La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 64 #2
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CAPÍTULO 64 #2

Valerie miró a aquel hombre complicado, roto, que había sacrificado su propia felicidad para mantenerla a salvo. Que había salvado a su padre mientras libraba una guerra contra su propia familia. Que la amaba tanto que había preferido perderla antes que verla herida.

—Eres un idiota —dijo finalmente.

—Lo sé.

—Un completo y absoluto idiota.

—También lo sé.

—Debiste confiar en mí.

—Debí hacer muchas cosas diferente. —Aston inclinó la frente hasta tocar la de Valerie—. Pero si tuviera que elegir de nuevo entre tu seguridad y mi felicidad, elegiría tu seguridad cada maldita vez.

—Y yo haría lo mismo —admitió Valerie—. Si fueras tú el que estuviera en peligro, haría exactamente lo mismo.

—Val...

Pero Valerie no lo dejó terminar. Se puso de puntillas y lo besó, volcando en ese beso todos los días de dolor, de tristeza, de amor no correspondido que ahora sabía que sí había sido correspondido, porque Aston nunca había dejado de quererla.

Aston gimió contra sus labios y sus brazos la estrecharon contra él como si temiera que fuera a desaparecer, a esfumarse.

—Te quiero —susurró contra su boca—. Nunca he dejado de quererte. Ni un solo segundo.

—Lo sé. —Valerie sonrió entre las lágrimas—. Lo sé porque salvaste a mi padre. Porque me protegiste incluso cuando no estábamos juntos. Porque elegiste mi vida sobre tu felicidad.

—Perdóname. —Aston la miró a los ojos—. Por favor, Val. Perdóname por haberte hecho daño, por haberte mentido, pero tenía que hacerlo para salvarte.

—Te perdono. —Y era verdad. En ese momento, con toda la verdad finalmente expuesta a la luz, Valerie lo perdonaba. Lo perdonaría mil veces—. Y tú perdóname a mí por no haber visto las señales, por no haber intuido que algo más estaba pasando.

—No hay nada que perdonar, yo hice todo lo posible para que no lo supieras.

—Somos un desastre. —Valerie rio.

—El peor —estuvo de acuerdo Aston—. Pero somos nuestro desastre. El uno del otro.

—¿Nuestro? —Valerie arqueó una ceja—. ¿Estás asumiendo que vamos a volver?

Por primera vez en mucho tiempo, Aston sonrió. Una sonrisa real, completa, que iluminó sus ojos y le quitó años de encima (y hasta arrugas).

—Estoy esperando —dijo simplemente—. Esperando y rezando y rogando al universo que me des otra oportunidad. Una oportunidad sin mentiras, sin secretos, sin familias tratando de matarte.

—¿Y si hay más amenazas? ¿Y si surgen más enemigos? —preguntó Valerie.

—Entonces los enfrentaremos juntos. —Aston tomó su rostro entre sus manos—. No más decisiones unilaterales. No más alejarte para protegerte. Si vamos a hacer esto, lo hacemos como un equipo.

—¿Un equipo?

—Compañeros. Socios. Como quieras llamarlo. Pero juntos, Val. Siempre juntos.

Valerie lo miró. Aquel hombre había puesto su mundo de cabeza, la había roto y ahora estaba tratando de recomponerla.

Su padre tenía razón: el amor no era perfecto. Era complicado y doloroso y precioso y aterrador, todo al mismo tiempo.

—Entonces, vamos a formar un buen equipo —afirmó Valerie.

—¿Vamos? —repitió Aston.

—Vamos —confirmó Valerie—. Porque soy una idiota que está enamorada de un idiota, y según parece vamos a intentar hacer que esta idiotez funcione.

Aston la besó de nuevo, profundo y desesperado, y lleno de promesas. De miles de promesas.

—Te quiero —murmuró contra sus labios—. Te quiero tanto que duele.

—Yo también te quiero. —Valerie suspiró—. Aunque probablemente necesite terapia después de todo esto.

—Yo te voy a ayudar a superarlo —dijo Aston.

Valerie estaba segura de ello.

Se quedaron así, abrazados en medio del despacho, mientras el sol de la tarde se filtraba por los ventanales.

No era un final feliz, no exactamente. Era más bien un nuevo comienzo. Un comienzo con cicatrices y tiritas, pero un comienzo al fin.

—¿Val?

—¿Sí?

—¿De verdad tenías que entrar sin anunciarte? Casi me da un infarto cuando te he visto.

—¿Pensaste que estabas teniendo algún tipo de alucinación?

—Más o menos.

Valerie soltó una carcajada, un sonido brillante y libre.

—Claudia fue un poco cómplice. Creo que toda la empresa estaba esperando que viniera a buscarte.

—Traidores, todos.

—Personas que saben que eres mejor conmigo que sin mí.

—Tienen razón. —Aston la apretó más—. Soy definitivamente mejor estando contigo. Soy más yo contigo.

—Y yo soy más yo contigo —admitió Valerie—. Aunque seas un idiota sobreprotector con tendencia al dramatismo.

—Oye, jamás he sido dramático.

—Aston, me has puesto ocho guardaespaldas las veinticuatro horas del día.

—Vale, tal vez un poco dramático sí.

Se rieron, y era tan normal, tan ellos, que durante un rato Valerie pudo fingir que las últimas semanas no habían sucedido. Pero habían sucedido, y de alguna manera, eso hacía que aquel momento fuera aún más precioso.

—Tenemos mucho de qué hablar —dijo.

—Lo sé —respondió Aston.

—Y va a tomar tiempo reconstruir la confianza.

—Todo el tiempo que necesites.

—Y nada de más secretos. Nada de más mentiras. Nada de más alejarme por mi propio bien.

—Lo prometo.

—Y tienes que venir a cenar con mi padre el domingo.

—Por supuesto.

—Es importante, así que te lo repetiré varias veces estos días...

—¿Val?

—¿Qué?

—Cállate y bésame.

Y lo hizo.

Lo besó como si fuera la primera vez y la última vez y todas las veces intermedias.

Lo besó como se besa a alguien cuando has estado a punto de perderlo y de repente lo recuperas.

Lo besó como él la besó a ella: con gratitud, con promesa, con un amor tan grande que no cabía en palabras.

Fuera, en la recepción, Claudia sonrió al no escuchar gritos ni lloros. Sacó su teléfono y envió un mensaje al grupo de chat que los empleados habían creado:

«Misión cumplida. El jefe ya no parece un zombi.»

Las respuestas llegaron inmediatamente:

«¡POR FIN!»

«¿Valerie ha venido?»

«¿Se han reconciliado?»

«Claudia, ¡necesitamos detalles!»

Claudia guardó su teléfono con una sonrisa. Algunos detalles eran demasiado preciosos para compartir. Como el sonido de la risa de Aston resonando desde su oficina por primera vez en semanas. Como la forma en que la luz había vuelto a los ojos de Valerie al cruzar la puerta del despacho.

Algunos finales felices, pensó, valía la pena esperarlos.

Y aquel definitivamente lo había valido.