La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

La mañana llegó con esa crueldad particular que tienen los días después de una pérdida.

El sol de Nueva York brillaba con descaro, como si el universo no se hubiera dado cuenta de que el mundo de Aston Cavendish se había partido en dos la noche anterior.

«Porque te quiero —había querido gritar—. Porque prefiero que me odies viva a que estés muerta.»

George, el veterano guardia de seguridad, lo saludó con su habitual cordialidad, aunque Aston notó cómo sus ojos se demoraban un segundo más de lo normal en su rostro. Probablemente tenía un aspecto de mierda. Se sentía como una mierda. Era una mierda.

—Buenos días, señor Cavendish —dijo George, con ese tono cauteloso que la gente adopta cuando no está segura de si alguien va a explotar o echarse a llorar.

—George —respondió Aston con un asentimiento seco, dirigiéndose directamente hacia los ascensores.

El trayecto hasta la planta ejecutiva transcurrió en un silencio que pesaba como plomo. Cuando las puertas se abrieron en el piso 70, Aston se preparó mentalmente para lo que sabía que iba a encontrar.

O más bien, para lo que no iba a encontrar.

El escritorio de Valerie estaba vacío.

Por supuesto que lo estaba. La había despedido. Le había dicho que no quería verla rondando por la oficina. Pero ser consciente de ello y verlo, eran dos cosas completamente diferentes.

Se detuvo frente al escritorio, ese espacio que durante semanas había sido el centro neurálgico de su día a día. El lugar donde Valerie organizaba su caos, donde sonreía cuando creía que él no la miraba, donde se mordisqueaba ese maldito labio inferior cuando estaba concentrada.

Joder, hasta echaba de menos verla morderse el labio. Estaba tan sexy .

El escritorio se encontraba limpio. Demasiado limpio.

Como si Valerie hubiera querido borrar cualquier rastro de su presencia.

Seguro que había mandado a alguna compañera que recogiera todas sus cosas.

Porque no quedaba ni un post-it de colores, ni esa taza con un gatito que decía «No hablo antes del café», ni siquiera el pequeño cactus que había comprado porque decía que «hasta un cactus podía sobrevivir a su cuidado».

«Pero no sobrevivió a mí», pensó Aston con amargura.

—Mierda —murmuró, pasándose una mano por el pelo.

Sus dedos rozaron la superficie del escritorio, como si pudiera invocar su presencia a través del contacto. Pero era madera pulida, fría e impersonal. Nada que ver con la calidez que Valerie había llevado a ese espacio, a su vida.

Con un suspiro que parecía venir desde lo más profundo de su alma, se dirigió hacia su despacho. Cada paso era un recordatorio de lo que había perdido.

El pasillo que tantas veces había recorrido sabiendo que la encontraría al otro lado, sonriendo, con algún comentario ingenioso o alguna observación que lo haría pensar.

Ahora solo había silencio. Un silencio que lo llenaba todo, cada espacio, cada rincón.

Empujó la puerta de su despacho más fuerte de lo necesario, haciendo que golpeara contra el tope con un sonido sordo. La enorme estancia, su santuario de poder y control, de repente le pareció una jaula lujosa.

No había terminado de sentarse cuando escuchó unos pasos familiares en el pasillo. Lexe apareció en el umbral segundos después, con su habitual traje negro impoluto y esa expresión de calma que en aquel momento ocultaba una preocupación real.

—No tienes buen aspecto —observó sin preámbulos, cerrando la puerta tras él.

Aston soltó una risa amarga.

—Qué observador. ¿Has venido a decirme algo que no sepa o solo a constatar lo obvio? —Aston no estaba de buen humor.

Lexe se acercó al escritorio, tomando asiento en una de las sillas frente a él sin esperar invitación. Era una de las pocas personas en el mundo que podía tomarse esas libertades con Aston Cavendish.

—He venido a ver cómo estás, ya que hoy no te he traído al trabajo —dijo simplemente—. Aunque la respuesta es bastante evidente.

Aston se reclinó en su sillón, cerrando los ojos unos breves instantes. El cansancio pesaba sobre él como una manta de plomo.

—Ya está hecho —murmuró, más para sí mismo que para Lexe—. Rompí con Valerie anoche.

Hubo un momento de silencio. Lexe no era de los que llenaban los silencios con palabras vacías, y Aston lo agradecía.

—Sé que voy a arrepentirme toda la vida —continuó Aston, abriendo los ojos para mirar directamente a su amigo—. Cada maldito día que me quede, voy a despertar sabiendo que tuve algo perfecto y lo destruí con mis propias manos.

—Lo has hecho para protegerla —le recordó Lexe.

—Eso no hace que duela menos. —Aston se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio y enterrando el rostro entre las manos—. Deberías haberla visto, Lexe. La destrocé. Le dije que nunca la había querido, que todo había sido un juego, que me había aburrido de ella.

Lexe hizo una mueca de comprensión.

—Era la única forma —dijo—. Conoces a Valerie. Si le hubieras dicho la verdad...

—Se habría quedado —terminó Aston, levantando la cabeza—. La muy testaruda se habría quedado a mi lado, dispuesta a enfrentarse a los Blackguard. Es demasiado valiente y demasiado inconsciente.

Una sonrisa triste cruzó su rostro al recordar todas las veces que Valerie lo había desafiado, desde aquel primer día cuando cayó café sobre los contratos millonarios hasta la forma en que lo enfrentó cuando la regañó por salir de noche.

—Por eso tuve que ser tan cruel —continuó. Su voz apenas era un susurro—. No podía dejar ni un resquicio de duda. Ni una grieta por la que pudiera colarse la esperanza. Tenía que asegurarme de que me odiara lo suficiente como para no mirar atrás.

Lexe asintió lentamente.

—Yo hubiera hecho lo mismo —admitió—. En tu lugar, con alguien a quien amara y estuviera en peligro... sí, hubiera hecho exactamente lo mismo.

Aston lo miró con una mezcla de gratitud y dolor. Era un pequeño consuelo saber que no estaba completamente loco, que alguien más entendía la retorcida lógica de su sacrificio.

Se levantó abruptamente, como si el movimiento pudiera sacudirle el dolor que lo envolvía. Caminó hacia el ventanal, contemplando la ciudad que se extendía a sus pies. Manhattan brillaba bajo el sol matutino.

—La vida tiene que continuar —dijo con una determinación forzada—. Y mi venganza también.

—¿No vas a retirarte como te ha pedido Gerald Blackguard? —preguntó Lexe.

—¿Retirarme? ¿Ahora? —Aston se volvió hacia Lexe con una expresión que combinaba dolor y furia en partes iguales—. Nunca. Jamás. ¿Crees que después de sacrificar a Valerie voy a darles también esa satisfacción?

Golpeó el cristal con el puño, no lo suficientemente fuerte como para romperlo, pero sí para sentir el impacto reverberando por su brazo.

—Por eso la sacrifiqué, Lex. Para que no esté en su punto de mira mientras descubro la manera de acabar con ellos.

—Su voz se volvió más oscura, más peligrosa—.

Voy a reducir su imperio a cenizas. Voy a hacer que se arrepientan del día en que decidieron matar a mi madre y a mi hermana, y apuntar en la cabeza a Valerie con un fusil.

Lexe se levantó, acercándose a él.

—Entonces necesitaremos acelerar nuestros planes —dijo con esa calma profesional tan característica suya—. Si vamos a enfrentarnos directamente a los Blackguard, necesitamos todas las ventajas posibles.

—Tenemos que encontrar a mi padre —afirmó Aston con una urgencia nueva—. Como sea. Es la pieza que nos falta. Si Edgar Blackguard está vivo tenemos que encontrarlo…

—Creo que estamos muy cerca —lo interrumpió Lexe, sacando su teléfono—. Anoche recibí información de uno de mis contactos en Argentina. Hay un hombre que coincide con la descripción, viviendo bajo el nombre de Eduardo Black en una estancia cerca de Bariloche.

Aston se giró bruscamente hacia él, con los ojos brillando con algo que no había estado allí minutos antes: esperanza.

—¿Black? ¿En serio? No se ha esforzado mucho en cambiar su apellido.

—A veces la mejor manera de esconderse es a plena vista —respondió Lexe—. Además, ha pasado suficiente tiempo. Probablemente pensó que nadie lo buscaría después de tantos años.

—Se equivocó —murmuró Aston, devolviendo su atención a la ciudad—. Llevo toda mi vida buscándolo.

Un silencio cargado se instaló entre ellos. Aston podía sentir cómo las piezas comenzaban a moverse en su mente, reorganizándose, formando nuevas pautas.

Durante años había estado jugando una partida de ajedrez a largo plazo contra los Blackguard, moviéndose en las sombras, recopilando información, esperando el momento perfecto para atacar.

Ahora, con Valerie fuera de peligro (el pensamiento le provocó otra punzada de dolor), podía finalmente hacer su jugada.

—¿Cuándo podemos ir? —preguntó.

—Puedo tener todo listo para ir la próxima semana —respondió Lexe—. Pero como ya te comenté, iremos primero a Chile, a las minas que tiene allí Cavendish Industries. No podemos levantar sospechas y menos ahora, que los Blackguard saben quién eres.

—Iremos solo nosotros dos. Esto es personal —dijo Aston.

Lexe asintió. Lo entendía perfectamente. Después de veinte años, Aston finalmente estaría cara a cara con el hombre que lo había abandonado antes de nacer, el hombre cuya familia había destruido la suya.

—¿Y si no quiere ayudarnos? —preguntó Lexe—. ¿Si Edgar Blackguard prefiere seguir escondido?

Una sonrisa fría, desprovista de cualquier matiz de calidez, se dibujó en los labios de Aston.

—Nos ayudará. Aunque tenga que recordarle que tiene una deuda de sangre conmigo. Con mi madre. Con mi hermana.

Se apartó del ventanal y regresó a su escritorio, adoptando nuevamente su máscara de CEO implacable. Era más fácil funcionar así, enterrar el dolor bajo capas de ambición y sed de venganza.

—Mientras tanto —continuó, abriendo su portátil—, necesito que aumentes la vigilancia sobre Valerie. Discreta, pero constante. Solo porque hayamos terminado no significa que los Blackguard no puedan intentar utilizarla contra mí.

—Ya está en marcha —confirmó Lexe—. Tengo tres equipos rotando en turnos de ocho horas. No se acercarán a ella, pero si alguien lo intenta, lo sabremos.

Aston asintió, sintiendo un pequeño alivio. Al menos podía protegerla de esa manera, aunque fuera desde las sombras, aunque ella nunca lo supiera.

Lexe se dirigió hacia la puerta.

—Prepararé todo para el viaje —dijo—. Y Aston... lo que has hecho ha requerido más valor que enfrentarte a mil Blackguards. No muchos hombres serían capaces de sacrificar su felicidad para proteger a la persona que aman.

Cuando la puerta se cerró tras él, Aston se quedó solo con sus pensamientos y el eco del vacío que Valerie había dejado. Su ausencia era casi física, como si el aire mismo del despacho fuera más difícil de respirar sin ella.

Se obligó a concentrarse en el trabajo, en los números, en las estrategias. Era lo único que podía hacer. Trabajar, planear, y esperar que algún día, cuando todo terminara, el dolor disminuyera lo suficiente como para poder funcionar sin sentir que le faltaba la mitad del corazón.

Porque eso era exactamente lo que Valerie se había quedado la noche anterior: la mejor mitad de Aston Cavendish, dejando solo al hombre frío y duro que el mundo conocía.

Y mientras comenzaba a revisar informes con esa eficiencia mecánica que lo caracterizaba, una sola certeza ardía en su pecho como una llama: los Blackguard pagarían. Por su madre, por su hermana, y ahora, por obligarlo a perder a Valerie.

Pagarían hasta el último centavo de su deuda de sangre.