CAPÍTULO 48
El agua caliente golpeaba la piel de Valerie mientras ella cerraba los ojos, permitiéndose un último momento para revivir París. La Torre Eiffel iluminada, el Sena reflejando la ciudad, los dedos de Aston entrelazados con los suyos mientras caminaban por Montmartre...
Sonrió involuntariamente.
Parecía un sueño del que acababa de despertar, excepto que los recuerdos eran demasiado vívidos, demasiado reales.
Con un suspiro de resignación, cerró el grifo. El jet lag comenzaba a hacer mella, pero valía la pena por cada minuto vivido en la Ciudad de la Luz.
Se envolvió en su albornoz favorito, ese de color melocotón que Dee siempre decía que la hacía parecer «una nube esponjosa con patas».
El pensamiento la hizo sonreír mientras se secaba el pelo distraídamente con una toalla.
El apartamento estaba en silencio. Arrastró los pies hasta la cocina y puso la tetera, decidida a combatir el cansancio con una taza de té antes de sucumbir al sueño.
Mientras esperaba que el agua hirviera, sus ojos se posaron en el pequeño colgante con la Torre Eiffel, que le había regalado Aston y que pendía en su cuello. Lo acarició casi de modo reverencial con la yema del pulgar.
El sonido estridente del teléfono la arrancó de sus ensoñaciones. Miró la pantalla y sonrió al ver el nombre de Dee.
Descolgó.
—¿Ya estás en casa? —La voz de su amiga sonaba tan llena de energía como siempre, a pesar de ser casi medianoche.
—Acabo de salir de la ducha —respondió Valerie, sujetando el teléfono entre la mejilla y el hombro mientras echaba el agua caliente en la taza—. ¿Tú por qué sigues despierta? ¿No tienes esa reunión temprano mañana?
—¡Al diablo la reunión! —exclamó Dee—. Has estado en París con Aston-Dios-griego-Cavendish durante tres días. Dormirás cuando yo te permita dormir. ¡Necesito que me lo cuentes todo! Y no te atrevas a omitir nada.
Valerie se echó a reír, llevando su taza al pequeño sofá de la sala. Se acomodó entre los cojines, con las piernas recogidas bajo el albornoz.
—Ha sido... —buscó palabras que se aproximaran a lo que había sentido durante su estancia en París, pero todas parecían quedarse cortas—. Ha sido el mejor viaje de mi vida, Dee.
Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea, seguido de un suspiro lleno de dramatismo.
—No me extraña, cariño. Has ido a París. ¡A París! —Dee alargó cada sílaba como si estuviera saboreando un dulce delicioso—. No sabes cómo te envidio, yo también quiero ir a París. O mejor aún: quiero que un multimillonario jodidamente atractivo me lleve a París.
Valerie sonrió, detectando el tono juguetón en la voz de su amiga. Dee era incapaz de sentir envidia real; era una de esas personas que siempre se alegraban de la felicidad ajena.
—Si por «jodidamente atractivo» te refieres a un hombre que se despierta con el pelo hecho un desastre y babea ligeramente cuando duerme, entonces sí, es exactamente así.
—¡No! —Dee soltó una carcajada de incredulidad—. ¿Aston Cavendish babea? Esta información vale su peso en oro. Podría venderla a los programas del corazón y financiar mi propio viaje a París.
—Te arrancaré las pestañas una por una si lo mencionas fuera de esta conversación —amenazó Valerie, aunque no podía contener la risa—. Además, es adorable. Se ve muy... humano.
—Humano. Vaya, qué estándar tan alto has establecido —bromeó Dee—. Ahora en serio, ¿cómo ha sido? No el babeo, París. El viaje.
Valerie dio un sorbo a su té, dejando que el calor la reconfortara mientras ordenaba sus pensamientos.
—Ha sido como estar en una burbuja, Dee. Como si el mundo real se hubiera quedado en suspenso. —Hizo una pausa, trayendo a su mente todos los recuerdos que había atesorado—. El hotel era de lujo, con vistas al Sena...
—Por supuesto que sí —interrumpió Dee—. Seguro que el señor Perfecto caga un millón de dólares todos los días.
—¡Dee! —Valerie se atragantó con el té, entre risas y tos—. Eres… Dios, no sé cómo describirlo.
—Soy realista. Continúa, por favor.
—Bueno, visitamos todos los lugares típicos: Notre Dame, la Torre Eiffel, Montmartre...
pero también sitios menos conocidos, sitios que fueron especiales para Aston cuando vivió allí.
Me llevó a un pequeño restaurante, escondido en una de las preciosas calles de Montmartre, cuyo dueño era encantador.
—Eso suena sorprendentemente romántico —observó Dee.
—Lo es. —Valerie sonrió para sí misma—. Aston me ha regalado un colgante de la Torre Eiffel rodeado de diamantes, que simbolizan las luces que iluminan cada hora durante cinco minutos la Torre Eiffel.
—Dios mío. —Dee fingió una arcada—. Si sigue siendo así de perfecto, voy a tener que odiarlo por principios.
Valerie se rio, pero luego su voz se volvió más suave, casi tímida.
—Dee, creo... no, estoy segura. Estoy enamorada de él —afirmó.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, pero no uno incómodo. Sino uno de esos silencios que se produce cuando alguien está eligiendo cuidadosamente las siguientes palabras que va a decir.
—Lo sé, cariño —respondió finalmente Dee. Su voz se escuchaba inusualmente seria—. Lo supe incluso antes de que tú te dieras cuenta.
—¿Tan obvia he sido?
—Más que un semáforo en rojo. La forma en que hablas de él, cómo te brillan los ojos... —Dee hizo una pausa—. Pero la verdadera pregunta es: ¿él siente lo mismo?
Valerie jugueteó con el cordón de su albornoz, recordando la manera en que Aston le había dicho que creía que se estaba enamorando de ella.
—Sí, me lo ha dicho —confesó, sintiendo un cosquilleo en el estómago al verbalizarlo en voz alta—. Me dijo que cree que se está enamorando de mí, Dee.
—Joder. —La voz de Dee subió varias octavas.
Valerie dejó escapar una pequeña carcajada, pero negó con la cabeza, aunque su amiga no pudiera verla.
—No es como todos piensan, ¿sabes? El hombre duro y frío que muestra en la oficina... es solo una fachada. En realidad, es profundo, sensible. —Hizo una pausa, recordando—. ¿Sabes que solía pintar? Por eso se fue a vivir a París un tiempo. Y tenía muchísimo talento.
—¿Aston Cavendish, el diablo de Wall Street, pintando acuarelas los fines de semana? Ahora sí que has conseguido impresionarme.
—No son acuarelas, es expresionismo abstracto. Muy intenso, como él. —Valerie se mordió el labio, recordando todo lo que había visto—. Dejó de pintar para dedicarse únicamente a los negocios.
—Vaya, así que el robot ha resultado tener sensibilidad artística —murmuró Dee.
—No es un robot —lo defendió Valerie, aunque sabía que Dee estaba bromeando—. Solo... se protege. Ha pasado por mucho, Dee. Me contó lo que pasó con su familia, cómo perdió a su madre y a su hermana.
La voz de Dee se suavizó.
—Lo siento, no quería sonar insensible. Es solo que... —titubeó—. Después de lo que ha pasado con Marcus, me preocupo por ti, Val. Me preocupo mucho.
El nombre cayó como una piedra en el estómago de Valerie.
—Aston no es Marcus —dijo con firmeza—. Ni remotamente parecido.
—Lo sé, lo sé —se apresuró a aclarar Dee—. Marcus era un imbécil con la inteligencia emocional de una nuez. Aston es... bueno, es Aston. El hombre que aparece en la portada de Forbes y al que todo el mundo teme en las reuniones de la junta directiva.
—Exactamente —asintió Valerie, tomando otro sorbo de té—. No juega con las personas. Es brutalmente honesto, a veces demasiado. Si no quisiera estar conmigo, simplemente lo diría.
—Eso es cierto —le dio la razón Dee—. La sutileza no es precisamente su fuerte.
—No, desde luego que no —dijo Valerie.
—La cuestión es —continuó Dee—, que me alegro por ti. De verdad. Te mereces ser feliz después de toda la mierda que pasó con Marcus. Te mereces estar con alguien que te haga feliz.
—Gracias, Dee.
—Pero si alguna vez te hace daño, cualquier tipo de daño —advirtió Dee—, iré personalmente a su despacho y le arrancaré esos preciosos ojos azules que tiene con mis propias manos. Y sabes que lo haré.
—Lo sé. —Valerie sonrió, imaginando la escena—. Es parte de por qué te quiero tanto.
—Y yo a ti, cariño.
Valerie bostezó, sintiendo cómo el cansancio finalmente comenzaba a ganarle la batalla.
—Necesito dormir. Mañana tengo que volver a la realidad.
—La cruel realidad donde tu novio es tu jefe y tienes que fingir que no pasaste el fin de semana haciéndole cosas escandalosas en París —bromeó Dee, que se estaba descojonando de la risa—. Deberías escribir una novela erótica sobre esto, sabes. «El jefe y yo: Aventuras bajo la Torre Eiffel».
—Buenas noches, Dee —dijo Valerie con contundencia, pero sin poder contener la risa.
—Buenas noches, Val. Sueña con tu artista multimillonario. Y mañana quiero escuchar el resto. Con detalles explícitos.
—En tus sueños —respondió Valerie, antes de colgar.
Dejó el teléfono en la mesa auxiliar y se quedó mirando al techo, con una sonrisa tonta en los labios.
París parecía tan lejano ya, pero al mismo tiempo, sentía como si hubiera traído un pedazo de esa magia con ella. O quizás la magia nunca había estado en París, sino en los momentos compartidos con Aston.
El recuerdo de su última noche allí la invadió: la cena en una terraza con vistas a la ciudad, Aston llevándola luego de vuelta al hotel, sus manos grandes y seguras acariciando cada centímetro de su cuerpo y sus dedos dejando un rastro de fuego sobre ella.
«Jamás he sentido algo así por nadie —le había confesado—. Me asusta lo mucho que te necesito, Valerie.»
Y ella le había creído. No porque quisiera creerle, sino porque veía la verdad en sus ojos, en la forma en que la miraba como si ella fuera algo precioso y frágil, como si fuera un tesoro.