CAPÍTULO 46
La mañana llegó con un cielo perfectamente azul, como si París se hubiera vestido de gala para recibirlos. Desayunaron en la terraza de la suite, disfrutando de croissants recién horneados y café mientras contemplaban la ciudad despertar.
—¿Cuál es el plan para hoy? —preguntó Valerie, robando un trozo de fruta del plato de Aston.
—Primero, debemos conseguir el transporte adecuado —respondió él misteriosamente.
Ese «transporte» resultaron ser dos bicicletas Vélib', el sistema de bicicletas compartidas de la ciudad, que les esperaban frente al hotel.
—¿En serio? —Valerie miró las bicicletas con escepticismo—. No he montado en bici desde que era adolescente.
—Es como... bueno, ya sabes —bromeó Aston, guiñándole un ojo, travieso.
Valerie rio, ajustando su gorra.
—Muy gracioso. Pero si acabo en el Sena, será tu culpa.
—Acepto toda la responsabilidad —respondió Aston, inclinándose para besarla—. Además, estarás a salvo. He recorrido estas calles en bicicleta cientos de veces.
Comenzaron su recorrido pedaleando tranquilamente por los Campos Elíseos, casi vacíos a esa hora temprana de un domingo.
Aston le iba señalando detalles arquitectónicos que la mayoría de los turistas pasarían por alto: gárgolas escondidas, balcones con diseños peculiares, puertas secretas en edificios convencionales.
Su primera parada fue en un pequeño café en una callejuela del Marais. No tenía nada especial a simple vista, pero cuando les sirvieron el café, Valerie entendió por qué estaban allí: era el mejor que había probado en su vida.
Sí, el mejor. Sin lugar a duda.
—Descubrí este lugar durante un invierno muy frío —explicó Aston, mientras observaba la expresión de deleite en su rostro—. Estaba empapado por la lluvia, desesperado por entrar en calor. El dueño me dio una taza de café y una manta, sin preguntar nada.
—¿Y desde entonces vienes cada vez que estás en París? —preguntó Valerie, conociendo ya su tendencia a la lealtad.
Aston asintió.
—Algunas cosas no deberían cambiar nunca —respondió.
A medida que avanzaba el día, Valerie comprendió que aquel recorrido no se trataba de monumentos o atracciones turísticas, sino de MOMENTOS.
Aston la llevó a una pequeña librería especializada en primeras ediciones donde había encontrado un libro en inglés que su madre solía leerle. A un puente menos conocido donde había pintado el Sena durante horas un verano. A un jardín escondido donde solía ir cuando buscaba tranquilidad.
Cada lugar iba acompañado de una historia, de un fragmento de la vida de Aston. Con cada relato, con cada recuerdo, Valerie sentía que su conexión se profundizaba aún más.
Almorzaron en un pequeño restaurante de comida sencilla donde la dueña, una mujer mayor llamada Claudette, abrazó a Aston como a un hijo pródigo y escrutó a Valerie con una curiosidad descarada.
—Esta es diferente —afirmó en inglés, asintiendo con aprobación—. Tiene inteligencia en los ojos.
—Claudette —advirtió Aston, visiblemente incómodo.
—Está bien —intervino Valerie en tono divertido—. Me alegra pasar la inspección.
Claudette soltó una carcajada y palmeó su mano.
—Me gusta esta chica. Mantenla, Aston.
—Eso intento —respondió él, mirando a Valerie con una intensidad que hizo que se sonrojara.
Les sirvieron platos que no estaban en el menú, insistiendo en que Aston estaba «demasiado delgado» y necesitaba «comida de verdad».
La confianza con la que lo trataba, y la forma en que Aston se dejaba mimar, mostraban otro lado del hombre que Valerie había ido descubriendo poco a poco y que nada tenía que ver con la imagen que proyectaba (o quería proyectar) al mundo.
—¿Por qué nunca has traído aquí a alguna de las chicas con las que has estado? —comentó Valerie casualmente mientras disfrutaban del postre, unos macarons .
Aston la miró con seriedad.
—Porque no significaban nada —contestó—. Ahora es diferente, Val. Tú eres diferente.
Valerie dibujó una sonrisa en sus labios.
—Además, estoy seguro de que hubiera sido un desastre —continuó Aston—. Se quejarían de todo: del tamaño del local, de la falta de menú, de la decoración...
—¿No las trajiste porque no les iba a gustar uno de tus restaurantes favoritos? —preguntó Valerie con una sonrisa.
Aston negó con la cabeza.
—Porque no intentarían entender por qué es importante para mí. —Miró a Valerie directamente a los ojos—. Tú siempre intentas entenderme.
El momento fue interrumpido por Claudette, que regresó con café y licores de la casa.
Mientras Valerie la observaba interactuar con Aston, pensó en cómo aquellos pequeños encuentros revelaban más sobre él que cualquier conversación que hubieran tenido.
¿Dónde estaba el Aston sin corazón? ¿El témpano de hielo? ¿El Diablo, como le llamaban algunos?
Después de la comida, continuaron su recorrido hacia un destino que Aston se negó a revelar. Pedalearon junto al Sena, cruzaron a la Île Saint-Louis, y finalmente se detuvieron frente a un edificio antiguo con una fachada discreta. No había ningún letrero que indicara qué era aquel lugar.
Aston aseguró sus bicicletas y sacó una llave de su bolsillo.
—¿Tienes llave? —preguntó Valerie, sorprendida.
—Algunos privilegios vienen con ser un benefactor anónimo —respondió con una sonrisa enigmática.
Al entrar, Valerie se encontró con lo que parecía ser un taller de restauración de arte. Había mesas largas con proyectos en distintas etapas, estanterías llenas de materiales especializados, y en las paredes, pinturas en proceso de recuperación.
Un hombre de mediana edad con gafas y bata blanca apareció desde una habitación trasera.
—Aston! Quelle surprise! —exclamó, acercándose para darle un abrazo que Aston devolvió con afecto.
—Philippe, esta es Valerie, mi pareja —la presentó Aston, con su mano firmemente entrelazada con la de ella—. Valerie, Philippe Leblanc, el mejor restaurador de arte de Europa y antiguo maestro mío.
—¿Maestro? —repitió Valerie, intrigada por este nuevo detalle.
Philippe rio, un sonido cálido y afable.
—Oh, sí, este chico tenía un talento extraordinario. Fue mi aprendiz durante más de un año.
—Philippe exagera —intervino Aston, aunque había un rubor apenas perceptible en sus mejillas—. Solo aprendí lo básico.
—¡Qué modesto te has vuelto! —exclamó Philippe, volviéndose hacia Valerie—. Tenía un don natural para la restauración. Manos firmes, ojo para el detalle, y lo más importante: paciencia. Podría haber sido uno de los mejores.
Valerie miró a Aston con nuevos ojos.
Sabía su interés por el arte, incluso había mencionado que había tomado algunas clases en París, pero nunca había revelado que había sido aprendiz de un restaurador.
—¿Por qué no me lo has contado? —preguntó en tono suave.
Aston intercambió una mirada con Philippe, quien asintió, como dándole permiso para algo.
—Ven, quiero mostrarte algo —dijo, cogiéndole la mano y guiándola hacia una puerta lateral.
La habitación a la que entraron era más pequeña, iluminada por grandes ventanales que daban a un patio interior. En el centro había un caballete cubierto por una tela.
—Philippe mantiene esto por mí —explicó Aston—. Fue mi último proyecto antes de volver a Boston.
Con un movimiento decidido, retiró la tela, revelando un lienzo de tamaño mediano.
Valerie contuvo el aliento.
Era una vista nocturna de París desde Montmartre, el mismo lugar donde habían estado la noche anterior.
Pero no era una simple reproducción de las vistas desde aquel punto de la ciudad; había algo en la forma en que las luces de París se difuminaban y danzaban, en cómo las sombras parecían albergar secretos, que transmitía una emoción profunda, casi dolorosa.
—Aston... es... —Las palabras le fallaron.
—No está terminado —dijo él, pasando los dedos por el borde del lienzo con delicadeza—. No pude... no encontré la forma de acabarlo.
—Es precioso así —respondió Valerie, acercándose para observar los detalles—. Inspira anhelo, como si la ciudad estuviera esperando algo, o a alguien.
Aston la miró con intensidad.
—Así es exactamente como me sentía cuando lo pinté. Como si estuviera esperando algo o a alguien, pero sin saber qué.
Valerie tomó su mano, entendiendo la importancia del momento.
—¿Y ahora? —preguntó.
Aston entrelazó sus dedos con los de ella.
—Ahora creo que tal vez lo encontré.
Valerie se alzó sobre las puntas de sus pies para besarlo.
—Nadie más ha visto esto, aparte de Philippe —confesó Aston cuando se separaron—. Ni siquiera Lexe sabe que existe.
—¿Por qué me lo muestras ahora? —preguntó Valerie, consciente del privilegio que representaba.
Aston sostuvo su mirada durante un momento antes de responder.
—Porque desde que apareciste en mi vida, he empezado a pensar que tal vez podría terminarlo algún día —dijo.
Philippe los interrumpió discretamente, ofreciéndoles té en la pequeña cocina del taller.
Mientras conversaban sobre proyectos actuales y técnicas de restauración, Valerie observaba a Aston interactuar con su antiguo maestro. Hablaba con una pasión y un conocimiento que revelaban cuánto significaba realmente aquel mundo para él, cuánto le había apasionado.
Antes de marcharse, Philippe llevó a Valerie aparte, mientras Aston examinaba una pieza que estaba en pleno proceso de restauración.
—Nunca lo había visto así —dijo el francés en voz baja—. Tan en paz consigo mismo.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella.
—Cuando estuvo aquí, siempre había una guerra dentro de él, por la muerte de su madre y de su hermana. —Philippe la miró, serio—. Contigo, parece que ha encontrado alguna especie de equilibrio. No lo pierdas.
—No pienso hacerlo —respondió Valerie.
Al salir del taller, horas después, Aston parecía más ligero, como si compartir esa parte de su pasado le hubiera vuelto más humano, más terrenal.
—Hay un lugar más que quiero mostrarte antes de que anochezca —dijo mientras recogían las bicicletas.
Pedalearon a través de un París que comenzaba a encenderse con las luces del atardecer. Cruzaron el Sena una vez más y se adentraron en un barrio que Valerie no reconocía.