CAPÍTULO 64
El edificio de Cavendish Industries se alzaba contra el cielo gris de Manhattan como un gigante, imponente e intimidante.
Valerie se quedó de pie en la acera, mirando hacia arriba, sintiendo cómo el viento de diciembre le revolvía el pelo suelto, agitando algunos mechones alrededor de su rostro. Había estado allí muchas veces antes, pero todo parecía diferente en aquel momento.
Tomó una respiración profunda y entró en el vestíbulo. Los guardias de seguridad la reconocieron de inmediato, pero nadie dijo nada, excepto George, que se acercó para saludarla.
—Buenos días, Valerie —dijo con una sonrisa.
—Hola, George —correspondió ella.
—Me alegro de verte.
—Y yo a ti —sonrió Valerie.
El trayecto hasta el piso 70 en el ascensor se le hizo eterno. Cada piso que subía, su corazón latía más rápido, más fuerte. ¿Qué le iba a decir a Aston? ¿Cómo iba a empezar siquiera la conversación? No había planeado nada.
Las puertas se abrieron al área de recepción, y Valerie sonrió al ver quién estaba sentada detrás del escritorio de asistente personal.
—¿Claudia?
Claudia Dixon levantó la vista del ordenador, y una sonrisa cómplice cruzó su rostro. Era una mujer elegante de unos treinta y cinco años, con pelo castaño perfectamente peinado y un traje de color azul marino.
—Valerie —dijo suavemente, como si la hubiera estado esperando—. Qué sorpresa.
—¿Qué haces aquí? Pensé que trabajabas en el departamento de marketing.
—Estoy cubriendo temporalmente el puesto de asistente personal del señor Cavendish —respondió Claudia, encogiéndose de hombros—. Alguien tenía que mantener el barco a flote mientras el jefe encuentra un reemplazo permanente —bromeó.
—Ah. —Valerie se mordió el labio—. ¿Está... está él aquí?
Claudia la estudió unos segundos, y Valerie pudo ver una nota de comprensión en sus ojos. Claudia sabía que Aston y Valerie habían estado saliendo.
—Está en su despacho —respondió—. Solo.
—Yo... ¿crees que puedo...?
—Por supuesto. —Claudia levantó el teléfono—. Déjame anunciarte.
—No. —Valerie dijo rápidamente—. No le digas que soy yo. Solo... solo dile que alguien quiere verlo.
Claudia arqueó una ceja, pero no cuestionó la petición de Valerie. Alargó la mano y marcó la extensión de Aston.
—Señor Cavendish, hay alguien que necesita verlo... No, no puede esperar... Sí, ahora mismo... De acuerdo.
Colgó y miró a Valerie con algo parecido a la complicidad.
—Puedes pasar. Y Valerie... —bajó la voz—. Ha estado fatal sin ti. También ha estado más gruñón, más autoritario… Solo... tenlo en cuenta, ¿vale?
Valerie asintió en silencio. A esas alturas su garganta estaba demasiado apretada para hablar.
Caminó hacia la puerta de roble macizo que conocía tan bien, la puerta tras la cual había compartido tantos momentos con Aston. Almuerzos robados, besos apasionados, conversaciones hasta tarde mientras él trabajaba.
Tocó suavemente y entró sin esperar respuesta.
Aston estaba detrás de su escritorio, tecleando enérgicamente en su portátil, con el ceño fruncido, señal de concentración.
Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas, sin corbata, y su pelo estaba despeinado como si hubiera pasado las manos por él una y otra vez.
Se veía cansado. Se veía... terrible, francamente.
—Claudia, te he dicho que no quería... —levantó la vista y la expresión de su rostro se congeló.
Sus ojos, esos ojos azul glaciar que la habían cautivado desde el primer momento, se abrieron con incredulidad. El portátil quedó olvidado, y sus manos suspendidas sobre el teclado como si no se acordara de cómo moverlas.
—¿Puedo pasar? —preguntó Valerie suavemente desde la puerta.
Aston parpadeó varias veces, como si estuviera tratando de confirmar que ella era real y no una alucinación causada por el exceso de trabajo y la falta de sueño.
—Por supuesto —dijo, con una voz que salió ronca, como si no la hubiera usado en días—. Por favor.
Valerie entró y cerró la puerta a su espalda. El silencio entre ellos era denso, cargado con todo lo que no se habían dicho, todo lo roto, todo lo que tal vez podrían reparar.
—Sé lo que hiciste —dijo finalmente, sin preámbulos—. Por mi padre. Sé que fuiste tú quien pagó el tratamiento experimental.
Aston se tensó, y una expresión de indiferencia cayó sobre su rostro como una cortina.
—No sé de qué hablas —dijo.
—No me mientas más, Aston. —Valerie dio un paso adelante—. El doctor Mercer me lo ha contado todo. La Fundación Segundo Amanecer no existe. Fuiste tú. Todo este tiempo, fuiste tú.
Por un momento, pareció que Aston iba a seguir negándolo. Pero entonces suspiró. Sus hombros cayeron en un gesto de resignación.
—¿Cómo está? —preguntó en lugar de confirmar o negar—. Tu padre.
—Vivo. —La voz de Valerie se quebró—. Vivo gracias a ti. Los tumores se han reducido en un sesenta por ciento. Podría estar totalmente recuperado en cuatro meses.
—Bien. —Aston asintió—. Eso es... eso es bueno.
—¿Bueno? —Valerie soltó una risa incrédula—. Aston, has salvado su vida. Te has gastado doscientos cincuenta mil dólares para salvar a mi padre. ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste y no me lo dijiste?
—Porque no quería que te sintieras en deuda conmigo —respondió él.
—¿En deuda? Aston, me mentiste sobre todo. Sobre quién eras, sobre tu familia, sobre tus planes. Me rompiste el corazón. ¿Y al mismo tiempo estabas salvando a la persona más importante en mi vida?
Aston finalmente la miró, y el dolor en sus ojos la golpeó como una ola.
—Tu padre no tenía la culpa de mis errores. No iba a dejar que muriera solo porque yo fuera un desastre.
—Dios, Aston… —Valerie se acercó más al escritorio—. ¿Quién eres realmente? ¿El hombre que me mintió o el que salvó a mi padre?
—Ambos —respondió él simplemente—. Soy ambos, Val. Soy el bastardo que te mintió y el idiota que te ama tanto que haría cualquier cosa por verte feliz, incluso si eso significa mantenerte lejos de mí.
—¿Por qué? —la pregunta salió como un susurro—. ¿Por qué me alejaste, Aston? ¿Por qué elegiste la venganza sobre nosotros?
Aston echó el sillón hacia atrás sin decir nada y se levantó. Caminó hacia un archivador, sacó una carpeta y la puso sobre el escritorio.
—Mira.
Valerie abrió la carpeta y jadeó.
Eran fotos. Fotos de ella.
Saliendo de su apartamento, en la cafetería, caminando por Central Park. Pero no eran fotos normales. Cada una tenía una X roja sobre su cabeza, algunos con mensajes escritos: «La puta del bastardo», «Ella será la primera», «Bonita cara para una bala».
—Oh, Dios… —gimió. Las manos le temblaban mientras pasaba las fotos—. ¿Qué es esto?
—Amenazas —dijo Aston, contundente. Su voz era plana, controlada, pero Valerie podía ver la tensión en su mandíbula—. De los Blackguard. Empezaron a llegar cuando estaba contigo.
—Pero... pero nunca me pasó nada.
—Porque te puse protección las veinticuatro horas del día. —Aston se pasó una mano por el pelo—. Francotiradores, Val. Tenían francotiradores dispuestos a pegarte un tiro.
Valerie se dejó caer en la silla frente al escritorio. De pronto las piernas eran incapaces de sostenerla.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Y qué te iba a decir? —Aston rodeó el escritorio, arrodillándose frente a ella—.
¿Que mi familia paterna quería matarte para hacerme daño a mí?
¿Que eras mi debilidad y ellos lo sabían y querían aprovecharlo?
Mientras menos supieras, más segura estarías.
Si no eras consciente del peligro, no cambiarías tu rutina, no levantarías sospechas.
—Idiota —susurró Valerie. Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas—. Lo hubiera entendido.
—No podía arriesgarme. —Aston tomó sus manos, y el contacto envió electricidad por todo su cuerpo—. No podía arriesgarme a perderte como las perdí a ellas.
—¿Ellas?
—Mi madre. Mi hermana. —Su voz se quebró—.
Los Blackguard no hacen amenazas vacías, Val.
Cuando dicen que van a matar a alguien, lo hacen.
Vi a mi madre muerta en la cocina de mi casa.
Vi a Sophie... —No pudo terminar. Apretó los labios—.
No podía, no puedo verte a ti así. Me moriría, Val.
Me moriría si te pasara algo por mi culpa.
—Entonces me alejaste. —Valerie por fin entendió todo—. Me rompiste el corazón para salvarme la vida.
—Eres mi debilidad —confesó Aston, apretando sus manos—.
Mi única y jodida debilidad. Y ellos lo sabían.
En el momento en que supieron lo que significabas para mí, te convertiste en su objetivo.
La única forma de mantenerte a salvo era alejarte, hacerles creer que ya no me importabas, que no teníamos nada.
—¿Y funcionó?
—Las amenazas pararon desde que rompí contigo —confirmó—. Cuando vieron que no reaccionaba, que no intentaba contactarte, perdieron interés. Ya no eras útil como arma contra mí.
—Cabrón. —Valerie sollozó—. ¿Tienes idea de lo que me has hecho pasar? Pensé que no me querías. Pensé que todo había sido mentira.
—Lo siento. —Aston se levantó, arrastrándola con él y envolviéndola en sus brazos—. Lo siento mucho, Val. Cada día sin ti ha sido un infierno. Cada maldito día he querido llamarte, ir a buscarte, explicártelo todo. Pero no podía. No mientras siguieran ahí fuera, no mientras fueran una amenaza.
—¿Y ahora?
—Ahora están acabados. —Aston se apartó para mirarla—. El imperio Blackguard está en ruinas. Ya no pueden hacerte daño.
—Aston… —Valerie tocó su mejilla, sintiendo la barba de varios días—. Deberías habérmelo dicho. Tenía derecho a saber que mi vida estaba en peligro.
—Lo sé. —Aston se inclinó hacia su caricia—. Pero no podía. Ver esas fotos, esas amenazas... Val, me volví loco. Perdí la cabeza. Por eso te puse protección las 24 horas del día.
—Aston… —Valerie estaba atónita.
—Ocho hombres, trabajando en turnos. Dos en tu edificio, dos en tu calle, y otros cuatro rotando según tus movimientos —le explicó él—. Todavía están ahí, por cierto. No los he retirado.
—¿Todavía tengo guardaespaldas que no sabía que tenía?
—Hasta que esté completamente seguro de que no hay ninguna amenaza residual, sí.