La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

La luz dorada del atardecer se filtraba perezosamente a través de los amplios ventanales del ático de Aston, creando un mosaico de sombras alargadas sobre las superficies.

El sonido distante del tráfico de Nueva York llegaba amortiguado, como el murmullo de un río lejano, apenas perceptible desde la altura privilegiada del último piso.

Valerie descansaba sobre el pecho desnudo de Aston, escuchando el ritmo constante y tranquilizador de su corazón.

Tenía una mano extendida sobre su torso, trazando distraídamente círculos con la punta de los dedos, siguiendo el contorno de sus músculos.

La sábana los cubría apenas hasta la cintura, y el calor que emanaba del cuerpo de Aston hacía que Valerie se sintiera envuelta en una especie de halo de seguridad.

Era extraño cómo, en tan poco tiempo, ese lugar (tan diferente a su pequeño apartamento) había comenzado a parecer un refugio.

El ático de Aston, con su estética minimalista, sus espacios abiertos y esa vista panorámica de Manhattan que cortaba la respiración, se había convertido en un espacio donde Valerie se permitía ser completamente ella misma. Sin dobleces.

Los dedos de Aston se deslizaban por su pelo, enredándose ocasionalmente en algún mechón rebelde, para luego desenredarlo con infinita paciencia.

Era un gesto íntimo que Valerie había descubierto que le encantaba: ese pequeño hábito que revelaba un lado tierno y atento en un hombre al que muchos consideraban frío y calculador.

—¿Sabes en qué estoy pensando? —murmuró Valerie.

—¿En qué? —preguntó Aston.

Valerie sonrió, sin levantar la cabeza.

—En lo ridículamente cómoda que es tu cama —respondió en un tono juguetón—. Creo que tiene poderes hipnóticos. Debería de estar prohibida.

Oyó la risa silenciosa de Aston, un movimiento sutil de su pecho bajo su mejilla.

—Es solo una cama, Val. —Su voz vibró bajo el oído de Valerie.

—No, es una trampa mortal —insistió ella—. Me está costando recordar por qué debería volver alguna vez a mi apartamento. Mi colchón parece un instrumento de tortura medieval en comparación con este.

—Siempre puedes quedarte aquí —sugirió Aston en un tono casual que contrastaba con el peso de sus palabras.

Valerie levantó ligeramente la cabeza para mirarlo, estudiando su expresión.

Aston tenía ese rostro imperturbable que tanto la había frustrado en sus primeras semanas trabajando para él.

Pero ahora podía leer los pequeños detalles: la suave arruga entre sus cejas, el casi imperceptible tic nervioso en la comisura de sus labios.

Estaba intentando parecer despreocupado, pero la propuesta era cualquier cosa menos casual.

—¿Me estás pidiendo que me mude contigo? —preguntó, manteniendo ella también un tono ligero, aunque su corazón había decidido iniciar una carrera de tambores en su pecho.

—Solo digo que la opción está ahí —respondió Aston, volviendo a mirarla—. Para cuando estés lista. Si es que lo estás alguna vez.

Valerie apoyó el mentón sobre su pecho, observándolo con una mezcla de ternura y diversión.

—Llevamos saliendo oficialmente... ¿cuánto? ¿Un mes y medio?

—Siete semanas y tres días —precisó él con esa exactitud matemática tan suya que siempre hacía que Valerie pusiera los ojos en blanco.

—Y ya quieres que invada tu espacio sagrado, tu refugio de soltero —bromeó, aunque una parte de ella se derretía ante la idea de despertarse cada mañana en aquel espacio, con él.

—Mi «refugio de soltero», como tú lo llamas, ha estado esperando a la invasora adecuada —respondió él.

Valerie sintió un cosquilleo en el estómago, esa sensación de vértigo que Aston conseguía provocarle con demasiada frecuencia.

—Lo pensaré —prometió, inclinándose para depositar un suave beso en sus labios—. Pero primero tengo que consultar con mi abogado si existen cláusulas para poder irme en caso de que descubra que hablas en sueños o que tienes una colección secreta de figuras de acción.

—Tengo tres figuras de Darth Vader —confesó Aston con seriedad—. Y a veces recito en sueños párrafos enteros del código mercantil. Considérate advertida.

Valerie soltó una carcajada.

—¿Tres Vaders? ¿En serio?

—Ediciones limitadas —asintió él, fingiendo solemnidad—. Mi única frivolidad.

—Qué alivio. Por un momento temí que fueras humano.

Aston sonrió, esa sonrisa que tan pocos tenían el privilegio de ver. Luego, su expresión se volvió más seria, aunque mantuvo la calidez en la mirada azul.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó, cambiando de tema—. ¿Qué tal el nuevo tratamiento experimental?

Valerie se acomodó mejor sobre su pecho.

—Sorprendentemente bien —respondió—. Los últimos resultados son muy buenos, mejor de lo esperado. El doctor Mercer dice que el tamaño del tumor se ha reducido significativamente y que algunos de los marcadores tumorales han disminuido.

—Eso es excelente —dijo Aston, apretando suavemente su hombro en un gesto de apoyo—. ¿Y cómo lo lleva él?

Valerie sonrió.

—Sigue preguntando cuándo le dejarán volver a dar sus clases. El otro día lo encontré discutiendo con el médico sobre la posibilidad de grabar sus conferencias desde la sala de quimioterapia.

Aston soltó una risa suave.

—Suena como un hombre tenaz. Ahora entiendo de dónde has sacado ese carácter tuyo que me volvía loco en las reuniones.

—¿Que te volvía loco? ¿En pasado? —Valerie alzó una ceja, provocadora—. Juraría que la semana pasada casi te arrancas la corbata cuando te llevé la contraria sobre el proyecto Hanson.

—Y tenías razón —admitió él con una mueca resignada—. Como casi siempre, aunque me cueste reconocerlo.

Valerie sonrió triunfal, pero su sonrisa dio paso poco a poco a una expresión más pensativa.

Había algo más que quería comentarle, algo que la había estado rondando en la cabeza desde que se lo había dicho su padre. Sintió cómo su corazón se aceleraba ante la mera idea de proponérselo a Aston.

—Por cierto... —comenzó, intentando sonar casual, mientras se incorporaba ligeramente para poder ver mejor su rostro—. Fíjate qué idea ha tenido mi padre...

Aston la miró con curiosidad, notando su repentino cambio de postura y el ligero titubeo en su voz.

—Quiere que... bueno, sugirió que quizás... —Valerie se mordió el labio inferior, maldiciendo internamente su repentina incapacidad para articular una frase coherente. ¡Mierda!—. Bueno, quiere que vayas a cenar este sábado a casa.

Las palabras salieron de forma atropellada, y Valerie contuvo el aliento, observando atentamente la reacción de Aston. ¿Le parecería demasiado pronto? ¿Demasiado formal? ¿Una invasión innecesaria de su preciada intimidad?

Para su absoluta sorpresa, Aston ni siquiera parpadeó.

—Iré —dijo.

Valerie se incorporó del todo, sentándose en la cama con los ojos muy abiertos, como si acabara de presenciar un fenómeno paranormal.

—¿En serio? —preguntó con incredulidad.

—Claro —respondió Aston con naturalidad, como si acabara de aceptar una invitación para tomar un café y no el equivalente emocional a saltar en paracaídas para alguien tan reservado como él—. Me encanta la idea.

Valerie lo miró fijamente, buscando algún signo de que estaba bromeando o de que lo hacía solo por complacerla. Pero su expresión era absolutamente sincera.

—Pero... pero... —tartamudeó—. Es mi familia, Aston. Mi padre. Mi hermana de dieciocho años que ya no es una adolescente, pero que a veces se comporta como si lo fuera. En su territorio. Con preguntas incómodas y probablemente algún álbum de fotos vergonzosas de mi infancia.

Aston se incorporó también, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama. Una sonrisa divertida bailaba en sus labios ante el evidente pánico de Valerie.

—Val, he negociado con oligarcas rusos, magnates japoneses y jeques árabes. Creo que puedo manejar una cena con tu familia.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —negó ella con la cabeza—. Mi padre fue profesor de literatura inglesa durante treinta años. Puede destruirte citando a Shakespeare mientras disecciona tus motivaciones más profundas. Y mi hermana Ceci... Dios, Ceci no tiene filtro. Absolutamente ninguno.

Aston la observaba con una mezcla de diversión y ternura. Estaba claro que el dramatismo de Valerie le entretenía.

—Suena encantador —comentó, provocando que Valerie le lanzara una mirada de incredulidad—. Lo digo en serio. Me gustaría conocerlos.

—¿Por qué? —preguntó ella, confundida.

La expresión de Aston se suavizó, y extendió una mano para acariciar la mejilla de Valerie con una delicadeza que contrastaba con su habitual dureza en la oficina.

—Porque son importantes para ti. Y tú eres importante para mí.

La sencillez de su respuesta desarmó completamente a Valerie. No era un gran discurso romántico ni una declaración grandilocuente, pero en esas pocas palabras había un sentimiento que la dejó sin aliento.

—Entonces... ¿le digo a mi padre que irás? —preguntó, todavía procesando la facilidad con que Aston había aceptado.

—Sí. —Aston asintió, y luego añadió con una sonrisa ligeramente traviesa—. Aunque si tiene esos álbumes de fotos que has mencionado, quizás debería negociar algún tipo de compensación con él, porque me gustaría echarles un vistazo.

Valerie le dio un golpecito juguetón en el hombro.

—Ni se te ocurra. Si veo que te acercas a cualquier cosa que parezca remotamente un álbum, te arrastraré fuera de esa casa tan rápido que ni te darás cuenta.

—Ahora estoy intrigado —respondió Aston, atrapando su mano y llevándosela a los labios para besarla—. ¿Qué oscuros secretos esconden esas fotografías? ¿Algún disfraz particularmente memorable? ¿Un corte de pelo experimental?

Valerie entrecerró los ojos, amenazante.

—Una palabra más y cancelo la cena.

Aston alzó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa delataba que el tema no estaba ni mucho menos cerrado.

Valerie sabía que solo había conseguido despertar aún más su curiosidad, y mentalmente comenzó a planear cómo convencer a su padre de que escondiera cualquier evidencia fotográfica comprometedora.

Sin embargo, bajo su fingida indignación, se expandía en su pecho una cálida sensación de felicidad.

La naturalidad con que Aston había aceptado conocer a su familia, ese paso que para ella representaba cruzar una frontera importante en su relación, significaba más de lo que podía expresar con palabras.