La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

El Lexus LC negro permanecía aparcado en la sombra del edificio de enfrente, casi invisible en el anochecer neoyorkino. Desde su posición, Aston tenía una vista perfecta del portal del edificio de Valerie, aunque había elegido cuidadosamente el ángulo para que ella no pudiera verlo.

Llevaba allí casi una hora, con el motor apagado y las manos apretando el volante como si fuera lo único que lo mantuviera anclado a la realidad.

Era patético. Lo sabía.

Aston Cavendish, dueño de un imperio empresarial, reducido a acechar a una chica como un adolescente obsesionado.

Pero no podía evitarlo. Necesitaba verla, asegurarse de que estaba bien, de que los guardaespaldas que le había puesto Lexe (sin que ella lo supiera, por supuesto) estaban haciendo su trabajo.

Alfred estaba en el café de la esquina, fingiendo leer el periódico y Anne paseaba al perro más ridículo que Aston había visto en su vida, un Pomerania que parecía más una mopa con patas que un animal real, pero que le daba la excusa perfecta para rondar por el barrio sin levantar sospechas.

Un movimiento al final de la calle captó su atención. Era ella.

El corazón de Aston se detuvo durante un segundo antes de empezar a latir de nuevo contra sus costillas.

Valerie caminaba despacio, cargando dos bolsas de la compra que parecían pesar más de lo que deberían. O tal vez era ella la que parecía más frágil.

«Dios.»

Había adelgazado. Incluso desde la distancia podía notarlo.

Los vaqueros que antes le quedaban perfectos ahora colgaban ligeramente de sus caderas, y el abrigo parecía tragarla.

Su precioso rostro, ese rostro que había besado cientos de veces, estaba demacrado.

Las ojeras bajo sus ojos eran visibles incluso en la penumbra.

Manchas oscuras que hablaban de noches sin dormir.

Pero lo peor era su expresión. Valerie siempre había tenido esa luz especial, esa chispa que iluminaba todo a su alrededor. Ahora caminaba con la cabeza gacha, los hombros encorvados, como si el peso del mundo (o el peso de su traición) la aplastara.

«Yo hice esto —pensó Aston, sintiendo cómo algo se rompía dentro de su pecho—. Yo la destruí.»

Una de las bolsas se resbaló de su mano cuando llegó al portal, y varios productos rodaron por la acera. Aston tuvo que apretar los puños para no salir corriendo del coche a ayudarla.

Observó cómo se agachaba lentamente, recogiendo un cartón de leche, un paquete de galletas, y un tarro de algo que no pudo identificar desde la distancia.

Anne, la guardaespaldas con el Pomerania, se acercó casualmente.

—¿Necesita ayuda? —Aston no podía oír la conversación, pero podía leer los labios de Anne.

—No, gracias, estoy bien —respondió Valerie con la educación que la caracterizaba, incluso cuando claramente no estaba bien.

Anne insistió un poco más, ayudándola a recoger los últimos objetos antes de continuar su fingido paseo. Bien. Al menos estaba haciendo su trabajo, creando contacto visual, evaluando el estado de Valerie de cerca.

Aston vio cómo Valerie introducía la llave en la puerta y entraba arrastrando los pies. A través de las ventanas del edificio, pudo seguir su silueta hasta el ascensor. La luz de su apartamento se encendió unos minutos después.

Se permitió imaginar, solo durante un momento, cómo sería estar allí con ella.

Ayudarla con las bolsas, guardar la compra juntos mientras Valerie le contaba mil y una anécdotas.

Preparar la cena mientras discutían sobre qué película ver después.

Esas pequeñas cosas sencillas que había despreciado toda su vida y que ahora se le antojaban como el paraíso perdido.

Pero el paraíso no era para hombres como él.

Hombres marcados.

Hombres con mochilas en la espalda.

Hombres cuyos enemigos no dudarían en destruir todo lo que amaba solo para conseguir sus objetivos.

Los Blackguard no eran una familia cualquiera. Eran un cáncer que se había extendido por todo Estados Unidos, con tentáculos que llegaban hasta Canadá, Europa… Tráfico de armas, sobornos, extorsiones... no había línea que no cruzaran.

Finalmente habían descubierto que él era el nieto bastardo y tenían a Valerie en la mira.

Así que no había tenido opción. O eso se repetía constantemente.

«Cobarde —susurró una voz en su cabeza que sonaba sospechosamente como la de Valerie—. Podrías haberle dicho la verdad. Podrías haber confiado en ella.»

Pero ¿cómo decirle «te quiero tanto que tengo que destruirte para salvarte»?

¿Cómo explicarle que cada palabra cruel que le había dicho había sido como clavarse cuchillos en su propia carne?

¿Cómo admitir que la noche después de romper con ella había destrozado medio ático y había bebido hasta perder el conocimiento?

Un movimiento en la ventana del quinto piso captó su atención.

Valerie apareció brevemente. Su silueta estaba contra la luz cálida del interior.

Se encontraba mirando hacia la calle, y durante un instante de pánico, Aston pensó que lo había visto.

Pero no, sus ojos parecían perdidos, mirando sin ver realmente.

Luego hizo algo que lo destrozó completamente: apoyó la frente contra el cristal y sus hombros empezaron a temblar. Estaba llorando.

«Puta mierda.»

Aston golpeó el volante con fuerza, el dolor en sus nudillos no era nada comparado con el dolor en su pecho. Cada lágrima de Valerie era como ácido en su alma. Él había causado aquello. Él, que había jurado protegerla, era la razón de su sufrimiento.

Pero era mejor que estuviera viva y odiándolo que muerta por su culpa. ¿No?

La lógica fría que había gobernado su vida durante treinta y dos años le decía que sí. Pero el corazón, ese órgano traicionero que Valerie había despertado, gritaba que no. Que había otras opciones. Que podría haberla protegido de otra manera.

«¿Cómo? —se preguntó con amargura—. ¿Manteniéndola encerrada en el ático? ¿Viviendo como prisioneros en mi torre de marfil? ¿Huyendo juntos para vivir escondidos el resto de nuestras vidas?

Y aún así no estaría a salvo.

Nunca lo estaría.

Valerie se apartó de la ventana y desapareció en el interior del apartamento. Las luces se fueron apagando poco a poco hasta que solo quedó el resplandor tenue de lo que probablemente era su dormitorio.

Aston miró el reloj.

Eran las 20:23.

Debería irse. Había pasado demasiado tiempo allí. Si los Blackguard lo estaban vigilando, no podía arriesgarse a que conectaran a Valerie con él más de lo que ya podrían haberlo hecho.

Pero no podía moverse. No todavía.

Sacó su teléfono y revisó los informes de Alfred y Anne. Todo tranquilo. Ninguna actividad sospechosa. Ningún vehículo extraño. Ninguna persona merodeando fuera de lo normal.

Suspiró.

De repente Valerie, la chica que había cambiado todo su mundo, se había convertido en una persona que tenía que proteger.

Pero así tenía que ser ahora. Sin nada que pudiera conectarlos.

Y la vida seguía. Los negocios seguían. El mundo seguía girando, aunque el suyo se hubiera detenido el día que tuvo que destrozar lo único bueno que había tenido.

Estaba a punto de arrancar el motor cuando su teléfono empezó a sonar. El nombre de Lexe apareció en la pantalla, y Aston sintió cómo todos sus músculos se tensaban.

Lexe solo lo llamaba cuando era absolutamente necesario. Y si lo llamaba en ese momento...

—¿Qué pasa? —respondió sin preámbulos.

—Aston, lo encontramos. —La voz de Lexe era tensa, urgente—. Tu padre quiere verte.

El mundo pareció detenerse.

—¿Dónde está? —La pregunta salió como un gruñido.

—No por teléfono. Es mejor que vengas para tu ático. Te estoy esperando abajo.

—Voy para allá.

La línea se cortó.

Aston se quedó mirando el teléfono durante unos segundos, mientras su cerebro procesaba las implicaciones. Habían encontrado a su padre. Por fin. Habían dado con él.

Miró una última vez hacia la ventana del quinto piso.

La luz del dormitorio seguía encendida. Probablemente Valerie estaría en la cama, tal vez leyendo uno de esos libros románticos que tanto le gustaban. O tal vez solo estaría allí, tumbada, mirando al techo, preguntándose qué había hecho mal.

«Nada —quiso gritarle—. No has hecho absolutamente nada mal. El único error fue enamorarte de mí.»

Con un movimiento brusco, giró la llave en el contacto.

El motor del Lexus rugió, volviendo a la vida.

Pisó el acelerador y los neumáticos chirriaron contra el asfalto cuando salió del aparcamiento.

El ruido resonó en la calle tranquila, probablemente despertando a algunos vecinos, pero no le importaba.

El Lexus devoraba las calles de Nueva York mientras Aston conducía con una mezcla letal de precisión y furia contenida. Las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas, y los otros coches eran meros obstáculos a sortear en su carrera hacia el ático.

Su mente era un torbellino de preguntas. ¿Dónde estaba su padre? ¿Por qué se había escondido? ¿Por qué quería verle ahora?

Pisó el acelerador aún más hondo. Las calles de La Gran Manzana se convirtieron en un borrón mientras se dirigía hacia su ático, hacia las respuestas.

El cuentakilómetros marcaba muy por encima del límite legal cuando tomó la última curva hacia el edificio. Los neumáticos protestaron, pero se mantuvieron en el asfalto.