La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

El sábado llegó con una velocidad que Valerie no había anticipado.

Los días previos habían transcurrido en un torbellino de actividad en la oficina, con el proyecto Hanson acaparando la mayor parte de su tiempo y atención.

Apenas había tenido ocasión de preocuparse por la inminente cena hasta que se encontró sentada en el lujoso Mercedes Maybach Pullman de Aston, dirigiéndose hacia la casa de su infancia en los barrios del norte de Nueva York.

Aston conducía con el mismo control con que hacía todo lo demás, pero había una tranquilidad en su postura que contrastaba con el estado de nervios de Valerie.

Ella no podía dejar de juguetear con el borde de su vestido de punto azul marino (elegido tras descartar al menos siete conjuntos diferentes) y mirar repetidamente el reloj.

—Llegaremos exactamente a la hora acordada —comentó Aston, lanzándole una mirada divertida—. Ni un minuto antes, ni un minuto después.

—Lo sé, lo sé —respondió ella, soltando un suspiro exasperado—. Es solo que... Dios, no puedo creer que esté tan nerviosa. Pareces mucho más tranquilo tú que yo, y eso que son mi padre y mi hermana.

Aston sonrió, extendiendo una mano para tomar la suya y darle un apretón reconfortante.

—Porque no tengo nada que temer —explicó con calma—. Son tu familia, Val. Si se parecen aunque sea un poco a ti, estoy seguro de que son personas extraordinarias.

Valerie no pudo evitar soltar una risa nerviosa.

—Extraordinarias es una forma de describirlos, supongo —respondió, negando con la cabeza—. Solo una cosa... no te asustes con Ceci, ¿vale? Habla mucho. Demasiado. Y no tiene filtro alguno. Probablemente te bombardeará con preguntas inapropiadas durante toda la cena.

—Lo tendré en cuenta —asintió Aston con una sonrisa que sugería que encontraba adorable su preocupación—. ¿Alguna otra advertencia que deba conocer?

Valerie se mordió el labio inferior, considerando la pregunta.

Al verla, Aston alargó la mano, la posó en su barbilla y con el pulgar tiró del labio hacia abajo con suavidad.

—Deja de morderte el labio, te vas a hacer sangre y, aparte, ya sabes cómo me pones.

Valerie sonrió al advertir su mirada traviesa.

—Continúa, ¿alguna otra advertencia que deba conocer? —repitió Aston, retomando el tema, mientras le devolvía la atención a la carretera.

—Mi padre... —comenzó, buscando las palabras adecuadas—.

Es un hombre brillante, pero tiene un sentido del humor muy particular.

Un poco negro. Y le encanta provocar reacciones en la gente.

No te lo tomes a pecho si te suelta algún comentario desconcertante o te pregunta algo inesperado. Es su manera de conocer a las personas.

Aston asintió nuevamente, absorbiendo la información con la misma seriedad con que abordaba una estrategia de negocios.

—Entendido. Padre provocador, hermana sin filtro.

—Y ambos son extremadamente protectores —añadió Valerie con un suspiro—. Sobre todo, después de lo de Marcus.

—Tranquila, todo va a salir bien —la apaciguó Aston, deteniendo el coche en un semáforo en rojo y aprovechando para mirarla directamente—. No voy a huir despavorido, si es lo que te preocupa.

Había tanta seguridad en su voz, tanta calidez en sus ojos, que Valerie sintió cómo parte de su ansiedad se disipaba. Aquel era un lado de Aston Cavendish que el mundo empresarial rara vez veía: el hombre amable y paciente que había detrás de la fachada del implacable y frío hombre de negocios.

—No es eso —admitió finalmente Valerie, mientras el coche reanudaba la marcha—. Es solo que... esto es importante para mí. Vosotros sois importantes para mí. Quiero que os llevéis bien.

Aston la miró brevemente, con una expresión que Valerie no pudo descifrar del todo.

—Yo también quiero que nos llevemos bien —dijo simplemente, y Valerie se dio cuenta de que en esas palabras había una promesa.

El resto del trayecto lo realizaron en un silencio cómodo, con la radio encendida mientras sonaba una pieza clásica que Valerie no reconoció pero que resultaba extrañamente relajante.

Cuando finalmente giraron hacia la calle arbolada donde había crecido, sintió una mezcla de nostalgia y nerviosismo.

La casa de su infancia era una construcción victoriana de ladrillo rojo con un pequeño y cuidado jardín delantero.

No era ostentosa ni pretenciosa, pero tenía ese aire de dignidad serena que reflejaba perfectamente la personalidad de su padre (y de su madre).

Aston aparcó frente a la entrada y apagó el motor.

—Llegamos —anunció Valerie, inspirando hondo para calmar sus nervios.

—¿Lista? —preguntó él, observándola con una mezcla de regocijo y comprensión.

—No —respondió ella con sinceridad—. Pero entremos antes de que me arrepienta y te secuestre de vuelta a tu ático.

Aston soltó una risa mientras salía del coche. Valerie abrió la puerta y también se bajó del Mercedes.

Apenas habían dado dos pasos hacia la casa cuando la puerta principal se abrió de golpe y una figura delgada salió disparada hacia ellos.

—¡Val! ¡Por fin! —exclamó Ceci, lanzándose a los brazos de su hermana mayor con el entusiasmo propio de sus dieciocho años.

Valerie se tambaleó ligeramente ante el impacto, pero le devolvió el abrazo con igual vehemencia.

Ceci olía a vainilla y a ese champú de fresas que usaba desde que era niña, y por un momento, Valerie se sintió transportada a los días en que su hermana pequeña corría a recibirla cada vez que volvía de la universidad.

—Ceci, respira —se rio Valerie, apartándose ligeramente para mirarla—. ¿Has crecido? Juraría que estás más alta.

—Son los beneficios de la comida universitaria —respondió Ceci en tono irónico haciendo una mueca—. Mitad almidón, mitad conservantes, cien por cien horror culinario.

Ceci, con su melena castaña recogida en una coleta despeinada y sus grandes ojos verdes (tan parecidos a los de su madre), era la viva imagen de la jovialidad. Vestía unos vaqueros rotos y un jersey varias tallas más grandes que le daban un aire despreocupado y encantador.

Fue entonces cuando su mirada curiosa se desvió hacia Aston, que permanecía a un paso de distancia, observando el reencuentro entre las hermanas con una sonrisa discreta.

—Oh. Dios. Mío. —Cada palabra salió enfatizada y separada, mientras los ojos de Ceci se agrandaban cómicamente—. Tú debes de ser Aston.

Valerie sintió el impulso de pellizcarse el puente de la nariz, pero se contuvo.

—Aston, esta es mi hermana pequeña, Cecilia —presentó con toda la dignidad que pudo reunir—. Ceci, él es Aston Cavendish.

Aston extendió una mano, pero Ceci la ignoró completamente y, para horror de Valerie, se lanzó a abrazarlo como si fueran viejos amigos que se reencontraban después de años.

—¡Es un placer conocerte por fin! —exclamó Ceci, apartándose para mirarlo de arriba abajo con un descaro que hizo que Valerie deseara que la tierra se abriera y la tragara—. Val no deja de hablar de ti. Es agotador, la verdad.

—¡Ceci! —protestó Valerie, sintiendo cómo sus mejillas se encendían.

Aston, para su sorpresa, parecía más divertido que incómodo. Sus ojos brillaban con humor mientras respondía:

—El placer es mío, Cecilia. Tu hermana también habla mucho de ti.

—Espero que bien, aunque lo dudo —replicó Ceci con una sonrisa traviesa, y luego añadió en un susurro teatral—: Si te ha contado lo del incidente con su rizador de pelo y mi proyecto de ciencias, te juro que fue un accidente.

—¡Cecilia! —La voz de Henry Scott resonó desde el umbral de la puerta, salvando a Valerie de una muerte por vergüenza extrema—. Deja respirar a los invitados y permíteles al menos entrar en casa antes de comenzar con el interrogatorio.

Ceci puso los ojos en blanco pero se apartó, permitiendo que Valerie y Aston avanzaran hacia la entrada.

Mientras caminaban, Ceci aprovechó para darle un codazo discreto a Valerie y susurrarle al oído:

—¡No me dijiste que era tan guapo! Es como si Hugh Jackman y David Gandy hubieran tenido un hijo y lo hubieran criado para ser CEO. ¡Dios mío, Val!

Valerie fulminó a su hermana con la mirada, pero Ceci simplemente le guiñó un ojo, inmune a sus advertencias silenciosas.

Henry esperaba en la entrada, apoyado ligeramente en un bastón que utilizaba más por precaución que por necesidad real.

A pesar de la enfermedad, mantenía esa postura erguida y ese aire de dignidad que lo había caracterizado toda la vida.

Su pelo, medio plateado, estaba peinado hacia atrás, y sus ojos castaños (los mismos que había heredado Valerie) brillaban con curiosidad mientras evaluaba al hombre que acompañaba a su hija mayor.

—Papá —dijo Valerie, inclinándose para besarlo en la mejilla—. Te presento a Aston Cavendish. Aston, mi padre, Henry Scott.

Aston extendió una mano con firmeza, mirando directamente a los ojos del padre de Valerie.

—Es un placer conocerlo, señor Scott. Valerie habla de usted con gran admiración.

Henry estrechó su mano, estudiándolo con esa mirada penetrante que había hecho temblar a generaciones de estudiantes.

—El placer es mío, señor Cavendish. He oído hablar mucho de usted —respondió, y luego añadió con una sonrisa ligeramente maliciosa—. Aunque confieso que la naturaleza de los comentarios ha... evolucionado considerablemente en las últimas semanas.

Valerie contuvo el aliento, pero Aston respondió con una risilla.

—Me lo imagino, y probablemente me los merecía —dijo con sinceridad.

—Por favor, pasad. Ceci ha estado toda la tarde revoloteando por la cocina, intentando convencerme de que sabe cocinar.

—¡Oye! —protestó la aludida, siguiéndolos al interior—. Mi risotto es legendario en la residencia universitaria.

—Porque provocó tener que evacuar a todos al hacer que saltara la alarma de incendios —murmuró Valerie, lo suficientemente alto como para que todos la escucharan.

Ceci le dio un golpecito en el brazo.

—No fue así. Bueno, sí. Pero este me ha quedado perfecto.

Marmalade, el gato naranja de la familia, salió al encuentro de Aston, después de enroscarse entre sus pies, comenzó a ronronear.

—Le caes bien —apuntó Valerie.

Aston sonrió. Se inclinó y le acarició, pero después de eso, Marmalade se giró y se fue caminando elegantemente por el pasillo, con la mayor indiferencia del mundo.

¡Gatos!

La casa olía a romero y a ajo, un aroma reconfortante que trajo a Valerie recuerdos de cenas familiares y tardes de domingo.

La decoración no había cambiado mucho desde que se había mudado: las mismas estanterías repletas de libros, los mismos cuadros en las paredes, las mismas fotografías familiares enmarcadas. Era como si el tiempo se hubiera detenido.

Aston miró a su alrededor con interés, deteniéndose brevemente ante una fotografía donde una Valerie adolescente sonreía con brackets , sosteniendo un trofeo de debate.

—Bonita foto —comentó, con una sonrisa que prometía futuros comentarios cuando estuvieran a solas.

Valerie le lanzó una mirada de advertencia, pero no pudo evitar sonreír. Había algo extrañamente reconfortante en ver a Aston en aquel espacio tan personal, como si dos partes separadas de su vida finalmente convergieran.

—He traído esto —dijo Aston, sacando una botella de una elegante bolsa de papel que llevaba—. Espero que sea adecuado.

Henry tomó la botella y examinó la etiqueta.

—Château Paradis, cosecha especial sin alcohol —leyó, visiblemente impresionado—. Una elección excelente, señor Cavendish. Y muy considerado de su parte.

—Aston, por favor —insistió él.

—Aston —dijo Henry con una inclinación de cabeza—. Y tú puedes llamarme Henry, por supuesto.

Ceci, que había estado observando el intercambio entre ambos con los brazos cruzados, intervino:

—Bueno, ¿vamos a quedarnos en el vestíbulo toda la noche o pasamos al comedor? El risotto no espera a nadie, ni siquiera a los CEOs guapos.

—¡Ceci! —exclamó Valerie, mortificada. Dios, la noche iba a ser muy larga.

Pero Aston y Henry encontraron muy divertido el comentario, y ambos soltaron una carcajada que rompió cualquier vestigio de tensión inicial.

El comedor, conectado con la cocina por un arco amplio, estaba iluminado por una lámpara que había en un rincón y por la suave luz de varias velas estratégicamente colocadas.

La mesa, cubierta con un mantel de lino de color crema que Valerie reconoció como el de las «ocasiones especiales», estaba puesta con la vajilla de porcelana que su madre había atesorado casi desde que se casó.

—Vaya, habéis sacado la artillería pesada —comentó Valerie, tocando uno de los platos con nostalgia—. No veía esta vajilla desde Navidad.

—Fue idea mía —admitió Ceci, con una sonrisa llena de orgullo—. Papá quería usar los platos de diario, pero le dije que si queríamos impresionar a tu novio millonario, teníamos que hacerlo bien.

Valerie cerró los ojos brevemente, preguntándose si su hermana tenía algún tipo de interruptor que pudiera desactivar.

—No es necesario impresionarme —intervino Aston con amabilidad—. Aunque aprecio el gesto. Es una vajilla preciosa.

—Era de mi esposa, Caroline —explicó Henry, señalando a todos que tomaran asiento—. Tenía un gusto exquisito para estas cosas.

—La heredó de su abuela —añadió Valerie, sentándose junto a Aston—. Mamá decía que las cosas bellas deben usarse, no guardarse para ocasiones que quizás nunca lleguen.

Una sonrisa melancólica se dibujó en el rostro de Henry.

—Cierto. Caroline siempre fue más sabia que yo en esos asuntos.

Hubo un momento de silencio respetuoso, y Valerie sintió la mano de Aston buscar discretamente la suya bajo la mesa, ofreciéndole un apretón reconfortante. El gesto, tan pequeño y privado, la llenó de una calidez inexplicable.

—¡Bien, hora del festín! —exclamó Ceci, rompiendo el momento con su entusiasmo habitual—. Preparaos para comer el mejor risotto que jamás hayáis probado.

Mientras Ceci se dirigía a la cocina para coger la primera fuente, Henry sirvió el vino que Aston había llevado en copas de cristal tallado que Valerie reconoció de su infancia.

—Por los reencuentros y las nuevas amistades —brindó Henry, alzando su copa.

—Por la familia —añadió Aston, mirando directamente a Valerie mientras sus copas se tocaban con un suave tintineo.

Y mientras la cena comenzaba, con Ceci parloteando sobre sus clases y su padre relatando anécdotas de sus años como profesor, Valerie observó cómo Aston se integraba naturalmente en la dinámica familiar.

Respondía a las preguntas directas de Ceci con paciencia, debatía sobre Shakespeare con su padre con un conocimiento sorprendente, y de vez en cuando la miraba a ella con una expresión que hacía que su corazón se acelerara.

Y mientras observaba a Aston reír abiertamente ante una de las ocurrencias de Ceci, poco a poco, el nerviosismo inicial de Valerie se fue disipando.

No sabía exactamente qué esperaba de aquella noche (quizás tensión, quizás incomodidad, quizás la sensación de que aquellos dos mundos tan diferentes nunca podrían reconciliarse), pero lo que estaba presenciando era algo completamente distinto.

Era armonía, era calidez, era la sensación de que las piezas encajaban naturalmente, sin imposición.