EPÍLOGO
Diez meses después.
La capilla del jardín botánico de Brooklyn estaba decorada con una elegancia minimalista que Valerie había insistido en mantener, a pesar de las protestas de Aston de que podían alquilar la Catedral de San Patricio si ella quería.
—No somos la realeza británica —le había dicho entre risas—. Además, odio las multitudes y tú odias a la mitad de la alta sociedad de Nueva York.
Tenía razón, por supuesto.
Henry se ajustó la corbata por decimoquinta vez mientras esperaban en la antesala. Su traje azul marino le quedaba perfecto, y su rostro había recuperado ese color saludable que había perdido durante el tratamiento.
El cáncer era ya solo un mal recuerdo, una pesadilla de la que habían despertado gracias a un millonario con complejo de héroe que ahora estaba a punto de convertirse en su yerno.
—Papá, deja la corbata. —Valerie le agarró las manos—. Está perfecta.
—Estoy nervioso —admitió Henry—. ¿No deberías ser tú la que estuviera nerviosa?
—¿Por qué? Voy a casarme con un hombre que metió en la cárcel a toda su familia paterna. ¿Qué podría salir mal?
Henry la miró con esa expresión de padre sufridor que había perfeccionado a lo largo de los años.
—Tu sentido del humor es cada vez más retorcido, cariño.
—Es la influencia de Aston. —Valerie se encogió de hombros—. El sarcasmo es contagioso.
Su vestido era simple pero impresionante: de seda de color marfil que caía como agua, con un escote modesto y mangas de encaje que había insistido en agregar porque «octubre en Nueva York es impredecible, no pienso congelarme en mi propia boda».
En el cuello llevaba el bonito colgante de la Torre Eiffel que le había regalado Aston en París, y que había recuperado de debajo del mueble recibidor de su apartamento.
—Estás preciosa. —Henry la miró con los ojos húmedos—. Tu madre estaría muy orgullosa.
—Papá, no. Nada de lágrimas todavía. Guárdalas para cuando Lexe dé su discurso. Según Aston, ha estado practicando y citará a Maquiavelo al menos tres veces.
—¿Maquiavelo en una boda?
—El padrino es un genio en su profesión con tendencias sociópatas que ayudó a destruir un imperio criminal. No esperábamos a Neruda precisamente.
La puerta se abrió y Ceci asomó la cabeza, con su vestido de dama de honor color lavanda perfectamente ajustado y su sonrisa traviesa en pleno esplendor.
—¿Listos? Porque el novio parece que va a desmayarse si no empezamos pronto. Creo que Lexe le está dando un discurso sobre la probabilidad estadística de que un matrimonio sea exitoso y no está ayudando —bromeó.
—¿Finalmente ha venido tu novio? —preguntó Valerie.
—Sí, el número siete. —Ceci guiñó un ojo—. Este me está durando ya tres meses, es prácticamente un récord.
—Ceci, por Dios.
—Por cierto, Dee ya está llorando y ni siquiera ha empezado la ceremonia. Alguien debería darle más pañuelos.
—Pobre Dee. —Valerie esbozó una amplia sonrisa al acordarse de su amiga.
—También está llorando sin parar una tal Claudia.
—¿Claudia al final ha venido?
—Sí, con un novio que está buenísimo, por cierto —dijo Ceci—, y con un perro porque, y cito textualmente, «El señor Cavendish dijo que era una boda familiar y Muffin es familia».
—Claro que se ha traído a Muffin. —Valerie sacudió la cabeza—. Está bien, vamos antes de que Aston sufra un aneurisma.
Aston, efectivamente, parecía a punto de tener un aneurisma. Estaba de pie en el altar, tironeando de los puños de su camisa cada treinta segundos mientras Lexe, a su lado, murmuraba algo sobre Sun Tzu y la importancia de la paciencia en la batalla.
—No es una batalla, Lexe —susurró Aston—. Es mi boda.
—Todo en la vida es una batalla, amigo mío. Maquiavelo dice...
—Si citas a Maquiavelo una vez más antes de que llegue Valerie, te juro que te echo de la boda.
—No puedes echar a tu padrino. Es de mala suerte. Además, ¿quién más va a asegurarse de que no huyas?
—¿Por qué iba a huir?
—Nunca se sabe. ¿Miedo al compromiso?
—Te odio —dijo Aston.
—No me odias, deja de decir tonterías. Soy tu mejor amigo. Tu único amigo, en realidad, lo cual es un poco patético considerando tu edad...
La música comenzó y Lexe se calló, gracias a Dios.
Las puertas de la capilla se abrieron y primero entró Ceci, guiñándole un ojo a alguien de la tercera fila (probablemente el novio número siete) antes de tomar su lugar.
Y entonces apareció Valerie.
Y Aston olvidó cómo respirar.
Ella siempre había sido preciosa, pero ese día...
ese día parecía salida de un sueño. El vestido sencillo realzaba cada curva, el velo enmarcaba su rostro como una nube, y su sonrisa...
esa sonrisa que era solo para él, que había extrañado tanto durante las semanas que habían estado separados, ahora sería suya para siempre.
—Respira —murmuró Lexe—. Desmayarte sería malo para tu imagen.
Pero Aston no podía apartar los ojos de Valerie mientras Henry la acompañaba por el pasillo. Podía ver las lágrimas en los ojos de ella, igual que las que él estaba tratando desesperadamente de contener.
Cuando finalmente llegaron al altar, Henry tomó la mano de Valerie y la puso en la de Aston.
—Cuídala —dijo simplemente.
—Con mi vida —respondió Aston, y todos sabían que lo decía literalmente.
Henry asintió y fue a sentarse, sacando un pañuelo de su bolsillo, porque él también estaba perdiendo la batalla contra las lágrimas.
—Hola —susurró Valerie, cuando quedaron frente a frente.
—Hola —respondió Aston—. ¿Vienes aquí a menudo?
Ella soltó una risilla y el oficiante tuvo que aclararse la garganta para que prestaran atención.
La ceremonia fue corta y dulce, justo como Valerie había querido. Cuando llegó el momento de los votos, Aston sacó una tarjeta de su bolsillo con manos temblorosas.
—Valerie… —comenzó—, me has enseñado que el amor no se trata de ser perfecto, sino de ser real. Me has enseñado que la familia no es solo sangre, sino elección. Y yo te elijo, Val. Te elijo hoy, mañana, y todos los días. Te amo más allá de la razón, más allá de la lógica.
Valerie estaba llorando, sin importarle el maquillaje.
—Aston —comenzó—, eres el hombre más complicado, frustrante y absolutamente imposible que he conocido. Has puesto mi mundo patas arriba más veces de las que puedo contar…
—Esto va genial —murmuró Aston.
—Pero —continuó Valerie—, también eres el hombre que salvó a mi padre.
El que me protegió incluso cuando no estábamos juntos.
El que me ama con una intensidad que a veces me asusta y siempre me asombra.
Así que sí, Aston Cavendish, me caso contigo porque te amo, y porque alguien tiene que asegurarse de controlar tu mal humor.
—Yo no tengo mal humor —se apresuró a decir él.
—¿Os declaro marido y mujer? —interrumpió el oficiante—. ¿Puedo? ¿Antes de que empecéis a discutir?
—Sí, por favor —dijeron al unísono con una sonrisa.
—Os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
Aston no necesitó que se lo dijera dos veces. Tomó a Valerie en sus brazos, le levantó el velo y la besó como si el mundo se fuera a acabar, como si fuera la primera vez, como si fuera la última vez. Ella respondió con la misma pasión, ignorando los silbidos de Ceci y los aplausos del público.
—Señoras y señores, les presento al señor y a la señora Cavendish —dijo el oficiante.
—En realidad —dijo Valerie mientras caminaban por el pasillo—, he decidido mantener mi apellido.
—¿Qué?
—Es broma. Dios, deberías ver tu cara.
La recepción fue en el mismo jardín botánico, bajo una carpa con calefacción y luces de hadas que Ceci había insistido en poner «porque era una boda no un funeral».
Dee no había parado de llorar desde la ceremonia. Estaba sentada en una mesa con Ceci, sonándose la nariz ruidosamente mientras el rímel corría por sus mejillas.
—Es que son la pareja perfecta —sollozó—. Después de todo lo que han pasado...
—Dee, cariño, vas a deshidratarte. —Ceci le pasó otro pañuelo—. Y técnicamente, la mayoría de lo que pasaron fue culpa de él.
—¡Pero el amor verdadero triunfó!
—Estás viendo demasiadas películas románticas.
—¡Salvó a vuestro padre! ¡La protegió de la mafia! ¡Es como un cuento de hadas!
—Un cuento de hadas muy retorcido donde el príncipe es desciende de una familia de delincuentes.
—¡Eso lo hace más romántico!
Ceci puso los ojos en blanco, pero sonrió. La verdad era que todos estaban felices de ver a Aston así. El hombre que había sido una tormenta de venganza y dolor había encontrado la paz. Y eso era algo digno de celebrar.
Cuando llegó el momento de los discursos, Lexe se levantó con una confianza que puso a Aston nervioso.
—Buenas tardes —comenzó Lexe—. Como dice Maquiavelo, «No hay nada más difícil de llevar a cabo, ni éxito más dudoso, ni más peligroso de manejar, que iniciar un nuevo orden de cosas».
—Te dije que citaría a Maquiavelo —susurró Aston.
Lexe continuaba.
—Aston inició un nuevo orden cuando decidió descubrir a su familia…
—Santa Madre de Dios —masculló Valerie.
—… Fue meticuloso, brillante, absolutamente despiadado. Fue, francamente, hermoso de ver desde una perspectiva puramente táctica.
—¿A dónde quiere ir a parar con eso? —murmuró Henry.
—Pero entonces —siguió Lexe—, conoció a Valerie.
Y todos sus planes perfectamente calculados se fueron al demonio.
De repente, el hombre que había planificado cada movimiento con una precisión quirúrgica estaba tomando decisiones basadas en...
—Hizo una pausa dramática— ...sentimientos. En el corazón.
El público se echó a reír.
—Fue horrible de presenciar. El gran Aston Cavendish, reducido a un adolescente enamorado. Comprando flores, escribiendo mensajes cursis, incluso… —Lexe se estremeció teatralmente—… sonriendo sin razón aparente.
—Te odio tanto ahora mismo —dijo Aston, pero estaba sonriendo.