La debilidad del Jefe (Devils 3) EPÍLOGO #2
100%

EPÍLOGO #2

—Pero… —Lexe levantó su copa—, como también dijo Maquiavelo, «El fin justifica los medios».

Y el fin aquí es que mi mejor amigo, mi hermano, finalmente encontró algo más importante que la venganza.

Encontró el amor, encontró una familia, encontró un hogar.

Y aunque sus métodos para llegar aquí fueron cuestionables en el mejor de los casos…

—¡Lexe! —advirtió Aston.

—La cuestión es —Lexe sonrió—, que está aquí. Con la mujer que lo ama a pesar de todo, con un suegro que milagrosamente no lo odia, y con una cuñada que... bueno, Ceci es Ceci.

—¡Oye! —protestó Ceci.

—Por Aston y Valerie. Que su matrimonio sea más tranquilo que su noviazgo.

Todos brindaron entre risas.

Ceci fue la siguiente, un poco achispada por el champán.

—Mi hermana —comenzó— es la persona más inteligente que conozco. Sacó sobresalientes en todo, nunca se metió en problemas, siempre fue la hija perfecta. Aburrida como una ostra, básicamente.

—Gracias, Ceci —dijo Valerie.

—Pero entonces apareció Aston y empezó a vivir una vida que ya quisieran las Kardashians…

—Dios mío. —Valerie hundió la cara en las manos.

—Pero ¿sabéis qué? —Ceci sonrió— Nunca la había visto más feliz. Más viva. Más ella misma. Así que gracias, Aston, por sacar a mi hermana de su zona de confort. Aunque la próxima vez, quizá sea mejor hacerlo de una forma más tranquila.

—Lo tendré en cuenta —respondió Aston, riendo.

La noche avanzó entre bailes, comida y más lágrimas de Dee. Henry bailó con Valerie al son de The Way You Look Tonight de Frank Sinatra, y no hubo un solo ojo seco cuando él susurró algo en su oído que la hizo llorar y ella lo abrazó con fuerza.

—¿Qué te dijo? —le preguntó Aston más tarde.

—Que mi madre estaría orgullosa de mí.

—No la conocí, pero estoy convencido de ello, y de que me hubiera caído muy bien.

—Y tú a ella. Le gustaban los hombres con buen corazón.

—¿Tengo buen corazón? —preguntó Aston.

—El mejor —respondió Valerie—. Un poco dañado, un poco remendado, pero el mejor.

—No puedo creer que todo haya salido bien —dijo Aston mientras entraban a la suite nupcial.

—Yo tampoco —respondió Valerie, quitándose los tacones con un suspiro de alivio.

La suite era jodidamente lujosa, con vistas a Central Park y una cama más grande que el apartamento de Valerie.

—Voy a cambiarme —anunció ella, tomando una bolsa y desapareciendo en el baño—. No mires.

—¡Es nuestra noche de bodas! ¡Se supone que debo mirar!

—¡Paciencia, señor Cavendish!

Aston se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata, y se sirvió un vaso de whisky del minibar.

Estaba observando las luces de la ciudad cuando escuchó la puerta del baño abrirse.

Se dio la vuelta y casi escupió el whisky.

Valerie estaba ahí, con un picardías de encaje negro que dejaba muy poco a la imaginación... y las pantuflas de conejitos rosas.

—No puede ser. ¿En serio? —Aston no pudo evitar reírse—. ¿Las pantuflas? ¿En nuestra noche de bodas?

—Dijiste que eran adorables. —Valerie cruzó los brazos.

—Nunca dije eso.

—Bueno, lo pensaste.

—Definitivamente no pensé algo así.

—Tu cara dice lo contrario.

—Mi cara dice que mi esposa está loca.

—Tu esposa… —Valerie sonrió—. Me gusta cómo suena.

—A mí también. —Aston dejó el vaso y caminó hacia ella—. Aunque las pantuflas tienen que irse.

—Las pantuflas se quedan.

—Valerie...

—Es una tradición.

—No es una tradición. Acabas de inventártelo.

—Todas las tradiciones empiezan en algún momento.

—Eres imposible, Valerie Scott.

—Cavendish —corrigió ella—. Valerie Cavendish. Sí decidí ponerme tu apellido. Solo quería ver tu cara en la ceremonia.

—Eres mala…

—Y aun así te casaste conmigo.

—Porque sin duda estoy loco. —Aston la tomó en sus brazos—. Completa e irremediablemente loco por ti.

—Qué cursi, señor Cavendish.

—Cállate y bésame, señora Cavendish.

Valerie sonrió y lo besó.

Las pantuflas de conejito, por supuesto, no duraron mucho.

Más tarde, mucho más tarde, tumbados con las piernas enredadas, Valerie descansaba la cabeza en el pecho de Aston.

—¿En qué piensas? —le preguntó.

—En que finalmente tengo una familia otra vez —respondió él, inclinándose para darle un beso en la frente—. Tú, tu padre, incluso la loca de tu hermana.

—Oye, mi loca hermana ahora es tu loca hermana.

—Dios me ayude.

—Y Lexe es prácticamente tu hermano.

—Un hermano que cita a Maquiavelo en las bodas.

—Y todos los empleados que han venido. Y Dee, que ha llorado litros, y Claudia con Muffin. Ellos también son tu familia.

—Una familia muy rara —comentó Aston.

—La mejor clase de familia. —Valerie se acurrucó contra él—. La que eliges.

—¿Val?

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por elegirme.

—Gracias a ti, Aston, por elegirme a mí.

Se quedaron en silencio un rato, simplemente disfrutando de la compañía del otro en su burbuja de felicidad post-boda.

La venganza estaba completa.

Los Blackguard estaban destruidos.

El pasado había sido enterrado.

Pero allí, en aquella suite, con su esposa imposible y sus pantuflas de conejo (tiradas en algún lugar de la habitación), Aston Cavendish finalmente entendió algo:

La venganza había sido el final de una historia.

Pero Valerie... Valerie era el comienzo de una completamente nueva.

Y por primera vez en su vida, Aston estaba emocionado de ver qué vendría después.

Aunque estaba seguro de que contendría más pantuflas ridículas.

Contendría a Ceci y sus novios.

Seguramente contendría más lágrimas de Dee.

Y por supuesto contendría más citas de Maquiavelo parafraseadas por Lexe.

Pero también tendría amor. Risas. Familia.

Un hogar.

—Te quiero, señora Cavendish —murmuró mientras el sueño comenzaba a reclamarlos.

—Y yo te quiero a ti, señor «Témpano de Hielo».

—Es verdad, así es como me llamabas.

—Sí.

—Eres terrible.

—Y soy toda tuya —dijo Valerie.

—Para siempre —dijo Aston.

—Para siempre.

El amor no es perfecto.

Pero cuando es verdadero, es imparable.