CAPÍTULO 52
La mañana había comenzado con el ritmo habitual que caracterizaba a Cavendish Industries, que bullía de actividad desde primera hora.
Para Valerie, sin embargo, aquel lunes tenía un brillo especial. La cena del sábado con su familia había sido un éxito rotundo, mucho más de lo que se había atrevido a esperar.
Aston no solo había sobrevivido al interrogatorio de su padre y a la falta de filtro de Ceci, sino que parecía haberse ganado el afecto de ambos.
Su padre incluso había insinuado, mientras la acompañaba a la puerta al despedirse, que Aston era «un hombre que se viste por los pies», lo que en el vocabulario de Henry Scott equivalía prácticamente a una bendición papal.
Valerie caminaba por el pasillo con una carpeta bajo el brazo y una pila de correspondencia que acababa de recoger.
Se detuvo frente a la elegante puerta de madera oscura que marcaba la entrada al despacho de Aston. Respiró profundamente, se aseguró de que su expresión fuera completamente profesional, y golpeó la puerta con dos toques cortos y precisos.
—Adelante —respondió la voz profunda de Aston desde el interior.
Valerie entró al espacioso despacho, inundado por la luz natural que se filtraba a través de los ventanales que ocupaban toda la pared.
Aston estaba sentado tras su imponente escritorio, concentrado en la pantalla de su ordenador, con el ceño ligeramente fruncido en esa expresión de intensa concentración que Valerie había llegado a encontrar adorable.
Levantó la vista al oírla entrar, y aunque su expresión se mantuvo profesional, Valerie captó el sutil cambio en sus ojos, aquel destello de calidez reservado únicamente para ella.
—Buenos días, señorita Scott —saludó con formalidad, aunque la comisura de sus labios se curvó casi imperceptiblemente.
—Buenos días, señor Cavendish —respondió ella, acercándose al escritorio—. Traigo la correspondencia de hoy y los informes del departamento legal que solicitó.
Depositó los documentos y la pila de sobres con cuidado sobre la mesa.
—Gracias, Valerie —dijo Aston, abandonando ligeramente el tono formal al no haber nadie más en la oficina—. ¿Qué tal el resto de tu domingo?
Una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios de Valerie al recordar cómo habían pasado juntos la mañana del domingo, desayunando tostadas quemadas (su culpa) y café perfecto (mérito de Aston) en la terraza del ático, antes de que ella tuviera que marcharse para ayudar a Dee con una crisis relacionada con su gato y una planta presuntamente venenosa.
—Interesante —respondió—. Te habría invitado a la sala de emergencias del veterinario, pero dudaba que combinaras bien con el ambiente.
Aston alzó una ceja, divertido.
—¿Están bien Dee y ese monstruo peludo que llama mascota?
—Perfectamente. Resulta que la planta no era venenosa, solo provocaba vómitos. Lo cual descubrimos después de que Dee se gastara doscientos dólares en pruebas preventivas —explicó Valerie, poniendo los ojos en blanco—. Creo que ese gato vive mejor que muchos habitantes de esta ciudad.
—Yo también lo creo —dijo Aston.
Valerie contuvo una carcajada, mordiéndose el labio inferior.
—Mi padre me llamó anoche —comentó, cambiando de tema—. Según parece, quedó muy impresionado contigo. Creo que estás oficialmente aprobado.
Una expresión de satisfacción cruzó el rostro de Aston.
—Tu padre es un hombre brillante —respondió con sinceridad—. La conversación sobre la influencia de Shakespeare en la literatura moderna fue fascinante.
—Y Ceci no ha dejado de mandarme mensajes. Creo que está desarrollando un pequeño crush contigo —añadió Valerie en tono de broma—. Me preguntó algo sobre «¿cómo consigues que se te marquen tanto los abdominales con traje?».
Aston tuvo la decencia de parecer ligeramente avergonzado.
—No quiero saber cómo llegasteis a esa pregunta —dijo—. Tu hermana es... muy directa.
—Eso es un eufemismo, pero te lo acepto, porque eres educado —rio Valerie, y luego miró su reloj—. Es hora de que vuelva al trabajo, tengo algunos informes que revisar.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de llegar, giró el rostro por encima de su hombro.
—Hasta luego, señor Cavendish —dijo.
—Hasta luego, señorita Scott.
Valerie salió del despacho con el corazón ligeramente acelerado.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, Aston se permitió un momento para saborear la reconfortante sensación que Valerie siempre dejaba a su paso.
Era asombroso cómo, en tan poco tiempo, aquella chica se había convertido en una parte esencial de su vida.
Él, que había construido su existencia alrededor de la racionalidad, la planificación y el control, se encontraba navegando territorios que jamás había explorado.
Con un suspiro de satisfacción, le devolvió la atención a su escritorio y comenzó a revisar la correspondencia que Valerie había dejado.
La mayoría eran sobres estándar con publicidad, invitaciones a eventos, propuestas de colaboración. Nada que requiriera su atención inmediata.
Sin embargo, el último sobre captó su atención.
Era un sobre simple, sin remitente, con su nombre escrito a mano con una caligrafía angulosa. Algo en la sencillez del sobre despertó una sensación incómoda en su estómago.
Lo abrió con el abrecartas de plata, deslizando cuidadosamente la hoja bajo la solapa. Dentro había varias fotografías y una nota.
Al principio, su cerebro no procesó completamente lo que estaba viendo. Eran fotografías de Valerie.
Valerie entrando a su apartamento. Valerie caminando por la acera frente a Cavendish Industries.
Valerie y su padre saliendo del hospital, ella con un brazo protector alrededor de los hombros de Henry.
Y la última, la que hizo que un frío glacial se extendiera por su cuerpo: Valerie y él, besándose en un callejón junto al restaurante español donde habían cenado la semana pasada.
Las fotografías estaban tomadas con teleobjetivo, algunas ligeramente granuladas por haber sido ampliadas, pero todas nítidas. Todas con un mensaje claro: alguien había estado siguiendo a Valerie. Alguien sabía lo que había entre ellos.
Con dedos que de repente parecían entumecidos, tomó la nota que acompañaba a las fotografías. Era breve, escrita con la misma caligrafía angulosa del sobre:
«Sabemos quién eres. Aléjate, no te metas donde no te llaman, o ella lo pagará.»
Aston sintió que el aire abandonaba sus pulmones de golpe, como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. La rabia, el miedo y una sensación de impotencia se mezclaron en una espiral que amenazaba con ahogarlo.
Sabía exactamente de dónde venía aquello. No era la primera amenaza que recibía en su vida, pero era la primera vez que involucraban a alguien que le importaba. A alguien que quería. Y la primera vez que lo hacían los Blackguard.
Con movimientos mecánicos, tomó su teléfono y envió un mensaje conciso:
«Ven a mi despacho. Ahora. Urgente.»
No necesitaba añadir más. Lexe lo entendería sin más explicaciones.
Mientras esperaba, Aston comenzó a caminar por el despacho como un animal enjaulado, incapaz de contener la energía nerviosa que bullía en su interior.
Su mente, normalmente disciplinada y metódica, saltaba de un escenario catastrófico a otro.
Imágenes de Valerie en peligro, de Valerie herida, de Valerie...
No. No podía permitirse pensar en eso. Tenía que actuar, protegerla. Y para eso necesitaba a Lexe.
La puerta se abrió sin previo aviso, y Lexe entró con paso decidido. Llevaba un traje oscuro perfecto que no lograba ocultar del todo su porte militar. Sus ojos, de mirada acerada, escanearon rápidamente la estancia antes de fijarse en Aston.
—¿Qué ocurre? —preguntó directamente, sin preámbulos.
Aston no respondió. En su lugar, señaló con un gesto brusco hacia las fotografías esparcidas sobre su escritorio.
Lexe se acercó y examinó las imágenes con meticulosidad. Su expresión se fue volviendo más sombría con cada fotografía que veía. Cuando llegó a la nota, su mandíbula se tensó visiblemente.
—Los Blackguard —murmuró, levantando la vista hacia Aston—. Finalmente han averiguado quién eres.
Aston asintió, la rabia hervía en sus venas.
—Son unos hijos de puta —espetó, golpeando el escritorio con el puño—. Saben que no pueden llegar a mí directamente, así que van tras ella.
Hasta ese momento, Aston había logrado mantener su identidad en secreto, tejiendo su venganza. Pero su anonimato había llegado a su fin.
Aquellas fotografías significaban que los Blackguard sabían que su madre había tenido mellizos en lugar de un solo hijo, que él era uno de esos mellizos y que estaba vivo. Sabían que era un Blackguard.
—¿Qué has pensado hacer? —preguntó Lexe, manteniendo la calma profesional que lo caracterizaba incluso en situaciones críticas.
Aston se pasó una mano por el pelo. Su mente trabajaba a toda velocidad.
—Quiero que pongas más protección a Valerie —aseveró con firmeza—. Quiero que esté vigilada las veinticuatro horas del día. Esos malnacidos no van a salirse con la suya. No van a tocarle ni un jodido pelo.
Lexe asintió, evaluando mentalmente los recursos que necesitaría movilizar.
—¿Se lo dirás a ella? —preguntó, conociendo la respuesta que le daría Aston, pero sintiendo la necesidad de plantear la cuestión.
Aston se detuvo en su incesante deambular. La expresión de su rostro se tornó aún más sombría.
—No —respondió tras una breve pausa—. No todavía. No quiero asustarla innecesariamente.
—Aston —comenzó Lexe en tono cauteloso—, sabes que tiene derecho a saber si está en peligro.
—Lo sé —reconoció Aston, frotándose la frente—.
Y se lo diré, pero necesito tiempo. Necesito asegurarme de que está protegida primero, y necesito un plan.
No puedo simplemente decirle quién soy, que por mis venas corre sangre Blackguard.
Todo el mundo los conoce en la ciudad y saben qué tipo de gente son.
Lexe no parecía completamente convencido, pero conocía a Aston lo suficiente como para saber que presionar no serviría de nada.
—Así se hará —afirmó, contundente—. Aumentaré la protección. Pondré a mis mejores hombres. Seguirá siendo una vigilancia discreta, no notará que están ahí.
—Ponte a ello ya —ordenó Aston, en un tono que no dejaba lugar a discusión—. Y necesito que averigües cómo han descubierto mi identidad. Quién ha filtrado la información, si es que alguien la ha filtrado.
Lexe asintió una última vez antes de dirigirse a la puerta.
—Ten cuidado, Aston —añadió antes de salir—. Si los Blackguard están dispuestos a amenazar abiertamente, es porque están desesperados. Y la desesperación los hace peligrosos.
—Ellos ya son peligrosos —dijo él.
—Los hace aún más.
¿Más peligrosos? ¿Los Blackguard? Eso parecía imposible, pero Lexe tenía razón.
Una vez solo, Aston se dejó caer pesadamente en el sillón, contemplando las fotografías esparcidas sobre su escritorio. La imagen de Valerie sonriendo, ajena al objetivo que la acechaba, provocó una nueva oleada de rabia y miedo en su interior.
Alargó el brazo y cogió el teléfono fijo para decirle a Valerie que fuera a su despacho. Sus dedos se cernieron sobre la tecla de la extensión, dudando. ¿Debería cancelar los planes que tenía con ella para aquella noche? ¿Debería mantenerla alejada hasta que pudiera garantizar su seguridad?
Pero alejarla en aquel momento, sin explicación, solo la confundiría y probablemente le haría daño. Y la idea de alejarla de él le resultaba insoportable.
Chasqueando la lengua, volvió a colgar el teléfono.