La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

Valerie caminaba junto a su padre por el pasillo del ala de oncología, advirtiendo con satisfacción cómo Henry mantenía el paso sin jadear, sin necesitar detenerse cada pocos metros como hacía apenas dos meses atrás.

—Te ves bien, papá —comentó, entrelazando su brazo con el de él.

—Me siento bien. —Henry sonrió, y era una sonrisa auténtica, no esa mueca forzada que había estado usando para tranquilizarla durante los peores momentos—. Como si volviera a tener treinta años.

—No te emociones tanto, que tienes cincuenta y nueve.

—Cincuenta y ocho, jovencita insolente.

—Cumples cincuenta y nueve el mes que viene y lo sabes.

Henry se rio, con un sonido claro y fuerte que hacía meses que Valerie no escuchaba.

El tratamiento experimental estaba funcionando mejor de lo que cualquiera se había atrevido a esperar. Los tumores se habían reducido en un sesenta por ciento y los marcadores tumorales estaban bajando consistentemente.

El doctor Mercer había usado la palabra «milagroso» en la última consulta, aunque rápidamente se había corregido con «científicamente fascinante».

Entraron en la sala del tratamiento, donde la enfermera Jenkins, que siempre tenía una broma preparada para Henry, los recibió con su habitual energía.

—¡Mis Scott favoritos! Henry, se ve tan bien que voy a tener que empezar a pedirle algún tipo de identificación para confirmar que es paciente y no un visitante.

—Señorita Jenkins, si sigue con esos halagos, mi hija va a pensar que tenemos algo —bromeó Henry mientras se acomodaba en la silla.

—Papá, Nancy tiene treinta años.

—¿Y? El amor no tiene edad. —Henry guiñó un ojo a la enfermera, quien soltó una carcajada.

—Lo siento, Henry, pero mi novio es muy celoso. Además, no podría competir con su Caroline. He visto las fotos que tiene en la cartera.

La mención de su mujer suavizó la expresión de Henry. Incluso después de seis años, el amor en sus ojos cuando hablaba de ella era palpable.

—Nadie podría —dijo simplemente.

Mientras la enfermera preparaba la sesión, Valerie observó a su padre.

Los últimos meses habían sido una montaña rusa.

Primero el diagnóstico devastador, luego la negativa del seguro a cubrir tratamientos experimentales, la desesperación al ver las facturas médicas acumularse, y entonces...

el milagro. La Fundación Segundo Amanecer apareciendo de la nada para cubrir todos los gastos.

—Todo listo —anunció la enfermera, conectando la vía—. Tres horas, como siempre. ¿Habéis traído entretenimiento?

Henry levantó su tablet.

—Voy a terminar de ver esa serie de detectives británicos que me recomendó.

—¡Oh, le va a encantar el final de la temporada! El mayordomo no es quien parece ser.

—¡No me haga spoilers!

Valerie se acomodó en la silla junto a su padre, sacando su propio libro.

Habían desarrollado una rutina cómoda durante aquellas semanas: Henry veía sus series, Valerie leía, y cada media hora compartían algún comentario o chiste malo.

Era casi... agradable. Si ignorabas el hecho de que estaban en un hospital y que el líquido transparente entrando en las venas de su padre costaba más que un coche de lujo.

Dos horas después, el doctor Mercer apareció con su bata blanca y esa sonrisa cautelosa que todos los oncólogos parecen perfeccionar.

—Henry, Valerie, ¿cómo estamos hoy?

—Genial —respondió Henry—. Aunque la señorita Jenkins sigue rechazando mis propuestas de matrimonio.

—No decaigas en tu empeño —bromeó el doctor Mercer, revisando la tabla de información—. Los números siguen mejorando. La respuesta al tratamiento está superando todas nuestras expectativas —dijo.

—¿Cuánto tiempo más? —preguntó Valerie, inclinándose hacia adelante.

—Si continúa así, podríamos estar hablando de una remisión completa de la enfermedad en cuatro meses.

Valerie sintió las lágrimas anegar sus ojos. Remisión completa de la enfermedad. Palabras que había soñado escuchar, pero que nunca se había atrevido a esperar.

—Es... es increíble —susurró.

—Lo es —estuvo de acuerdo el doctor Mercer—. Este tratamiento está cambiando vidas. Todos los pacientes del programa están mostrando resultados similares. Es revolucionario.

—Todo gracias a la Fundación Segundo Amanecer —dijo Henry, apretando la mano de su hija—. Sin ellos, yo no estaría aquí.

Valerie asintió, sintiendo una oleada de gratitud hacia aquellos benefactores anónimos.

—Doctor Mercer, he estado pensando... Me gustaría ponerme en contacto con la fundación. Para agradecerles personalmente lo que han hecho por mi padre, por nuestra familia... No hay palabras suficientes, pero al menos quisiera intentarlo.

El doctor Mercer se tensó visiblemente. Fue sutil, pero Valerie lo notó. La forma en que sus hombros se elevaron ligeramente, cómo su sonrisa se volvió forzada.

—Oh, bueno, la fundación prefiere mantenerse anónima. Es parte de su filosofía filantrópica.

—Entiendo, pero seguramente una carta de agradecimiento..., o un email no vendría mal. Solo quiero que sepan cuánto significa esto para nosotros.

—Yo... tendría que consultarlo. —El médico empezó a jugar con su pluma, un tic nervioso que Valerie no le había visto antes—. Las fundaciones tienen políticas muy estrictas sobre la privacidad.

—Pero debe haber algún contacto —insistió Valerie—. ¿Un número de teléfono? ¿Una dirección? Tienen que recibir la documentación médica, los informes del progreso del tratamiento. Las donaciones…

—Todo se maneja a través de intermediarios. —El doctor Mercer estaba sudando, pequeñas gotas de transpiración se formaban en su frente—. Es muy complicado.

Henry frunció el ceño.

—Doctor, ¿está todo bien? Parece... nervioso.

—No, no, todo está perfectamente bien —dijo, pero su voz subió una octava, delatándolo.

Valerie entrecerró los ojos. Había pasado suficiente tiempo con mentirosos últimamente (gracias, Aston) para reconocer cuando alguien estaba ocultando algo.

—Doctor Mercer, ¿hay algo sobre la fundación que no nos está diciendo?

—¿Qué? No, por supuesto que no.

—Entonces no debería haber ningún problema en facilitarme una forma de contactar con ellos.

—Es que... —El médico parecía de pronto un animal acorralado—. La situación es más compleja de lo que parece.

—¿A qué se refiere? —Valerie se puso de pie—. Es una fundación benéfica. Deben tener información pública disponible.

El silencio que siguió fue ensordecedor. El doctor Mercer miraba el suelo como si quisiera que se lo tragara, y la enfermera Jenkins, que había estado revisando unos papeles cerca, de repente encontró muy urgente ir a revisar algo en otra sala.

—Doctor… —La voz de Henry era seria—. ¿Qué está pasando?

El doctor Mercer suspiró profundamente, desplomándose en una silla como si le hubieran quitado los hilos que lo sostenían.

—La Fundación Segundo Amanecer... no existe.

—¿Cómo dice? —Valerie sintió que el mundo se paraba de golpe—. ¿Cómo que no existe?

—Es un nombre ficticio. Una tapadera. El tratamiento, todos los gastos médicos, todo está siendo pagado por un benefactor individual que quería permanecer en el anonimato.

—¿Quién? —demandó Valerie, aunque una parte de ella ya sabía la respuesta (o la intuía). Lo sabía por la forma en que su corazón había empezado a latir de forma irregular, por el nudo que se estaba formando en su garganta.

El doctor Mercer la miró con algo parecido a la compasión.

—Aston Cavendish —dijo finalmente.

El nombre cayó entre ellos como una bomba.

Henry dejó escapar un jadeo y Valerie se tambaleó, teniendo que agarrarse al respaldo de la silla para no caerse.

—No —susurró—. No puede ser.

—Valerie...

—¿Cuándo? —Su voz era apenas un hilo—. ¿Cuándo lo hizo?

—Hace unos tres meses. Justo después de que el comité del hospital denegará la solicitud de Henry de entrar en el programa de tratamientos experimentales —comenzó el doctor Mercer—.

Un empleado del señor Cavendish contactó con el hospital directamente.

Pagó el tratamiento completo por adelantado, más un fondo extra para cualquier complicación o tratamiento adicional necesario.

La única condición que puso era mantenerse en el más absoluto anonimato.

Tres meses. Cuando ni siquiera estaban juntos. Fue antes de que empezaran a salir, cuando solo era su asistente personal. Su empleada.

—¿Por qué? —Henry habló por primera vez—. ¿Por qué quiso mantenerlo en secreto?

El doctor Mercer se encogió de hombros.

—Eso es algo que tendréis que preguntarle a él. Dijo que era lo correcto y punto. Me hizo jurar que no diría nada, pero... —miró a Valerie—. Supongo que después de todo lo que ha salido en las noticias sobre él, merecéis saber la verdad.

Valerie se dejó caer pesadamente en la silla.

Aston había salvado a su padre. Había pagado cientos de miles de dólares sin decir una palabra, sin pedir nada a cambio, sin ni siquiera querer agradecimiento. Lo había hecho en silencio, en secreto, simplemente porque...

Porque la quería.

Porque, aunque fuera un mentiroso y un Blackguard y hubiera roto su corazón en mil pedazos, la quería lo suficiente para salvar lo más importante de su vida.

—Necesito... necesito aire —murmuró, levantándose tambaleante.

—Valerie... —la llamó su padre.

Pero ella ya estaba saliendo de la sala, caminando rápidamente por los pasillos hasta encontrar una salida al jardín del hospital. El aire frío de diciembre golpeó su cara, pero no fue suficiente para detener las lágrimas que finalmente empezaron a deslizarse por sus mejillas.

Aston había salvado a su padre.

Después de todo lo que había pasado, después de las mentiras, el dolor, el abandono... había salvado a su padre.

—¿Val?

Se giró para encontrar a Henry parado detrás de ella, con el soporte del suero todavía conectado.

—Papá, deberías estar adentro...

—Y tú no deberías estar aquí sola llorando. —Henry la envolvió en un abrazo con su brazo libre—. Habla conmigo, cariño.

—Es que... —Valerie hipó contra el hombro de su padre—.

No lo entiendo. Me mintió sobre todo. Sobre quién era, sobre su familia, sobre sus intenciones.

Me rompió el corazón, papá. Me dejó para irse a destruir a los Blackguard.

¿Y al mismo tiempo estaba salvándote la vida en secreto? ¿Qué clase de persona hace eso?

Henry guardó silencio un momento, mientras acariciaba la cabeza de su hija como solía hacer cuando era pequeña.

—Una persona complicada —dijo al cabo de un rato—. Una persona que te quiere más de lo que sabe cómo expresar. Una persona que tal vez no sepa cómo ser mejor, pero lo intenta de todos modos.

—Me ha hecho tanto daño, papá.

—Lo sé, cariño. Y no estoy diciendo que debas perdonarlo.

Esa es tu decisión. Pero Val... —Henry se apartó para mirar a su hija a los ojos—.

Ese hombre me salvó la vida. Sin pedir nada a cambio.

Sin ni siquiera querer que lo supiéramos.

Y eso dice más sobre su carácter que todas las mentiras que pudo haber dicho.

—¿Cómo puedes ser tan comprensivo?

—Porque me salvó. —Henry sonrió—. La vida no es blanco o negro, Valerie.

Las personas no son completamente buenas o completamente malas.

Aston Cavendish puede ser un mentiroso, puede venir de una familia terrible, puede haberte hecho daño, pero también es el hombre que amó a mi hija lo suficiente para asegurarse de que no perdiera a su padre.

Valerie sollozó más fuerte.

—No sé qué hacer con esto, papá. No sé cómo sentirme.

—No tienes que saberlo ahora mismo. —Henry la guio de vuelta al edificio—.

Pero sí sé una cosa: le debemos un agradecimiento.

Me salvó la vida, Val. Me dio más tiempo contigo, con tu hermana; más tiempo para ver a mis hijas brillar, tal vez incluso tiempo para conocer a mis futuros nietos algún día.

—Papá...

—Solo digo… —Henry sonrió de nuevo—… que ese tratamiento experimental me está dando años que no pensé que tendría. Años para darte el coñazo sobre tu vida amorosa.

A pesar de todo, Valerie se rio.

—Eres de lo que no hay —dijo.

Henry también se echó a reír.

Caminaron de vuelta a la sala de tratamiento, donde la enfermera Jenkins había vuelto y fingía a conciencia no haber notado el drama que había tenido lugar.

—Solo una hora más —anunció alegre—. ¿Todo bien?

—Mejor que bien —respondió Henry, apretando la mano de su hija—. Estamos vivos, estamos juntos, y según parece, tenemos un benefactor misterioso con muy mal genio, pero muy buen corazón.

Valerie se sentó junto a su padre, con su mente todavía dando vueltas. Aston había salvado a su padre. El mismo hombre que le había mentido, que la había dejado, que había elegido la venganza sobre ella... había salvado a la persona más importante en su vida.

—Papá —dijo suavemente—. ¿Qué hago?

Henry tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.

—Lo que tu corazón te diga, cariño. Pero si quieres mi opinión...

—Siempre.

—Un hombre que salva a tu padre en secreto, mientras planea hundir un imperio criminal es un hombre que está librando muchas batallas al mismo tiempo.

Tal vez no hizo todo bien. Tal vez se equivocó en muchas cosas.

A todos nos pasa alguna vez. No somos perfectos.

Pero Val... al menos lo intentó. A su manera intentó protegerte, quererte y hacer lo correcto al mismo tiempo.

—¿Y si no es suficiente?

—Entonces no lo es. —Henry se encogió de hombros—. Pero ¿y si lo es? ¿Y si el amor no se trata de ser perfecto, sino de intentar serlo para la persona que amas? ¿Y si todo se trata de cometer errores y aprender de ellos?

Valerie miró a su padre.

—Le debo las gracias —dijo—. Por lo menos eso.

—Le debemos las gracias —corrigió Henry—. Y quizás una oportunidad de explicarse. El resto... bueno, el resto depende de vosotros dos.

Mientras la última hora del tratamiento transcurría, Valerie miraba por la ventana hacia el cielo gris de Nueva York.

Aston había salvado a su padre. En medio del caos de sus propios demonios, había salvado a su padre.