CAPÍTULO 46 #2
Se detuvieron frente a un pequeño edificio de apartamentos con la fachada de piedra clara y balcones de hierro forjado.
—Mi antiguo apartamento —explicó Aston, mirando hacia arriba, hacia un balcón en el tercer piso—. O al menos, lo era cuando vivía aquí.
Una expresión nostálgica cruzó su rostro mientras contemplaba el edificio.
—Era pequeño, con dos habitaciones. La calefacción fallaba constantemente en invierno y en verano era un horno. Pero tenía ese balcón —señaló—, con la vista perfecta hacia los tejados del casco antiguo de París. Pinté allí casi todos los días durante dos años.
Valerie trató de imaginarlo: un joven Aston, libre de las cargas que tenía su mente, pintando en un pequeño balcón parisino, tan diferente del poderoso ejecutivo en el que se había convertido después.
—¿Lo extrañas? —preguntó.
—Extraño quién era entonces —respondió con sinceridad—. O quizás quién creía que podría llegar a ser.
Se quedaron en silencio.
—Hay un café al doblar la esquina —dijo Aston—. Solía ir allí algunas mañanas. ¿Te apetece tomar algo antes de cenar?
—Me encantaría —dijo Valerie.
El café era acogedor y auténticamente parisino, sin pretensiones turísticas.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana, observando cómo la vida de la ciudad transcurría en la calle: vecinos que regresaban con sus compras, niños que corrían, parejas que caminaban de la mano.
—Cuando vivía aquí —comenzó Aston, mientras les servían dos cafés—, solía sentarme en esta misma mesa y observar a la gente durante horas. A veces dibujaba sus rostros, tratando de capturar algo esencial sobre ellos.
—¿Y lo conseguías? —preguntó Valerie, cubriendo su mano con la suya sobre la mesa.
Una sonrisa melancólica cruzó el rostro de Aston.
—A veces. Los mejores dibujos eran aquellos en los que capturaba un momento de verdad: una madre mirando a su hijo con orgullo, dos ancianos que han estado juntos toda una vida intercambiando una mirada cómplice...
—Hizo una pausa—. Mi madre decía que el verdadero arte consiste en ver lo que otros no ven.
—¿Crees que perdiste esa capacidad cuando te dedicaste exclusivamente a los negocios? —preguntó Valerie.
Aston reflexionó seriamente sobre la pregunta.
—Durante mucho tiempo, creí que sí —respondió—. Pensé que había enterrado esa parte de mí tan profundamente que nunca podría recuperarla. —Sus ojos se encontraron con los de ella—. Pero entonces llegaste tú, y empecé a ver las cosas de forma diferente otra vez.
—¿Yo? —preguntó Valerie, sorprendida.
—La forma en que ves el mundo... cómo encuentras pautas en el caos, belleza en todo lo que miras... —Aston apretó su mano—. Me has recordado que puedo ser ambas cosas, Val: el hombre de negocios y el artista. No tengo que elegir.
La revelación la conmovió.
—Creo que siempre has sido ambos, Aston —dijo Valerie—. Solo necesitabas permiso para aceptarlo. Tu propio permiso.
Después del café, caminaron de la mano por las calles del barrio mientras el cielo se teñía de púrpura y naranja.
Durante el paseo, Aston le descubría pequeños detalles: una estatua escondida en un rincón, un grafiti, una placa que conmemoraba un evento histórico que pocos conocían.
Cuando la noche cayó completamente sobre París, llegaron a un pequeño restaurante junto al Sena. A diferencia de Le Refuge , este era un lugar más formal, con manteles blancos y cristalería fina, pero igualmente íntimo.
—Reservé esta mesa hace días —confesó Aston, mientras los guiaban hacia un lugar privilegiado junto a la ventana, con vistas directas al río iluminado—. Tenía la esperanza de que aceptaras venir conmigo.
—¿Incluso antes de que surgiera la reunión con Devereaux? —preguntó Valerie, sorprendida.
Aston asintió.
—Llevo días planeando traerte a París. La llamada de Beaumont solo aceleró lo inevitable.
—Así que este viaje de negocios... —comenzó Valerie.
—Es en parte de negocios, y en parte una excusa para traerte aquí —terminó de decir Aston con una sonrisa—. Aunque la reunión era real y necesaria.
—Muy astuto, señor Cavendish —bromeó Valerie, pero estaba emocionada por el esfuerzo y la planificación que había dedicado.
—Todo vale en el amor y los negocios —respondió él. Sus ojos brillaron con algo que hizo que el corazón de Valerie diera un vuelco.
La cena fue exquisita, un menú de degustación que recorría la alta cocina francesa con creatividad y respeto por la tradición. Pero más memorable que la comida fue la conversación.
—¿Te gusta lo que has visto? —le preguntó Aston.
—¿A quién no le gustaría, Aston? —dijo Valerie a su vez—. Ver París a través de tus ojos… Ha sido el mejor viaje de mi vida.
El momento fue interrumpido por el sumiller que se acercó con una botella de champán.
—Avec les compliments de la maison, monsieur Cavendish —anunció, procediendo a descorchar la botella y a servir dos copas burbujeantes.
Después de la cena, decidieron caminar de regreso al hotel a pesar de la distancia. La noche era perfecta, ni demasiado fría ni demasiado cálida, y París brillaba con una luz mágica que parecía diseñada específicamente para ellos.
Caminaron con los brazos entrelazados, deteniéndose de vez en cuando para compartir un beso o admirar alguna cosa. Había una nueva complicidad entre ellos, como si París hubiera añadido otra dimensión a su vínculo.
Cuando llegaron al Pont des Arts, Aston se detuvo. El puente, famoso en otra época por los candados de amor que lo cubrían, ofrecía una panorámica incomparable de París iluminada.
—Este siempre ha sido otro de mis lugares favoritos de la ciudad —dijo, abrazando a Valerie por detrás mientras contemplaban la vista—. Desde aquí puedes ver el pasado y el presente de París coexistiendo en perfecta armonía.
Valerie se recostó contra él, apoyando la cabeza en su hombro.
—Es perfecto —murmuró.
Permanecieron así durante un rato, en silencio, absorbiendo la belleza de la ciudad y la intimidad del momento.
Más tarde, mientras descansaban con las piernas entrelazadas entre las sábanas revueltas, después de una sesión maratoniana de sexo, Aston paseaba su enorme mano sobre la piel desnuda de la espalda de Valerie.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, acurrucándose contra su cuerpo.
Aston guardó silencio unos segundos antes de responder.
—En lo afortunado que soy —dijo—. En cómo este viaje ha cambiado todo —afirmó.
Valerie frunció el ceño.
—¿Cómo? —preguntó, curiosa.
—Cuando planeé traerte a París, quería mostrarte mi pasado, compartir algunas partes de mí que he mantenido siempre ocultas. —Su mano continuaba su suave caricia por su espalda—. Pero lo que ha sucedido va más allá. Es como si hubiéramos creado algo nuevo, juntos. Un futuro.
Valerie se incorporó para mirarlo. Sus pupilas estaban completamente dilatadas, formando un anillo azul claro alrededor.
—Me gusta cómo suena ese futuro —dijo.
—A mí también —respondió Aston, acercándola hacia él para darle un beso.
Fuera, las luces de la Ciudad del Amor, de la Ciudad de la Luz, brillaban como testigos silenciosos de sus promesas.