CAPÍTULO 54 #2
—Un corte limpio —susurró Valerie—. ¿Es eso lo que soy para ti? ¿Una transacción comercial que hay que terminar de manera eficiente?
Aston no respondió. No confiaba en su voz para seguir mintiendo.
—Mírame a los ojos —exigió ella de repente, dando un paso hacia él—. Aston, mírame a los ojos y dime que no me quieres.
Fue la prueba más difícil.
Durante un breve instante, Aston dudó. Pero la imagen de Valerie con una diana sobre su cabeza y un francotirador apuntándole le dio la fuerza para continuar. Aquello era lo que tenía que hacer. Debía protegerla. Tenía que protegerla. Era su obligación.
Levantó la mirada y la fijó directamente en sus ojos, esos ojos del color del chocolate que le habían cautivado desde el primer momento.
—No te quiero —dijo con voz clara y firme. Cada palabra era una mentira perfecta—. Nunca te he querido.
Algo se fragmentó en la mirada de Valerie. Como si una luz se apagara, como si algo vital se rompiera en su interior. Una lágrima se deslizó por su mejilla, seguida de otra, y otra más, hasta que su rostro se convirtió en un río de dolor.
—Vete —susurró, abrazándose a sí misma como si intentara mantenerse en una sola pieza—. Vete ahora mismo.
Era el momento de irse. Había conseguido lo que pretendía: romper el corazón de Valerie lo suficiente como para que lo odiara, como para que se alejara de él para siempre, y de cualquier peligro que pudiera acecharla por su relación con él.
Pero sus pies se negaban a moverse. Era como si cada músculo de su cuerpo se rebelara contra lo que su cabeza sabía que debía hacer.
—Valerie... —comenzó, sin saber realmente qué iba a decir.
—¡¡VETE!! —gritó ella, con una voz desgarrada por el dolor y la rabia—. ¡No quiero volver a verte nunca! ¡NUNCA!
Eso fue lo que finalmente le hizo reaccionar. Con un breve asentimiento, Aston se giró y comenzó a alejarse por el pasillo.
—Aston… —La voz de Valerie, extrañamente calmada, le detuvo justo antes de llegar al ascensor.
Él se volvió, pero sin atreverse a mirarla completamente.
—La próxima vez que quieras destrozarle el corazón a alguien —dijo ella, con una tranquilidad aterradora—, asegúrate de no dejarle ver que el tuyo también está roto.
Sus palabras le golpearon como un puñetazo en el estómago. ¿Había visto algo a través de su fachada? ¿Había percibido la verdad detrás de sus mentiras?
Pero antes de que pudiera sacar una conclusión, la puerta del apartamento se cerró con un golpe seco, dejándolo solo en el pasillo con el eco de sus palabras.
El trayecto en el ascensor hasta la planta baja transcurrió en un estado de aturdimiento. Su mente repetía una y otra vez las últimas palabras de Valerie. «Asegúrate de no dejarle ver que el tuyo también está roto.» ¿Qué había advertido? ¿Había cometido algún error en su actuación?
No importaba, se dijo.
Lo hecho, hecho estaba.
Valerie se encontraba a salvo ahora. Lejos de él. Lejos de los Blackguard. Y eso era lo único que importaba, aunque significara que nunca volvería a ver su sonrisa, a escuchar su risa, a sentir su cuerpo junto al suyo. A verla con esas ridículas pantuflas de conejitos rosas.
Salió del edificio como un ser autómata, y el aire frío de la noche golpeó su rostro como si fueran pequeñas agujas de hielo. Las calles estaban casi desiertas, solo alguna persona ocasional que se apresuraba por alcanzar su destino.
Llegó al coche y se sentó tras el volante, pero no encendió el motor. Se quedó allí, mirando a través del parabrisas sin ver realmente, mientras la realidad de lo que acababa de hacer caía sobre él como una losa de mármol.
Era como si un agujero negro se hubiera abierto en su pecho, succionando cualquier emoción, dejando solo un vacío doloroso donde antes había habido esperanza y amor.
Un recuerdo surgió sin previo aviso: Valerie contemplando el cuadro que él había pintado pero que no había acabado en la escuela de restauración de París. La admiración con la que lo observaba. El brillo en sus ojos. La forma en que había entendido su vena artística.
Y ahora la había perdido.
Voluntariamente.
Intencionadamente.
Un rugido de rabia surgió de lo más profundo de su ser, un sonido primitivo de dolor y pérdida que retumbó en el interior del coche.
Golpeó el volante con fuerza una, dos, tres veces, hasta que el dolor en sus manos fue suficiente para distraerle unos pocos segundos del que sentía en su corazón.
Y entonces, por primera vez desde la muerte de su madre y su hermana, Aston Cavendish lloró. Sin hacer ruido, sin sacudidas ni sollozos, solo lágrimas silenciosas que se deslizaban por su rostro mientras apoyaba la frente contra el volante.
No supo cuánto tiempo permaneció así, dejando que el dolor fluyera libremente en la privacidad de su coche. Podrían haber sido minutos u horas. El tiempo había perdido todo significado.
Finalmente, cuando no le quedaron más lágrimas, levantó la cabeza y se secó el rostro con la manga de su chaqueta, un gesto tan impropio de él como lo era llorar.
Encendió el motor, pero antes de poner el coche en marcha, miró una última vez hacia las ventanas del quinto piso. La luz de la sala de Valerie seguía encendida.
¿Estaría llorando también? ¿Estaría maldiciendo su nombre? ¿Estaría preguntándose qué había hecho mal, qué señales había ignorado?
La culpa le golpeó como una marea, amenazando con ahogarlo. Pero se obligó a reprimirla. No podía permitirse el lujo de la culpa. No cuando la vida de Valerie estaba en juego.
—Lo siento —murmuró como una plegaria hacia las ventanas iluminadas—. Lo siento mucho, Val.
Puso el coche en marcha y se alejó, dejando atrás el único lugar donde había sido verdaderamente feliz, y a la única persona que le había hecho creer que merecía esa felicidad.
Arriba, en el apartamento 5ºB, Valerie se dejaba caer lentamente por la pared junto a la puerta. Sus piernas cedieron bajo el peso de un dolor que nunca antes había experimentado.
Resbaló hasta el suelo, abrazándose las rodillas contra el pecho, mientras las lágrimas fluían sin control por su rostro.
Las absurdas pantuflas de conejitos rosas parecían ridículas en aquella situación, cuando tenía el corazón hecho trizas.
El aroma del Coq au Vin flotaba aún en el aire, mezclándose con el perfume de las velas que había encendido para crear un ambiente romántico.
Todo preparado para una velada que ya no tendría lugar.
Para un hombre que acababa de destrozar su mundo con unas pocas frases cuidadosamente elegidas para causar el máximo daño.
—¿Por qué? —sollozó, golpeando suavemente la parte trasera de su cabeza contra la pared—. ¿Qué he hecho mal?
Pero por más que repasaba mentalmente las últimas semanas, los últimos días, no encontraba respuesta. Todo había sido perfecto.
Aston había estado más distante en los últimos días, sí, pero lo había atribuido al estrés laboral. No había dado señales de querer terminar su relación. Al contrario, apenas una semana antes habían estado planeando un fin de semana juntos.
Y luego, de la nada, aquello.
No tenía sentido. Nada tenía sentido.
Un sollozo más profundo sacudió su cuerpo, y se abrazó con más fuerza, como si pudiera mantener unidas las piezas rotas de su corazón por pura fuerza de voluntad.
—Maldito seas, Aston Cavendish —murmuró entre lágrimas—. Maldito seas por hacer que te quiera así.
Se llevó la mano al cuello y aferró el colgante con la Torre Eiffel que le había regalado, dio un fuerte tirón y se lo arrancó. Llevada por un impulso, lo tiró contra el suelo y fue a parar debajo del mueble recibidor.
Le quemaba en la piel.