CAPÍTULO 58
Cuando Aston vio a Lexe apoyado en uno de los coches de su flota, se sentía impaciente.
Su pasado, su padre, todo lo estaba alcanzando. La posibilidad de ver a su progenitor le había provocado una punzada de algo primitivo. ¿Enfado? ¿Asco? No estaba seguro.
Su padre había sido un cobarde, un hombre que había preferido su riqueza a su sangre, a sus hijos. Y no le había importado que la muerte de su madre y su hermana hubieran destruido su infancia, su vida.
No merecía nada.
Pero ahora que había aparecido, no podía ignorar la sensación que le corroía por dentro.
Su familia, su padre, iban a por él. Y les haría pagar por todo lo que habían hecho.
Nadie tocaría a su padre. No hasta que se vengara.
Cuando Lexe vio a Aston, se enderezó.
—Aston —su voz era baja, cuidadosa—. Tengo noticias.
—Continúa —dijo él.
—Tu padre quiere reunirse contigo.
Las palabras flotaron en el aire y Aston se quedó paralizado. Durante unos segundos, todo dentro de él se quedó inmóvil. Edgar Blackguard, el hombre que los había abandonado, el hombre que había dado la espalda a su madre, ¿quería conocerle? ¿Ahora?
La idea era casi ridícula.
—¿Habla en serio? —preguntó. Su voz salió aguda.
Lexe vaciló y luego dijo algo que hizo que se le helara la sangre.
—Está mal, Aston. Físicamente… mentalmente. Está escondido, pero dice que necesita hablar contigo. Dice que quiere hacer bien las cosas.
Las palabras golpearon a Aston como un puñetazo en el estómago, pero mantuvo la voz firme.
—¿Has hablado con él?
—Sí.
—¿Qué ha dicho exactamente? —quiso saber Aston.
—Él… él me ha contado todo. Sobre tu madre. Sobre la familia Blackguard. Dice que te debe una explicación. Cerrar el círculo, Aston. Le dije que lo merecías —respondió Lexe, consciente de lo que podía estar sintiendo Aston.
Cerrar el círculo.
Aston no sabía qué hacer con eso. ¿Quería cerrar el círculo?
Después de todos los años de odio y traición, ¿podría dejarlo pasar?
¿Podría alguna vez perdonarlo por lo que había hecho?
Pero la voz de Lexe estaba llena de sinceridad.
Y él siempre había sido un amigo para Aston y nunca lo había decepcionado.
—Iré —dijo, después de una larga pausa.
No estaba seguro de si era la decisión correcta, pero algo dentro de él le decía que tenía que hacerlo. Necesitaba verlo.
—¿Dónde está?
—Tal y como averiguamos, está en Argentina, escondido en la casa de un amigo —respondió Lexe—, aunque ahora está en un hospital. Está solo. Y... creo que está asustado, Aston.
Asustado.
La palabra golpeó a Aston como una tonelada de ladrillos.
¿Edgar Blackguard, el hombre que los había abandonado a su suerte a su hermana, a él, y a mi madre estaba asustado?
No sabía qué sentir. Pero sí sabía una cosa: si él quería conocerle, si pensaba que podía regresar a mi vida como si nada hubiera pasado, o hacer una especie de alianza con él, estaba equivocado. Muy equivocado.
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó a Lexe, sabiendo que él, como siempre, se habría adelantado a sus pensamientos y tendría todo dispuesto.
—En una hora, si quieres. Está todo listo, incluido el jet —dijo Lexe.
Un músculo se movió en la mandíbula de Aston.
—No perdamos tiempo, entonces —dijo.
Primero, para no levantar sospechas entre los Blackguard, se dirigieron a Chile, con la excusa de visitar las minas que la empresa de Aston tenía allí, después cruzaron la frontera en coche hasta la Patagonia argentina.
Ambos lugares, las minas y el hospital donde se encontraba Edgar Blackguard y donde se había escondido hasta ese momento, estaban a unos pocos kilómetros de distancia. Toda precaución era poca.
—¿Listo? —le preguntó Lexe.
Aston podía sentir cómo su corazón se aceleraba, con una mezcla de ira y anticipación.
Había un fuego en su interior, que ardía más cuanto más me acercaba.
El camino que se extendía frente a él era como el final de una autopista, y lo único en lo que podía pensar era en el enfrentamiento que se avecinaba.
Era como si el mismísimo infierno estuviera detrás de él y no pudiera escapar lo suficientemente rápido.
—Sí —dijo.
Cuando finalmente llegaron a las puertas del hospital, no dudó. Lexe se quedó en el coche que habían alquilado y Aston entró con una furia contenida. El hospital era grande y parecía estar bien equipado.
Caminó por los largos pasillos hasta que encontró la habitación.
Entró.
Las paredes eran grises y había un persistente olor a antiséptico. Aston tuvo la sensación de que estaba en una tumba.
Al fondo pudo ver la silueta de alguien. Una figura encorvada, frágil, lo estaba esperando.
Edgar Blackguard estaba sentado en un rincón de la estancia, en semipenumbra, como una sombra del hombre que alguna vez fue. Su rostro estaba demacrado, pálido, sus ojos hundidos. Parecía... roto.
Durante unos segundos, Aston se quedó ahí, mirándolo.
Tenía delante al hombre que lo había abandonado. El hombre que había abandonado también a su madre y a su hermana. El hombre cuyo legado le perseguía, cuyo apellido cargaba con el peso de mil pecados.
Un apellido que había construido un imperio sobre las espaldas de los débiles y los había destrozado, y a él le había dejado pudrirse en la cuneta.
Aston no habló mientras caminaba hacia su cama, con las manos apretadas en puños.
Su padre lo miró, frágil, con los ojos hundidos y apagados. Su respiración era superficial y trabajosa. Jadeó mientras intentaba enderezarse. Las manos le temblaban en los reposabrazos.
Aston no sabía lo que iba a encontrarse, pero desde luego no era aquello.
Aquel no era el hombre que los había dejado a un lado. Aquel no era el bastardo frío y calculador cuya familia había enviado a unos sicarios a matar a su madre y a su hermana.
Y por primera vez en su vida, Aston no estaba seguro de qué hacer.
Todo estaba inquietantemente tranquilo, embebido en el tipo de silencio que pesa mucho sobre un hombre.
—Aston —dijo Edgar con voz áspera, apenas un susurro—. Te pareces mucho a tu madre.
Aston apretó la mandíbula. El corazón le latía en el pecho como un tambor.
—Tu madre… Tu madre era preciosa —continuó Edgar, con los ojos nublados por algo parecido al arrepentimiento—.
La amaba, Aston. La amaba a mi manera… pero era un cobarde.
No podía luchar por ella... por ti, por tu hermana.
No tenía fuerzas ni los medios suficientes para hacerlo.
Probablemente te estés preguntando cómo descubrí que estaba embarazada.
Tu madre me envió una carta después de que la echaran de la mansión cuando me fui de viaje por trabajo.
Aston podía sentir sus manos temblar. Aquella era, desafortunadamente, la confesión de un hombre que sabía que se le acababa el tiempo y que en sus últimos momentos finalmente iba a mostrar las grietas de su fachada perfecta y despiadada.
No podía mirarlo. No como era ahora. No en el estado en el que estaba. Había sido un tirano, un hombre que había puesto su apellido en primer lugar: su familia, su riqueza, su poder, todo excepto lo que realmente importaba.
—Deberías haber peleado —dijo, con la voz espesa por todos los años de rabia reprimida—. Deberías haber luchado por ella. Por mi hermana. Por mí. En cambio, elegiste tu preciado legado, tu apellido por encima de todo lo demás. Dejaste que tu familia os separara. Nos abandonaste a los tres.
Edgar hizo una mueca, como si sus palabras lo hubieran golpeado. Pero no se defendió. Solo cerró los ojos y respiró profundamente antes de mirar a Aston una vez más.
—No sabía cómo hacerlo —dijo con voz débil, quebrada—. El apellido Blackguard… es una maldición, Aston. Es veneno. La gente de esta familia está enferma. —Cogió una bocanada de aire—. Nunca me volví a casar. Nunca tuve más hijos. No pude. Siempre temí que le hicieran algo a ella… a vosotros.
Aston sintió que algo en su interior se rompía, el peso de sus palabras chocando contra él como una fuerte ola.
Su padre lo sabía.
Su padre siempre lo había sabido.
Y, sin embargo, no había hecho nada. Había permitido que las mataran.
Pero Edgar no había terminado.
Con manos temblorosas, sacó algo de debajo de la almohada. Un sobre pequeño, amarilleado por el tiempo, y desgastado. Se lo entregó a Aston con un apretón trémulo, mientras sus ojos se encontraban con los suyos por última vez.
—Aston… todo lo que tengo, todo por lo que he trabajado, es todo mentira.
Sabían lo que estaba tratando de hacer. Sabían lo que estaba planeando y han intentado matarme.
Me han envenenado. Lenta y silenciosamente.
Con talio —explicó Edgar, y Aston lo miró con horror.
¿Hasta ese punto llegaban los Blackguard?
—. No se detendrán ante nada para proteger su imperio. Ante nada —enfatizó.
Aston miró el sobre y sintió su peso en las manos. Edgar continuó con la respiración entrecortada.
—Destrúyelos, Aston. No tengo derecho a pedírtelo, lo sé, pero, por favor, destrózalos a todos.
Expón lo que son. El imperio Blackguard...
está construido sobre sangre. Sobre mentiras.
Sobre muerte. Sobre mil delitos. Toda la información está ahí.
He recopilado esto durante años. Lo que hay ahí los hundirá. Los destruirá. Para siempre.
El corazón de Aston latía con fuerza. La ira que había ardido dentro de él desde que entró en aquella habitación todavía estaba ahí, caliente y furiosa, pero luchó para no sentir ninguna pizca de emoción por el bastardo que tenía delante.
Que estuviera al borde de la muerte no le hacía bueno, no borraba todo lo que había hecho.
—Lo he dejado todo atado. Nunca sabrán qué los golpeó —susurró Edgar, con los ojos vidriosos—. Es la manera que tengo para expiar lo que hice. Es lo único que puedo hacer. Porque soy consciente de que ni siquiera soy merecedor de tu perdón.
Y entonces, como si el peso de todo fuera demasiado para él, Edgar Blackguard exhaló su último suspiro. Un jadeo, un escalofrío y luego nada. Se había ido.
Aston se quedó allí en silencio, con el eco de sus palabras flotando en el aire.
Toda la ira, toda la amargura que había guardado dentro de él durante tanto tiempo, no llegó a ninguna parte. Simplemente… hervía a fuego lento. Aunque no tuviera nada más que decir.
La voz de Lexe rompió el silencio, sacándole de sus pensamientos.
—Tienes lo que necesitas, Aston—. Asegurémonos de que los Blackguard paguen por lo que te hicieron.
Pero Aston no podía moverse, todavía no.
Edgar se había ido. Y lo último que le había dado era un arma. Un arma letal con la capacidad de destrozar todo lo que había construido su familia durante décadas.
Bajó la vista y miró el sobre que tenía en la mano.
Los Blackguard estaban a punto de afrontar su ajuste de cuentas.