CAPÍTULO 61
La cafetería Sunrise & Butter había abierto hacía apenas dos semanas en Upper East Side, pero ya tenía una lista de espera de una semana para conseguir reserva. Por supuesto, Dee había conseguido mesa para aquella misma mañana con una simple llamada.
¿Cómo lo hacía?, se preguntó Valerie.
Dee nunca dejaba de sorprenderla.
—Te digo que sus croissants son orgásmicos —decía Dee mientras revisaba el menú—. Mi compañera de trabajo jura que tuvo una experiencia religiosa con el de chocolate.
—Tu compañera de trabajo también jura que vio a Beyoncé en un Starbucks de Queens —respondió Valerie, intentando concentrarse en el menú. Su mente seguía reproduciendo las imágenes de las noticias. Gerald Blackguard esposado. Los titulares sobre Aston. Las fotos de Laura y Sophie Cavendish.
—Eso fue diferente. Estaba borracha. —Dee hizo una seña al camarero—. Dos cafés con leche de avena, por favor. Grandes. No, enormes. ¿Tenéis un tamaño que sea «necesito olvidar a mi exnovio mafioso»?
El camarero, un chico de unos veintitantos años con más piercings que sentido común, parpadeó confundido.
—Eh... ¿tamaño extragrande?
—Perfecto. Dos cafés tamaño extragrande. Y trae toda la carta de repostería. Sí, toda. No es broma.
Valerie hundió la cara entre las manos cuando el camarero se alejó.
—¿Podrías intentar no anunciar mi vida personal a todo Manhattan?
—Por favor, como si todo Manhattan no estuviera ya hablando de ello. —Dee sacó su teléfono—. Mira, los Blackguard ya son trending topic en Twitter y #AstonCavendishesunBlackguard, está en el número 3.
—¿Qué? —Valerie le arrebató el teléfono—. Oh, Dios mío. ¿Es que la gente lo único que sabe es chismorrear?
—La mayor parte de la gente sí. Se va a estar hablando de esto un mes… mínimo.
Valerie se desplazaba por Twitter con un horror que iba cada vez a más.
—Necesito algo más fuerte que un simple café con leche de avena —murmuró.
—Son las nueve de la mañana.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Lo que quiero decir es que el alcohol antes del mediodía es para días festivos y crisis existenciales. —Dee hizo una pausa—. Aunque pensándolo bien, esto puede calificarse como crisis existencial. ¿Quieres que pida un par de mimosas?
Antes de que Valerie pudiera responder, la puerta de la cafetería se abrió con un tintineo alegre que contrastaba completamente con el momento en que Vanessa entró.
Sí, Vanessa, la ex de Aston.
Incluso a las nueve de la mañana de un sábado, Vanessa parecía sacada de una sesión de fotos de Vogue. Vestido negro ajustado, tacones imposibles, y gafas de sol tamaño XXL. Su pelo caía en un liso tan perfecto que desafiaba la humedad del otoño.
—Mierda —susurró Dee—. Alarma de zorra a las doce en punto.
—Dee...
—¿Qué? Es la ex de tu ex, y una bicha de mucho cuidado.
Valerie intentó hacerse pequeña en su asiento, pero era demasiado tarde. Los ojos de Vanessa, incluso ocultos tras sus gafas de tamaño industrial, la encontraron inmediatamente. Una sonrisa que podría congelar el infierno se dibujó en sus labios perfectamente pintados.
—Joder —murmuró Valerie—, viene hacia aquí.
—Mantén la calma —indicó Dee—. Los depredadores huelen el miedo.
Vanessa se detuvo junto a su mesa, y se quitó las gafas de sol con un gesto teatral.
—Vaya, vaya. Valerie Scott. —Su voz era miel envenenada—. La nueva víctima de Aston Cavendish.
—Vanessa. —Valerie mantuvo su tono neutral—. Qué... sorpresa.
—¿Sorpresa? —Vanessa rio. Un sonido como si estuviera masticando cristales—. Nada en esta ciudad es una sorpresa. Todo el mundo sabe todo sobre todos. Por ejemplo, yo sé que tuviste tu pequeña aventura con Aston. Y sé que te dejó. Igual que a mí —soltó, sin preámbulos.
Valerie sintió que su columna se enderezaba automáticamente.
—Lo que tuve con Aston no tiene nada que ver con lo que tuviste tú.
—¿Eso es lo que crees? —Vanessa se sentó sin invitación en la silla vacía, cruzando sus piernas perfectas—. Eres más ingenua de lo que pensaba.
—Perdona, ¿te hemos invitado a sentarte? —intervino Dee—. Porque estoy bastante segura de que no. De hecho, estoy cien por cien segura de que preferimos que te vayas.
Vanessa la ignoró completamente. Sus ojos estaban fijos en Valerie.
—Déjame adivinar. Te hizo sentir especial. Como si fueras la única mujer en el mundo. Te llevó a lugares increíbles, te compró cosas preciosas, te hizo creer que eras diferente…
—Para. —Valerie apretó los puños bajo la mesa.
—Y luego, un día, simplemente... se acabó. Sin una explicación real. Solo se mostró frío, distante, cruel incluso. Te dijo que era por tu bien, que ya no funcionaba, que se había aburrido, o alguna mierda así.
Valerie no respondió, pero su silencio fue respuesta suficiente.
—Es exactamente lo mismo. —Vanessa se reclinó en su silla, satisfecha—. Es su modus operandi . Seduce, conquista, descarta. Y se va a por la siguiente.
—No sabes de qué hablas —dijo Valerie—. No sabes nada sobre nosotros.
—¿No? Veamos. Apuesto a que te llevó a Le Bernardin. Te dejó pedir lo que quisieras del menú, incluso las cosas que no estaban en el menú, y te contó alguna historia triste sobre su infancia para hacerte sentir que se estaba abriendo contigo.
Valerie sintió un escalofrío. No había sido Le Bernardin, pero había sido París. Y sí había pedido algo fuera del menú. Y sí le había contado cosas sobre su infancia…
—Veo que he dado en el clavo. —Vanessa sonrió—. ¿También te llevó a su ático? ¿Te hizo el desayuno a la mañana siguiente? ¿Huevos benedictinos con esa salsa holandesa que dice que aprendió a hacer en Francia?
—¡Basta! —Dee golpeó la mesa—. ¿Cuál es tu problema? ¿Has venido a torturar a Valerie porque qué? ¿Porque estás aburrida? ¿Porque tu vida es tan mierda que necesitas esto para sentirte mejor?
—He venido… —Vanessa se giró hacia Dee por primera vez—… para hacerle un favor. Para advertirle antes de que sea demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? —preguntó Valerie.
—Para que lo superes. —Vanessa volvió a mirarla—. Mira, sé que duele. Créeme, lo sé. Aston Cavendish es como una droga. Intenso, adictivo, imposible de olvidar. Pero también es tóxico. Y ahora que sabemos la verdad sobre quién es realmente...
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si fuera a contarle algún tipo de conspiración.
—Es un Blackguard, Valerie. Lleva en sus venas la sangre de asesinos y criminales. ¿Realmente pensaste que sería diferente? ¿Que de alguna manera el nieto y el hijo del monstruo no sería un monstruo también?
—Eso no tiene nada que ver. —Valerie se levantó bruscamente. No se iba a quedar callada. Su silla chirrió contra el suelo y varias personas de las mesas cercanas se giraron hacia ellas—. La sangre no te define. Las elecciones te definen. Y Aston eligió destruir a esa familia. Eligió la justicia.
—Eligió la venganza —corrigió Vanessa, levantándose también—. Hay una diferencia. Y un hombre que elige la venganza por encima del amor... bueno, eso te dice todo lo que necesitas saber sobre él, ¿no?
El golpe dio en el blanco. Valerie sintió las palabras como un puñetazo en el estómago.
—Además —continuó Vanessa, ajustándose el bolso en el hombro—, ¿realmente crees que fuiste especial?
¿Que lo tuyo fue diferente? Por favor. Pregúntale a Brittany Martinelli.
O a Caroline Dubois. O a esa modelo rusa, ¿cómo se llamaba?
¿Nora? ¿Natalia? Todas tuvimos la experiencia completa de Aston Cavendish.
Y todas terminamos exactamente donde estás tú ahora: confundidas, dolidas, y preguntándonos qué fue real.
—Vale, suficiente. —Dee se levantó también—. Vanessa, con todo el desprecio del mundo: vete a la mierda. No sé qué intentas conseguir, pero no va a funcionar. Valerie no es como tú.
—¿No? —Vanessa arqueó una ceja—. ¿Porque es especial? ¿Porque su amor fue verdadero? Dios, es casi tierno lo ingenuas que sois.
—No —intervino Valerie—. Porque yo tengo algo que tú nunca tuviste: la capacidad de ver más allá de lo que él representaba. Tú saliste con Aston por su dinero, por su estatus, por lo que podía hacer por tu imagen. Yo lo quise a pesar de todo eso.
—Y mira dónde te llevó ese amor. —Vanessa gesticuló con la mano—. Al mismo lugar que todas nosotras. A estar sola.
La cafetería entera parecía estar conteniendo la respiración. El camarero con los piercings estaba congelado a medio camino de una mesa, con una bandeja de pasteles en la mano.
—¿Sabes qué, Vanessa? —Valerie habló de nuevo. Su voz sonaba sorprendentemente tranquila—. Tienes razón en una cosa. Aston me dejó. Me rompió el corazón. Me hizo sentir como si mi mundo se hubiera acabado.
Vanessa sonrió con un gesto triunfal, como si hubiera ganado una batalla.
—Pero —continuó Valerie—, aquí está la diferencia entre tú y yo. Yo sé por qué lo hizo. No fue porque se aburriera o encontrara a alguien nuevo, o porque sea un monstruo sin corazón. Lo hizo para protegerme. De su familia. De su mundo.
—Oh, por favor… —Vanessa puso los ojos en blanco—. ¿El cuento del héroe trágico? ¿En serio?
—Su familia mató a su madre, Vanessa. A su hermana melliza. Tenía doce años y vio morir a las dos personas que más amaba en el mundo. ¿Realmente no puedes entender por qué haría lo que fuera para evitar que eso volviera a pasar?
Por primera vez, Vanessa pareció desconcertada.
—Eso... eso no...
—¿No lo sabías? —Dee sonrió con malicia—. Vaya, pensé que sabías todo sobre Aston Cavendish. Supongo que no.
—Eso no cambia nada. —Vanessa recuperó su compostura—. Sigue siendo un Blackguard. Sigue siendo peligroso.
—Sí —admitió Valerie—. Probablemente lo es. Y probablemente debería odiarlo por mentirme, por ocultarme la verdad, por tomar decisiones por mí sin consultarme. Probablemente debería hacer exactamente lo que tú hiciste: seguir adelante, encontrar a alguien más simple, más seguro.
—Entonces...
—Pero no voy a hacerlo. —Valerie recogió su bolso—.
Porque a diferencia de ti, Vanessa, yo sé reconocer el amor real cuando lo veo.
Incluso cuando está envuelto en mentiras y secretos y dolor.
Incluso cuando es complicado y peligroso y seguramente estúpido.
Así que gracias por la advertencia, pero no la necesito.
Sé exactamente quién es Aston Cavendish.
—El hombre que te abandonó —dijo Vanessa venenosamente.
—Sí. —Valerie esbozó una breve sonrisa—. Es cierto. Pero ¿sabes qué? Prefiero haber tenido unas semanas reales con él que una vida entera de lo que sea que tuviste tú.
A Vanessa se le descompuso la cara.
Valerie se dio la vuelta para irse, pero se detuvo.
—Ah, y ¿Vanessa? La próxima vez que quieras advertir a alguien sobre Aston, tal vez deberías empezar por preguntarte por qué todavía no lo has superado. Porque parece que la única aquí que no puede seguir adelante eres tú.
Y con aquellas últimas palabras, salió de la cafetería. Dee corrió detrás de ella.
—¡Eso ha sido épico! —gritó Dee una vez que estaban fuera—. ¿Has visto su cara? Parecía que había chupado un limón. No, diez limones. Un árbol entero de limones.
Valerie no respondió. Ahora que la adrenalina estaba disminuyendo, sentía las piernas como gelatina.
—Hey… —Dee la agarró del brazo—. ¿Estás bien?
—No —admitió Valerie—. No estoy bien. Porque todo lo que he dicho ahí dentro... lo decía en serio, Dee. Todavía lo quiero. A pesar de todo. De las mentiras, de los secretos, del dolor. Todavía lo quiero.
—Lo sé, cariño.
—¿Qué voy a hacer?
Dee la miró durante un rato. Luego sonrió, una de esas sonrisas traviesas que generalmente significaban ideas descabelladas.
—Bueno, para empezar, vamos a conseguir un desayuno, porque esos croissants con fama de orgásmicos se han quedado en la mesa. Y después... después vamos a forjar un plan.
—¿Un plan para qué?
—Para recuperar a tu mafioso, obviamente.
—Dee, no es tan simple...
—¿No? Valerie, acabas de enfrentar a su ex y la has mandado a llorar a su BMW último modelo. Si puedes hacer eso, puedes hacer cualquier cosa.
—Fue él el que me dejó, Dee. Fue muy claro al respecto.
—Sí, bueno, también te dijo que era Aston Cavendish y en realidad es Aston Blackguard Cavendish. El hombre es un mentiroso profesional —bromeó Dee—. ¿Por qué creerle cuando dice que no te quiere?
Valerie se quedó en silencio mientras reflexionaba sobre aquellas palabras.
Quizá Dee tuviera razón.
Maldita fuera, quizá Dee tuviera razón.