La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

El ático de Aston parecía un centro de operaciones del FBI. Y técnicamente, en las últimas setenta y dos horas, lo había sido.

Montones de documentos clasificados cubrían cada superficie disponible de la mesa de cristal del salón.

Ordenadores portátiles, discos duros externos, carpetas marcadas con etiquetas rojas de «CONFIDENCIAL» se apilaban en un caos organizado que habría provocado un infarto a cualquier asistente personal.

Menos a Valerie.

«Valerie habría sabido exactamente dónde poner cada cosa», pensó Aston, y luego apartó el pensamiento de su cabeza.

El pen drive plateado descansaba en el centro de todo, pequeño e insignificante, para contener la destrucción de un imperio criminal que había operado durante más de setenta años.

Edgar Blackguard, que había sido envenenado con talio («qué forma tan cobarde de matar», pensó Aston con desprecio), había sido meticuloso. Obsesivo, incluso.

—Joder, tu padre era un hijo de puta paranoico —murmuró Lexe desde el sofá, donde revisaba por enésima vez los archivos financieros—. Pero gracias a Dios por ello. Tiene registros de cada transacción, cada soborno, cada... —se detuvo, palideciendo—. Aston, ¿has visto esto?

Aston se acercó, ignorando el dolor en su espalda por las horas encorvado sobre los documentos. Lexe señalaba una serie de fotografías digitalizadas. Eran antiguas, de los años noventa.

—Es el alcalde de Chicago —dijo Lexe en voz baja—. Y ese es el jefe de policía de Washington. Y ese...

—Es el subsecretario del Ministerio del Interior—completó Aston, sintiendo cómo la bilis subía por su garganta—. Todos en la nómina de los Blackguard. Todos comprados.

El alcance era mayor de lo que habían imaginado. No era solo una familia criminal; era un cáncer que había hecho metástasis en cada institución importante de Estados Unidos.

—Esto va a ser una bomba nuclear —dijo Lexe, pasándose una mano por el pelo—. Cuando esto salga a la luz...

—Cuando esto salga a la luz, el imperio Blackguard se reducirá a cenizas —interrumpió Aston con voz gélida—. Cada uno de ellos pagará por fin por lo que ha hecho.

El teléfono seguro que les había proporcionado el FBI, para evitar posibles pinchazos, sonó. Aston lo cogió al primer tono.

—Señor Cavendish… —La voz del Agente Especial Morrison era tensa—. Necesitamos que venga a nuestra oficina. Ahora. Traiga todo.

—¿Qué ha pasado?

—Han movido ficha. Interceptamos algunas comunicaciones. Saben que algo está pasando. Si vamos a actuar, tiene que ser ya.

Aston miró a Lexe, que ya estaba guardando los documentos en maletines blindados.

—Estaremos allí en veinte minutos.

—Que sean diez —dijo Morrison antes de colgar.

Las oficinas del FBI en Nueva York se encontraban en un edificio sin pretensiones en Federal Plaza por el que la mayoría de la gente pasaba sin mirar dos veces. Perfecto para su propósito.

Aston y Lexe fueron escoltados directamente a una sala de conferencias sin ventanas donde los esperaba, no solo Morrison, sino representantes de la DEA, ATF, y sorprendentemente, de la Interpol.

—Caballeros… —Morrison no perdió tiempo en formalidades—. La situación ha escalado. Los Blackguard han activado protocolos de emergencia. Están moviendo dinero, destruyendo evidencias. Si no actuamos en las próximas veinticuatro horas, perderemos nuestra ventana.

Una mujer pelirroja de la Interpol se inclinó hacia adelante.

—¿Qué tiene exactamente, señor Cavendish?

Aston colocó el pen drive sobre la mesa como si fuera una granada sin seguro.

—Todo —dijo simplemente—. Setenta años de operaciones criminales.

Asesinatos, incluyendo... —tragó saliva—, incluyendo el de mi madre y mi hermana.

Tráfico de armas con grupos terroristas.

Lavado de dinero a través de diecisiete bancos en nueve países.

Extorsión de políticos, de jueces, de jefes de policía.

Tráfico de personas desde América Latina.

Laboratorios de drogas sintéticas en Venezuela y Colombia.

El silencio en la sala era ensordecedor.

—También tengo nombres —continuó Aston. Su voz ganó fuerza—. Cada político corrupto, cada policía comprado, cada juez en su nómina. Grabaciones de conversaciones. Fotografías. Transferencias bancarias. Contratos con sicarios.

—Madre de Dios —susurró alguien de la DEA.

Morrison tomó el pen drive con la reverencia de quien maneja materiales sagrados.

—¿Está verificado?

—Mi padre pasó veinte años recopilándolo —respondió Aston—. Sabía que algún día lo matarían. Esto era su seguro. Su... legado.

«Su patética forma de intentar redimirse», pensó, pero no lo dijo.

—Necesitaremos tiempo para verificar...

—No tenemos tiempo —interrumpió Aston, golpeando la mesa con la palma—. Cada hora que pasa, destruyen más evidencias, mueven más dinero, sobornan a más personas. Y... —se detuvo, pensando en Valerie, sola y vulnerable—, y tienen recursos para vengarse de cualquiera que consideren una amenaza.

La mujer de la Interpol lo estudió con ojos afilados.

—¿Hay alguien específico que le preocupe, señor Cavendish?

—No —mintió Aston con una facilidad que lo asustó—. Pero conozco cómo operan. Son capaces de cualquier cosa.

Morrison intercambió miradas con sus colegas.

—Está bien. La operación Blackout está en marcha. Coordinaremos redadas simultáneas en… —consultó su tablet—… diecisiete ubicaciones en seis Estados. Será la operación más grande contra el crimen organizado en la historia estadounidense.

—¿Cuándo? —preguntó Lexe.

—Mañana al amanecer. 05:00 horas, hora de Nueva York. Simultáneamente en todas las zonas horarias locales.

Aston sintió algo parecido a satisfacción correr por sus venas. Pero no era suficiente. No era ni cerca suficiente.

—Quiero estar ahí —dijo.

—Absolutamente no —respondió Morrison—. Es demasiado peligroso.

—Es mi vida la que destrozaron. Mi familia la que asesinaron. Tengo derecho...

—Tiene derecho a mantenerse vivo —interrumpió la mujer de la Interpol—. Los Blackguard no dudarán en matarlo si tienen la oportunidad. Especialmente cuando sepan que usted es la fuente.

—Ya lo saben —dijo Aston con amargura—. ¿Quién más podría ser? El hijo bastardo de Edgar Blackguard buscando venganza.

—Razón de más para mantenerlo seguro —dijo Morrison con firmeza—. Le proporcionaremos protección las veinticuatro horas.

—No la necesito, tengo guardaespaldas.

—No es negociable.

De vuelta en el ático, Aston se sirvió finalmente un whisky. Y otro. Y otro más.

—Estás yendo muy rápido —le advirtió Lexe desde el sofá—. Deberías tomártelo con calma. Planificar mejor.

—¿Con calma? —Aston se giró hacia él. Los ojos le brillaban con una mezcla de furia y desesperación—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando esto? ¿Cuántos años planeando mi venganza?

—Lo sé, pero...

—Cada día sin ella es un infierno. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Lexe lo miró con algo parecido a compasión.

—Valerie. —No era una pregunta.

Aston se dejó caer en el sillón, con el vaso de whisky en la mano.

—La echo de menos tanto que duele físicamente —admitió. Su voz era apenas un susurro—. Cada mañana me despierto y durante un segundo olvido que no está. Y entonces lo recuerdo y es como... es como perderla de nuevo.

—¿Por qué no hablas con ella? Explícale...

—¿Explicarle qué? —Aston rio con amargura—. ¿Que la dejé para protegerla de mi familia psicópata? ¿Que le rompí el corazón porque era más fácil que decirle la verdad? ¿Que soy el hijo bastardo de una familia de criminales que asesinó a mi madre y a mi hermana?

—Explicarle que la amas —dijo Lexe simplemente.

Aston cerró los ojos.

—Ya es tarde para eso.

—¿Y si la matan para vengarse? —Lexe soltó la pregunta como quien suelta una bomba—. Cuando todo esto explote, cuando los Blackguard sepan que fuiste tú... Valerie será un objetivo.

Aston se puso de pie tan rápido que el whisky se derramó sobre la alfombra persa de diez mil dólares. No le importó.

—Ella ya no está en mi vida —dijo. Su voz se volvió peligrosamente baja—. No tienen razón para ir tras ella.

—Aston...

—Pero si lo intentan, los destruiré antes siquiera de que cojan aire, a cada uno de ellos —continuó, y había algo salvaje en sus ojos que hizo que Lexe se echara hacia atrás—.

No voy a dejar que le toquen un pelo. Quemaré la ciudad entera, si hace falta.

Pero no voy a permitir que a Valerie le hagan nada.

—Los guardaespaldas que contrataste...

—No son suficientes. —Aston ya estaba sacando su teléfono—. Duplica el equipo. No, triplícalo. Quiero cada entrada y salida de su edificio vigilada. Quiero saber quién es cada persona que se acerca a menos de cincuenta metros de ella.

—Aston, si haces eso, ella se dará cuenta...

—No me importa. —Y era verdad. Su orgullo, su necesidad de mantener las distancias, todo palidecía ante la posibilidad de que Valerie estuviera en peligro—. Que se dé cuenta. Que me odie más si quiere. Pero va a estar protegida, segura.

Lexe asintió, sacando su propio teléfono para hacer las llamadas necesarias.

—Haré lo que sea necesario para que esté a salvo.

El recuerdo de Valerie llorando contra la ventana aquella noche golpeó a Aston como un puñetazo en el estómago. Había sido él quien había puesto esas lágrimas ahí. Él quien había apagado su luz.

Las siguientes horas fueron frenéticas. Teléfonos sonando, mensajes encriptados, actualizaciones constantes del FBI y de la Interpol.

Los Blackguard estaban acorralados, sin escapatoria posible.

Por fin.

Cada actualización era una pequeña victoria, pero Aston apenas las registraba.

Su mente estaba a kilómetros de distancia, en un modesto apartamento en Nueva York, con una chica de pelo castaño y ojos de color avellana que probablemente estaría cenando sola, leyendo un libro, existiendo en un mundo que él ya no compartía.

—Aston… —Lexe le devolvió a la realidad—. El equipo auxiliar está en posición. Valerie está segura.

—Bien.

—También... —Lexe dudó—. Uno de los guardaespaldas informa que no ha salido de casa en dos días.

El corazón de Aston se contrajo.

—Joder —masculló.

Y muy a su pesar, no podía hacer nada.

A las 3:47 de la madrugada, el teléfono que le había proporcionado el FBI sonó de nuevo.

—Estamos en posición. —La voz de Morrison era tensa pero excitada—. En setenta y tres minutos, dará comienzo la operación Blackout.

—Entendido.

—Señor Cavendish... quiero que sepa que, sin usted, sin la información de su padre, esto no habría sido posible. Está haciendo justicia para su madre y su hermana.

Aston no respondió.

Justicia era una palabra demasiado limpia, demasiado noble para lo que era aquello. Aquello era venganza, pura y simple. Y ni siquiera eso lo hacía sentir mejor.

Colgó y se sirvió otro whisky. Lexe lo miraba con preocupación.

—Deberías dormir algo.

—¿Dormir? ¿Ahora? —Aston rio sin humor—. En una hora, todo por lo que he trabajado, todo lo que he planeado durante años, finalmente sucederá. ¿Y me sugieres que duerma?

—Sugiero que no te destruyas en el proceso.

Aston lo miró fijamente.

—Ya estoy destruido, Lexe. Lo estuve en el momento en el que mataron a mi madre y a mi hermana, y en el momento en que dejé ir a Valerie.