La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 53 #2
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CAPÍTULO 53 #2

—Oh, sí —continuó Gerald, casi divirtiéndose—.

Sabemos que nos has estado investigando, Aston Blackguard Cavendish.

Sabemos de tus contactos con periodistas de investigación, de tus informantes en las empresas que controlamos, de tus espías, de tus donaciones anónimas a organizaciones anticorrupción para que vayan detrás de nosotros.

Nada se nos escapa, muchacho. Absolutamente nada.

—Entonces sabes que tengo suficiente material para hundiros, para mandaros al puto infierno —respondió Aston, recuperando algo de su aplomo—. Suficiente para enviar a la mitad de tu familia a prisión durante décadas.

Gerald emitió un sonido desdeñoso.

—Quizás. Pero no tienes pruebas. Tienes información, pero no pruebas —aseveró Gerald.

—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó Aston.

—Porque si no, ya las hubieras utilizado en nuestra contra.

Aston apretó los labios. Gerald Blackguard tenía razón. Sabía todo lo que aquella familia había hecho, pero no tenía suficientes pruebas para incriminarlos. Eran demasiado astutos como para dejar huellas o testigos de toda su corrupción.

—¿Qué quieres? —preguntó finalmente, odiándose por ceder, pero sabía que no tenía alternativa.

—Eso está mejor —aprobó Gerald—. Lo que quiero es simple: deja de investigarnos y estate quietecito.

—Debes estar senil, si crees que voy a retirarme ahora. Matasteis a mi madre y a mi hermana y lo vais a pagar.

—Y te hubiéramos matado también a ti si hubiéramos sabido que existías. Nunca nos imaginamos que tu madre parió a dos bastardos Blackguard.

La indignación estalló en Aston.

—Eres un hijo de puta —escupió.

—Deberías tener más respeto por tu abuelo —se burló Gerald, consciente de que tenía la sartén por el mango, de que tenía el control y el poder de la situación—.

Te garantizo que antes de que cualquier juez vea una sola de las pruebas que tienes, tu adorable Valerie Scott habrá sufrido un terrible accidente.

Quizás empecemos con su padre. Ese pobre hombre ya tiene suficientes problemas de salud, ¿no crees? Sería trágico que sufriera una recaída.

La sangre de Aston se heló en sus venas. No era solo Valerie. Estaban dispuestos a ir tras su familia también.

¡¡Joder!!

—Sois unos monstruos —susurró Aston. La rabia nubló su visión.

—Somos hombres de negocios —corrigió Gerald con calma—. Y nadie va a venir a hundir nuestro imperio.

—No voy a hacer lo que vosotros queráis —dijo Aston, llevado por un arrebato de rabia.

—Lo harás —afirmó Gerald con una confianza que erizó la piel de Aston—. Porque la alternativa es ver cómo destruimos sistemáticamente todo lo que amas. Empezando por ella.

—No os vais a salir con la vuestra —dijo Aston con firmeza.

—Siempre lo hacemos —afirmó Gerald—. Pero depende de ti, bastardo. Deja de meter la nariz donde no te llaman, o prepárate para asistir al funeral de tu novia.

La llamada se cortó, dejando un silencio sepulcral en el despacho.

Durante varios segundos, Aston permaneció inmóvil, con el teléfono aún en la mano, con la respiración agitada y la adrenalina corriendo por sus venas a toda velocidad. Luego, con un rugido de rabia, arrojó el móvil contra la pared, haciéndole añicos.

La furia tomó el control.

De todo.

Con un barrido del brazo, despejó su escritorio, enviando documentos, el teléfono fijo y su ordenador portátil al suelo. Volcó la silla, dio patadas a los cajones, y arrancó los cuadros de las paredes.

En su mente, cada objeto que destrozaba era el rostro de Gerald Blackguard, era la amenaza que pendía sobre Valerie, era la impotencia que sentía ante la elección imposible a la que enfrentaba.

La puerta se abrió de golpe y Lexe entró, alarmado por el estruendo.

—¡Aston! —exclamó, evaluando rápidamente la destrucción que había por todos lados—. ¿Qué demonios...?

Aston se giró hacia él. Tenía el rostro desencajado por una mezcla de rabia y desesperación que Lexe jamás había visto.

—Van a por ella —dijo Aston con voz entrecortada—. Van a por Valerie. Saben que es mi debilidad y van a ir a por ella.

Lexe se acercó cautelosamente, como quien se aproxima a un animal herido.

—¿Los Blackguard?

Aston asintió, pasándose una mano temblorosa por el pelo.

—Gerald Blackguard acaba de llamarme —explicó. El nombre sonaba como una blasfemia en sus labios—. Saben todo sobre mi investigación. Sobre mí. Todo sobre Valerie.

Se dirigió al escritorio y rebuscó entre los papeles esparcidos hasta encontrar el sobre con las fotografías. Extrajo la más reciente, la de Valerie con la mira telescópica sobre su cabeza, y se la tendió a Lexe.

—Tienen francotiradores siguiéndola —añadió con voz hueca—. ¡Francotiradores, Lexe!

Lexe tomó la fotografía, y Aston vio cómo el color abandonaba el rostro de su amigo. Incluso para alguien con el entrenamiento y la experiencia de Lexe, la imagen resultaba perturbadora.

—Joder… —murmuró, levantando la mirada hacia Aston—. ¿Qué van a hacer? ¿Qué quieren?

—Quieren que deje de investigarlos, que deje de husmear —respondió Aston con amargura—. Si no, irán a por Valerie y a por su familia. —Su voz se quebró.

Lexe maldijo en voz baja, devolviendo la fotografía a Aston, que la cogió y la contempló durante un largo rato, mientras su pulgar acariciaba inconscientemente la imagen de Valerie.

—No puedo perderla como a mi madre y a mi hermana —murmuró, más para sí mismo que para Lexe.

Las palabras colgaron pesadamente en el aire.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lexe finalmente, aunque por su expresión, ya intuía la respuesta.

Aston miró la fotografía de Valerie una vez más, memorizando cada detalle de su rostro: la curva de su sonrisa, el brillo de sus ojos, la forma en que un mechón rebelde caía sobre su frente.

—Lo único que puedo hacer —respondió con resignación.

La comprensión se reflejó en los ojos de Lexe.

—Ella no lo va a entender —advirtió con suavidad.

—Lo sé —admitió Aston, cerrando los ojos durante unos instantes, como si el simple hecho de pensarlo le causara un dolor físico—. Pero es la única manera de mantenerla a salvo.

Y era así.

La realidad se presentaba ante él con una claridad brutal.

Si los Blackguard creían que Valerie era solo una conquista pasajera, una más, una mujer a la que no quería, de la que no estaba enamorado, la dejarían en paz. Era un riesgo, pero uno que debía tomar.

Rompería con Valerie.

La idea le revolvía el estómago.

Ella no merecía ese dolor, esa confusión que sin duda sentiría. Pero era preferible a la alternativa: Valerie herida, o peor, muerta por culpa de él, por culpa de un pasado y una guerra que ella ni siquiera conocía.

—Esta noche —decidió. Su voz sonó firme, aunque su corazón se desgarraba—. Lo haré esta noche.

Lexe asintió con gravedad, apoyando una mano en el hombro de su amigo en un gesto de solidaridad.

—Estaré aquí si me necesitas —se ofreció simplemente.

Aston agradeció el gesto con un movimiento de cabeza, incapaz de articular más palabras.

Cuando Lexe salió del despacho, cerró los ojos y se permitió un momento de debilidad, un momento para imaginar el futuro que podría haber tenido con Valerie: despertar junto a ella cada mañana, envejecer juntos, incluso formar una familia, algo que nunca había considerado hasta conocerla a ella.

Un futuro que ahora debía sacrificar para salvarla.

Con un suspiro tembloroso, cogió la foto en la que Valerie estaba con Dee, riendo abiertamente, y la contempló con adoración.

—Lo siento, Val —susurró a la imagen, como si ella pudiera escucharlo—. Lo siento mucho.

Aquella misma noche tendría que mirar a los ojos a la mujer que amaba y romperle el corazón.

Tendría que mentir, ser cruel, hacer que lo odiara lo suficiente como para alejarse de él para siempre.

Y luego, tendría que vivir con las consecuencias, sabiendo que había perdido lo único verdaderamente bueno y puro que había tenido en su vida.

Pero Valerie viviría. Y eso era lo único que importaba.