CAPÍTULO 53
Aston llevaba toda la mañana repasando contratos, firmando documentos y atendiendo llamadas con una eficiencia mecánica que ocultaba el torbellino de pensamientos que sacudía su interior.
No había dormido bien desde que había recibido aquellas primeras fotografías tres días atrás. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Valerie sonriendo, inconsciente del peligro, mientras un teleobjetivo se posaba sobre ella.
El teléfono fijo emitió un suave pitido.
—Señor Cavendish —resonó la voz de Valerie cuando lo cogió—, hay un mensajero de City Express con un sobre que requiere su firma.
—Que pase, señorita Scott —respondió.
Un joven con el uniforme azul de City Express entró al despacho segundos después, sosteniendo un sobre de tamaño medio.
—Buenos días, señor —saludó con un tono monótono—. Necesito su firma aquí.
Aston firmó el dispositivo electrónico que el chico le tendía, mientras un presentimiento sombrío se instalaba en su pecho. El mensajero, ajeno a su inquietud, le entregó el sobre con un «que tenga un buen día» y abandonó el despacho.
Durante un rato, Aston contempló el sobre sin tocarlo, como si fuera una bomba a punto de detonarse. Finalmente, tomó el abrecartas de plata y rasgó el papel.
Dentro había otro sobre idéntico al que había recibido días atrás. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Una mezcla de rabia y miedo se apoderó de él.
Con dedos que apenas lograba mantener firmes, abrió el sobre y extrajo su contenido.
Más fotografías de Valerie.
Valerie saliendo del supermercado con el pelo recogido en una coleta. Valerie con su amiga Dee en esa cafetería que tanto le gustaba cerca de su piso. Valerie esperando en un semáforo, consultando su reloj.
Y entonces, vio la última fotografía. La que hizo que el aire escapara de sus pulmones como si hubiera recibido un puñetazo.
Era una imagen tomada claramente desde lo alto de un edificio.
Mostraba a Valerie entrando al vestíbulo de Cavendish Industries.
Pero lo que le congeló la sangre en las venas fue la superposición digital: una mira telescópica posada directamente sobre la cabeza de Valerie, con una marca roja de objetivo perfectamente centrada.
El mensaje era claro como el cristal: podían matarla cuando quisieran.
Junto a las fotografías, una nota escrita a mano con la misma caligrafía angulosa que la anterior vez:
«¿Cuánto tiempo crees que podrás mantenerla a salvo? Deja de husmear o la próxima vez no será solo una simulación.»
Aston sintió una oleada de náuseas.
Con movimientos bruscos, guardó las fotografías en el cajón con llave de su escritorio, junto a las anteriores. Se levantó, dirigiéndose al minibar que mantenía discretamente oculto tras un panel de madera, y se sirvió un whisky que bebió de un solo trago, sin saborear el carísimo líquido ambarino.
El alcohol quemó su garganta, pero no logró calmar el frío que se había instalado en su interior.
No era un frío físico, sino una sensación gélida que nacía del miedo más puro que jamás había experimentado. No por él mismo (había sufrido más de una amenaza a lo largo de su vida) sino por Valerie.
Su dulce, brillante, y audaz Valerie, que había irrumpido en su vida como un torbellino de energía y luz, desafiándolo, enfrentándolo, haciéndolo reír, y finalmente, enseñándole a amar.
Valerie, que ahora estaba en peligro de muerte por el simple hecho de haberse enamorado del hombre equivocado en el momento equivocado.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante —respondió, recuperando rápidamente su máscara de indiferencia profesional.
La puerta se abrió y Valerie entró, radiante como siempre con un elegante traje pantalón de color granate que realzaba las curvas de su cuerpo.
Su melena castaña caía en ondas suaves sobre sus hombros, y una sonrisa iluminaba su rostro.
Aston sintió que su corazón se contraía dolorosamente ante la imagen.
—Traigo los informes financieros del último trimestre y las proyecciones para la expansión en Alemania —dijo.
Aston asintió, incapaz de confiar plenamente en su voz.
Valerie se acercó al escritorio, y dejó la carpeta frente a él, frunciendo ligeramente el ceño mientras lo estudiaba en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja—. Estás… pálido. ¿Te sientes mal?
Aston se obligó a sonreír, aunque el gesto no alcanzó sus ojos.
—Solo tengo un ligero dolor de cabeza —mintió, evitando mirarla directamente—. Nada que un analgésico no pueda solucionar.
Valerie lo observó unos segundos más. No estaba del todo convencida. Aston se lo olió. La conocía lo suficiente para saber que no era fácil engañarla.
—¿Seguro? Porque te noto extraño desde hace un par de días —insistió Valerie, inclinándose ligeramente sobre el escritorio—. Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, ¿verdad?
«De lo que sea, excepto de esto», pensó Aston para sus adentros.
—Seguro —respondió con más firmeza—. Simplemente estoy un poco estresado con la adquisición de Thomson Tech. Ya sabes cómo son estas negociaciones.
Valerie asintió lentamente, aunque la preocupación no abandonó completamente la expresión de su rostro.
—Vale —dijo—. Pero si necesitas hablar...
—Serás la primera en saberlo —terminó de decir Aston, forzando otra sonrisa.
Valerie se enderezó.
—Te dejo trabajar —dijo—. La junta directiva espera estos informes para mañana.
Se giró para marcharse, pero antes de llegar a la puerta, se detuvo y volvió la cabeza.
—Por cierto —añadió con una pequeña sonrisa—, ¿cenamos en mi apartamento esta noche? Prometí intentar hacer esa receta de pollo estofado al vino que tanto te gustó en París. Coq au vin , se llamaba, ¿verdad?
—Sí.
—Pues voy a probar qué tal me sale.
Aston sintió un nudo en la garganta. La idea de una noche tranquila con Valerie, de verla moverse por su cocina mientras él abría una botella de vino, de escucharla reír mientras compartían anécdotas de su vida, sonaba como el paraíso. Un paraíso que estaba a punto de perder.
—Claro —respondió, odiándose por la mentira—. Pero llegaré tarde. Tengo una videollamada con Múnich que podría alargarse.
—Te esperaré —respondió Valerie simplemente, con esa sonrisa que siempre lograba derretir sus defensas.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Aston hundió el rostro entre las manos.
La imagen de Valerie con una diana superpuesta sobre su cabeza no dejaba de atormentarlo. Los Blackguard no hacían amenazas vacías. Si decían que irían a por ella, lo harían. Y no habría suficientes guardaespaldas en el mundo para garantizar su seguridad en todo momento.
Las horas pasaron con una lentitud exasperante.
Para cuando el sol comenzaba a ponerse, tiñendo de naranja el horizonte neoyorkino, el edificio se había vaciado casi por completo. Solo quedaban algunos guardias de seguridad, el personal de limpieza, y Aston, encerrado en su despacho, contemplando la ciudad desde el ventanal.
Había enviado un WhatsApp a Valerie, excusándose porque iba a llegar tarde a la cena. Le había dicho algo sobre complicaciones con los clientes alemanes. Otra mentira que se sumaba a la lista.
Su teléfono sonó, rompiendo el silencio. Aston se giró, se dirigió a la mesa y lo cogió.
—Cavendish —respondió en tono seco.
Hubo un silencio que duró unos segundos, y luego una voz que no había escuchado en años. Una voz que le transportó de inmediato a los recuerdos más oscuros de su infancia.
—Vaya, vaya, si es mi querido… nieto bastardo —habló un hombre mayor, con un acento aristocrático que destilaba desdén.
Aston sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba. Era una voz que conocía demasiado bien, aunque nunca la hubiera escuchado en persona: Gerald Blackguard, patriarca del clan Blackguard, cabeza visible de la familia más poderosa y corrupta del país. Y, para su desgracia, su abuelo biológico.
—Gerald Blackguard —escupió las palabras como si fuera veneno.
—El mismo —dijo él—. ¿Quién me iba a decir a mí que el gran Aston Cavendish, el diablo de Wall Street, uno de los magnates más ricos del país, era mi nieto? —Una risa seca resonó al otro lado de la línea—. Desde luego tu visión para los negocios es uno de los rasgos que heredaste de los Blackguard.
—No tengo nada que ver contigo ni con tu maldita familia —respondió Aston, apretando el teléfono con tanta fuerza que podría haberlo hecho pedazos.
—Ah, pero lo tienes, lo quieras o no —replicó Gerald con un tono falsamente paternal—. La sangre no es agua, muchacho. Puedes llamarte Cavendish todo lo que quieras, pero sigues siendo un Blackguard. El hijo bastardo de mi hijo pequeño con esa criada con la que se encaprichó.
Cada palabra era una puñalada reabriendo viejas heridas que Aston creía que habían cicatrizado, pero no.
—Si has llamado para darme una lección de genealogía, estás perdiendo el tiempo —espetó con frialdad—. Di lo que tengas que decir y acabemos con esto.
—Eres muy impaciente —suspiró Gerald teatralmente—. Pero tienes razón, vayamos al grano. Tienes una novia muy guapa, es una pena que le pasara algo, ¿no crees?
El miedo, frío y cortante como una hoja de afeitar, atravesó a Aston.
—Si la tocas... —comenzó, apretando los dientes con rabia contenida.
—¿Qué harás? —lo interrumpió Gerald, abandonando su falsa cordialidad y adoptando un tono desafiante—. ¿Denunciarnos a la policía? ¿Ir a los medios de comunicación? ¿Revelar todos los secretos sucios de los Blackguard que has estado recopilando meticulosamente durante años?
Aston se quedó momentáneamente sin palabras.
Había mantenido su investigación en el más absoluto secreto.
Solo Lexe conocía la verdadera extensión de su cruzada contra los Blackguard.
Aunque había durado veinte años y habían tenido que hacer demasiadas preguntas a demasiada gente a lo largo de esas dos décadas.