La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

El cielo sobre Manhattan se teñía de naranjas y púrpuras cuando Valerie bajó del autobús en su parada habitual. Había sido un día largo buscando trabajo y todo lo que quería era llegar a su apartamento, y darse un baño de burbujas hasta que sus dedos parecieran pasas.

Pero cuando dobló la esquina de la calle hacia su edificio, todos esos planes se evaporaron.

Marcus estaba apoyado contra la pared de ladrillo junto a la entrada, con esa pose estudiadamente casual que siempre adoptaba cuando quería parecer inofensivo.

Pero Valerie lo conocía mejor. Conocía la tensión en sus hombros, el modo en que sus manos se cerraban y abrían rítmicamente, la mandíbula apretada bajo la sonrisa falsa.

Su primer instinto fue dar media vuelta y correr.

Su segundo instinto fue sacar el teléfono y llamar... ¿a quién? ¿A la policía? ¿A Dee? Ya no tenía a Aston en la marcación rápida.

Antes de que pudiera decidirse, Marcus la vio.

—Valerie. —Su voz tenía ese tono de falsa simpatía que siempre precedía a sus peores momentos—. Qué casualidad encontrarte aquí.

—No es ninguna casualidad —respondió ella, manteniéndose a una distancia prudencial—. Es mi edificio. Tú eres el que no debería estar aquí.

—¿No puedo visitar a mi exnovia? —Marcus se separó de la pared, dando un paso hacia ella—. ¿Hablar civilizadamente?

—Desde que hemos roto no hemos tenido una conversación civilizada, Marcus. Ni siquiera últimamente cuando estábamos juntos.

Él rio, ese sonido áspero que solía hacer cuando estaba a punto de decir algo hiriente.

—Tienes razón. Siempre has sido demasiado sensible. Demasiado llorona. Supongo que algunas cosas no cambian.

Valerie apretó las llaves en su mano hasta que el metal se clavó en su palma.

—¿Qué quieres, Marcus?

—Solo quería decirte que lo sé. —Sus ojos brillaban con malicia—. Sé que has estado liada con tu jefe.

El estómago de Valerie dio un vuelco.

—Marcus, por favor…

—¿Me lo vas a negar?

—No es asunto tuyo.

—¿No? —La voz de Marcus subió de volumen—. ¡Por él me dejaste! ¡Por su dinero! ¡Por sus trajes caros y sus cochazos de lujo! ¿No es verdad?

—¡No! ¡Te dejé por mí! —Valerie explotó, toda su resolución de mantener la calma se evaporó—. ¡Porque merecía más! Porque nuestra relación era una mierda, porque me insultabas, porque me menospreciabas constantemente.

—¡Yo te quería!

—¡Tú no sabes lo que es el amor! —Las palabras salieron de la boca de Valerie antes de que pudiera detenerlas—. El amor no es control. No son celos. No es hacerme sentir pequeña para que tú te sientas grande. El amor es...

Se detuvo abruptamente.

El amor era Aston trayéndole café exactamente como le gustaba sin que ella tuviera que pedírselo. Era él escuchándola hablar sobre mil anécdotas durante horas sin aburrirse. Era la forma en que la miraba como si fuera un milagro. Era él dejándola ir para protegerla, aunque eso lo destrozara.

Marcus interpretó su silencio como una debilidad.

—El amor es qué, ¿Valerie? ¿Un tío mintiéndote sobre quién es realmente? Por lo menos yo siempre fui honesto contigo sobre quién era.

Valerie bufó.

—Honestamente cruel, querrás decir —afirmó.

—Mejor eso que ser un mentiroso. —Marcus sonrió con maldad—. ¿Sabes qué? Me alegro de que te haya dejado. Me alegro de que estés sufriendo. De que te haya roto el corazón. Es exactamente lo que te mereces por haberme dejado a mí.

—Marcus...

—No, déjame terminar. —Él se acercó más, y Valerie pudo oler el whisky en su aliento.

Genial. Estaba borracho. Eso siempre empeoraba las cosas—.

Durante semanas me he torturado pensando qué había hecho mal.

Por qué no era suficiente para ti. Y ahora lo entiendo.

Nunca fui suficientemente rico. Suficientemente poderoso. Suficientemente peligroso.

—No se trata de eso, y lo sabes. —Valerie no estaba dispuesta a caer en su trampa. No iba a dejarse manipular por Marcus, ni a caer en su victimismo. Ya no. Podía decir lo que quisiera, pero ambos sabían por qué se había terminado la relación.

—¿No? Entonces dime, Valerie, ¿qué tenía él que no tuviera yo? Además de millones de dólares y conexiones con la mafia, claro.

Valerie lo miró fijamente.

¿Qué tenía Aston que Marcus no tuviera? Por dónde empezar.

Amabilidad. Respeto. La capacidad de hacerla reír.

La forma en que la tocaba como si fuera algo precioso en lugar de una posesión.

El modo en que la escuchaba, realmente la escuchaba, no solo esperaba su turno para hablar.

La manera en que la hacía sentir fuerte en lugar de débil.

—Me trataba como a una igual —dijo finalmente—. No como a una subordinada.

La cara de Marcus se torció en un gesto de rabia.

—Subordinada —repitió—. Claro. Porque pedirte que me priorizaras era tratarte como a una subordinada. Porque querer saber dónde estabas era control. Porque preocuparme por ti era tóxico.

—Querías que fuera tu criada, Marcus. Lo único que hacías era darme órdenes sobre qué tenía que comprarte, o cuándo te tenía que hacer la comida o la cena, sin importarte que yo trabajaba, mientras tú lo único que hacías era perder el tiempo tirado en el sofá jugando a la puñetera PlayStation.

Marcus ladeó la cabeza. Sus ojos estaban rojos.

—De verdad que me alegro de que ese hijo de puta te haya dejado —repitió. Dio dos pasos rápidos hacia ella, con la cara contorsionada por la rabia, al tiempo que levantaba el puño—. Se te está bien empleado, por puta...

—Si la tocas un solo pelo, te mato.

La voz cortó el aire como una cuchilla.

Fría, dura, letal.

Valerie giró la cabeza tan rápido que sintió un tirón en el cuello.

Aston estaba a unos metros de distancia, y parecía...

Dios, parecía peligroso. No el peligro elegante y controlado que había visto otras veces, sino algo más primitivo.

Sus ojos, generalmente cálidos cuando la miraban a ella, eran témpanos de hielo fijos en Marcus.

—Aston —susurró, sin poder creer que estuviera realmente allí.

Marcus bajó el puño lentamente, girándose hacia él con una sonrisa burlona.

—Oh, mira quién ha llegado. El héroe salvador. El príncipe en su brillante armadura de Armani.

—Retrocede —ordenó Aston. Su voz sonaba tan calmada que daba escalofríos—. Ahora.

—¿O qué? —Marcus se pavoneó—. ¿Vas a llamar a tus amigos de la mafia? Ah, espera, están todos en la cárcel, ¿verdad? Porque los traicionaste. A tu propia familia.

Aston dio un paso adelante. Solo uno, pero hizo que Marcus retrocediera instintivamente.

—Mi familia está muerta —dijo Aston—. Murieron hace veinte años. Los monstruos que arrestaron no eran mi familia. Eran asesinos. Criminales. Escoria. Un poco como tú, en realidad.

—¿Perdona?

—¿Qué tipo de hombre amenaza a una mujer? —Aston continuó, acercándose lentamente—. ¿Qué tipo de patético ser humano necesita intimidar a alguien más pequeño para sentirse grande? Te diré qué tipo: un cobarde. Un inseguro, un tóxico, un miserable cobarde que no vale ni la tierra que pisa Valerie.

—No sabes nada sobre mí...

—Sé todo lo que necesito saber. —Aston se encontraba en ese momento a solo un metro de Marcus—.

Sé que la maltrataste psicológicamente durante mucho tiempo.

Sé que la hiciste dudar de sí misma, de su valía, de su fuerza.

Sé que incluso después de que ella reuniera el valor para dejarte, continuaste acosándola, siguiéndola, haciéndola sentir insegura en su propia ciudad.

Marcus apretó los puños.

—Ella era mía primero...

—Ella nunca fue tuya —aseveró Aston. Su voz bajó hasta convertirse en un gruñido—.

Nunca será de nadie. Valerie es brillante, fuerte y vale mil veces más que tú o que yo.

El hecho de que hayas tenido la suerte de estar con ella y no lo hayas apreciado solo demuestra lo increíblemente estúpido que eres.

—Bonito discurso —se burló Marcus—. ¿Pero no fuiste tú quien la dejó? ¿Quien la abandonó? Al menos yo quería quedarme con ella.

—No, tú querías poseerla, querías tener una criada que te mantuviera. La diferencia es abismal —atajó Aston—. Y sí, la dejé. Fue el mayor error de mi vida, pero al menos lo hice para protegerla. Tú solo querías proteger tu maldito ego.

Marcus dio un paso hacia Aston. Sus caras quedaron a centímetros de distancia.

—¿Quieres pelear, niño rico? ¿Quieres mostrarle a Valerie lo macho que eres?

—No necesito mostrarle nada a Valerie. —Aston no se movió ni un milímetro—. Ella ya sabe exactamente quién soy. Los buenos y los malos aspectos. Los secretos y las verdades. Y aún así me aceptó. ¿Puedes decir lo mismo?

Por un instante, Valerie pensó que realmente iban a llegar a las manos. La tensión era tan espesa que podía cortarse con un cuchillo. La gente había empezado a girarse hacia ellos, curiosos por lo que estaba pasando.

—Vete, Marcus, por favor. —La voz de Valerie rompió el momento.

Marcus y Aston se giraron hacia ella, como si hubieran olvidado que estaba ahí.

—¿En serio? —Marcus la miró con incredulidad—. ¿Lo eliges a él? ¿Después de todo lo que te ha hecho? ¿Después de mentirte, de ocultarte quién era realmente?

—No estoy eligiendo a nadie —respondió Valerie con cansancio—. Solo te estoy pidiendo que te vayas. Que me dejes en paz. Que sigas con tu vida y me dejes seguir con la mía.

Marcus la miró con un desprecio que antes la habría destrozado. Pero ahora solo la dejaba vacía.

—Sí, me voy —escupió—. Y también me voy de Nueva York. Me ha salido un trabajo en Dakota del Norte y me voy a vivir allí, así que te vas a librar de mí.

Valerie sintió una oleada de alivio tan intensa que estuvo a punto de marearla. Dakota del Norte. A cientos de kilómetros de distancia. Sin más encuentros «casuales». Sin más acoso. Sin más miedo.

—Espero que te vaya bien —dijo, y sorprendentemente, lo decía en serio. No le deseaba ningún mal a Marcus. Solo lo quería lejos.

—Sí, seguro. —Marcus se rio con amargura—. Espero que seas muy feliz con tu jefe. Cuando te mienta de nuevo, cuando te traicione, y cuando te demuestre que no soy el único hombre tóxico aquí, no vengas llorando.

Y se alejó, pero se detuvo después de unos pasos, girándose una última vez.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? Que al final, los dos te dejamos sola. La única diferencia es que yo al menos fui honesto sobre ser un cabrón.

Y sin decir nada más, se perdió entre las calles de Nueva York, dejando a Valerie y a Aston solos en medio de la acera.

El silencio entre ellos era ensordecedor. Los curiosos habían empezado a dispersarse, decepcionados de que no hubiera habido sangre.

El sol había terminado de ponerse, y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse en los edificios, bañándolos con un resplandor dorado artificial.

Valerie no sabía qué decir. ¿Gracias por aparecer? ¿Qué demonios haces aquí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de semanas de silencio?

Aston estaba igualmente perdido. El hombre que minutos antes había estado listo para destrozar a Marcus ahora parecía un niño perdido frente a ella, con las manos en los bolsillos y los hombros caídos.

—¿Estás bien? —preguntó finalmente.

Su voz era suave como el terciopelo después de la dureza que había utilizado con Marcus.

—He estado mejor —admitió Valerie—. También he estado peor, así que supongo que es un empate.

Aston asintió. Sus ojos recorrieron la cara de Valerie como si estuviera memorizando cada detalle.

—No sabía que Marcus todavía te estaba molestando. Si lo hubiera sabido...

—¿Qué? ¿Habrías venido antes? —Valerie no pudo evitar el toque de amargura en su voz—. Has estado bastante ocupado.

—Valerie...

—¿Por qué estás aquí, Aston? —lo interrumpió—. ¿Por qué ahora?

Él respiró profundamente, pasándose una mano por el pelo en ese gesto que ella conocía tan bien, el que hacía cuando estaba nervioso.

—Porque la venganza está completa. Los Blackguard están acabados.

Todos los responsables de la muerte de mi madre y de Sophie están muertos o en la cárcel.

Y me he dado cuenta de que... —Hizo una pausa, buscando las palabras—.

Me he dado cuenta de que he pasado tanto tiempo persiguiendo justicia para los muertos, que me he olvidado de vivir para los vivos. Para mí. Para... para nosotros.

—No hay un nosotros —susurró Valerie, aunque las palabras le dolían—. Tú te encargaste de romperlo.

—Lo sé. —Aston dio un paso hacia ella—. Lo sé y lo siento tanto, Valerie. Más de lo que las palabras pueden expresar. Pensé que estaba protegiéndote. Tenía tanto miedo de perderte como las perdí a ellas que te aparté. Es la ironía más cruel, ¿no? Porque te he perdido de todos modos.

Valerie sintió las lágrimas pinchar sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No ahí. No en ese momento. No en medio de la calle con Aston mirándola como si ella fuera su salvación y su condena al mismo tiempo.

—Tengo que irme —dijo, dándose la vuelta hacia su edificio.

—Valerie, espera...

Pero ella ya estaba abriendo la puerta, huyendo antes de que su fuerza de voluntad se quebrara. Antes de que se lanzara a sus brazos y le perdonara todo. Antes de que su corazón ganara la batalla a su cabeza.

Porque Marcus había tenido razón en una cosa: Aston la había dejado sola. Y por mucho que su corazón gritara lo contrario, su mente sabía que algunas heridas eran demasiado profundas para sanar con solo una disculpa y una acción heroica.

Cuando la puerta se cerró tras ella, se permitió una última mirada hacia atrás. Aston seguía de pie en la acera, mirando hacia el edificio. Incluso desde la distancia, podía ver el dolor en su rostro, la derrota en sus hombros.

«Que sepa lo que se siente quedarse atrás», pensó, subiendo en el ascensor a su apartamento.

Pero mientras se hundía en el sofá con las luces de la ciudad parpadeando fuera de su piso, no pudo evitar admitir la verdad:

A ella le dolía igual.