CAPÍTULO 49
El olor a desinfectante flotaba en el aire, ese aroma tan característico de los hospitales que Valerie había aprendido a asociar con una mezcla de miedo y esperanza.
Empujó suavemente la silla de ruedas por el resplandeciente pasillo. Sus pasos resonaban en el suelo pulido mientras el chirrido ocasional de las ruedas marcaba un ritmo irregular.
Su padre iba sentado con la espalda recta y la barbilla alzada, manteniendo esa dignidad suya tan característica incluso en las circunstancias más adversas.
—No necesito esta silla —protestó por enésima vez, golpeando ligeramente el reposabrazos con sus dedos huesudos—. Mis piernas funcionan perfectamente.
Valerie reprimió una sonrisa, acostumbrada ya a esa pequeña batalla que libraban cada vez que iban al hospital.
—Es política del hospital, papá. No quieren arriesgarse a que te desplomes en medio del pasillo y luego les demandes por negligencia.
—¿Y desde cuándo soy yo de los que demandan? —resopló Henry, pero había un brillo de humor en sus ojos castaños, tan parecidos a los de Valerie—. Tu madre era la abogada de la familia, no yo.
La mención de su madre no dolió tanto como solía hacerlo. El tiempo no había borrado su ausencia, pero había suavizado el dolor.
—Mamá jamás habría demandado a nadie —respondió Valerie con una sonrisa nostálgica—. Habría negociado una solución pacífica con tanta diplomacia que el hospital habría terminado pidiéndole disculpas y ofreciéndole un puesto en la junta directiva.
Henry soltó una carcajada que pronto se convirtió en una pequeña tos. Valerie se detuvo inmediatamente, inclinándose para mirarle a la cara.
—¿Estás bien? ¿Quieres que paremos un momento?
—Estoy perfectamente —respondió él, agitando una mano en el aire para restarle importancia—. Solo me he tragado mi propia saliva. Aún no estoy muriéndome.
Valerie hizo una mueca ante el humor negro de su padre, y continuó empujando la silla.
—El doctor Mercer dice que los resultados son prometedores —comentó Valerie mientras giraban hacia el ala de oncología—. La reducción del tamaño del tumor es significativa.
—Lo sé —asintió Henry—. Me ha mostrado las imágenes. Parezco una de esas exhibiciones de ciencia que tanto le gustaban a tu hermana cuando era pequeña. «Antes y después del tratamiento experimental».
—Papá, por favor. —Valerie puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar reír—. Esto es serio.
—Precisamente porque es serio hay que tomárselo con humor, Val. Si me pasara el día lamentándome, ya estaría muerto. Y tengo demasiadas cosas que hacer aún.
Llegaron a la sala de espera de oncología. Estaba relativamente tranquila aquella mañana, con solo tres personas sentadas entre sillas vacías.
Valerie colocó la silla de ruedas cerca de la ventana, donde la luz del sol creaba un charco dorado en el suelo. Su padre siempre prefería estar cerca de la luz natural. «Las lámparas fluorescentes me hacen parecer un cadáver», solía decir.
—La enfermera Jenkins dijo que vendría a buscarte en unos quince minutos —informó Valerie, sentándose en la silla contigua—. Parece que hoy van a ser puntuales.
—Jenkins es buena gente —asintió Henry—. No se anda con tonterías y tiene las manos cálidas cuando pone las vías. Detesto las manos frías. Son como pequeños témpanos apuñalándote.
Valerie sonrió, familiarizada con el peculiar ranking de enfermeras que su padre había hecho a lo largo de sus tratamientos.
Jenkins estaba en lo alto de la lista, junto con Mara Ramírez, que cantaba boleros mientras preparaba la medicación y Alice Thompson, que siempre le daba caramelos de limón a escondidas.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos.
Henry miraba por la ventana, donde los árboles del pequeño jardín del hospital se mecían suavemente bajo la brisa otoñal.
Valerie lo observaba a él, buscando señales de fatiga o dolor en su rostro.
La última sesión le había afectado bastante, aunque él se empeñara en minimizarlo, pero por suerte, el tratamiento experimental estaba empezando a dar el resultado esperado.
—¿Has hablado ya con Ceci? —preguntó de repente Henry, apartando la mirada del jardín para fijarla en su hija.
—Sí, anoche. Está emocionada con volver a casa este fin de semana. Al parecer, su compañera de habitación la está volviendo loca.
—Tu hermana tiene la paciencia de un santo —comentó Henry.
—Sí, es verdad. La compañera de habitación de Ceci es para echarle de comer aparte, según las cosas que cuenta.
Valerie miró a su padre y se mordisqueó el labio de abajo.
Fue entonces cuando lo decidió.
Era el momento. Llevaba días dándole vueltas, buscando la ocasión perfecta para contarle que estaba saliendo con Aston.
Después de lo ocurrido en París, después de las conversaciones con Dee y con Ceci, sabía que no era un simple romance pasajero.
Era algo serio, algo que merecía ser compartido con las personas importantes de su vida.
—Papá, hay algo que quiero contarte —comenzó, notando cómo su pulso se aceleraba ligeramente.
Henry la miró con curiosidad, ladeando ligeramente la cabeza en un gesto que le recordó muchísimo a Ceci.
—Suena importante. ¿Has decidido por fin abandonar ese trabajo infernal y dedicarte a criar alpacas en Perú como siempre amenazas en Navidad?
Valerie soltó una risa nerviosa, agradeciendo el intento de aligerar la atmósfera.
—No, las alpacas tendrán que esperar. Es sobre... —Hizo una pausa—. Estoy saliendo con alguien. De hecho, es algo serio.
Los ojos de Henry se iluminaron con interés y una pizca de alivio.
—¿En serio? Eso es maravilloso, Val. Después de lo de Marcus, comenzaba a temer que decidieras entrar en un convento. No es que tenga nada contra las monjas, pero honestamente, el negro no es tu color.
—¡Papá! —Valerie le dio un golpecito juguetón en el brazo—. Estoy intentando tener una conversación seria.
—Lo siento, lo siento —se disculpó Henry, pero la sonrisa traviesa que había dibujada en sus labios contradecía sus palabras—. Continúa, por favor. ¿Quién es el afortunado?
Valerie tomó aire profundamente. Ahí venía la parte complicada.
—Es... bueno, es Aston. Aston Cavendish.
Valerie esperó la reacción de sorpresa, quizás incluso de desaprobación. Después de todo, salir con el jefe no era precisamente algo que las madres enseñaran a sus hijas como conducta ejemplar.
Henry permaneció en silencio unos segundos. Su ceño se frunció ligeramente, no en desaprobación, sino como si estuviera concentrado.
—¿Cavendish? ¿Tu jefe? ¿Ese tipo del que siempre te quejas porque es demasiado exigente y perfeccionista?
Valerie afirmó con la cabeza varias veces, al tiempo que notaba un ligero rubor ascender por sus mejillas.
—Ese mismo. Pero resulta que hay mucho más fondo en él de lo que parece a primera vista. Es... —se detuvo, buscando una forma de describir a Aston que no sonara como una adolescente enamorada—. Es complejo, y profundo, y mucho más amable de lo que deja ver.
Una sonrisa comprensiva se dibujó lentamente en el rostro de Henry.
—Lo sabía —declaró con aire de triunfo—. La forma en que hablabas de él. Siempre que salías de mal humor del trabajo, era «el señor Cavendish esto», «el señor Cavendish aquello», «el señor Cavendish lo otro». Nadie dedica tanta energía a quejarse de alguien a menos que realmente le importe.
Valerie lo miró boquiabierta.
—¿Qué? ¿Tú... lo sospechabas?
—Calabacita, soy mayor, pero no ciego —respondió con un guiño—. Y conozco esa mirada. Es la misma que tenía tu madre cuando hablaba de algo que le apasionaba. Tus ojos brillan exactamente igual.
Un nudo de emoción se formó en la garganta de Valerie. No esperaba aquella reacción. Había anticipado preguntas, tal vez preocupaciones sobre la ética de salir con su jefe o sobre la reputación de Aston como empresario implacable.
—Y... ¿no te preocupa? —preguntó—. Quiero decir, es mi jefe. Y tiene fama de ser bastante... —¿Cómo lo podía describir?—… intenso.
Henry soltó un resoplido divertido.
—Val, si me preocupara por cada hombre «intenso» que se cruza en el camino de mis hijas, habría desarrollado una úlcera hace años. Sobre todo con tu hermana. Además —añadió, en un tono más serio—, confío en tu juicio. Siempre lo he hecho.
—Gracias —murmuró Valerie.
—La única pregunta que importa es: ¿eres feliz? ¿Te hace feliz?
Valerie ni siquiera tuvo que pensarlo. La respuesta brotó de sus labios como si hubiera estado esperando que le hiciera aquella pregunta desde hace tiempo.
—Sí, me hace muy feliz.
—Entonces, por mi parte no hay problema —declaró Henry con sencillez—. Solo quiero que seas feliz, Val. Después de todo lo que has sacrificado por esta familia, por mí y por Ceci, y de lo que has pasado con Marcus, te mereces toda la felicidad del mundo.
Valerie se inclinó para abrazar a su padre, inhalando ese aroma familiar a loción de afeitar y el ligero toque de gel de lavanda que Ceci le regalaba en cada cumpleaños.
—Gracias, papá —susurró contra su hombro.
Cuando se separaron, Henry tenía esa mirada traviesa que Valerie conocía demasiado bien. Era la misma expresión que ponía justo antes de sugerir alguna idea descabellada.
—¿Sabes qué? Deberías invitarlo a cenar —propuso, como quien no quiere la cosa—. Este sábado, por ejemplo. Ceci estará en casa, vuelve de la universidad para el fin de semana. Sería perfecto para conocerlo.
Valerie se echó hacia atrás en su silla, mirando a su padre con una mezcla de diversión y horror.
—¿Este sábado? ¿Tan pronto? Papá, apenas estamos empezando. No quiero espantarlo con presentaciones familiares.
—¿Espantarlo? —Henry fingió indignación—. Por favor, soy un encanto. Y Ceci es un ángel, aunque no pare de hablar nunca. Será una cena agradable, no un interrogatorio policial.
—No es eso. Es que... es demasiado pronto. Apenas llevamos unas semanas.
—Tiempo suficiente para ir a París juntos —replicó Henry con un movimiento de cejas sugerente que hizo que Valerie se sonrojara hasta la raíz del pelo.
Valerie se quedó pensando.
—Está bien, se lo comentaré a Aston —accedió finalmente, alzando las manos en señal de rendición—. Pero no prometo nada. Tiene una agenda complicada y...
—Y es un hombre ocupadísimo, lo sé —completó Henry, con un brillo divertido en los ojos—. Pero todos tenemos que comer, incluso los grandes empresarios. Solo dile que mi casa siempre estará abierta para cuando quiera venir. Sin presiones.
Antes de que Valerie pudiera responder, la enfermera Jenkins apareció en la sala, con su uniforme impecable y una sonrisa afable en el rostro.
—Señor Scott, estamos listos para usted —anunció—. Buenos días, Valerie. Estás radiante hoy. ¿Nuevo corte de pelo?
—Buenos días, Nancy —la saludó Valerie con una sonrisa—. No, tengo el mismo de siempre. Debe ser la iluminación de la sala.
—O quizás sea el brillo del amor —murmuró Henry lo suficientemente alto como para que ambas mujeres lo escucharan, provocando que Valerie le lanzara una mirada de advertencia.
La enfermera Jenkins, acostumbrada a las bromas de Henry, simplemente sonrió mientras se colocaba detrás de la silla para empezar a empujarla.
—¿Me acompañas, Val? —preguntó Henry, ya más serio—. El médico quiere comentarnos algo sobre los nuevos resultados.
—Por supuesto —respondió ella, levantándose y recogiendo su bolso.
Mientras seguían a la enfermera por el pasillo, Henry estiró su mano para tomar la de su hija. Era un gesto raro en él, que normalmente mantenía su compostura estoica incluso en los momentos más difíciles del tratamiento.
—Estoy orgulloso de ti, ¿sabes? —dijo en voz baja, solo para ella—. Por arriesgarte otra vez, por abrir tu corazón después de lo que pasó con Marcus.
Valerie apretó suavemente su mano, sintiendo un nudo en la garganta.
—A veces pienso que mamá me habría dicho que estoy loca —confesó con una sonrisa triste—. Salir con mi jefe... no es precisamente lo más sensato del mundo.
Henry soltó una risa suave.
—¿Tu madre? No, habría sido la primera en decirte que sigas a tu corazón. Era práctica hasta la médula, sí, pero también era una romántica incorregible. ¿Por qué crees que se casó con un profesor de literatura que solo sabía recitar a Shakespeare y quemar tostadas?
La imagen mental de sus padres jóvenes, enamorados a pesar de ser tan diferentes, trajo una sonrisa al rostro de Valerie.
Recordó las mañanas de los domingos de su infancia: su madre leyendo el periódico mientras su padre preparaba panqueques quemados en los bordes, pero crudos en el centro, recitando sonetos mientras volvía la masa con movimientos exagerados con la espátula.
—Entonces... ¿el sábado? —insistió Henry, interrumpiendo sus pensamientos—. Haré mi famoso asado. Prometo no quemar nada esta vez.
Valerie suspiró, rendida pero divertida.
—Hablaré con él. Pero recuerda: sin interrogatorios, sin álbumes de fotos de mi infancia, y definitivamente sin esas historias de cuando me disfracé de Darth Vader para la fiesta de la escuela.
—No prometo nada —respondió Henry, con una sonrisa traviesa mientras entraban en la sala de tratamiento, donde el doctor Mercer los esperaba con una carpeta de resultados en la mano y una sonrisa que anticipaba buenas noticias.
Mientras el médico comenzaba a explicar los avances del tratamiento experimental y los próximos pasos, Valerie se encontró pensando en Aston, imaginando su reacción ante la invitación.
Sorprendentemente, no sentía el pánico que esperaba. En cambio, descubrió que una parte de ella realmente quería que conociera a su familia, que viera esa parte de su vida.