La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 60 #2
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CAPÍTULO 60 #2

—¿Todo? —Dee se acercó a ella—. Val, lo vi contigo. La forma en que te miraba... eso no era mentira.

—¿Cómo lo sabes? —Valerie se giró hacia ella, y Dee pudo ver las lágrimas amenazando con caer—. ¿Cómo sé qué parte era real y qué parte era... mentira? ¿Qué formaba parte de algún plan retorcido de venganza?

Antes de que Dee pudiera responder, el teléfono de Valerie sonó. Era Ceci.

Valerie puso los ojos en blanco. Su hermana era incansable.

Descolgó.

—¡Valerie Scott! —La voz de Ceci podría haber roto cristales—. ¿Por qué no contestas mis mensajes?

—Ceci, acabo de despertar...

—¿Has visto las noticias?

—Las estoy viendo ahora.

—¿Aston es un Blackguard?

—Eso parece.

—¿Eso parece? ¡¿Eso parece?! Valerie, saliste con el heredero de la familia criminal más peligrosa de Norteamérica. ¿Y todo lo que tienes que decir es «Eso parece»?

—¿Qué quieres que diga, Ceci?

Hubo una pausa. Luego, con voz más suave Ceci preguntó:

—¿Estás bien?

—No —admitió Valerie—. No estoy bien. Estoy... no sé cómo estoy. Confundida. Enfadada. Dolida. Asustada, tal vez.

—En cuanto vuelva de la consulta con papá, voy para allá.

—Ceci, en serio, estoy bien —insistió Valerie—. Solo necesito... procesar esto.

—Val... —La voz de Ceci se volvió seria—. ¿Crees que él... crees que estabas en peligro? Con él, quiero decir.

La pregunta golpeó a Valerie como un puñetazo. ¿Había estado en peligro?

Pensó en Aston, en la forma en que la sostenía como si fuera lo más precioso del mundo. En cómo la miraba cuando pensaba que ella no se daba cuenta, con una mezcla de adoración y algo más oscuro, más triste.

—No —respondió finalmente—. Nunca me sentí en peligro con él. Ni por un segundo.

—Pero te mintió.

—Sí. Me mintió.

—¿Y ahora qué?

Valerie no tenía respuesta para eso.

Después de prometer llamar a Ceci más tarde y convencerla de que no necesitaba ir a su casa (lo cual tomó otros diez minutos y la promesa de comer juntas al día siguiente), Valerie volvió al sofá.

En la televisión, ahora mostraban una línea de tiempo de los crímenes de los Blackguard. Era impresionante por su alcance: décadas de corrupción, violencia, muerte.

—1987: Presunto asesinato del fiscal federal Marcus Webb —leyó el presentador—. 1993: Desaparición de la testigo protegida María Santos. 1998: Explosión en el restaurante Milano que mató a tres miembros de una familia rival...

—Dios —susurró Dee—. Es como Los Soprano, pero real.

—2001… —continuó el presentador, y Valerie sintió que se le helaba la sangre—: Asesinato de Laura Cavendish y su hija Sophie en lo que se creyó era un robo que salió mal...

La pantalla mostró dos fotos. Una mujer muy guapa de pelo oscuro y ojos azules y una niña de tal vez doce años con la misma sonrisa.

—Espera… —Dee se enderezó—. ¿Laura Cavendish?

Valerie no podía respirar. Laura Cavendish. Sophie Cavendish. La madre y la hermana de Aston.

Los Blackguard habían matado a la madre y a la hermana de Aston. No había sido un robo.

Su propia familia había matado a su madre y a su hermana.

—Oh, Dios mío —susurró, boquiabierta—. Oh, Dios mío, Dee.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Su familia paterna mató a su madre y a su hermana. —Valerie se cubrió la boca con la mano—. Los Blackguard mataron a su propia... Dee, él encontró muertas a su madre y a su hermana. Sophie tenía doce años como él, era su melliza, y vio...

Las piezas empezaban a encajar.

El dolor en los ojos de Aston cuando hablaba de su familia. Su obsesión con la protección, con mantenerla segura. La forma en que a veces la miraba como si fuera a desaparecer.

—Por eso —dijo Valerie, más para sí misma que para Dee—. Por eso me alejó. No era porque no me quisiera. Era porque...

—Porque no quería que terminaras como su madre y su hermana —completó Dee.

Valerie se levantó abruptamente.

—Necesito aire.

—Val...

—Solo... dame un minuto, ¿vale?

Salió al pequeño balcón de su apartamento. El aire frío de la mañana la golpeó como una bofetada. Manhattan se extendía ante ella, despertando lentamente a un sábado que para el resto del mundo era normal, pero que para ella había cambiado todo.

Aston era un Blackguard.

Aston había destruido a los Blackguard.

Aston había vengado a su madre y a su hermana.

Aston la había dejado para protegerla.

Aston, Aston, Aston.

Su mente era un torbellino de información contradictoria, emociones encontradas, preguntas sin respuesta.

Su teléfono vibró.

Otro WhatsApp de Ceci:

«Acabo de ver en Twitter que Aston fue quien proporcionó todas las pruebas a la policía. Val, él los destruyó. Destruyó a su propia familia por lo que le hicieron a su madre y a su hermana.»

Valerie miró el mensaje durante un rato.

Luego, antes de que pudiera detenerse, abrió el chat que había evitado durante semanas. Su conversación con Aston. El último mensaje seguía ahí, sin responder:

«Por favor, ¿podemos hablar?»

Lo había enviado hacía tres semanas. Tres semanas de silencio.

Sus dedos se movieron sobre el teclado, escribiendo y borrando una docena de mensajes:

«He visto las noticias.»

Borrar.

«¿Por qué no me lo dijiste?»

Borrar.

«Fue tu familia la que mató a tu madre y a tu hermana.»

Borrar.

«Sé por qué me alejaste.»

Borrar.

«Lo entiendo.»

Borrar.

«Te odio.»

Borrar.

«Te quiero.»

Borrar.

¡¡Mierda!!

—¿Val? —Dee asomó la cabeza por la puerta del balcón—. ¿Estás bien?

—No lo sé —admitió Valerie, guardando el teléfono—.

Ya no sé nada, Dee. El hombre del que me enamoré resulta ser el heredero de una familia criminal que mató a su propia madre y a su hermana.

Ha pasado años planeando su venganza. Me usó...

o tal vez no me usó. Me quiso... o tal vez no me quiso.

Me protegió... o tal vez me puso en peligro.

Ya no sé qué es verdad. Ni que no lo es.

—¿Sabes qué sí sé? —Dee se apoyó en la barandilla junto a ella—. Que necesitas desayunar. Un desayuno grasiento, poco saludable, con suficientes carbohidratos para matar a un caballo. Y mientras comemos, podemos procesar esta locura juntas.

—No tengo hambre —contestó Valerie.

—No importa. Vas a comer de todos modos. Es eso o llamo a Ceci.

—No te atreverías.

—Pruébame.

Valerie la miró. Dee sostuvo su mirada, desafiante.

—Está bien —suspiró Valerie, resignada—. Pero me visto primero. No voy a salir a la calle en pijama de unicornios.

—No sé, podrías crear tendencia. «Modelo Ex del Mafioso Chic». Muy 2025.

—Te odio.

—No, no me odias. Me amas. Soy la única persona que puede hacer chistes malísimos sobre la situación más surrealista de tu vida.

Mientras Valerie se dirigía a su habitación para cambiarse, echó un último vistazo a la televisión. Estaban mostrando imágenes de Aston de años atrás, en varias galas y eventos. En cada foto, se veía impecable, autoritario, poderoso.

Pero ahora, conociendo la verdad, podía ver lo que había pasado por alto antes: el dolor cuidadosamente oculto en sus ojos, la tensión en la mandíbula, la forma en que nunca sonreía completamente.

—No me lo puedo creer —musitó.

Pero la verdad era que sí podía. De alguna manera retorcida, todo tenía sentido en esos momentos. El rompecabezas que era Aston Cavendish finalmente mostraba la imagen completa.

La pregunta era: ¿qué iba a hacer con esa imagen?

No tenía respuesta. Todavía no.