CAPÍTULO 56
Pañuelos de papel usados decoraban cada superficie disponible del sofá de Valerie como tristes copos de nieve, una botella de vino medio vacía hacía equilibrios precarios en la mesa de café, y los restos del Coq au Vin (que nunca llegó a comerse) permanecían en la cocina como un monumento a las expectativas rotas.
Valerie estaba hundida en el sofá, con el portátil descansando sobre las rodillas y las pantuflas de conejitos rosas que parecían burlarse de su estado. En la pantalla, el rostro de su hermana Ceci la miraba con una mezcla de preocupación y furia apenas contenida.
—Te juro por lo más sagrado, Val, que si ese cabrón estuviera aquí ahora mismo le metería mi libro de anatomía por donde no le da el sol —declaró Ceci, agitando lo que efectivamente parecía ser un libro de texto médico del grosor de un ladrillo—.
Y luego le explicaría, con todo lujo de detalles, qué órganos internos le acabo de perforar.
Valerie intentó sonreír, pero solo consiguió que le temblara el labio inferior.
—No es tan simple, Ceci...
—¡Claro que es simple! —la cortó su hermana, acercándose tanto a la cámara que su nariz ocupó toda la pantalla—. El imbécil te ha dejado de la noche a la mañana después de hacerte creer que estaba enamorado de ti. Eso en mi pueblo se llama ser un completo hijo de...
El timbre del apartamento sonó con insistencia, interrumpiendo lo que prometía ser una muy creativa sarta de insultos.
Valerie gimió, hundiendo la cara en un cojín.
—Debe de ser Dee —murmuró contra la tela—. Le dije que no viniera, pero ya sabes cómo es.
—¡Menos mal! —exclamó Ceci desde la pantalla—. Necesitamos refuerzos. Abre, Val. Y dale acceso completo al arsenal de improperios. Los vamos a necesitar todos.
Valerie se levantó con la elegancia de un zombi recién resucitado, arrastrando las pantuflas por el suelo mientras se dirigía a la puerta. No se había molestado en mirarse al espejo desde la noche anterior, pero estaba bastante segura de que su aspecto podría asustar a los niños.
—¡Ay, Dios mío! —fue lo primero que dijo Dee al verla—. Cariño, pareces un mapache deprimido que ha tenido una pelea con una secadora.
—Buenos días para ti también —respondió Valerie con voz ronca.
Dee entró como un torbellino, cargando una bolsa de plástico que tintineaba sospechosamente y lo que parecía ser su peso en helado.
—He traído los suministros esenciales para una ruptura —anunció, dirigiéndose directamente a la cocina—.
Helado de todos los sabores que no suenan a Aston Cavendish, dos botellas del vino más barato que he encontrado, porque el caro lo reservamos para celebraciones, no para gilipolleces, y...
—Hizo una pausa dramática mientras sacaba una bolsa de patatas fritas de tamaño industrial—…
snacks con suficiente sodio para momificar un elefante.
—¡Dee! ¡Dee! ¡Ven aquí que te vea! —gritó Ceci desde el portátil.
Dee corrió hacia el sofá y se sentó junto a Valerie, entrando en el campo de visión de la cámara.
—¡Mini Scott! —saludó a Ceci con entusiasmo—. ¿Cómo va la vida universitaria? ¿Ya has incendiado algún laboratorio esta semana?
—Fue solo una vez —protestó Ceci—. Y técnicamente no fue un incendio, fue una combustión controlada que se descontroló ligeramente.
—Claro —respondió Dee, abriendo una de las botellas de vino con la habilidad de un sumiller profesional—. Bueno, señoritas, estamos aquí reunidas para realizar el ancestral ritual de «Mi ex es un capullo». Valerie, como víctima principal, tienes el honor de empezar.
Valerie aceptó la copa de vino que Dee le tendía y dio un trago largo.
—No sé por dónde empezar —admitió, sintiendo cómo las lágrimas volvían a acumularse—. Todo era perfecto, ¿sabéis? El sábado cenó con mi padre y con Ceci, y fue... fue maravilloso. Y luego ayer llega y me dice que todo ha sido mentira, que nunca me ha querido, que se ha aburrido de mí...
—Y que estás despedida —añadió Ceci desde la pantalla—. No olvides esa parte. Porque hace falta ser muy cabrón para dejar a alguien y despedirla el mismo día. Es como un combo de mierda. Un McMenu de hijo de puta.
Dee casi escupió el vino.
—¿Un McMenu de hijo de puta? Ceci, eres un genio incomprendido.
—Lo sé —respondió la aludida con falsa modestia—. Estoy pensando en patentar el término.
A pesar de todo, Valerie no pudo evitar que se le escapara una pequeña sonrisa.
—No le llaméis así —dijo débilmente—. Aston no es...
—¡Ah, no! ¡Ni se te ocurra! —la interrumpió Dee, levantando un dedo acusador—. Nada de defender al enemigo. Es la regla número uno del manual post-ruptura. Artículo 1, sección A: El ex siempre es un capullo hasta que se demuestre lo contrario, y spoiler alert , nunca se demuestra lo contrario.
—Además —intervino Ceci, acercándose tanto a la cámara que solo se veían sus ojos—, te dijo que eras aburrida y predecible. ¡Predecible! ¡Tú! La misma persona que una vez decidió adoptar una iguana.
—Fue solo una fase —murmuró Valerie.
—¡Una fase que duró dos años! —exclamó Ceci—. Todavía tengo pesadillas con Cornelius y su obsesión por mi bolso de cuero.
—Cornelius era un incomprendido —defendió Valerie, y por un momento, el fantasma de una sonrisa apareció en su rostro.
—Mira, Val —dijo Ceci, adoptando su tono de hermana pequeña sabia más allá de sus años—.
Los hombres son todos gilipollas. Es un hecho científico.
Está en su ADN, justo entre el gen que les impide encontrar cosas en la nevera y el que les hace creer que pueden arreglar cualquier cosa con cinta adhesiva.
—Mi ex intentó arreglar una tubería rota con cinta adhesiva —añadió Dee—. Inundamos tres pisos. La señora Walker del 2ºB todavía me mira mal.
Valerie sollozó, pero aquella vez había un atisbo de risa en el sonido.
—Aston no haría eso. Aston llamaría a un equipo de fontaneros de élite y probablemente compraría el edificio entero para no tener que lidiar con vecinos enfadados.
—Oh, perdón, señorita «Mi ex es un millonario que rompe corazones en su tiempo libre» —bromeó Dee—. Algunas tenemos ex que simplemente coleccionan figuras de acción y viven con sus madres.
—Brad no vivía con su madre —intervino Ceci.
—No, pero iba a cenar a su casa cinco veces por semana —apuntó Valerie—. Eso es prácticamente lo mismo.
—Brad también es un gilipollas —declaró Ceci con vehemencia—. Todos lo son. Aston es tan tonto como Brad. Peor incluso. Joder, es que no se salva ninguno.
Valerie se encogió en el sofá, abrazando un cojín contra su pecho.
—Había algo más —susurró—. Lo sé. Vi algo en sus ojos cuando... cuando me dijo que no me quería. Era como si le doliera decirlo.
—¡No le defiendas! —exclamaron Dee y Ceci al unísono.
—No tiene ninguna defensa posible —continuó Ceci—. Aunque estuviera poseído por el diablo, sigue sin tener excusa.
Dee se levantó de un salto y empezó a caminar por el salón, gesticulando dramáticamente con su copa de vino.
—¿Sabéis qué? Vamos a hacer una lista. Una lista de todas las razones por las que Valerie es increíble y Aston Cavendish es un idiota por dejarla escapar. Empiezo yo: Valerie hace los mejores brownies del mundo conocido.
—¡Eso es verdad! —gritó Ceci—. ¡Y tiene la risa más contagiosa del universo!
—Y puede recitar El Principito de memoria —añadió Dee.
—En tres idiomas —precisó Valerie débilmente.
—¡Ves! ¡En tres idiomas! —exclamó Dee, señalándola con la copa—. ¿Quién deja a alguien que puede recitar El Principito en tres idiomas? Te diré quién: un psicópata. Un psicópata con traje caro y una empresa que probablemente destruye el medio ambiente.
—Cavendish Enterprises es neutra en carbono —murmuró Valerie.
—¿Qué cojones significa eso? —preguntó Ceci.
—Que los gases que emite se compensan con los que elimina —respondió Valerie.
Dee la miró con los ojos entrecerrados.
—¿En serio? ¿En este momento? ¿Vas a defender sus políticas medioambientales?
—Es que es verdad —se defendió Valerie, encogiéndose de hombros.
—¡Val! —gritó Ceci desde la pantalla—. ¡Céntrate! Ese hombre te ha roto el corazón. Y te ha dejado sin trabajo. Eso es como... como...
—Como un McMenu de hijo de puta con patatas extragrandes —completó Dee.
—¡Exacto!
Valerie no pudo evitarlo. La imagen mental de Aston Cavendish convertido en un menú de comida rápida era tan absurda que soltó una carcajada. Era débil y acuosa por las lágrimas, pero era auténtica.
—Ahí está —dijo Dee con satisfacción—. Ahí está mi chica. Ahora, hablemos de lo positivo: ya no tienes que ver su cara de estreñido todos los días.
—No tiene cara de estreñido —protestó Valerie.
—Vale, su cara de «estoy calculando mentalmente el valor de tu existencia en términos de productividad» —corrigió Dee.
—Eso sí es más preciso —admitió Valerie, y otra pequeña sonrisa apareció—.
Bien pensado, es lo mejor —continuó—. No me haría ninguna gracia tener que verle todos los días la cara después de lo que ha pasado.
Imaginaos: «Buenos días, señor Cavendish, aquí está su café y, por cierto, ¿recuerda cuando me destrozó el corazón? »
—Podrías escupir en su café —sugirió Ceci. Valerie la miró de reojo—. Solo digo que es una opción.
—Ceci tiene un punto de razón —asintió Dee—. Aunque yo iría más allá. Laxante en el café. Sutil pero efectivo.
—¡No voy a envenenar a nadie! —exclamó Valerie, pero estaba riendo, aunque las lágrimas seguían cayendo—. Además, ya no trabajo allí, ¿recordáis?
—Ya, sí, bueno… —dijo Dee con un gesto de la mano—. Podríamos infiltrarnos. Como en las películas de espías. Yo distraería al guardia de seguridad con mi devastadora belleza, mientras tú te cuelas con una peluca rubia y...
—George me reconocería inmediatamente —interrumpió Valerie—. Me conoce desde hace años. Desde que la empresa era del señor Goldstein.
—¿George es el guardia que parece Papa Noel? —preguntó Ceci.
—Ese mismo.
—Me cae bien George —reflexionó Ceci—. Podríamos reclutarlo para nuestra venganza. Seguro que está indignado con lo que te ha hecho Aston.
El teléfono de Valerie vibró en la mesa. Las tres se quedaron mirándolo como si fuera una bomba a punto de explotar.
—¿Es él? —susurró Dee.
Valerie cogió el teléfono con manos temblorosas y miró la pantalla. Sus hombros se desplomaron.
—No. Es Recursos Humanos. Sobre mi... indemnización.
—¿Indemnización? —chilló Ceci desde la pantalla del ordenador—. ¿Te está pagando por romper contigo? ¡Eso es como... como...!
—¿Prostitución emocional inversa? —sugirió Dee.
—¡Iba a decir proxenetismo sentimental, pero la tuya también vale!
A pesar de todo, Valerie soltó otra carcajada. Era ridículo. Todo era completamente ridículo. Pero ¿qué les pasaba a aquellas dos? Joder, estaban locas.
—Sois insufribles —dijo, secándose las lágrimas—. Las dos.
—Pero nos quieres —respondió Ceci, mandando besos a través de la pantalla.
—Desafortunadamente, sí —admitió Valerie.
Dee abrió una de las tarrinas de helado y le pasó una cuchara a Valerie.
—Venga, vamos a hacer esto como Dios manda. Helado, lágrimas y planear maneras creativas de hacer que Aston Cavendish se arrepienta del día que nació.
—No quiero que se arrepienta de haber nacido —murmuró Valerie, hundiendo la cuchara en el helado.
—Vale, pues del día que decidió ser un capullo integral —corrigió Dee.
—Eso fue probablemente en la universidad —intervino Ceci—. Creo que en su carrera tienen una asignatura que se llama «Cómo destrozar corazones para maximizar beneficios».
—Sección 2: Cómo despedir a tu novia el mismo día para optimizar el trauma —añadió Dee.
Valerie se atragantó con el helado, tosiendo y riendo al mismo tiempo.
—Sois unas personas horribles.
—Somos TUS personas horribles —corrigió Ceci—. Y vamos a estar aquí, siendo horribles y haciéndote reír, hasta que dejes de pensar en ese imbécil.
—Podría llevar tiempo —advirtió Valerie, sintiendo cómo el dolor volvía a instalarse en su pecho.
—Tenemos todo el tiempo del mundo —aseguró Dee, abrazándola por los hombros—. Y helado. Mucho helado.
—Y si se acaba, compraremos más —añadió Ceci—. Lo que sea para que superes a ese capullo.
—Sí, porque es un capullo integral. Es lo que todo el mundo piensa —dijo Dee.
—No lo piensa todo el mundo —rebatió Valerie.
—Algunos periódicos lo llaman «El Diablo de Wall Street». DIABLO. ¿No te parece suficiente? —afirmó Dee.
—La cuestión es que no eres la única que piensa que Aston Cavendish necesita bajar varios niveles su actitud de «soy mejor que el oxígeno que respiras» —dijo Ceci.
El portátil emitió un pitido de advertencia.
—Mierda, se me está acabando la batería —anunció Ceci—. Pero antes de que me vaya, quiero que sepas algo, Val.
—¿Qué? —preguntó Valerie, mirando a su hermana a través de la pantalla.
—Que Aston Cavendish es el hombre más idiota del planeta por dejarte ir. Y algún día, cuando esté solo en su ático de lujo, rodeado de su dinero, pero sin nadie que lo quiera de verdad, se va a dar cuenta de lo que perdió. Y ese día, espero que le duela tanto como te duele a ti ahora.
—Ceci... —empezó Valerie, pero su hermana la interrumpió.
—No, déjame terminar. Eres increíble, Val. Eres inteligente, divertida, amable, y haces unos brownies que son básicamente droga legal. Si él no puede ver eso, es su problema. Su enorme, estúpido y monumental problema.
La pantalla se apagó antes de que Valerie pudiera responder, dejándola mirando su propio reflejo en el fondo negro. Dee tenía razón sobre lo del mapache deprimido. Joder, ¡vaya cara tenía!
—Tu hermana es más sabia de lo que parece—comentó Dee, pasándole otro pañuelo.
—Lo sé —susurró Valerie—. Es solo que... duele mucho, Dee. Duele más de lo que pensé que algo podría doler.
—Lo sé, cariño. —Dee la abrazó con fuerza—. Pero ¿sabes qué? Vamos a superarlo. Juntas. Con helado, vino malo, y viendo todas las películas románticas donde el protagonista masculino muere al final.
—Eso no estaría mal.
—He hecho una lista —admitió Dee—. Está en mi teléfono. La he titulado «Películas para ver cuando los hombres se comportan como imbéciles».
A pesar del dolor que seguía pulsando en su pecho como una herida abierta, Valerie se encontró riendo de nuevo. Era una risa débil, interrumpida por lágrimas, pero al menos era risa.
Y mientras Dee seguía describiendo su lista de películas cada vez más ridículas («¡Hay una donde el tío muere aplastado por un piano!»), Valerie se permitió creer que algún día dejaría de doler tanto.
Pero hoy no era ese día.
Hoy solo tenía helado, a su mejor amiga siendo delirante, y el recuerdo de su hermana llamando a Aston Cavendish un «McMenu de hijo de puta».
Y de momento, tendría que ser suficiente.