CAPÍTULO 54
La noche había caído hacía horas sobre Nueva York cuando Aston conducía hacia el apartamento de Valerie.
Las calles, húmedas por una llovizna reciente, reflejaban las luces de la ciudad como espejos fragmentados, creando un paisaje urbano de destellos y sombras que parecía reflejar el caos en su interior.
Sus manos aferraban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Cada semáforo en rojo era una tortura, cada metro que le acercaba al apartamento de Valerie era un paso más hacia lo inevitable.
Hacia la destrucción intencionada de lo único verdaderamente bueno que había tenido en su vida.
«Es la única manera —se repetía como un mantra, mientras atravesaba Nueva York con los ojos fijos en la carretera—. Es la única manera de mantenerla a salvo.»
Las palabras de Gerald Blackguard resonaban en su cabeza como el eco de una pesadilla.
«Tienes una novia muy guapa, es una pena que le pasara algo, ¿no crees?»
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era una amenaza vacía. Los Blackguard nunca amenazaban en vano.
Al doblar la esquina hacia la calle de Valerie, el aroma fantasma del Coq au Vin pareció invadir su coche.
Era una ilusión, por supuesto, pero recordó la primera vez que lo habían probado juntos en París.
Valerie había cerrado los ojos al saborear el primer bocado, emitiendo un pequeño gemido de placer que le había hecho reír.
«Cuando volvamos a Nueva York, voy a aprender a cocinarlo», había prometido. Y ahora, fiel a su palabra, había preparado ese plato para él.
Para una cena a la que no tenía intención de asistir.
Aparcó el coche al principio de la calle, y se tomó unos minutos para ensayar lo que iba a decir, para endurecer su corazón contra lo que estaba a punto de hacer.
No podía permitirse ni una grieta en su fachada, ni un momento de duda.
Si Valerie percibía la más mínima debilidad, si veía un solo destello del amor que realmente sentía, todo habría sido en vano.
—Sé cruel —se ordenó a sí mismo—. Haz que te odie. Es la única forma de que se aleje, de que esté a salvo.
El ascensor se detuvo en el quinto piso con un suave tintineo.
Aston respiró hondo, colocándose la máscara del hombre frío y calculador que el mundo creía que era, el rostro que mostraba en las juntas directivas y negociaciones hostiles.
Pero aquella vez, sentía esa máscara como plomo contra su piel.
Levantó la mano para llamar al timbre, pero se detuvo unos segundos antes de pulsarlo. Permitiéndose un último momento de debilidad, apoyó la frente contra la puerta y cerró los ojos.
«Te quiero, Valerie —pensó, sabiendo que nunca más podría decírselo—. Y por eso debo dejarte ir.»
Presionó el timbre.
El sonido de pasos apresurados llegó desde el otro lado de la puerta, y pudo imaginar a Valerie perfectamente: apartándose el pelo del rostro, ajustándose la ropa, quizás comprobando su reflejo rápidamente en el espejo del recibidor. Pequeños gestos que había aprendido a adorar.
La puerta se abrió, y allí estaba ella.
Valerie vestía unos vaqueros ajustados y un jersey de punto de color turquesa que hacía destacar sus ojos.
Su pelo castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su rostro, libre ya de maquillaje, mostraba una belleza natural que siempre le había quitado el aliento.
Pero lo que casi quebró su resolución fueron sus pies, cubiertos con aquellas ridículas pantuflas de conejitos rosas que le había regalado su hermana y que le hacía parecer una niña pequeña.
Aston bromeaba sobre ellas cada vez que se las veía puestas y Valerie le había dicho que era cálidas y muy cómodas.
Ahora, aquellas pantuflas parecían burlarse de él, un recordatorio cruel de lo que estaba a punto de destruir.
Los ojos de Valerie se iluminaron al verlo, y una sonrisa de pura felicidad transformó su rostro.
—¡Aston! —exclamó, con una voz rebosante de alegría—. ¡Al final has venido! Pensé que tu conferencia con Múnich se alargaría toda la noche.
Antes de que Aston pudiera responder, se lanzó hacia él, rodeándolo con sus brazos en un abrazo que le llenó los sentidos con su perfume, una mezcla de vainilla y algo cítrico que le era tan característico.
Aston se mantuvo rígido, sin corresponder al abrazo. Sus brazos permanecieron a los lados de su cuerpo, como si fuera una estatua.
Valerie, sintiendo su falta de respuesta, se apartó lentamente. La confusión nubló su mirada mientras estudiaba su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó. La preocupación reemplazó rápidamente la alegría—. ¿Está todo bien?
Aston la miró, obligándose a mantener el rostro impasible, aunque cada fibra de su ser quería abrazarla, gritarle la verdad.
—No voy a cenar —dijo, con una voz tan fría que no reconoció como propia. No con Valerie.
Ella parpadeó, desconcertada.
—Oh... —murmuró, frunciendo ligeramente el ceño—. Bueno, no pasa nada. Si es porque el Coq au Vin se ha quedado frío, no hay problema, puedo calentarlo. O podemos pedir algo a domicilio, si prefieres. O simplemente hablar un rato con una copa de vino, si no tienes hambre…
Su voz, llena de comprensión y cariño, era como un cuchillo retorciéndose en el pecho de Aston.
—No has entendido —interrumpió con dureza—. No voy a quedarme porque ya no tengo nada que hacer aquí.
Valerie movió la cabeza.
—¿Qué?
—Lo nuestro se ha acabado —dijo Aston.
Las palabras cayeron como una bomba. Y Aston vio el momento exacto en que su significado penetró en la mente de Valerie: la incredulidad inicial, seguida de un dolor tan puro y descarnado que casi le hizo tambalearse.
—¿Qué? —susurró ella, como si no confiara en haber escuchado correctamente—. ¿Por qué? No entiendo nada.
Aston mantuvo la mirada fija en un punto por encima del hombro de Valerie, incapaz de mirarla directamente a los ojos mientras destrozaba su corazón.
—Es lo mejor para ti —respondió con una frialdad calculada.
Valerie dio un paso hacia él, extendiendo una mano temblorosa que no llegó a tocarle.
—No me hagas esto —suplicó. Su voz sonaba quebrada—. Háblame, Aston. Sea lo que sea, podemos solucionarlo juntos.
Él dejó escapar un suspiro de impaciencia, como si estuviera tratando con un empleado terco.
—No hay nada que hablar, Valerie. Lo nuestro ha sido un error. Todo ha sido un error.
Aston vio cómo cada palabra la golpeaba como un puñetazo. Sus hombros se encogieron y sus ojos se llenaron de lágrimas que luchaba por contener.
—No puedes estar hablando en serio —dijo, negando con la cabeza—. No después de todo lo que hemos compartido. Me dijiste que estabas enamorado de mí.
Aston se obligó a soltar una risa desdeñosa. Un sonido tan lejano a lo que sentía que casi le pareció provenir de otra persona.
—Creí que estaba enamorado de ti —corrigió con crueldad—. Pero no lo estoy. Y no puedo continuar con esto. Yo... no siento nada por ti.
La mentira le quemó la garganta como si fuera ácido. Porque la verdad era que sentía todo por ella. Sentía tanto que le dolía físicamente mantener aquella fachada, ver cómo sus palabras la herían.
Valerie se tambaleó como si la hubiera abofeteado. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, pero la secó rápidamente con el dorso de la mano.
—No te creo —aseveró. Su voz encontró algo de firmeza—. Este no eres tú, Aston. Algo está pasando. ¿Es por el trabajo? ¿Por lo que la gente pueda pensar? Porque si es así, podemos...
—¡Por Dios, Valerie! —la interrumpió él bruscamente—. ¿Es tan difícil de entender? Me he aburrido. Ha sido divertido mientras ha durado, pero ya no me interesas. Creí que eras diferente, pero resulta que eres como todas las demás. Predecible. Aburrida.
Cada palabra era una puñalada a su propio corazón, porque sabía exactamente dónde atacar, qué inseguridades explotar. Valerie siempre había temido en secreto no ser suficiente para él, para un hombre acostumbrado a moverse en los círculos más exclusivos y sofisticados.
El impacto de sus palabras fue inmediato.
Valerie retrocedió como si hubiera recibido una patada. Sus ojos estaban muy abiertos, fruto de la conmoción y el dolor.
—No lo dices en serio —murmuró, aunque ya no sonaba tan segura—. No puedes decirlo en serio. Joder, Aston.
—Mira —suspiró él, frotándose la frente con gesto cansado—, quizás debí ser más claro desde el principio. Para mí, esto nunca ha sido algo serio. Solo ha sido una aventura. Una forma de matar el tiempo. Y ahora ha llegado a su fin.
Valerie lo miró fijamente, buscando en su rostro algún indicio de que estaba mintiendo. Pero Aston había perfeccionado sus muros de defensa durante años, había aprendido a ocultar sus verdaderos sentimientos tras una máscara de indiferencia. Era un experto en aparentar algo que no sentía.
—¿Y todo lo que dijiste? —preguntó ella con voz temblorosa—. ¿Todo lo que hicimos juntos? ¿Todo lo que planeamos? Todo eso fue... ¿nada?
Aston se encogió de hombros con indiferencia.
—Dije lo que querías oír. Hice lo que esperabas de mí. Eso es lo que hago, Valerie. Es parte del juego.
Valerie negó con la cabeza, pasándose una mano por el pelo con gesto nervioso.
—No. No, esto es algún tipo de broma cruel. O te está pasando algo. O alguien te está presionando. Háblame, Aston, por favor... No puedes ser tan hijo de puta.
Su voz se rompió en la última palabra, y Aston tuvo que apretar los puños para no ceder, para no abrazarla y confesarle toda la verdad.
—También estás despedida —añadió con frialdad, lanzando la bomba final.
Eso detuvo a Valerie en seco. Sus ojos, ya húmedos por las lágrimas, se abrieron con incredulidad.
—¿Qué?
—No puedo tenerte rondando por la oficina —explicó Aston con impaciencia—. Sería... incómodo. Recibirás una generosa indemnización, por supuesto. Considéralo un regalo de despedida.
Valerie lo miró como si nunca lo hubiera visto antes, como si fuera un completo desconocido.
—¿Cómo puedes ser tan cabrón?
—Es lo mejor para todos. Un corte limpio —fue la respuesta de Aston.