballo bien cuidado y a la grasa específica que se usa en los arreos de calidad.
La herrería, donde el herrero levantó la vista de su trabajo el tiempo justo para asentir antes de volver a lo suyo, lo cual me dijo que Fergus no esperaba reverencias de sus artesanos y que ellos lo sabían.
La despensa, que estaba bien provista para la entrada del invierno.
La sala de los enfermos, que tenía una curandera joven con cara de no haber dormido suficiente que nos miró con la expresión de quien tiene cosas más urgentes que atender que una visita de protocolo.
Fergus le preguntó cómo estaba el hombre que habían traído con fiebre dos días antes.
La curandera le dio una respuesta técnica y breve. Fergus escuchó, hizo una pregunta de seguimiento sobre si necesitaba algo del pueblo, ella dijo que una hierba específica que no tenían, él lo anotó mentalmente o eso pareció porque no sacó nada para escribirlo, y seguimos.
—¿Cuántos enfermos suele haber en esta época?
—Depende del otoño. Si las lluvias llegan pronto, más. Este año las lluvias tardaron, así que de momento poco. —Me miró. —¿El clan Cairn tiene curandera propia o usan al médico del pueblo?
Era una pregunta directa sobre la gestión del clan de mi padre. No de cortesía.
—Curandera propia. Lleva en el clan desde antes de que yo naciera. Conoce a cada familia y sus historias, lo cual vale más que cualquier técnica que haya aprendido en otro sitio.
—¿Su madre la eligió?
—Mi madre la trajo de su clan cuando se casó. Era parte de lo que trajo consigo.
Fergus procesó eso sin comentario. Seguimos caminando hacia la torre oeste, que era la más alta del castillo y que requería una escalera de piedra en espiral con los peldaños gastados de generaciones de uso.
Conté los peldaños sin que pareciera que los contaba. Cuarenta y siete.
Arriba, el viento tenía el carácter del viento de las alturas, que no pide permiso y no negocia.
Las Highlands se extendían en todas direcciones con esa belleza que es demasiado grande para ser cómoda: el valle al sur, las colinas al norte con sus colores de octubre, el camino que venía del este y que era el camino por el que yo había llegado ayer aunque desde aquí parecía una cosa completamente diferente, más pequeña y más manejable que desde abajo.
Fergus estaba apoyado en el parapeto mirando el valle. No hacia mí.
—¿Cuántos hombres tiene su padre en activo?
—Cuarenta y dos. Doce de caballería.
—¿Jóvenes o experimentados?
—Mezclado. Tiene ocho hombres mayores de cuarenta que valen por veinte jóvenes en una negociación aunque en campo abierto sean más lentos.
—¿Y él lo sabe?
—Los usa en consecuencia.
Fergus se giró hacia mí entonces. Me miró con la misma atención directa de la escalera del día anterior, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para formarse una opinión y no pensara desperdiciar ese tiempo en conclusiones apresuradas.
—¿Cómo gestionaba su madre el castillo?
La pregunta me tomó un momento. No porque no supiera la respuesta sino porque no esperaba que llegara tan directamente después de la pregunta sobre los hombres de mi padre.
—Con una lista en la cabeza que nunca escribió porque escribirla habría hecho que otros pudieran leerla. Sabía quién debía qué a quién en cada transacción del castillo, quién era leal por convicción y quién por conveniencia, y los usaba de forma diferente según el caso.
—¿Usted aprendió ese sistema?
—Aprendí que el sistema existe. Estoy construyendo el mío.
Fergus asintió. No como quien aprueba sino como quien registra.
Bajamos de la torre sin prisa. El muro norte era el siguiente, accesible desde una escalera exterior en el patio que llevaba a un corredor elevado desde el que se veía el camino principal y el bosque al fondo.
El mismo bosque por cuya linde pasaba el camino corto del mercado de otoño, aunque desde aquí eso no tenía cara visible, era solo bosque con sus colores y su distancia.
No pensé en eso. Lo corté antes de que terminara de formarse.
Caminamos el muro en silencio durante un tramo.
Fergus miraba el horizonte con la atención de alguien que lee el paisaje como otros leen texto, buscando información, cambios, cosas que no estaban ayer.
Yo miraba el castillo desde arriba, su geometría, los ángulos de visibilidad desde cada punto del muro, las zonas que quedaban en sombra incluso con buena luz.
—¿Qué querías que fuera este matrimonio cuando aceptaste venir?
La pregunta llegó sin preámbulo, en el mismo tono que las anteriores, como si fuera una pregunta más del recorrido de administración y no la pregunta más directa que alguien me había hecho en siete meses.
Me tomé el segundo que necesité.
—Útil.
Fergus me miró. Era la respuesta incorrecta para una novia que debería querer decir algo sobre la alianza de los clanes o sobre la esperanza de una vida construida juntos o sobre cualquiera de las cosas que se dicen en estas circunstancias.
Era la respuesta de alguien que ha pensado en esto con más frialdad de la que se espera y ha llegado a una conclusión que no se molesta en disfrazar.
—Bien.
Una palabra. Sin el comentario que habría hecho un hombre que quería demostrar algo, sin la corrección de quien esperaba otra respuesta. Solo bien, con el mismo peso que le daba a la información sobre los cuarenta y dos hombres de mi padre o sobre la curandera que mi madre trajo de su clan.
Nos quedamos en el muro norte un momento más.
El viento movía el pelo que llevaba recogido y encontraba igualmente la manera de llegar al cuello con el frío específico de las alturas.
Abajo, en el patio, dos hombres cruzaban hacia los establos con la urgencia de quien tiene trabajo que terminar antes del mediodía.
Desde aquí se veían pequeños y manejables, como todo se ve pequeño y manejable desde la altura suficiente.
Fergus conocía el nombre de cada arrendatario de ciento cuarenta familias. No sabía cuántos peldaños tenía su propia torre. Lo había visto en su cara cuando conté, porque sí que lo vio, el movimiento involuntario de alguien que acaba de registrar que otra persona está haciendo algo que él no hace.
Interesante. No me decía aún qué hacer con eso. Lo guardé junto a todo lo demás que estaba guardando sobre Fergus MacAran, que era ya una cantidad considerable para menos de veinticuatro horas.
—El recorrido ha terminado —anunció, sin inflexión particular—. Si tiene preguntas sobre lo que ha visto, Craig puede responderlas. O yo, si prefiere.
—¿Hay diferencia?
—Craig sabe más sobre el funcionamiento diario. Yo sé más sobre por qué las cosas funcionan como funcionan.
—Entonces a usted.
Fergus no respondió a eso. Dio media vuelta hacia la escalera del muro y empezó a bajar. Yo lo seguí, con la rodilla negociando los peldaños en el orden que había aprendido que funcionaba mejor: pie derecho primero, peso lento, no forzar.
En el patio se detuvo. Me miró una vez más con esa atención que no tenía prisa.
—La cena es a las siete. Ealasaid le mandará a Donna antes si necesita algo.
Y se fue hacia el ala de administración con el paso de alguien que tiene una lista de cosas que hacer y la cena no está en el primer tercio.
Me quedé en el patio el tiempo que tardé en procesar el recorrido completo. Dos horas de castle tour que no había sido un castle tour sino una evaluación mutua en la que ninguno de los dos había cedido información que no quisiera ceder y ninguno había pretendido que era otra cosa.
Fergus MacAran era más inteligente de lo que convenía. Eso complicaba algunas cosas y simplificaba otras, y todavía no sabía en qué proporción.
Lo que sí sabía: había pasado dos horas con él sin que el frío subiera. No porque no estuviera ahí. Porque Fergus MacAran ocupaba suficiente atención como para dejar poco espacio para lo demás.
Eso también lo guardé. Sin etiqueta todavía. Solo como hecho que quizás importara más tarde.