CAPÍTULO 47
—Que descanses —le dijo Aston a Valerie.
—Igualmente. Y gracias por darme este fin de semana en París —dijo ella.
—Gracias a ti —contestó él.
Aston se inclinó y le dio un beso en los labios.
—Hasta mañana —se despidió Valerie con un susurro.
—Hasta mañana.
Valerie se bajó del coche, cogió su pequeña maleta, que estaba en los asientos traseros, y se dirigió a su edificio. Antes de entrar, se volvió y agitó la mano. Aston imitó su gesto.
Cuando la figura de Valerie desapareció tras la puerta, Aston dio la vuelta al coche y se alejó calle arriba.
El ascensor privado lo llevó directamente a su ático.
Al abrirse las puertas metálicas, la iluminación automática reveló el impecable espacio que llamaba hogar. Elegante, impersonal, perfecto.
Vacío.
Dejó caer su maleta en el recibidor y se dirigió directamente al bar. Se sirvió dos dedos de whisky Macallan de 25 años y lo bebió de un trago, sintiendo el ardor familiar en su garganta. El segundo vaso lo llevó consigo hasta los ventanales, donde se quedó contemplando la ciudad que nunca dormía.
Nueva York. Tan diferente de París. La Ciudad de la Luz frente a la Ciudad que Nunca Duerme. Ambas fascinantes a su manera, ambas implacables a su modo.
En París había sido Aston, el hombre; allí era Cavendish, el apellido, la marca, el empresario.
El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos. Lo sacó del bolsillo de su pantalón y miró la pantalla: Lexe.
—Estaba a punto de llamarte —dijo al contestar, sin molestarse en saludar—. Acabo de llegar.
—Lo sé —respondió la voz familiar de Lexe al otro lado—. El sistema de seguridad registró tu entrada hace seis minutos y treinta y dos segundos.
Aston sonrió a su pesar. Típico de Lexe, siempre vigilante, siempre tres pasos por delante.
—¿Ha habido algo nuevo durante mi ausencia? —preguntó, tomando otro sorbo de whisky.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, apenas perceptible, pero suficiente para que Aston se tensara. Conocía a Lexe lo bastante bien como para saber que ese microsegundo de vacilación significaba problemas.
—Necesito verte —dijo finalmente Lexe—. Esta noche.
Aston frunció el ceño con gravedad.
—Estoy agotado, acabo de volver de...
—No te lo pediría si no fuera importante —le interrumpió Lexe. Su tono dejaba claro que no era negociable—. Estaré allí en veinte minutos.
La llamada terminó antes de que Aston pudiera protestar. Miró la pantalla del teléfono con irritación.
—Yo también te quiero, Lex —murmuró sarcásticamente al aire.
Se dirigió al dormitorio para cambiarse el traje arrugado.
Mientras se quitaba la corbata, su mente repasaba las posibles emergencias que podrían haber surgido en su ausencia, y solo quedaba una posibilidad, la que siempre acechaba en las sombras de su vida.
Los Blackguard.
El pensamiento hizo que su mandíbula se tensara.
Se cambió rápidamente y se puso unos vaqueros oscuros y un jersey de punto negro.
Si Lexe traía noticias sobre los Blackguard, no quería recibirlas vestido como Aston Cavendish, CEO.
Esos asuntos pertenecían a una identidad diferente, una que mantenía cuidadosamente separada de su vida pública. Al menos, cuando podía.
Y ahora, también de Valerie.
La punzada de culpabilidad fue inmediata y aguda. No le había contado nada sobre esa parte de su vida. ¿Cómo podría hacerlo?
«Por cierto, cariño, además de dirigir una multinacional, llevo veinte años planeando una venganza contra la familia más poderosa del país, para hacerles pagar lo que le hicieron a mi madre y a mi hermana», no era exactamente una conversación para tener durante una cena.
El timbre del ascensor privado anunció la llegada de Lexe. Puntual como siempre.
Las puertas se abrieron para revelar su figura alta y fornida.
—Deberías estar durmiendo —fue el saludo de Lexe mientras entraba al ático. Sus ojos recorrieron rápidamente el espacio, un hábito inconsciente de vigilancia.
—Lo estaría si no fuera por tu culpa —replicó Aston en tono burlón—. ¿Whisky?
Lexe negó con la cabeza, dirigiéndose directamente a la sala de estar.
—Esto no es una visita social.
—Nunca lo es contigo —murmuró Aston, siguiéndolo—. ¿Qué es tan urgente que no puede esperar hasta mañana?
Lexe se detuvo frente a los ventanales, contemplando la ciudad como Aston había hecho minutos antes.
A sus cuarenta años, Lexe poseía una calma que parecía impenetrable. Pero Aston conocía los signos: la ligera tensión en sus hombros, la forma en que su mano izquierda se cerraba y abría rítmicamente. Estaba preocupado.
—Tenemos un problema —dijo Lexe finalmente, girándose para enfrentar a Aston—. Creo que los Blackguard están tras tu pista.
Aston sintió que el suelo se movía ligeramente bajo sus pies, pero se obligó a mantener el rostro impasible.
—¿Por qué?
—Durante tu ausencia, ha habido movimientos inusuales —comenzó Lexe. Su voz era baja y controlada—. Primero, alguien ha intentado acceder a tus archivos privados. No a través de los canales oficiales, sino mediante una intrusión sofisticada en el servidor espejo que mantiene a Orwell.
Aston frunció el ceño. Orwell era el nombre en clave del servidor secreto donde él había guardado información relacionada con los Blackguard, camuflada entre datos empresariales banales. Solo dos personas conocían su existencia: Lexe y él mismo.
—¿Han conseguido algo?
—No, las defensas que instalaron funcionaron. Pero el intento en sí mismo es preocupante. —Lexe hizo una pausa—. Luego, anteayer, alguien siguió a Hadden Fisher desde la oficina hasta su casa.
Aston se tensó. Hadden Fisher era el topo que los Blackguard habían metido en la empresa y al que finalmente habían pillado.
—¿Fisher está bien?
—Se dio cuenta y perdió a su seguidor —respondió Lexe—. Me llamó inmediatamente después. Está preocupado.
—¿Y crees que ambos incidentes están relacionados con los Blackguard? —preguntó Aston, aunque ya conocía la respuesta.
—No creo en las coincidencias —respondió Lexe simplemente—. Y hay más. Esta mañana, mientras estabas en el aire, recibí un mensaje cifrado en uno de los canales que establecimos para emergencias.
Aston se quedó en el móvil.
—¿De mi padre?
Lexe negó con la cabeza.
—De Morrigan.
El nombre cayó como una piedra en el silencio del ático.
Morrigan era la única aliada que tenían dentro del círculo más íntimo de los Blackguard, una amiga de Lexe que se había infiltrado entre ellos y cuya información siempre había resultado inestimable.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó con voz impaciente.
—«Están empezando a sospechar que había otro hijo. Tened cuidado.» —Lexe citó de memoria—. Ningún detalle adicional, como es su costumbre.
Aston se pasó una mano por el pelo, un gesto nervioso que rara vez se permitía.
—Crees que saben quién soy realmente? —La pregunta salió directa como una bala.
Lexe lo miró, su expresión era grave.
—Me gustaría decirte que no, pero no estoy seguro. Han pasado muchos años desde que empezaste a recabar información comprometida de los Blackguard, Aston. Quizá era cuestión de tiempo que alguien comenzara a sospechar.
Aston se giró bruscamente, dirigiéndose de nuevo al bar. Necesitaba otro trago.
—Debe haber una filtración —dijo mientras se servía—. Alguien debe haberse ido de la lengua y por eso han empezado a sospechar que mi madre tuvo mellizos, y que no solo estaba mi hermana, que había dos.
—Es una posibilidad —aseveró Lexe, siguiéndolo hacia el bar—. O quizás hayan conectado los puntos por sí mismos. Los Blackguard no son estúpidos, Aston, por desgracia. Sabemos hasta dónde llegan sus tentáculos.
—¡Malditos bastardos! —exclamó Aston, golpeando el vaso contra la barra, haciendo que varias gotas salpicaran la superficie—. Y me importa una mierda que yo sea uno de ellos, son todos unos malditos malnacidos.
—No voy a discutir eso —comentó Lexe—. Aunque lleves su sangre, estoy de acuerdo contigo.
Aston bebió un largo trago de whisky, dejando que el alcohol quemara su garganta y despejara su mente. Años de entrenamiento para contener sus emociones se activaron automáticamente, permitiéndole analizar la situación con frialdad.
—Tenemos que encontrar a mi padre —dijo finalmente, con una voz más controlada que al principio—. Antes de que los Blackguard descubran quién soy realmente. Tenemos que encontrarle cómo sea y dónde sea que esté, o todo se va a ir a la mierda.
La idea de no poder vengar a su madre y su hermana le revolvía las tripas.
Habían pasado veinte años desde su muerte, veinte años desde que había descubierto la verdad sobre los Blackguard y el papel que habían tenido en su asesinato.
Veinte años alimentando un plan de venganza que ahora parecía tambalearse.
Lexe asintió con la cabeza.
Él había estado ahí casi desde el principio, había visto al adolescente destrozado convertirse en el hombre implacable que era ahora, en el Diablo, como algunos le apodaban.
—He estado rastreando una nueva pista —dijo, tomando otra vez la palabra—. Creo que tu padre podría estar en Sudamérica, posiblemente Argentina.
—¿Argentina? —Aston frunció el ceño—. ¿Por qué demonios se iría a Argentina?
—Por la Operación Nachtfalter —respondió Lexe—. Encontré referencias a ella en los últimos archivos que dejaron antes de desaparecer. Parece que estaba investigando conexiones entre los Blackguard y antiguos oficiales nazis que escaparon a Sudamérica después de la guerra.
—Eso fue hace décadas —objetó Aston, escéptico.
—Los Blackguard piensan en términos de siglos, no de décadas.
Su estela es enorme, ya lo sabes. Su fortuna viene de mucho tiempo atrás, y su ingente patrimonio no se construye solo en unas pocas décadas, crece a base de sobornos, estafas, extorsiones, son unos auténticos mafiosos…
—le recordó Lexe. Aston lo sabía bien—. Y si tu padre descubrió algo significativo sobre sus operaciones, como dijo Fisher…
—Podría amenazar su supremacía actual —terminó de decir Aston, comprendiendo la lógica—. ¿Tienes una ubicación específica?
—Una región, no una dirección exacta. La Patagonia. Millas de kilómetros de territorio apenas poblado. El escondite perfecto.
Aston reflexionó unos instantes.
—Tengo que ir —decidió—. Cuanto antes.
Lexe lo miró con severidad.
—No puedes desaparecer ahora, Aston. Levantarías todas las alertas posibles.
—Entonces ¿qué sugieres? —replicó él. La frustración era evidente en su voz—. ¿Que me quede aquí esperando a que los Blackguard vengan a por mí?
—Sugiero que usemos tu puesto como CEO para crear una coartada —respondió Lexe, calmado como siempre—. Cavendish Industries tiene minas en Chile, a un paso de la Patagonia argentina. Una visita de inspección no levantaría sospechas.
Aston dio una vuelta a la idea. Era sólida, como todo lo que proponía Lexe.
—¿Cuánto tiempo necesitas para organizarlo sin levantar sospechas?
—Algunas semanas. Necesito asegurarme de que no estás siendo vigilado antes de ponerte en un avión.
Aston asintió lentamente.
—Vale. Y mientras tanto, aumenta la seguridad. No solo la mía.
Lexe lo miró, entendiendo inmediatamente lo que quería decir.
—Te refieres a Valerie.
La mención de su nombre hizo que algo se apretara en el pecho de Aston.
París parecía en ese momento un sueño lejano, una realidad alternativa donde había sido simplemente un hombre enamorado, no un ángel vengador con una doble vida.
—Si vienen a por mí, podrían utilizarla —dijo. Su voz apenas era audible—. No puedo permitir que le pase nada.
Lexe lo estudió en silencio.
—Te has enamorado de ella —afirmó. No era una pregunta.
Aston no respondió directamente, pero su silencio fue suficiente confirmación para Lexe.
—Pondré protección extra para ella —aseguró—. Discreta, pero efectiva. No notará nada fuera de lo normal.
—Gracias —respondió Aston, agradecido.
Lexe se dirigió el ascensor.
—Deberías descansar. Mañana tendremos que actuar con total normalidad. Cualquier cambio en tus rutinas podría alertarlos, ponerles sobre aviso.
—Lo sé —asintió Aston—. ¿Crees que la adquisición de Devereaux ha sido una distracción suficiente?
—París sirvió bien como cortina de humo —confirmó Lexe—. Nadie cuestionará que estuvieras allí por negocios. Lo que hacías en tu tiempo libre... —La sombra de una sonrisa cruzó su rostro habitualmente serio—… es asunto tuyo.
Aston no pudo evitar sonreír ligeramente.
—Ha sido un bonito viaje, Lex.
—Lo imagino —respondió él. Su expresión volvió a su seriedad habitual—. Pero ahora estamos en Nueva York. Y aquí las reglas son diferentes.
Con esas palabras, Lexe entró en el ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, agregó:
—Y, Aston... ten cuidado con lo que le cuentas a Valerie. Cuanto menos sepa, más segura estará.
Las puertas se cerraron, dejando a Aston solo con sus pensamientos.
Se acercó nuevamente a los ventanales, contemplando la ciudad que nunca dormía. En la otra punta de Nueva York, estaba Valerie. Su Valerie.
¿Cómo reaccionaría si supiera la verdad completa? ¿Si descubriera que el exitoso empresario que todos conocían era un Blackguard, y que tenía pensado destruirlos, reducir su imperio a cecinas, impulsado por una venganza que había consumido más de dos décadas de su vida?
La idea de perderla le resultaba insoportable, pero la alternativa (ponerla en peligro) era aún peor.
Aston miró su reflejo en el cristal.
¿Cuál era el verdadero Aston Cavendish? ¿El hombre de París o el ángel vengador de Nueva York?
«Quizás ninguno de los dos», pensó con amargura.