La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

Aston estaba de pie frente al ventanal del salón, con una taza de café negro en la mano que se había enfriado hacía media hora.

No le importaba. Su atención estaba completamente capturada por la pantalla de televisión.

CNN: «IMPERIO CRIMINAL DESMANTELADO: La caída de la dinastía Blackguard»

NBC: «De América del Sur a América del Norte: El alcance global del crimen organizado»

ABC: «Políticos, jueces y empresarios: La red de corrupción al descubierto»

CBS: «70 años de crímenes: El archivo que destruyó un imperio»

—Mira eso —murmuró Lexe desde el sofá, señalando la pantalla de la CNN donde aparecía una foto de Gerald Blackguard siendo escoltado por agentes federales—. Tu abuelo. Ochenta y dos años y todavía intentó resistirse al arresto.

Aston observó la imagen sin pestañear.

Gerald Blackguard, el patriarca, el hombre que había ordenado el asesinato de su madre y su hermana, protestando mientras lo metían en un coche patrulla. Debería sentir algo. Satisfacción, tal vez. Alegría, incluso.

Pero no sentía nada.

—Ahí está Viktor —continuó Lexe cuando la imagen cambió—. Tu... ¿tío? El de Boston. Aparentemente tenía un búnker bajo su mansión con suficiente armamento para iniciar una guerra.

—Por qué será que no me extraña —dijo Aston.

En la pantalla de Fox News, aparecieron imágenes de Matthias Blackguard, otro de los hijos de Gerald, siendo arrestado en su yate en Mónaco.

El presentador narraba con evidente emoción: «Las autoridades francesas abordaron el yate de 100 millones de dólares esta madrugada, encontrando lo que describen como evidencias importantes de lavado de dinero y tráfico de armas.»

—Lo has conseguido —dijo Lexe. Su voz era una mezcla de admiración y algo más difícil de identificar—. Realmente lo has conseguido, Aston. Están acabados.

—Sí —respondió él, tomando un sorbo de su café frío.

—¿Sí? ¿Eso es todo? —Lexe se puso de pie, incrédulo—.

Aston, acabas de derribar una de las organizaciones criminales más poderosas de la historia moderna.

Tu venganza está completa. Los bastardos que mataron a tu madre y a tu hermana van a pudrirse en prisión.

¿Y todo lo que tienes que decir es «sí»?

Aston se giró hacia él, y Lexe retrocedió un paso al ver la completa desolación en sus ojos.

—¿Qué quieres que diga, Lexe? ¿Que estoy feliz? ¿Que finalmente puedo dormir en paz? —dejó la taza sobre la mesa—. Mi madre sigue muerta. Mi hermana sigue muerta. Y Valerie...

No terminó la frase. No hacía falta.

—Valerie está viva —dijo Lexe—. Y está aquí, en Nueva York. A treinta minutos en coche.

—A un universo de distancia —corrigió Aston con amargura—. La destruí, Lexe. Por esto —gesticuló hacia la pantalla—. Por esta maldita venganza que ni siquiera me hace sentir mejor.

—Hiciste lo que tenías que hacer.

—¿En serio? —Aston rio sin humor—. ¿Tenía que romperle el corazón? ¿Tenía que mirarla a los ojos y decirle que no la quería, cuando era la única verdad real en mi vida de mentiras?

Antes de que Lexe pudiera responder, la presentadora de la NBC dijo algo que provocó una mueca en Aston:

«Y en un giro sorprendente, fuentes dentro de la investigación confirman que la información que llevó a estas redadas masivas vino de dentro de la propia familia Blackguard.

Específicamente, de Aston Cavendish, el CEO del imperio Cavendish Industries, quien, según hemos podido confirmar, es el hijo ilegítimo de Edgar Blackguard... »

—Mierda —susurró Lexe.

La foto de Aston apareció en pantalla. Una foto profesional de alguna gala benéfica a la que había acudido hacía algún tiempo.

—Bueno —dijo Lexe, trascurridos unos segundos—. El secreto ha salido a la luz.

A Aston, por supuesto, ya le daba igual.

Al otro lado de Nueva York

Apartamento de Valerie, 7:33 de la mañana.

Valerie estaba teniendo un sueño extraño sobre pingüinos que bailaban salsa cuando un sonido infernal la arrancó del sueño. El timbre de su apartamento sonaba como si alguien estuviera intentando invocar al mismísimo Satanás a través de él.

—¡Dios santo! —gruñó, rodando fuera de la cama y casi cayéndose cuando sus pies se enredaron en las sábanas—. ¡Ya voy! ¡Deja de tocar así o llamaré a la policía!

El timbre siguió sonando con la insistencia de un mosquito borracho de Red Bull.

Valerie se arrastró hasta la puerta, sin molestarse en ponerse una bata sobre su pijama de unicornios (un regalo de broma de su padre que secretamente amaba), y miró por la mirilla.

Dee estaba al otro lado, presionando el timbre con una mano mientras sostenía dos cafés de Starbucks en la otra, haciendo malabarismos que desafiaban las leyes de la física.

—Dee, por el amor de... —Valerie abrió la puerta—. ¿Sabes qué hora es? ¿Has oído hablar del concepto de sábado por la mañana? ¿Dormir hasta tarde? ¿Respetar el sueño ajeno?

—¡Val! ¡Gracias a Dios! —Dee prácticamente la atropelló entrando al apartamento—. Pensé que estarías muerta o algo así. ¿Por qué no contestas al teléfono?

—Porque son las siete y media de la mañana de un sábado —respondió Valerie, cerrando la puerta—. La gente normal duerme. Es un concepto revolucionario, lo sé.

—¿Duermes con un pijama de unicornios? —Dee la miró de arriba abajo—. Vale, eso es adorable y patético a partes iguales.

—Es cómodo —se defendió Valerie, aceptando el café que Dee le tendía—. Y no has venido aquí a las siete y media de la mañana para criticar mi ropa de dormir. ¿Qué pasa?

—Pon la tele.

—Dee...

—Val, en serio. Pon. La. Maldita. Tele. Ahora.

Algo en el tono de Dee hizo que Valerie obedeciera. Encendió el televisor y...

El vaso de café casi se le cayó de las manos.

La cara de Aston estaba en la pantalla.

Su Aston.

No, ya no era su Aston. Pero ahí estaba, en la CNN, con un titular que no tenía sentido: «ASTON CAVENDISH: El heredero bastardo que destruyó un imperio criminal»

—¿Qué...? —Valerie se dejó caer en el sofá. De repente, las piernas se le quedaron sin fuerza.

—Espera, se pone mejor —dijo Dee, sentándose a su lado—. O peor. Dependiendo de cómo lo mires.

La presentadora continuaba hablando: «...

confirmado que Aston Cavendish, dueño de Cavendish Industries, es en realidad el hijo ilegítimo de Edgar Blackguard, quien murió hace una semana en circunstancias misteriosas en Argentina.

Cavendish proporcionó a las autoridades evidencias cruciales que han llevado al desmantelamiento completo de la red criminal Blackguard... »

—¿Aston es un Blackguard? —Valerie no podía procesar lo que estaba escuchando—. ¿Un Blackguard? ¿De los Blackguard de Nueva York? Todo el mundo sabemos la fama que tiene esa familia.

—Eso parece. —Dee tomó un sorbo de su café—. Aunque técnicamente es un Blackguard bastardo, lo cual suena como el nombre de una banda de death metal muy mala.

—Dee, esto no es gracioso.

—Un poco sí lo es. Quiero decir, saliste con el heredero secreto de la mafia neoyorkina. Eso es muy película de Scorsese.

—¡Dee!

—¿Qué? Estoy procesando todo esto con humor. Es mi mecanismo de defensa y lo sabes.

El teléfono de Valerie empezó a vibrar una y otra vez sobre la mesa auxiliar. Lo cogió para ver aproximadamente setenta y tres mensajes de WhatsApp de Ceci, todos en mayúsculas:

« ¿HAS VISTO LAS NOTICIAS?»

«¡¿ASTON ES UN BLACKGUARD?!»

«VAL, CONTESTA»

«VALERIE SCOTT CONTESTA EL PUTO TELÉFONO»

«VOY PARA ALLÁ»

«NO, ESPERA, TENGO QUE ACOMPAÑAR A PAPÁ AL MÉDICO»

«PERO DESPUÉS VOY»

«¿ESTÁS BIEN?»

«OBVIAMENTE NO ESTÁS BIEN»

«¿POR QUÉ NO CONTESTAS?»

«ESTÁS VIENDO LAS NOTICIAS ¿VERDAD?»

«DIOS MÍO, SALISTE CON UN MAFIOSO»

«UN MAFIOSO QUE ESTÁ BUENÍSIMO PERO MAFIOSO, AL FIN Y AL CABO»

«A PAPÁ LE ESTÁ DANDO UN INFARTO»

«LITERALMENTE»

«NO, ESPERA, FIGURATIVAMENTE (YA NO SÉ NI LO QUE ESCRIBO)»

«PERO CASI LITERALMENTE»

Valerie dejó el teléfono, resoplando. No podía lidiar con Ceci ahora mismo. Y menos teniéndola en Nueva York, donde estaba pasando el fin de semana.

En la televisión, en ese momento mostraban fotos de los Blackguard siendo arrestados. Hombres mayores, de trajes caros, siendo esposados. Mansiones siendo registradas. Cajas con pruebas cargadas en camiones del FBI.

—Los Blackguard… —murmuró Valerie—. Dios, Dee, ¿recuerdas todas las historias que escuchábamos sobre ellos cuando éramos niñas?

—Claro. —Dee se acomodó en el sofá—. Mi abuela juraba que los Blackguard fueron quienes mataron a ese fiscal en los noventa. El que iba a presentar cargos contra ellos por tráfico de drogas.

—Mi padre decía que controlaban la mitad de los muelles de Nueva York en los ochenta —añadió Valerie—. Que nadie movía nada sin su permiso.

—Y aparentemente te acostaste con su heredero secreto. —Dee no pudo evitar añadir—. Técnicamente, eso te convierte en... ¿qué? ¿La novia de la mafia? ¿La amante del capo? Necesitamos un término mejor.

—Exnovia —corrigió Valerie automáticamente, aunque la palabra dolía—. Y yo no sabía... Dios, no sabía nada. Además, Aston no es un mafioso, es quien los ha desenmascarado.

—Nadie lo sabía, según parece. —Dee señaló la pantalla, donde un experto en crimen organizado admitía su sorpresa—. Mira, hasta este tipo que escribió un libro sobre los Blackguard no tenía ni idea de que había hijos bastardos por ahí.

Valerie se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. El café ya estaba olvidado en la mesa.

—Todo este tiempo... todo este maldito tiempo, él sabía quién era. Sabía quién era su familia. Y nunca me dijo nada.

—Bueno, para ser justos, «Hola, soy el hijo bastardo de una familia de mafiosos, ¿quieres cenar conmigo?» no es exactamente una buena manera de romper el hielo —comentó Dee.

—No es gracioso, Dee —dijo Valerie.

—Lo sé, lo sé. Es solo que... Val, mírate. Estás vestida con un pijama de unicornios, acabas de descubrir que tu ex es básicamente Michael Corleone, y todo esto es tan surrealista que mi cerebro solo puede procesarlo con humor… a veces un poco negro.

Valerie se detuvo frente a la ventana, mirando hacia el skyline de Manhattan.

—No me lo puedo creer —dijo—. No puedo creer que todo fuera mentira.